Semillas en el ciberespacio desde la mística de la A.C.

21 de febrero de 2015

EL ITINERARIO CUARESMAL: LA PENITENCIA


CUARESMA: TIEMPO DE PENITENCIA



La Penitencia es una palabra muy poco escuchada hoy día, aún en ámbitos eclesiásticos, y también podríamos decir, muy desacreditada de un tiempo para acá.  Algunos ni siquiera han oído hablar de ella. 

Pero … ¿se han fijado a cuántas limitaciones y exigencia se someten los deportistas, por ejemplo, y todos los que quieren lograr alguna meta?  Ejercicios, madrugadas, entrenamientos, dietas, competencias, más entrenamientos, etc, etc.
¿O las disciplinas a que se somete alguna para rebajar de peso:  dietas, ejercicios, masajes, exámenes médicos, cirugías, etc?

Más importante:  Huelgas de hambre para lograr democracia y libertad, en que se pone de veras en peligro la salud y la vida por un ideal.

O sea, para las cosas materiales, sí hacemos sacrificios, nos sometemos a exigencias e incomodidades. 

Pero para Dios y nuestra vida espiritual, eso no hace falta, o hace daño, o es demasiada molestia. 

En la vida espiritual tenemos una meta:  nuestra salvación eterna. Entonces … ¿qué podemos hacer para mejorar nuestra alma, para lograr nuestra meta final que es nuestra salvación eterna?  ¿Qué podemos hacer para disciplinarnos en la vida espiritual?


* ¿En qué consiste hacer penitencia?

Consiste en oponernos a nuestros deseos, a lo que  nos provoca, a lo que nos resulta fácil, a lo que nos hace sentir bien, a lo cómodo. 

La penitencia nos ayuda a disciplinar las exigencias del cuerpo para quedar más libres para amar más y mejor a Dios, para cumplir sus mandamientos y hacer su Voluntad.

La penitencia sirve para dominar lo material en nosotros, lo que llamamos la carne, para que nuestra parte espiritual quede más libre. Es decir, para que nuestro entendimiento dotado de inteligencia y nuestra voluntad dotada de libertad sean más libres para optar por Dios.

Con la penitencia afirmamos nuestra voluntad para acercarla más a la Voluntad de Dios.


* ¿Cómo hacer penitencia?

La Iglesia habla en este Tiempo de Cuaresma de ayuno.  Significa refrenarnos en las comidas. No significa hacer dietas. Pero también tiene un sentido de ascesis personal buscando una vida más austera y sobria.

Es quitarnos cosas que nos gustan, como los dulces.  O comer cosas que no nos gustan, o comerlas aunque estén frías.  Beber agua natural, si nos gusta fría o abstenernos de los refrescos y tomar agua solamente. 

Pero también hay otros ayunos que no son comida:   de cigarrillo, de televisión, de Internet, de redes sociales y chateo.

¡Qué bien nos haría personalmente y qué bien haríamos dedicando parte del tiempo que pasamos ante el televisor o en internet o en chateo, para orar solos o en familia, en leer y meditar la Biblia con la enseñanza de la Iglesia,  o en hacer alguna obra buena en favor de alguien necesitado de una enseñanza, de un consejo o de una ayuda cualquiera!



El cardenal Juan Luis Cipriani, arzobispo de Lima,
expresaba al comienzo de la Cuaresma del año 2012;




“Este tiempo de Cuaresma es un tiempo fuerte de penitencia, oración y limosna. Son tiempos para desprendernos de tantas preocupaciones y seriamente ponernos delante de Jesús en la cruz”, mencionó el Arzobispo de Lima. 

“Verás como la Cuaresma trae un espíritu nuevo, un corazón nuevo y de esa manera la Iglesia seguirá iluminando con su paz, serenidad y verdad. El Señor está a nuestro lado, especialmente en la Eucaristía”, prosiguió. 

Asimismo, el Pastor de Lima animó a los fieles congregados en la Catedral de Lima a estar muy unidos a Jesús en la Cuaresma.

“No le des al cuerpo todo lo que te pide, en la Cuaresma tenemos días de abstinencia, para limitar un poco ese reclamo del cuerpo que quiere esclavizarte, reclamo del alma que también hay que someterla con la humildad”.

“Al mismo tiempo es una ocasión para practicar la penitencia que te dice: más oración. Te aconsejo: ponte delante de la cruz como hacía San Francisco y pídele a Jesús que te hable y enseñe desde la cruz.

