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18 de abril de 2020

¿SE PUEDE DECIR SENSATAMENTE QUE LA PANDEMIA ES UN CASTIGO DE DIOS?


¿CASTIGO DE DIOS?

Por monseñor Héctor Aguer
(Académico Honorario de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino, Roma).



San Miguel Arcángel por el escultor flamenco Peter Anton von Verschaffelt, en 1753. Esta imagen está en la cúspide del Castillo Sant'Angelo en Roma y representa al Arcángel envainando la espada recordando cuando se apareció en la cima del edificio para indicar el fin de la epidemia de peste que aconteció durante el pontificado de Gregorio I, (590-604).


       Acabo de recibir esta consulta: ¿Se puede pensar que la pandemia desatada por el Covid-19 sea un castigo de Dios?. Yo añadiría a la pregunta: ¿sensatamente?. Así se excluye desde el comienzo tanto el fundamentalismo desorbitado que agita terrores apocalípticos, cuanto el relativismo incrédulo del católico "progresista", que descarta con una sonrisa la cuestión in limine.

       Basta hojear en la Biblia los relatos del peregrinaje del pueblo de Dios registrado en los libros del Éxodo, los Números, y el Deuteronomio, para encontrar numerosos testimonios de la actitud divina ante la infidelidad, reiterada y contumaz, de los judíos. La noción de castigo va asociada a una imagen de Yahweh, que incluye el desfogue de su ira, manifiesta en el juicio contra el pecado; este es siempre desobediencia, incredulidad, apostasía. Aparece también el juicio y castigo de las naciones paganas, ya que el de Israel es un Dios universal, único y celoso de su gloria. En una y otra dirección se destaca asimismo la paciencia de Dios y su amor misericordioso, dirigido a obtener del pecador la conversión, ya que Él "no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva". Esta expresión ilustra un rasgo del Dios de Israel, que se reitera de continuo en los nebiyîn, los escritos proféticos.

       Los términos mencionados parecen hallarse siempre en vinculación intrínseca: la ira es expresión de la santidad divina, de la que ha querido hacer participar al hombre; se manifiesta en el juicio, en el cual se muestra que Yahweh gobierna soberanamente el mundo, donde se ejerce como factor decisivo la libertad y consiguiente responsabilidad de la criatura, hecha a imagen del Omnipotente. Se citan las ciudades paganas castigadas por su maldad, como Babel, Sodoma, y Nínive, a las que se suma la misma Jerusalén cuando es llamada infructuosamente al arrepentimiento. En la dialéctica de la historia, los imperios paganos son instrumentos para la corrección del pueblo de Dios. Son bien elocuentes estos pasajes de la profecía de Ezequiel: "Les infligiré justos castigos: la espada, el hambre, las bestias feroces y la peste" (Ez. 14, 21)... "Ustedes caerán bajo la espada; los juzgaré en el territorio mismo de Israel, y así sabrán que yo soy el Señor (ib. 11, 10).

       Respecto de la peste, es interesante recordar el castigo que se impone a la necia jactancia de David al realizar el censo del pueblo, a pesar de la sensata recomendación en contrario de Joab. Se le propone elegir entre tres años de hambre, tres meses de derrotas a mano de los adversarios, o bien "tres días en que la espada del Señor y la peste asolarán el país y el Ángel del Señor hará estragos en todo el territorio". El rey eligió lo tercero, con este argumento: "Caigamos más bien en manos del Señor, porque es muy grande su misericordia, antes que caer en mano de los hombres". Se produjo entonces la peste, y la muerte de setenta mil hombres. La conclusión del episodio es bien ilustrativa: "El Ángel extendió la mano hacia Jerusalén para exterminarla, pero el Señor se arrepintió del mal que le infligía y dijo al Ángel que exterminaba al pueblo: "¡Basta ya!. ¡Retira tu mano" (1 Sam. 24, 10 ss.). El episodio es retomado en el Primer Libro de las Crónicas, capítulo 21. Entre paréntesis: el término daber (o deber, peste) recurre en varios pasajes del Antiguo Testamento hebreo; la versión griega de "los Setenta" traduce thánatos, muerte.

