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22 de febrero de 2021

EL VALOR DEL SILENCIO EN LA CUARESMA

 TIEMPO DE CUARESMA

La Iglesia invita a comenzar este tiempo litúrgico, iniciándolo con el conocido texto evangélico de ayer:

"... El Espíritu lo llevó al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás.
Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían."
(Cfr. Mc.1,12-13)

El desierto tiene muchos significados espirituales. Abajo se transcribe un breve pasaje de un excelente libro que reflexiona sobre la importancia del silencio en un mundo dominado por la agitación, los negocios y las aficiones desordenadas -del latín: "afectio'-




EL VALOR DEL SILENCIO
FRENTE A LA DICTADURA DEL RUIDO

El desierto es el lugar del hambre, de la sed y de la lucha espiritual. Tiene una importancia vital retirarse al desierto para combatir la dictadura de un mundo repleto de ídolos y estragado de técnica y bienes materiales; un mundo controlado y manipulado por los medios; un mundo que huye de Dios refugiándose en el ruido.

Hay que ayudar a este mundo moderno a pasar por la experiencia del desierto. Allí tomamos distancia respecto a los acontecimientos cotidianos. Podemos huir del ruido y de la superficialidad. El desierto es el lugar del Absoluto, el lugar de la libertad.

No es fruto del azar que el monoteísmo haya nacido en el desierto. El desierto es monoteísta: nos protege de la multiplicidad de ídolos fabricados por hombres. En ese sentido, el desierto es el territorio de la gracia, en él, alejado de sus preocupaciones, encuentra el hombre a su creador y a su Dios.

Es imposible entrar en el misterio de Dios sin entrar en la soledad y el silencio de nuestro desierto interior.

Todos los profetas marcharon al desierto para encontrar a Dios. La experiencia de Dios es inseparable de la experiencia del desierto.

El desierto conduce al silencio y el silencio arrastra a la más honda intimidad de Dios.

Muchos de nuestros contemporáneos no son capaces de aceptar el silencio de Dios. No admiten que se pueda establecer una comunicación si no es por medio de palabras, gestos o acciones concretas y visibles. Sin embargo, Dios habla con su silencio.

El silencio de Dios es una palabra. Su Verbo es soledad.
La soledad de Dios no es una ausencia: es su propio ser, su silenciosa trascendencia.

del Cardenal Robert Sarah.
En su extraordinario libro: "La fuerza del silencio"
cuya primera edición es del año 2017


Escudo del Cardenal Sarah


15 de junio de 2020

EN TIEMPOS DE ZOZOBRA



EL REMEDIO PARA TODOS LOS MALES



San Basilio Magno



El gran  san Basilio, uno de los Padres capadocios
 nos explica, con brevedad y profundidad, 
cuál es el remedio para todos nuestros males:


“Si te hincha el veneno del orgullo,
toma este Sacramento, y el Pan Humilde, te hará humilde.

Si la avaricia quiere apoderarse de ti,
toma el Pan Celestial, y el Pan Generoso te hará generoso.

Si la brisa nociva de la envidia y del egoísmo sopla sobre ti,
toma el Pan de los Ángeles, y Él te comunicará el amor verdadero.

Si te has entregado al exceso en la comida o en la bebida,
 toma el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y ese Cuerpo que ha soportado tantas mortificaciones, seguramente te irá llevando a la moderación y a la mortificación.

Si te ataca la pereza y te vuelve sin ánimos para el bien, de manera que ya no te gusta rezar ni sientes fuertes deseos de hacer obras buenas,
fortalécete con el Cuerpo de Cristo, y él te llenará de entusiasmo y de fervor.

Finalmente, si sientes fuerte inclinación a la impureza,
 entonces, y especialmente entonces, toma el Cuerpo Santísimo de Cristo, y ese Cuerpo, el más perfectamente puro que ha existido, te irá llevando hacia la pureza y castidad".