Y la limosna, que no solamente es dar dinero a los demás, sino tantas veces es dar de tu tiempo, de tu corazón, amistad y paciencia, y saber acudir a todos, entre amigos, hermanos y familiares”, reconoció.

También recordó que la vida del cristiano se caracteriza por la lucha contra el pecado.

“La vida es lucha de amor, misericordia y paz. No es contra nadie, es contra la concupiscencia  (inclinación hacia el pecado a causa del pecado original) que está dentro de nosotros, o por la soberbia que a veces te impide conocer las cosas; o contra el amor propio; o contra ese afán de abusar de los demás; o contra la injusticia; o contra el egoísmo”.


20 de febrero de 2015

LA CUARESMA: UN CAMINO ESPIRITUAL


BENEDICTO XVI:

LA CUARESMA: UN CAMINO ESPIRITUAL PARA SEGUIR A JESÚS QUE SE DIRIGE DECIDIDAMENTE HACIA LA CRUZ

PONERSE DEL LADO DE CRISTO, CONTRA EL PECADO, EN EL COMBATE ESPIRITUAL CONTRA EL ESPÍRITU DEL MAL

(En el Ángelus del 13 de marzo de 2011, en la Plaza de San Pedro


 Cristo con la Cruz a cuestas del El Greco.


Hoy es el primer domingo de Cuaresma, el tiempo litúrgico de cuarenta días que constituye en la Iglesia un camino espiritual de preparación para la Pascua. Se trata, en definitiva, de seguir a Jesús, que se dirige decididamente hacia la cruz, culmen de su misión de salvación.

Si nos preguntamos: ¿por qué la Cuaresma? ¿Por qué la cruz? La respuesta, en términos radicales, es esta: porque existe el mal, más aún, el pecado, que según las Escrituras es la causa profunda de todo mal. Pero esta afirmación no es algo que se puede dar por descontado, y muchos rechazan la misma palabra «pecado», pues supone una visión religiosa del mundo y del hombre. Y es verdad: si se elimina a Dios del horizonte del mundo, no se puede hablar de pecado. Al igual que cuando se oculta el sol desaparecen las sombras —la sombra sólo aparece cuando hay sol—, del mismo modo el eclipse de Dios conlleva necesariamente el eclipse del pecado.

Por eso, el sentido del pecado —que no es lo mismo que el «sentido de culpa», como lo entiende la psicología—, se alcanza redescubriendo el sentido de Dios. Lo expresa el Salmo Miserere, atribuido al rey David con ocasión de su doble pecado de adulterio y homicidio: «Contra Ti —dice David, dirigiéndose a Dios—, contra Ti sólo pequé» (Sal 51, 6).

Ante el mal moral, la actitud de Dios es la de oponerse al pecado y salvar al pecador. Dios no tolera el mal, porque es amor, justicia, fidelidad; y precisamente por esto no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Para salvar a la humanidad, Dios interviene: lo vemos en toda la historia del pueblo judío, desde la liberación de Egipto. Dios está decidido a liberar a sus hijos de la esclavitud para conducirlos a la libertad. Y la esclavitud más grave y profunda es precisamente la del pecado.

Por esto, Dios envió a su Hijo al mundo: para liberar a los hombres del dominio de Satanás, «origen y causa de todo pecado». Lo envió a nuestra carne mortal para que se convirtiera en víctima de expiación, muriendo por nosotros en la cruz. Contra este plan de salvación definitivo y universal, el Diablo se ha opuesto con todas sus fuerzas, como lo demuestra en particular el Evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto, que se proclama cada año en el primer domingo de Cuaresma. De hecho, entrar en este tiempo litúrgico significa ponerse cada vez del lado de Cristo contra el pecado, afrontar —sea como individuos sea como Iglesia— el combate espiritual contra el espíritu del mal (Miércoles de Ceniza, oración colecta).

Por eso, invocamos la ayuda maternal de María santísima para el camino cuaresmal que acaba de comenzar, a fin de que abunde en frutos de conversión. Pido un recuerdo especial en la oración por mí y por mis colaboradores de la Curia romana, que esta tarde comenzaremos la semana de ejercicios espirituales.


TIEMPO DE CUARESMA: EL VALOR DEL SILENCIO

EL VALOR DEL SILENCIO


¿Qué es el silencio?