       El antropomorfismo que pinta a Dios arrepintiéndose se suma a los otros, la ira y la paciencia. Es una bella expresión de la misericordia divina. Todos los elementos señalados se encuentran en un texto del libro de Baruc, que no integra el canon hebreo sino la versión griega: "Al Señor nuestro Dios pertenece la justicia, a nosotros en cambio, y a nuestros padres, la vergüenza reflejada en el rostro, como sucede en el día de hoy... el Señor estuvo atento a estas calamidades y las descargó sobre nosotros, porque él es justo en todo lo que manda hacer... seguir los preceptos que él puso delante de nosotros" (Bar. 2, 6 - 10). "... Sin embargo, tú nos has tratado, Señor Dios nuestro, conforme a toda tu benignidad y a tu gran compasión" (ib. 2, 27).

       No todo sufrimiento puede ser interpretado como castigo divino o llamado a la conversión; uno de los enigmas más dolorosos es el sufrimiento de los inocentes y su sentido. En el Antiguo Testamento, el Libro de Job y su discusión con Dios sobre este punto representa un anticipo de la respuesta que se revela en el Nuevo Testamento, en la cruz de Jesucristo, el inocente que se ofrece en sacrificio por los culpables. El castigo no es solamente pena que se impone a quien ha cometido un delito, sino también ejemplo, advertencia, corrección, enmienda.

       Rigurosamente hablando, el único inocente es Jesucristo, Dios mismo que hecho hombre saca al hombre del camino sin destino, el atolladero en el que se había internado al decaer de su condición original; de la prehistoria originaria a la historia, por no aceptar la realidad de su inserción en el conjunto de la creación. "Ser como Dios", ser un dios, es siempre la gran tentación. Con la caída del hombre, la creación entera queda -como lo advirtió San Pablo, Rom, 8, 20- "sometida a la vanidad", mataiótēti. Esta palabra, mataiótes se traduce como vanidad; en la expresión griega se incluye un matiz de estupidez, sinrazón, insolencia orgullosa. Quien se somete a la vanidad es el hombre que prescinde de Dios y se empeña en forjar una nueva humanidad, la Humanidad, un orden diseñado por su soberbio arbitrio; en su pertinacia arrastra a toda la creación, de la cual había sido constituido rey. Ahora la esclaviza consigo a la nada.

       El mensaje central del Nuevo Testamento es que Cristo, el Mesías de Israel, se hizo cargo del pecado de la humanidad entera y lo clavó en la cruz para disolverlo en ella. Leemos en la Primera Carta de Pedro: "Él llevó a la cruz nuestros pecados, siendo justo padeció por los injustos, para llevarnos a Dios" (1 Pe 3, 18). En la cruz la justicia de Dios se manifiesta como misericordia. Es este el momento de concluir que Dios es justo porque es misericordioso, y es misericordioso porque es justo. Esta paradoja -aparente- la expresó Tomás de Aquino escribiendo que "la obra de la justicia de Dios siempre se funda en una obra de su misericordia, y la supone" (I, q. 21, a. 4). Comentando el Salmo 50 -el célebre Miserere- dice que la misericordia de Dios es grande por siete razones: es incomprehensible, lo llena todo, está en todos, es sublime, eterna, virtuosa, y universal.

       Una última observación que completa el conjunto de la revelación bíblica: por la fe en Cristo, muerto y resucitado, el hombre y con él la creación se encaminan a su fin, a su cumplimiento en el ésjaton -lo último, el estado definitivo-, "los nuevos cielos y la nueva tierra", que de lejos anunciaron los profetas.

       El desarrollo precedente, articulado en la teología católica, puede servir de fundamento a la respuesta que se busca.

       La Providencia del Señor de la historia no debe concebirse como una voluntad omnipotente y arbitraria sino como prudencia, sabiduría que no anula el juego de los múltiples factores que intervienen en la historia, sobre todo las intervenciones de la libertad humana y sus consecuencias, lo que en lenguaje filosófico se llama causas segundas.

       Me permito citar nuevamente a Santo Tomás, que insiste en numerosos pasajes de sus obras que la presciencia y providencia de Dios, y aun la predestinación de los hombres no imponen necesidad a las cosas ni anulan el carácter contingente de las mismas. A través de esos agentes se cumple el designio divino; se puede decir entonces que Dios permite el mal, el que el hombre realiza y el que se sigue de su torcida elección. Esa permisión sirve de castigo, corrección y enseñanza, en busca del bien. De paso digamos que Dios no arroja a nadie en el infierno, el condenado va allá por su cuenta, se marcha a su lugar, eis tòn tópon tòn tòn ídion , como Judas (Hch. 1, 25). Y entra en el orden de la sabiduría y la voluntad divinas, que soberanamente dirigen todo.