San Basilio


13 de marzo de 2020

LA SALUS ANIMARUM

En este tiempo de Cuaresma 
-que con toda la Iglesia universal estamos recorriendo- 
la pandemia que se extiende geométricamente por todo el mundo 
es una buena oportunidad para repensar la vida y la muerte, 
para considerar los novísimos y los temas de la soteriología, 
tan olvidados. 
Una llamada de atención desde lo Alto.


5 de febrero de 2020

ADORAR A DIOS, VIVO Y VERDADERO, EN ESPÍRITU Y EN VERDAD


LA VERDADERA FELICIDAD Y LA PAZ

            Dios ha puesto en nuestros corazones un deseo real y profundo de felicidad y de paz. Y este deseo natural de felicidad es verdadero porque ha sido puesto por Dios y nos impulsa a la búsqueda del bien y de una manera oscura a la búsqueda y al amor de Dios mismo, único objeto que puede hacernos real y profundamente felices.
Por consiguiente, el deseo natural de felicidad es algo bueno e incluso indestructible como el ser y el alma misma que tenemos. Por eso siempre hay en nosotros un trasfondo religioso, incluso en los ateos y pecadores, si bien muchos no se dan cuenta de ese impulso vital y profundo de su ser hacia Dios, impulso que es anterior incluso a nuestra propia libertad  humana.
Pero en el plano de nuestra libertad nosotros tenemos que elegir el objeto concreto de nuestra felicidad humana. En este sentido nosotros nos colocamos frente a Dios y frente a las criaturas y puestos así tenemos que elegir, tenemos que decidir libremente a quién vamos a poseer o con quién vamos a encontrarnos para ser felices.
Todos queremos ser felices, pero no todos elegimos el mismo lugar y el mismo objeto para que nos proporcione la felicidad verdadera. Podemos elegir bien o podemos elegir mal y ser felices o desgraciados según que elijamos al Dios verdadero o a las criaturas.
Elegimos mal cuando pecamos creyendo poder encontrar en las criaturas puestas en la ausencia de Dios, la felicidad suprema que añoramos. Cuando pecamos nos apartamos de Dios y nos convertimos de una manera desordenada a las criaturas.
Queremos ser felices en ellas, por ejemplo, en la carne de la mujer, en el dinero, en el poder, en la venganza, y en tantas otras cosas. Les pedimos a ellas que nos dejen contentos y felices hasta un punto tal que procedemos como si ellas fueran capaces de llenar las aspiraciones más profundas de nuestras almas.
Pero ésta es una vana ilusión. Porque es tan grande la aspiración del corazón humano que sólo Dios puede llenarlo y rebasarlo. Las criaturas pueden proporcionar al corazón del hombre pedazos de alegría pero nunca llenarlo. Y cuando las criaturas apartan al hombre de Dios, entonces en su corazón, junto a una pasajera y engañosa alegría, se realiza una destrucción profunda y como un mar de desdichas que tarde o temprano tiene que aflorar y percibirse. Por eso el pecador cuando se da cuenta de su estado, es lógico que sienta adentro la desnudez de su espíritu, la vaciedad de su vida, la locura de una vida frustrada.
Cuando pecamos y les pedimos a las criaturas aquella felicidad que sólo Dios puede darnos, las tratamos a ellas como si fueran Dios y por ello mismo, en nuestra ilusión y en los espejismos que nos fabricamos, las convertimos en dioses. Y empezamos así a fracasar en nuestra aspiración religiosa porque empezamos a convertirnos en idólatras, de momento que dedicamos a las criaturas objeto de nuestro pecado, lo mejor de  nuestros esfuerzos y afanes y llegamos a considerarlas como el centro de nuestra aptitud humana e incluso de nuestra vida misma. Así, por ejemplo, el dinero es el Dios de los avaros.