Es esa capacidad interior de saber estar reposado, calmado, controlando y encauzando los sentidos internos y externos. Es esa capacidad de callar, de escuchar, de recogerse. Es esa capacidad de cerrar la boca en momentos oportunos, de calmar las olas interiores, de sentirse dueño de sí mismo y no dominado o esclavo de sus alborotos.

Uno de los males de la actualidad es el aburrimiento, que se origina de la incapacidad del hombre de estar a solas consigo mismo. El hombre de la era atómica no soporta la soledad y el silencio, y para combatirlos echa mano de un cigarrillo, la televisión, la informática y las redes virtuales, y para evadirse del silencio se echa ciegamente en brazos de la dispersión, la distracción y la diversión.

¿Para qué sirve el silencio?

Es muy útil para reponer fuerzas, energías espirituales, calmarse, para encontrarnos con nosotros mismos, para conocernos mejor, más profundamente.

Es imprescindible para ser creativos. Todo artista, científico, pensador, necesita desplegar en su interior un gran silencio para poder generar percepciones, ideas, creaciones. Los grandes genios del arte y de la literatura fueron hombres que dedicaban mucho tiempo al silencio. Y de esos momentos de silencio brotaron las grandes obras. Es lo que llamamos el silencio creador, fecundo, productivo.

Es condición indispensable para escuchar y encontrarnos con Dios. Jamás le escucharemos si estamos sumergidos en el oleaje de la palabrería, dispersión, agitación. El encuentro con Dios se da en el silencio del alma. Así lo dice santa Teresa de Jesús:

“Pues hagamos cuenta que dentro de nosotros está un palacio de grandísima riqueza, todo su edificio de oro y piedras preciosas –en fin, como para tal Señor-, y que sois vos parte de que este edificio sea tal, como a la verdad lo es (que es así, que no hay edificio y de tanta hermosura como un alma limpia y llena de virtudes, y mientras mayores, más resplandecen las piedras), y que en este palacio está este gran Rey y que ha tenido por bien ser vuestro Padre y que está en un trono de grandísimo precio, que es vuestro corazón” (Camino de perfección, 28, 9).

Y san Juan de la Cruz nos susurra al oído:

“El alma que le quiere encontrar ha de salir de todas las cosas con la afición y la voluntad, y entrar dentro de sí mismo con sumo recogimiento. Las cosas han de ser para ella como si no existiesen...Dios, pues, está escondido en el alma y ahí le ha de buscar con amor el buen contemplativo, diciendo: ¿A dónde te escondiste?” (Cántico espiritual, 1, 6).


¡El valor del silencio!

Las grandes decisiones en la vida nacieron de momentos de silencio.

Necesitamos del silencio para una mayor unificación personal. La mucha distracción produce desintegración y ésta acaba por engendrar desasosiego, tristeza, angustia.

Hay diversas clases de silencio.

Jesús nos dijo: “cierra las puertas”. Cerrar las puertas y ventanas de madera es fácil. Pero aquí se trata de unas ventanas más sutiles, para conseguir ese silencio.

Está, primero, el silencio exterior, que es más fácil de conseguir: silencio de la lengua, de puertas, de cosas y de personas. Es fácil. Basta subirse a un cerro, internarse en un bosque, entrar en una capilla solitaria, y con eso se consigue silencio exterior.

Pero está, después, el silencio interior: silencio de la mente, recuerdos, fantasías, imaginaciones., memoria, preocupaciones, inquietudes, sentimientos, corazón, afectos. Este silencio interior es más difícil, pero imprescindible para oír a Dios e intimar con Él.

Los enemigos del silencio son la dispersión, el desorden, la distracción, la diversión, la palabrería, la excesiva juerga, risotadas, la velocidad, el frenesí, el ruido.


(R.P. Antonio Rivero l.c.)

HOMILÉTICA: I DOMINGO DE CUARESMA

En el reciente documento presentado por la 
CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS
llamado:
"DIRECTORIO HOMILÉTICO"
(Vaticano, 2014)
al referirse al I Domingo de Cuaresma, destaca los puntos que debiera considerar el predicador sagrado (homileta)