       A propósito de la plaga del coronavirus, se ha discutido acerca del origen, de cómo el virus pasó del ámbito animal al humano. Los datos apuntan, como escenario más seguro, al mercado de Wuhan, ciudad de la China profunda; allí, al parecer, se sitúa el escenario del contagio. Se vendían en ese lugar toda clase de animales, cuya sangre derramada y sus excrementos ofrecieron la situación adecuada para la generación de la nueva plaga: se dice que pasó al ser humano del murciélago a través de un mamífero placentario, insectívoro, llamado vulgarmente pangolín. Aunque se conocen otras hipótesis acerca del origen del virus, me detengo en la descrita para ofrecer una interpretación. Como en los casos del VIH, el Ébola, el SARS y el MERS también en el del Covid 19 se verificó un salto de la naturaleza deturpada al autor de los abusos.

       El hombre, según el designio del Creador, se inserta en la naturaleza por medio de su trabajo y artesanía; es homo faber, pero antes es contemplativo del don recibido, al cual debe admiración y respeto; no le es lícito esquilmar el don de Dios, sino explotarlo sabiamente para su necesidad y provecho. El señorío del hombre sobre la naturaleza se ha convertido en abuso destructor del ecosistema; las consecuencias están a la vista. La naturaleza se cobra el precio de la violación a la que es sometida.
      
       No me parece arbitrario referir a las consecuencias que sufrimos, que no se limitan al contagio de la peste, a otras violencias ejercidas contra la naturaleza: la destrucción del matrimonio y la familia, en virtud de la ideología de género y de las leyes inspiradas en ella; la alteración de la realidad del sexo, y la propaganda abrumadora en favor de la homosexualidad; la educación errada de los niños por imposición del Estado; el manoseo de la dignidad de la mujer en el feminismo extremo; los crecientes femicidios (varones que asesinan a sus novias o ex novias, parejas o ex parejas); la amenaza de legitimación del aborto y la eutanasia; la idiotización de las multitudes por la televisión; el dominio de los medios económicos por grupos poderosos y funcionarios corruptos que crea pobres y excluidos, y un largo etcétera.

       En la cultura que se va imponiendo se insinúa un nuevo "orden" basado en el desorden, en la enemistad contra el don de la creación, contra la realidad y el concepto de naturaleza. Son virus que no saltan de la esfera animal; el virus por excelencia es la pretensión del hombre de convertirse en Dios, una pandemia que conduce a la muerte moral y espiritual.

       Como en el caso del ecosistema físico, también, en el ecosistema de la cultura, en el cual vive el hombre, el peligro cercano es la destrucción. Vivimos una especie de autocastigo, y la única salida es comprenderlo como un llamado a volver a Dios, lo que en el lenguaje bíblico se llama metánoia, conversión, que tiene una raíz intelectual: cambio del noûs, la mentalidad o manera de pensar, y de allí renovación de intenciones, sentimientos y proyectos.

       Volviendo al Covid-19, se me ha pedido también una opinión sobre las medidas adoptadas en nuestro país para conjurar el avance del mal. Las consecuencias económicas, sociales y psicológicas son incalculables. Los remedios que se intentan permiten la justa cavilación de muchos que se preguntan si no serán peor que la enfermedad. No es competencia mía dilucidar este asunto; la duda debería ser analizada cuanto antes.

       La sobreactuación del estado atropella las garantías democráticas; la república se encuentra con sus instituciones en cuarentena, y es gobernada por el Poder Ejecutivo mediante "decretos de necesidad y urgencia". Muchos fieles están indignados por la reclusión de la Iglesia, que se somete medrosamente al dominio estatal; los templos se abren para el reparto de alimentos, pero no para que se pueda entrar a rezar en ellos. Ni siquiera se pudo el Viernes Santo, para besar el Crucifijo, y tocar con devoción el manto de la Madre Dolorosa.

       ¿Qué se seguirá de este penoso antecedente?. Afortunadamente no han faltado sacerdotes que con prudencia y coraje han hecho y hacen uso de la libertad cristiana. ¡No es lo mismo la Misa por internet!.

       No se me oculta que esta opinión mía, que presento modestamente y cum formidine errandi, puede desagradar a muchos. Me atrevo a divulgarla recordando lo que decía Francisco de Quevedo en su Epístola Censoria al Conde - Duque de Olivares:

¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?.