Cuando crecen los pecados los hombres se inclinan a representar a estos falsos dioses en símbolos o imágenes. Imágenes que fueron ayer para los antiguos las estatuas  de Venus (diosa de la lujuria) o de Baco (dios del vino) o tantas otras de que nos habla la historia. Imágenes que encontramos hoy al descubierto en las revistas, en los cines y en tantos medios de propaganda consagrados al culto ilegítimo de la lujuria, del dinero y del poder y que guardamos también escondidas en los recovecos de nuestra fantasía y de nuestros pensamientos en los largos momentos de ilusión pecaminosa que continuamente vivimos.
Al desplazar al Dios verdadero del ámbito libre de nuestro corazón y al arrojarnos en brazos de las puras criaturas para implorarles la felicidad, adoramos a las criaturas, aunque no nos demos cuenta de ello. Y empezamos a vivir como ciegos, dejándonos “arrastrar —como dice San Pablo— hacia los ídolos mudos” (I Co 12, 2), es decir, hacia los dioses que no son sino la caricatura del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Pero si por el pecado ejercitamos una actitud abominable que engendra dioses falsos, siguiendo este mismo proceso, es lógico que si somos pecadores, empecemos a considerarnos nosotros mismos como a dioses, porque podemos considerarnos por lo menos tan grandes como las realidades que engendramos. Por eso dice San Pablo refiriéndose a los que desprecian la cruz de Cristo por los placeres de los sentidos, que “su Dios es el vientre” (Fil 3, 19).
Por ello, en la parábola del fariseo y el publicano, el fariseo que desprecia al publicano en su soberbia se adora a sí mismo, porque no glorifica a Dios sino que se glorifica a sí mismo: “Te doy gracias porque no soy como los demás hombres” (Lc 18, 11 y ss.). Y tiende a convertirse en el objeto primario y último de todas las preocupaciones y alabanzas, como centro supremo del mundo, como principio y fin de todas las cosas.
Y por eso también el demonio cuando en el paraíso indujo a Adan y a Eva al pecado les hizo esta promesa: “Seréis como dioses” (Gén 3, 4).
En definitiva, que la idolatría del hombre aparece como término connatural del pecado humano y de la idolatría de las otras criaturas; y que la idolatría del hombre empieza a inundarnos aunque muy pocos se den cuenta de ello.
Pero si podemos elegir mal los caminos de la felicidad, también es cierto que con la ayuda de Dios podemos elegir bien. La gracia divina nos levanta en la fé, en la esperanza y en el amor para guiarnos hacia el Dios vivo y verdadero y unirnos a Él como a una única realidad absolutamente perfecta capaz de hacernos absolutamente felices.
Hay una oposición radical y profunda entre felicidad verdadera e idolatría del hombre.
No hay felicidad en la idolatría. Nuestro propio y caricaturesco endiosamiento no puede llevarnos sino a la soledad, a la corrupción personal y social, y hacia las angustias espantosas del infierno en donde el fondo de nuestro ser sigue pidiéndonos la felicidad verdadera que sólo en Dios se consigue. Y nuestra libertad obstinada en el mal sigue llevándonos a beber de las aguas impuras de nuestra soberbia maldita.
Pero no hay contradicción entre felicidad verdadera y adoración del Dios verdadero. Por el contrario, si somos religiosos y amamos a Dios sobre todas las cosas,  Dios habita en nuestros corazones y en la otra vida se nos entrega cara a cara y nos deja saciados con la riqueza de su ser y en plena posesión de nosotros mismos y de todas las cosas.
Estamos frente a la alternativa: o nos constituimos como adoradores del Dios vivo y verdadero, en espíritu y en verdad; o nos ponemos en los caminos de la adoración del hombre, entendido como abominable caricatura y simulacro de Dios.
Nosotros tenemos que elegir al Dios vivo revelado en Jesucristo.
Fray Mario José Petit de Murat o.p.

29 de enero de 2020

ALGUNAS PAUTAS PARA ALCANZAR LA SABIDURÍA


SABIOS CONSEJOS


Un estudiante le preguntó a Santo Tomás de Aquino 
qué debe hacerse para alcanzar la sabiduría.
Si bien la respuesta está dirigida a un joven fraile conventual, se adapta perfectamente a cualquier persona.