El Evangelio del I domingo de Cuaresma

         LA TENTACIÓN DE JESÚS EN EL DESIERTO Y LA CUARESMA

58. No es difícil para los fieles relacionar los cuarenta días transcurridos por Jesús en el desierto con los días de la Cuaresma. Sería conveniente que el homileta explicitara esta conexión, con el fin de que el pueblo cristiano comprenda cómo la Cuaresma, cada año, hace a los fieles misteriosamente partícipes de estos cuarenta días de Jesús y de lo que él sufrió y obtuvo, mediante el ayuno y el haber sido tentado. Mientras es costumbre para los católicos empeñarse en diversas prácticas penitenciales y de devoción durante este tiempo, es importante subrayar la realidad profundamente sacramental de toda la Cuaresma. En la oración colecta del I domingo de Cuaresma aparece, de suyo, esta significativa expresión: «...per annua quadragesimalis exercitia sacramenti». El mismo Cristo está presente y operante en la Iglesia en este tiempo santo, y es su obra purificadora en los miembros de su Cuerpo la que da valor salvífico a nuestras prácticas penitenciales. El prefacio asignado para este domingo afirma maravillosamente esta idea, diciendo: «El cual, al abstenerse durante cuarenta días de tomar alimento, inauguró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal…». El lenguaje del prefacio hace de puente entre la Escritura y la Eucaristía.

59. Los cuarenta días de Jesús evocan los cuarenta años de peregrinación de Israel por el desierto; toda la historia de Israel se recrea en él. Por ello aparece como una escena en la que se concentra uno de los mayores temas de este Directorio: la historia de Israel, que corresponde con la historia de nuestra vida, encuentra su sentido definitivo en la Pasión sufrida por Jesús. La Pasión se inicia, en un cierto sentido, en el desierto, al comienzo, metafóricamente hablando, de la vida pública de Jesús. Desde el principio, por tanto, Jesús va al encuentro de la Pasión y aquí encuentra significado todo lo que sigue.

60. Un párrafo del Catecismo de la Iglesia Católica puede revelarse útil en la preparación de las homilías, en particular para afrontar temas doctrinales enraizados en el texto bíblico. A propósito de las tentaciones de Jesús, el Catecismo afirma:

«Los evangelios indican el sentido salvífico de este acontecimiento misterioso. Jesús es el nuevo Adán que permaneció fiel allí donde el primero sucumbió a la tentación. Jesús cumplió perfectamente la vocación de Israel: al contrario de los que anteriormente provocaron a Dios durante cuarenta años por el desierto, Cristo se revela como el Siervo de Dios totalmente obediente a la voluntad divina. En esto Jesús es vencedor del diablo; él ha “atado al hombre fuerte” para despojarle de lo que se había apropiado. La victoria de Jesús en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al Padre» (CEC 539).

61. Las tentaciones a las que Jesús se ve sometido representan la lucha contra una comprensión equivocada de su misión mesiánica. El diablo le impulsa a mostrarse un Mesías que despliega los propios poderes divinos: «Si tú eres Hijo de Dios…» iniciaba el tentador. El que profetiza la lucha decisiva que Jesús tendrá que afrontar en la cruz, cuando oirá las palabras de mofa: «¡Sálvate a ti mismo bajando de la cruz!». Jesús no cede a las tentaciones de Satanás, ni se baja de la cruz. Es exactamente de esta manera como Jesús da prueba de entrar verdaderamente en el desierto de la existencia humana y no usa su poder divino en beneficio propio. Él acompaña verdaderamente nuestra peregrinación terrena y revela el poder real de Dios, el de amarnos «hasta el extremo» (Jn 13,1).

62. El homileta debería subrayar que Jesús está sometido a la tentación y a la muerte por solidaridad con nosotros. Pero la Buena Noticia que el homileta anuncia, no es solo la solidaridad de Jesús con nosotros en el sufrimiento; anuncia, también, la victoria de Jesús sobre la tentación y sobre la muerte, victoria que comparte con todos los que creen en él. La garantía decisiva de que tal victoria sea compartida por todos los creyentes será la celebración de los Sacramentos Pascuales en la Vigilia pascual, hacia la que ya está orientado el primer domingo de Cuaresma. El homileta se mueve en la misma dirección.

63. Jesús ha resistido a la tentación del demonio que le inducía a transformar las piedras en pan, pero, al final y de un modo que la mente humana no habría nunca podido imaginar, con su Resurrección, Él transforma la «piedra» de la muerte en «pan» para nosotros. A través de la muerte, se convierte en el pan de la Eucaristía. El homileta tendría que recordar a la asamblea que se alimenta de este pan celeste, que la victoria de Jesús sobre la tentación y sobre la muerte, compartida por medio del Sacramento, transforma sus «corazones de piedra en corazones de carne», como lo prometido por el Señor mediante el profeta, corazones que se esfuerzan en hacer tangible, en sus vidas cotidianas, el amor misericordioso de Dios. De este modo, la fe cristiana puede transformarse en levadura en un mundo hambriento de Dios, y las piedras serán de verdad transformadas en alimento que llene el vivo deseo del corazón humano.