+ Mons. Héctor Aguer.

6 de marzo de 2020

CORRELACIÓN ENTRE LA FE Y LOS SACRAMENTOS

ANTE UNA OBNUBILACIÓN DE LA FE CATÓLICA


La Comisión Teológica Internacional, que depende de la Congregación para la Doctrina de la Fe ha publicado estos días un importante documento, que hace a la vivencia de la fe católica.´

El documento, fruto del debate, reflexión y análisis, se hizo público el 3 de marzo de 2020, después de cinco años de labor. Fue aprobado en la Sesión Plenaria de la Comisión el año 2019 y luego, autorizado para su publicación por el Papa Francisco el 19 de diciembre de 2019.

En sus objetivos, expresa:
“Esperamos contribuir a superar la fractura entre fe y sacramentos allí donde se dé, en su doble vertiente: ya sea una fe que no sea consciente de su esencial sacramentalidad; ya sea una praxis sacramental realizada sin fe o cuyo vigor plantee serios interrogantes con relación a la fe y la intención fiducial que la práctica de los sacramentos requiere” (n. 10).

En sus números 7, 8 y 9 (que transcribimos abajo) presenta un preocupante diagnóstico acerca de cómo se propone hoy la fe católica, reducida a lo emocional y desconectada de la pastoral sacramental y de la mediación de la Iglesia.


DISTORSIONES DE LA FE

        En las sociedades actuales se dan fenómenos que dificultan el hecho de creer, tal y como lo propone la fe católica. El ateísmo y la relativización del valor de todas las religiones avanzan en muchas partes del planeta. El secularismo erosiona la fe, siembra la duda, en lugar de abonar la alegría de creer. El auge del paradigma tecnocrático implanta una lógica contraria a la fe, que es una relación personal. La reducción emocional de la fe produce una creencia subjetiva, normada por el propio sujeto, que se aleja de la lógica objetiva marcada por los contenidos de la fe cristiana. La cultura cientificista, ya aludida, tiende a negar la posibilidad de la relación personal con Dios y su capacidad de intervenir en la vida personal y la historia. La objetividad del credo y la estipulación de condiciones para la celebración de los sacramentos se entienden, según una sensibilidad cultural en aumento, como una coacción de la libertad para creer según la propia conciencia, manejando una concepción insuficiente de la libertad que se pretende defender. Desde este tipo de premisas, se produce un tipo de creencia o un modo de creer que no encaja en la concepción cristiana ni correlaciona con la práctica sacramental que la Iglesia propone.

FALLOS PASTORALES

        En el periodo posterior al Vaticano II, también se han dado algunas actitudes generalizadas entre los fieles y los pastores que han debilitado, de hecho, la sana correspondencia entre fe y sacramentos. Así, en ocasiones se ha entendido la pastoral de la evangelización como si ésta no incluyera la pastoral sacramental, perdiendo así el equilibrio entre Palabra de Dios, evangelización y sacramentos. Otros no han captado que el primado de la caridad en la vida cristiana no implica un menosprecio de los sacramentos. Algunos pastores han centrado su ministerio en la edificación comunitaria, descuidando el puesto decisivo de los sacramentos para tal fin en este empeño. En algunos lugares, ha faltado una valoración teologal y un acompañamiento pastoral a la piedad católica popular, para ayudarla a crecer en la fe y, así, alcanzar una iniciación cristiana plena y una participación sacramental frecuente. Por último, no pocos católicos se han hecho a la idea de que la sustancia de la fe radica en vivir el evangelio, despreciando lo ritual como ajeno al corazón del evangelio y, consecuentemente, ignorando que los sacramentos impulsan y fortalecen la vivencia intensa del mismo evangelio. Se apunta, pues, hacia la necesidad de una articulación adecuada de martyría, leitourgía, diakonía y koinonía.

RESULTADOS

                No pocas veces, los agentes pastorales reciben la petición de la recepción de los sacramentos con grandes dudas sobre la fe y la intención de quienes los demandan. Otros muchos creen que pueden vivir su fe con plenitud prescindiendo de la práctica sacramental, que consideran opcional y de libre disposición. Con acentos diversos pero muy extendidos, se da un peligro cierto: bien sea de ritualismo vacío de fe, por falta de interioridad o por costumbre social y tradición; bien sea de una privatización de la fe, reducida al espacio interior de la propia conciencia y sus sentimientos. En ambos casos se vulnera la reciprocidad entre fe y sacramentos.