Puesto que me preguntaste, querido hermano Juan, cómo te debes comportar para lograr el tesoro de la ciencia, estos consejos te doy sobre el particular:

1. No quieras entrar inmediatamente en el mar, sino a través de los riachuelos, pues a lo difícil se debe llegar por lo fácil.

2. Te mando que seas taciturno (callado, observador)…

3. Procura tener limpia la conciencia.

4. No dejes de dar tiempo a la oración.

5. Ama el retiro prolongado de la habitación si quieres entrar en la bodega de la sabiduría.

6. Muéstrate amable con todos.

7. No te preocupes de las cosas de los demás (de las habladurías y cosas sin importancia…)

8. No te muestres demasiado familiar con nadie, porque la excesiva familiaridad engendra desprecio y resta tiempo al estudio (de dar “ciertas confianzas” a personas con las que no hay amistad…)

9. No te entrometas en modo alguno en los dichos y hechos de los de los demás.

10. No quieras tratar de todo a la vez.

11. Procura seguir los pasos de las personas buenas y santas.

12. Encomienda a la memoria todo lo bueno que oyes, venga de quien viniera.

13. Procura entender lo que lees o escuchas.

14. Clarifícate en las dudas.

15. Esfuérzate en colmar la capacidad de tu mente, cual deseoso de llenar un vaso vacío.

16. No intentes hacer lo que supera tus dotes.
Si sigues este camino producirás, durante tu vida, hojas y frutos útiles. Si atiendes a mis consejos conseguirás lo que pretendes.


29 de septiembre de 2019

NOSTALGIA, TRISTEZA, DESESPERANZA


TRES
TENTACIONES



De tanto en tanto, o en temporadas de manera continua, tres tentaciones acechan el corazón de un creyente, y especialmente de un sacerdote o un consagrado.

Porque vivimos en un mundo que quiere o siente que ha "expulsado a Dios del paraíso de los hombres", donde Dios, su Palabra, su llamado, su Presencia, molestan, incomodan.

Los creyentes somos a menudo acusados de "aguafiestas", de "enemigos del progreso y de la libertad", de personas anticuadas y retrógradas, sobrevivientes de un mundo que ya no existe.

Ahí surgen y se manifiestan con fuerza, tres tentaciones:

- NOSTALGIA por el pasado

- TRISTEZA por el tiempo presente

- DESESPERANZA por el futuro.

Y no te voy a negar que existen razones para estas tres actitudes, y no te voy a negar que la fuerza del mal y del pecado parece algunas veces triunfar, y provoca un cansancio y un desgaste difícil de resistir.

Sin embargo, basta que CRISTO RESUCITADO se manifieste, basta que puedas vivir un momento de encuentro con Él, que vuelvas a sentir y saber que ÉL ESTÁ VIVO, que ha vencido al mal, a la muerte y al pecado, para que estos tres enemigos poderosos se empequeñezcan y hasta desaparezcan.

Y es que cuando te das cuenta de este Cristo vivo y su poder, podés mirar nuevamente:

- El pasado con gratitud y humildad.

- El presente con alegría y serenidad.

- El futuro con ilusión y audacia.

¡Que no nos venza el mal! ¡Que no nos resignemos a un mundo sin Dios, porque un mundo sin él es un mundo sin amor, y un mundo sin amor es el infierno!

Animate a confiar y a creer. Él está con nosotros siempre.


P. Leandro Bonnin


31 de marzo de 2019

LA VIDA SALUDABLE Y LA ASCÉTICA


"Una saludable desesperación"

Una interesante reflexión del periodista español Juan Manuel de Prada que, 
como laico y desde una mirada histórica, 
nos señala la paradoja de la sociedad contemporánea: 
que realiza duras privaciones para exaltar a la diosa SALUD (y la vida terrenal) 
y no considera las saludables mortificaciones espirituales para crecer en la VIRTUD (y hacia la vida eterna).