18 de febrero de 2015

LOS SIGNOS SAGRADOS: XI y último) LA CENIZA


"Memento homo
        quia pulvis es 
        et in pulverem reverteris!"

“Acuérdate, hombre,
        que eres polvo,
        y en polvo te has de convertir”



En el linde de los bosques se hay un flor llamada "espuela de caballero". Caprichosamente despliega el verde sombrío de sus bien redondeadas hojas. Delgado, flexible, pero fuerte a la vez, se alarga su esbelto tallo. Su flor parece haber sido recortada en piezas de seda maciza y cruda. Y es tan deslumbrante su azul intenso que, cual piedra preciosa, se refleja en toda la atmósfera circundante. Que venga ahora cualquiera, que la corte y luego, hastiado de ella, la arroje al fuego: en contados segundos, de toda su magnificencia no quedará más que un poco de ceniza gris...

Lo que el fuego hizo aquí en un minuto, el tiempo lo hace de continuo con los seres vivos, poco a poco, sin compasión, inexorablemente... No se escapan a su poder destructor ni el helecho elegante ni el verbasco que levanta su copa hacia las alturas, ni la poderosa encina que se levanta altiva.  Alcanza a la mariposa ligera como a la veloz golondrina; a la ardilla de ágiles saltos y al pesado toro... Poco importa que esto suceda rápida o lentamente: la suerte es la misma; ya sea su causa una herida o una enfermedad, o el fuego, o el hambre, o cualquier otra cosa. ¡Toda vida hoy en flor, acabará finalmente en ceniza!

Ese cuerpo robusto se convertirá en un montón de polvo que será barrido por el viento. Sus brillantes colores quedarán reducidos a un poco de tierra grisácea. Ese ser, que hierve en savia caliente, que rebosa pletórico de vida, acabará por ser tierra estéril y muerta; menos aun que tierra: ceniza.

Lo mismo nos sucederá a nosotros... Como nos estremecemos de frío ante una tumba abierta, al ver junto a algunas osamentas un puñado de ceniza gris.
Acuérdate, hombre,
 que eres polvo,
  y en polvo te has de convertir

La vida es efímera, he aquí lo que simboliza la ceniza. Nuestra vida es efímera, nuestra propia vida, no la de los demás, mi vida. Cuán efímera sea mi existencia me lo dice el sacerdote cuando, al comenzar la Cuaresma, me escribe la cruz en la frente con la ceniza de los ramos que aun ostentaban su verde lozanía, cuando los fieles los agitaban en la triunfal procesión del último Domingo de Ramos: 

        "Memento homo
        quia pulvis es 
        et in pulverem reverteris!"


Todo se volverá ceniza: mi casa, mis vestidos, mis utensilios y mi dinero; campos, prados y bosques; el perro que me acompaña y el ganado del establo; la mano que traza estas líneas, mis ojos que las leen y mi cuerpo entero. Los hombres que he amado y los hombres que he odiado y los hombres que he temido. Todo lo que sobre la tierra me ha parecido grande, y todo lo que me ha parecido pequeño y despreciable... Todo se volverá ceniza... todo...




RITO DE BENDICIÓN DE LA CENIZA
Después de la homilía el sacerdote, de pie, con las manos juntas dice:

Queridos hermanos:
Oremos a Dios, nuestro Padre,
para que se digne bendecir con su gracia estas cenizas
que vamos a imponer sobre nuestras cabezas en señal de penitencia.

 
Y después de una breve oración en silencio, prosigue con las manos extendidas:

Señor y Dios nuestro,
que no quieres la muerte del pecador sino que se arrepienta,
escucha con bondad nuestra oración
y bendice +
 estas cenizas
que vamos a imponer sobre nuestras cabezas,
reconociendo que somos polvo y al polvo hemos de volver,
y concédenos, por medio de las prácticas cuaresmales,
el perdón de nuestros pecados
y la vida nueva a imagen de tu Hijo resucitado.

Que vive y reina por los siglos de los siglos.