El documento completo, en su texto oficial, puede leerse en:




20 de enero de 2020

UN ESCRITO DE UN COFUNDADOR DE LA REVISTA COMUMNIO


UNA COSMOVISIÓN CRISTIANA

Un texto de Louis Bouyer
que desarrolla la historia de la Creación invisible y visible, del Pecado y de la Redención,
a partir de la magnífica exposición del Cardenal Newman del “Mundo Invisible”.



Louis Bouyer (París17 de febrero 1913 – Ibidem22 de octubre 2004
fue un luterano francés que fue recibido en la Iglesia Católica en 1939
Como teólogo, participó en el Concilio Vaticano II, publicó múltiples libros e impartió clases de teología, abarcando muchas disciplinas. (ver debajo del artículo una breve biografía)
Con el cardenal Joseph Ratzinger y otros, cofundó la revista internacional Comumnio. Fue escogido dos veces por el Papa para formar parte de la Comisión Teológica Internacional.



        El mundo de los espíritus, buenos o malos, no es un mundo distinto al nuestro si tomamos a éste en todo su espesor. Newman nos lo recuerda: para la Biblia como para toda la tradición, judía y cristiana, no existe un mundo visible y otro mundo invisible. El mundo visible es la parte emergente, para nosotros, de un universo único cuyas profundidades se pierden más allá de donde pueden alcanzar nuestras miradas oscurecidas. Porque para nosotros, aquello que no vemos tampoco existe, ni acá ni allá. 

        Jacob creyó poner la piedra que usó como almohada en un lugar solitario. Pero apenas se cerraron los ojos de su carne, Dios le abrió los ojos del espíritu. Y entonces vio a los ángeles subir y bajar en el mismo lugar donde antes había visto no más que cosas banales. Y Newman concluye que las cosas visibles, o las que llamamos de ese modo, no son más que los flecos de un vestido tejido en torno a aquello que no vemos, pero que ellos ven a Dios sin cesar.

        El sentido final de la cosmología que los Padres de la Iglesia han tomado de la Escritura y que otorga mucho espacio a los ángeles (y a los demonios), es que la creación no es de modo accesorio sino esencial la creación de seres personales. El mismo Dios, el Dios de los judíos, es Alguien. Y el evangelio afirma que ese Alguien nunca estuvo solo, sino en eternas relaciones personales del Padre con el Hijo, y ellos dos con el Espíritu. ¿Por qué motivo tal Dios crearía un mundo que no fuera, él también, un mundo de personas, una ocasión de comunión?

        La primera creación, por tanto, de los teólogos antiguos, es una creación personal. Como dice Dionisio, el Pseudo-Areopagita, es una ‘jerarquía celeste’. Ella extiende a la nada llamada al ser, la circulación del amor y de vida de la ‘tearquía divina’, es decir, de la Trinidad eterna.

        Las criaturas originales son los pensamientos del Padre en el Verbo sobre los cuales se posa la presencia del Espíritu de amor y que, a su imagen, piensan y aman. El mundo al que llamamos visible no es más que este pensamiento amante, común a las primeras criaturas, objetivado a su vez por el único Creador, de modo que el universo sensible proclama la gloria divina contemplada por la creación invisible. Él es la comunicación y como el lugar de la comunidad entre los primeros espíritus creados. La luz y la vida lo atraviesan, cántico de los ‘hijos de la aurora’, de aquellos que, —nos dice el libro de Job—, cantan unánimes, desde el primer día, al autor de todas las cosas.

        Sin embargo, apareció una fisura que resquebrajó el coro de los primeros espíritus. Lucifer, que debía ser el ángel guardián del cosmos, se quiso hacer dios. Con los compañeros de su infidelidad, se estrelló de alguna manera sobre el mundo sensible. Y su rapiña orgullosa proyectó, eclipsando la claridad de Dios, la sombra de la muerte.
La belleza del universo no desapareció por completo. Se hizo equívoca, ya no fue más el cántico de las criaturas inteligibles, sino el reflejo de su conflicto, un cruce de luz y de sombra, una vida que se nutre de la muerte a la que tiende.