Su artículo, bien podría catalogarse como propio de la Ecclesia docens.



31 de marzo de 2019

EN las sociedades paganas la gente no se preocupaba por la salvación de su alma. Era una actitud desesperada, pero al menos el pagano tenía la gallardía de entregarse a un vitalismo despepitado que se condensaba en aquel célebre consejo del comediógrafo griego de la antiguedad Menandro: «Comamos y bebamos, que mañana moriremos».

En las sociedades neopaganas de nuestra época, la gente tampoco se preocupa por la salvación de su alma, pero la desesperación se ha cambiado de ropajes, ha dejado de tocar a rebato bajo el grito comilón y borrachín de «sálvese quien pueda» y ha ofrecido al hombre desesperado (ya que no puede ofrecerle una razón para vivir) otras anestesias muy diversas que le hagan más llevadera su desesperación. Le ha ofrecido morfina para acallar su dolor, píldoras para embravecer su bálano, bisturís para borrar sus arrugas, proteínas sintéticas para endurecer sus músculos, dietas para alargar su vida.

La desesperación, de este modo, ha acabado convirtiéndose en nuestro hábitat natural; un hábitat con aire acondicionado en verano, calefacción central en invierno e hilo musical las cuatro estaciones del año.

Y así, mitigada por estas anestesias, la desesperación ha conseguido que el hombre neopagano acepte todo tipo de mortificaciones que dejan chiquitas las penitencias cuaresmales que ayudaban al hombre a salvar su alma.

Para participar de la desesperación de nuestra época ya no es posible comer y beber sin tasa, como proponía la invitación hedonista de Menandro, sino que a cada instante debemos recordar que, por cada comilona que nos embaulamos, por cada sobremesa regada de alcohol que alargamos, por cada cigarrillo que fumamos, agotamos un minuto, una hora, un día de vida.

La desesperación neopagana, en su afán por salvar la salud del cuerpo, ha amargado nuestra vida con las privaciones más ímprobas, al estilo de aquel doctor Pedro Recio de Tirteafuera de “El Quijote” al que encargaron vigilar la alimentación de Sancho Panza, mientras fue gobernador de la ínsula Barataria. Aquel mamarracho, armado de una varilla de ballena, señalaba las viandas que consideraba poco saludables, condenando al buen Sancho al ayuno más aciago; y esto mismo hace con nosotros la desesperación neopagana, donde la tiránica diosa Salud desempeña el mismo papel (en versión paródica y degradada, como corresponde a todo sucedáneo idolátrico) que en las sociedades religiosas representaba la Virtud.

Con la diferencia de que, mientras el hombre virtuoso miraba la eternidad, el hombre saludable de hogaño mira… el cronómetro, computando los minutos, las horas, los días que gana con su saludable y pestilente vida.

Sancho Panza, al menos, pudo darse el gustazo de despedir con cajas destempladas al doctor Pedro Recio de Tirteafuera. A nosotros, la desesperación neopagana nos impone vivir saludablemente hasta nuestro fallecimiento, para llegar a ser un saludable cadáver que alimente saludablemente a los muy saludables gusanos que habrán de devorarnos (¡o al fuego de la incineradora, más saludable todavía!).

Y es que, en las sociedades neopaganas, la tiranía omnímoda de la Salud se ejerce sobre una masa esclavizada que sólo cree en el Paraíso en la Tierra instaurado por Papá Estado, que le otorga graciosamente ‘derechos’ y ‘libertades’.

Y Papá Estado, en su afán por proteger nuestros ‘derechos’ y ‘libertades’, y bajo los afeites de la ‘tolerancia’, ha erizado nuestra vida de muy protectoras empalizadas. Y así, armados de los ‘derechos’ y las ‘libertades’ que nos brinda Papá Estado, que no son sino armas arrojadizas que arrojamos contra el prójimo (en quien sólo vemos un enemigo potencial), nos entregamos a las más duras privaciones, confiados grotescamente en que, por cada cigarrillo que no prendamos, por cada manjar que rechacemos, por cada exceso que no cometamos, obtendremos a cambio un minuto, una hora, un día más de vida.