17 de febrero de 2015

LOS SIGNOS SAGRADOS: X) LAS CAMPANAS


Existe la antigua costumbre de convocar al pueblo cristiano para la asamblea litúrgica y advertirle de los principales acontecimientos de la comunidad local por medio de algún signo o sonido. Tal es la misión específica de las campanas. Efectivamente, el tañer de la campana es, de alguna manera, la expresión de los sentimientos del pueblo de Dios, cuando este pueblo exulta o llora, da gracias o suplica, se congrega y pone de manifiesto el misterio de su unidad en Cristo.
(Pontifical Romano, 1142)


Espadaña con campanas y reloj esférico en la Basílica del Pilar en Buenos Aires


Dentro del espacio de nuestras iglesias todo nos habla de Dios. Es que ese espacio le pertenece. Su santa presencia colma todos sus rincones. Es la "casa de Dios", separada del mundo, cerrada  -por sus muros y sus bóvedas-  a todo lo profano.

Todo converge al Santo de los Santos: a lo oculto. El espacio sagrado nos habla de los misterios de Dios. ¿Y más allá? ¿Fuera del sagrado recinto? ¿Y el espacio inmenso que se extiende en todas direcciones sobre la llanura? ¿Y ese otro espacio tendido hacia las alturas que se pierde en el infinito? ¿Y el que descansa en los valles profundos rodeados por montañas? ¿Ninguna relación tienen esas extensiones inmensas con el misterio de nuestros templos? Ciertamente. Hasta ellas también se prolonga el misterio sacramental. De la casa de Dios brota    -como parte viva y coronación suya- la torre; se eleva en el aire libre como para tornar posesión de él en nombre de Dios. A su sombra las campanas, pesadas de metal. En amplio y solemne vuelo giran alrededor del piñón; todo el cuerpo macizo y bien formado vibra herido por la masa del badajo y hace rodar a través del éter onda tras onda sus claros tañidos.

Ondas festivas, argentinas y agudas. . . ondas graves, pesadas y lentas, como el mugido lejano del mar. Cual mensajeras de Dios, vuelan en ráfagas a través del espacio, para anunciar a toda la comarca vecina, a todo el barrio, la Buena Nueva del Santuario. 

Es el mensaje de las distancias inconmensurables; el mensaje de Dios que no tiene límites, ni fin; el mensaje de la nostalgia; el mensaje de los grandes deseos y de las alegrías infinitas, el mensaje de la esperanza y del gozo cumplido. Su llamado se dirige a los "hombres de deseos" cuya alma está abierta a los espacios infinitos.

¡Sí, cuando escuchamos el tañido de las campanas nos invade la sensación de la inmensidad, de la lejanía; nos parece que todo el espacio inmenso que nos envuelve está a nuestro alcance!

Cuando sus melodiosas ondas descienden desde la torre al llano, y como una inundación se difunden hacia los cuatro puntos cardinales en vibraciones sin fin, la nostalgia nos lleva con ellas hacia la lejanía, hasta que el corazón adivina que la saciedad y plenitud no se realizará más acá de las franjas azuladas del firmamento que se esfuman en lontananza...sino "más allá".

Cuando de la montaña en donde despunta el campanario, o desde lo alto el sonido de los bronces desciende hasta el valle, o vuela hacia los cielos, los pulmones se dilatan y se siente un vigor desconocido.

.Otras veces la voz de las campanas nos sorprende en plena selva; desde lejos, atravesando el vasto silencio del crepúsculo... Escuchamos su voz apagada pero no sabemos de dónde viene... Recuerdos, largos años dormidos, resucitan y nosotros, de pie con el oído atento, reflexionamos... ¿Qué es eso? Nos parece entonces palpar la inmensidad del espacio. El alma se dilata, se expande; toca los cielos: es la respuesta al lejano llamado de la eternidad.

"Qué grande es el mundo -dicen las campanas­ y qué lleno de recónditas nostalgias... Dios llama... En Él sólo reside la paz".


Iglesia de Cachi en Salta (c.1796)



Iglesia Parroquial de Santa María Magdalena, en Valle de Lago, Somiedo, Asturias.


CÓRDOBA DE LAS CAMPANAS

El poeta argentino Arturo Capdevila (1889-1967) escribió unos versos dedicados a las campanas de las más antiguas iglesias de la ciudad de Córdoba: la iglesia de las Catalinas, la de Santa Teresa, la de Santo Domingo, la de San Francisco, la de la Merced, la de la Compañía de Jesús y las de la Catedral.