        Dios, por tanto, no abandonó la superficie terrestre, que es su obra, al poder diabólico, ni tampoco a una lucha interminable entre ángeles fieles e infieles. Él la había creado como un espejo de la creación celestial. Desde el seno mismo de las aguas agitadas que ya no reflejaban su imagen estelar, hizo resurgir, con el hombre, una espiritualidad renovada. Ella podía, ella habría debido ser redimida del mundo esclavizado. En torno a la libertad recobrada por el cosmos en el hombre inocente, todas las cosas se incorporaron a él, refloreciendo en un paraíso, es decir, en el jardín de Dios. 
       
        Pero el hombre, al que la humildad de la obediencia amante había hecho el amigo de Dios, prefirió seguir, en su avidez, al orgullo demoníaco. En vez de escuchar la Palabra divina, cedió a las mentiras de las apariencias convertidas en engañosas. Y lejos de transformarse en un dios, se hizo esclavo de Satanás, el cual no podía encontrar un imperio que no fuera el de la muerte.      

        Pero Dios, una vez más, produjo un redentor. El alma viviente del primer hombre, encarnándose en el mundo caído, en vez de levantarlo, había consumado su postración. Pero el Espíritu vivificante del Hombre nuevo, del Cristo, del Hijo eterno del Padre, se encarnará a su vez en la humanidad pecadora. Recapitulando en sí mismo la historia corrompida del hombre debilitado, cumplirá la obra de salvación que el hombre había arruinado.

        Anonadándose para obedecer al Padre, el último Adán obtuvo la exaltación soñada por el primero, pero que la concupiscencia le había impedido obtener. Por la Cruz, toda la humanidad, asociada a un Divino jefe, entrará en la gloria prometida a los hijos de Dios. Por ella, el cosmos físico, en la resurrección, será salvado, arrancado de las sombras de la muerte, transportado al Reino de la luz, ese Reino del cual el heredero es el Hijo mismo del amor del Padre y del que nosotros somos co-herederos con Él. 

        Las noventa y nueve ovejas que quedaron en el rebaño, es decir, los ángeles fieles, no cesaron de alabar al único Señor. La única oveja perdida, que era la humanidad, todo el cosmos en el cual había nacido, no solamente volvió al rebaño, sino que fue llamada a ingresar, con el Pastor del rebaño, en el seno del Padre, a sumergirse con el Hijo en el océano sin riberas de la luz y de la vida en el Espíritu Santo. 

        Hasta la venida de Cristo a la tierra, los ángeles fieles, como ese daimon del cual Sócrates tomó su inspiración, no habían cesado de infundir a las almas prendadas de la justicia el recuerdo del destino primero del hombre y del universo. En el laberinto de las religiones que llamamos “naturales”, los huecos de las más altas filosofías religiosas reanimaban de esa manera, incluso en medio del culto a los ídolos, el presentimiento del Dios desconocido. Miguel (‘¿Quién como Dios?’), el príncipe de las milicias celestiales, a pesar de las tentaciones, de las caídas incesantes, mantenía el testimonio profético del solo Señor y Dios, frente a los dioses multiplicados, a los señores innumerables que se disputaban la adoración de los humanos. Gabriel (“Fuerza de Dios”), el arcángel de las anunciaciones, en las Pascuas renovadas, presagiaba al Redentor definitivo. Su pascua, la que no “pasará” más, nos hará “pasar” con él del reino de las tinieblas al reino de la luz sin crepúsculo.

        Finalmente, en la noche de Belén, descendió junto el Hijo único engendrado en el seno de la Virgen, el Primer nacido de los hermanos sin número, el coro de ángeles de la alabanza ininterrumpida en los cielos. Porque al hacerse carne la Palabra, el Espíritu de verdad puso en fuga al espíritu de mentira y la acción de gracias eterna del Hijo al Padre elevó a la humanidad al cielo.

        Una vez muerto Cristo en la Cruz, los sepulcros se abrieron y el velo del Templo se rasgó. El nuevo Adán resurgió de los infiernos, arrastrando tras él a la humanidad liberada, al cosmos eximido de las cadenas demoníacas. Él las empujó al santuario celestial. Los ángeles, que habían descendido hacia nosotros sobre el Hijo del hombre, nos hicieron remontar con él, como todo nuestro universo, en el cuerpo del Resucitado del cual nos convertimos en miembros.

        A partir de ahora, todo lo que la Palabra emanada del silencio eterno había sacado de la nada se sumerge con ella en el seno del Padre, con el júbilo angélico del Alleluia pascual.