No está probado que esta saludable desesperación vaya a obtener recompensa; más bien está requeteprobado que seguiremos muriéndonos, después de convertir nuestra existencia en un infierno. Y quién sabe si después de ganarnos el infierno en la otra vida.

Todo sea por alcanzar una magnífica ‘calidad de vida’, que es como nuestra época denomina sarcásticamente a la vida llena de ímprobas privaciones que ni siquiera son medios de nada; ímprobas privaciones convertidas en sí mismas en fines vacuos y dementes.

A ninguno de aquellos juguetones dioses del Olimpo, inventados por los paganos, se le hubiese ocurrido una forma de tortura tan alienante y aburrida.

Pero ¿quién dijo que las idolatrías fuesen divertidas?



6 de diciembre de 2018

RECOMENDACIÓN ASCÉTICA EN ADVIENTO

PERSEVERAR ASIDUAMENTE
EN LA VIDA DE ORACIÓN


Una breve reflexión del monje cartujo alemán Johannes Justus Lansperger (1489-1539), escritor ascético



Permanece asiduamente en tu santuario interior.
No te des a nada con exceso,
conténtate con el simple uso de las cosas presentes
de las que tienes que ocuparte por necesidad,
sin apegar a ellas tu corazón.

Remite a Dios constantemente todo acontecimiento,
triste o alegre,
permanece sin multiplicidad
a fin de que Dios te esté siempre presente.
No vagabundees de acá para allá.

Vuelve sin cesar a la soledad, a la conversación interior.
Aquél a quien tú buscas sea tu pensamiento continuo,
y sea lo que te toque sufrir, continúa tu camino.
Vuelve así, siempre, al interior,
donde está presente la Verdad misma.
Nunca llegarás a ella
en la agitación sin consistencia de las palabras.

Guarda, entonces, el silencio,
permanece en la paz,
soporta todo,
ten confianza en Dios,
haz lo que buenamente puedas
y pronto recibirás una maravillosa luz
para conocer los caminos tan perfectos de la vida interior.

(Lanspergio
Speculum christianae perfectionis, cap. XXX)

5 de julio de 2018

LA VOLUNTAD DE DIOS



            ¿Estás sufriendo una gran tribulación? —¿Tienes contradicciones? 

    Di, muy despacio, como paladeándola, esta oración recia y viril:

      "Hágase, cúmplase, 
sea alabada y eternamente ensalzada 
la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. Amén."

      Yo te aseguro que alcanzarás la paz. 

(Camino, 691)

21 de junio de 2018

CHRISTUS IMPERAT!

ANTE LA MEZQUINDAD DE LA “EFICIENCIA”
ES NECESARIO RECUPERAR EL VALOR DEL SÍMBOLO Y DE LA HEROICIDAD


Fue olvidado el valor de los símbolos. No se recuerda ya que las gestas heroicas a veces no son más que gestos heroicos, gestos que quizás cuestan la vida, gestos que marcan a fuego la vida y la muerte de un campeador de lides imposibles, gestos que terminan grabando a fuego de sangre las páginas más sagradas de la historia de una Nación o de un Imperio.

Nos consume y agita el racionalismo cuantitativista y los cálculos humanos de eficiencia. Por eso, -olvidando que, en virtud de la causalidad ejemplar, a veces lo más inútil es, paradójicamente, lo más fecundo- rechazamos como inútiles todo gesto o gesta que no prometa un amplio número de adhesiones o que implique pronósticos de ostracismo y caras largas.

Es preciso recuperar el valor del símbolo, la conciencia de la belleza impostergable e imperimible de la hazaña quijotesca, de la vehemencia heroica y del gesto noble e inclaudicable.