(abajo las fotos de los templos cordobeses mencionados)

Eran unas dulces
claras notas finas.
Eran las campanas
de las Catalinas

Eran un canto alado
como de promesa.
Eran las campanas
de Santa Teresa

Eran una voz
diciendo un distinto.
Eran las campanas
de Santo Domingo

Eran una voz mansa
llamando al aprisco.
Llamaban a misa
las de San Francisco

Eran unas voces
de amor hecho sed.
A misa llamaban
las de la Merced

Eran una voz llena
diciendo María.
Eran las campanas
de la Compañía

Eran unas notas
de bronce y cristal.
Con altos acentos
ahuyentando el mal

Oh Gloria diciendo
 el claro metal.
¡Eran las campanas
de la Catedral!



Iglesia de las Catalinas, Córdoba


Iglesia de Santa Teresa, Córdoba


Iglesia de Santo Domingo


Iglesia de San Francisco


Iglesia de la Merced, Córdoba


Iglesia de la Compañía de Jesús, Córdoba


Catedral de Córdoba



16 de febrero de 2015

LOS SIGNOS SAGRADOS: IX) EL INCIENSO


" ... Y vino otro ángel, y se puso de pie junto al altar,
teniendo un incensario de oro;
y le fueron dados muchos perfumes. ..
y el humo de los perfumes de las oraciones de los santos 
subió de manos del ángel ante la presencia de Dios ... "
(Apocalipsis, 8, 3-5)

“Suba hasta Ti, Señor, mi oración como el incienso”
(Salmo 141, 2)



Tienen verdaderamente una noble belleza esos granos, depositados sobre los carbones ardientes, que se escapan -trocados en volutas odoríferas- del instrumento balanceado por el celebrante: diríase que es una melodía de ritmos acompasados y de perfume.

Las volutas de incienso se elevan, sin finalidad práctica alguna, puras como un canto, derroche soberbio de dones preciosos; amor que todo lo quiere dar.

Como entonces, cuando el Señor fue a descansar en Betania. María se acerca a Jesús llevando un vaso precioso y derrama sobre los pies santísimos del Maestro el nardo, lo seca en seguida con sus propios cabellos, mientras el perfume llenaba toda la casa. Un corazón estrecho murmuró: "¿Para qué este desperdicio?"

El Hijo de Dios responde: "Déjala hacer, pues ella ha guardado este perfume para el día de mi sepultura."

En verdad nos hallamos aquí ante un nuevo misterio: el misterio de la muerte, del amor y del sacrificio... oculto esta vez en un precioso perfume.

Todo esto revive con el incienso. El incienso es el misterio de la belleza, que nada sabe de fines prácticos, pero que se eleva con gracia y libertad. El misterio del amor que arde, se consume y se exhala al morir.

No faltan hoy los espíritus estrechos que murmuran aún: "¿Para qué sirve todo eso?"

El incienso es un sacrificio de perfume, y la Sagrada Escritura misma: nos dice: "Son las oraciones de los santos".  El incienso es el símbolo de la plegaria, y en especial de aquella oración que no piensa en fines prácticos. De la oración que nada, para sí, que se alza como el "Gloria" después de cada salmo, para adorar y dar gracias a Dios "porque es grande."

Sin duda, lo profano podrá deslizarse bajo semejante símbolo. Las nubes perfumadas podrán adormecer secretamente el espíritu y alucinarlo en su religiosidad. En ese caso, la conciencia cristiana protesta con todo derecho cuando recuerda que se debe orar" en espíritu y en verdad," porque la plegaria debe ser casta y sincera.

Pero en la religión abundan también los comerciantes, maestros en la avaricia espiritual. Esa avaricia procede de alma mezquina, de un corazón árido, como la murmuración de Judas Iscariote. La oración se repliega en un utilitarismo espiritual: no debe pasar jamás la medida de la corrección convencional; debe ser mundanamente razonable.

Esta manera de obrar nada sabe de la magnífica plenitud de la oración verdadera, que sólo anhela regalar. Nada sabe de la profundidad de la adoración. Desconoce totalmente el alma de la oración, que no plantea jamás el problema del ¿"por qué?, ni del "¿para qué?", sino que se eleva libremente hacia Dios, porque es amor, perfume y belleza. Y cuanto más ama, más intenso es su sacrificio y el perfume surge del fuego que consume.