En estos tiempos de plebeyismo, donde todo salvo el lucro se nivela para abajo, donde todo es bienvenido salvo la vehemencia apasionada en la afirmación de la Verdad, donde muchos de los católicos buenos viven con un estúpido complejo de inferioridad o de culpabilidad por no haber sido suficientemente mundanos o por no haberse adaptado debidamente a los tiempos actuales, urge restaurar la estima del símbolo heroico, del gesto caballeresco, de la palabra quijotesca, del testimonio martirial.

No importa que el gesto caballeresco prometa ser ociosa o magníficamente inútil así como no le importa a la estrella brillar cuando el mecanismo del cosmos no requiere de su brillo para conservar su eficiencia.

En el fondo, lo que más se necesita son testigos que anuncien la Verdad perenne y que lo hagan con la belleza que caracteriza a las obras de la aristocracia del espíritu, que supera con abismales creces toda la ordinariez y la mezquindad de la “eficiente” y adaptada producción los tibios y los fríos calculadores.

Al fin, no hay nada más eficaz que la gesta heroica porque sólo las gestas heroicas levantan a los pueblos en son y trance de poesía y combate, de lid maravillosa y épica exultante.

Nadie se entusiasmará con los discursos de la observancia de nimiedades cotidianas y ordinarieces profesionales. Sólo los gestos heroicos y rotundos despertaran las águilas que duermen el sueño del terrenalismo y el acomodo, del naturalismo y el negocio. Sólo las gestas impares, por más “inútiles” que sean, lograran que muchos muertos –que yertos yacen por la rutina y la depresión existencial- resuciten de sus tumbas y marchen tras, o cual, nuevos Cides y Quijotes a renovar la faz de la tierra bajo el único signo omnipotente, el signo de la Cruz.

La Cruz, omnipotente para toda hazaña y catapulta de todo heroísmo, nos hace un último llamamiento con su épico fulgor irresistible: navegar mar adentro a encender el mundo entero en el fuego del Espíritu Santo hasta que toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y el infierno ante Jesucristo y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor y el único Rey de Reyes.

Si Pelayo pudo reconquistar España comenzando desde la áspera estrechez de una diminuta cueva asturiana, ¿por qué seguimos encerrados en nuestros negocios y sacristías por miedo a las huestes enemigas, que nos acometen en poseso malón y orgiástica horda? ¿Acaso dudamos que Dios podrá enviarnos, como a Pelayo, a la Virgen Sacrosanta a pelear en nuestras nuevas batallas de Covadonga o que podrá auxiliarnos como otrora hizo mandando a Santiago a enarbolar la cruz espada y cerrar España?

Ya fallaron los cálculos, los programas, las campañas masivas de adhesión, los pactos con el mundo, los entrismos subterráneos, los plebiscitos, las juntas de firmas, los cambios de lenguaje y las concesiones de toda laya.

Quizás, como a la División Azul de Palacios, no nos queden más que bolas de nieve o piedras para resistir ante los tanques enemigos del Goliat de turno. En tal caso, tiraremos sin piedad esas bolas de nieve y esas piedras, y así gritaremos al mundo todo que no nos rendimos y que nada podrá arrancar nuestra bandera, la bandera de Cristo Rey y María Reina, la bandera de la Cristiandad, que supo y quiere ser Imperio que proteja en su seno a todos los pueblos de la tierra que yacen presos bajo el poder aplastante de las finanzas mundiales, en las tinieblas de la apostasía, el paganismo y el vil materialismo.

Que Cristo impere doquiera y que nosotros seamos sus pregorenos, sus apóstoles martiriales, sus avanzadas imperiales, sus lanceros inclaudicables, sus últimos soldados, aquellos que no calculan ni miden sus lides pues su hambre y su sed de justicia los extasían en sueños de heroísmo y generosidad.

Padre Federico Highton, S.E.
Misionero en el Himalaya
18-VI-18, Madrid