        Los dos querubines del santo de los santos de Jerusalén, habiendo rodeado con su adoración perpetua el propiciatorio figurado, ese espacio vacío ubicado encima del arca, la Schekinah de la luz y de la vida —la Presencia divina en la nube de fuego—, se manifestaba a Israel por la palabra profética. Ellos rodean ahora la tumba vacía de la cual se elevó la carne donde la Palabra eterna estableció su tabernáculo definitivo, para ‘morar entre nosotros, lleno de gracia y verdad’. Incluso los dos ‘vigías’ nos lo dicen en la Ascensión: ‘Este Jesús que habéis visto subir al cielo vendrá del mismo modo…’.

        En la comunión eucarística, por supuesto, Él viene sin cesar, para prepararnos a su retorno final, cuando nos tomará con Él, porque ‘allí donde Él está, estaremos también nosotros’, y para siempre. La Merkabah vista por Ezequiel, ese carro ardiente que se mueve como el relámpago de Dios que es un fuego que consume, así como había arrebatado al cielo en su estela a Elías, después de Enoc y Moisés, nos arrebatará también a nosotros.

        Con el Hijo del Hombre, con todo el Reino de los santos, iremos al encuentro del Padre de los vivos. Ya cantamos en la tierra, en la sagrada liturgia, el Sanctus de los Serafines, los espíritus de fuego que no vuelven jamás su rostro. Entonces lo acabaremos con el Benedictus de los Querubines, los ‘Vivientes’ que aclaman el advenimiento final de Aquel que vive por los siglos de los siglos. Los Tronos, ‘ruedas’ resplandecientes que son miradas que nos atraen invenciblemente, como ellas mismas son atraídas hacia esa luz inaccesible donde mora Dios.

        Será entonces cuando no habrá gemidos, ni dolor, que todas las lágrimas serán enjugadas de todos los ojos, porque el diablo y los suyos habrán sido devorados por la segunda muerte y la muerte ya no existirá más, sino solamente Dios todo en todos.

        Esta visión ¿es algo más que el último mito, quizás el más bello de todos, en el que los sueños de la humanidad han querido hechizar su miseria? Digamos más bien que es la última palabra de la Palabra que hizo estallar todos los mitos, para reconstruir con sus símbolos el mensaje que dirige a los hombres en su Hijo, nacido de mujer, ‘el Viviente que da la vida’”.

Louis Bouyer, Prólogo al libro Anges et démons
Zodiaque, La Pierre-qui-Vire, 1972.



LOUIS BOUYER

Nacido en una familia protestante en París, Louis Bouyer, tras recibir su licenciatura en la Sorbona, estudió teología en las facultades protestantes de París y de Estrasburgo. Fue ordenado ministro luterano en 1936 y sirvió como vicario de la parroquia luterana de la Trinidad en París hasta la Segunda Guerra Mundial. En 1939, el estudio de la cristología y la eclesiología de San Atanasio de Alejandría guió a Bouyer a la Iglesia católica.
En 1944 fue recibido en la Iglesia Católica en la Abadía de Saint-Wandrille (Seine-Maritime), entró en la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri y se mantuvo en ella el resto de su vida. Fue profesor en el Instituto Católico de París hasta 1963 en que empezó a enseñar en Inglaterra, España, y los Estados Unidos. En 1969 escribió el libro 'La descomposición del Catolicismo', en que presentó como él veía importantes problemas litúrgicos y dogmáticos en la Iglesia.
Nombrado por el papa dos veces miembro de la Comisión Teológica Internacional, fue consultor del Concilio Vaticano II para liturgia, [la Congregación para el Culto Divino]] y el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos. En 1999 recibió del Cardenal Grente el premio de la Academia Francesa por todo su trabajo. Murió el 22 de octubre de 2004, tras muchos años de Alzheimer. Fue enterrado en el cementerio de la Abadía de Saint-Wandrille

21 de noviembre de 2019

¿ECOTEOLOGÍA?


Las «ecoteologías» coquetean «con un animismo precristiano
o con un panteísmo postcristiano»


Catedral de Santa María de Sidney, Australia


El arzobispo de Sidney, monseñor Anthony Fisher op, recuerda que no solo el hombre, sino toda la Creación material, sufre también las consecuencias de la Caída: no es «inocente».

En la homilía del domingo 27 de octubre en el seminario Redemptoris Mater de su diócesis, el arzobispo de Sidney (Australia), el dominico Anthony Fisher, clarificó algunos conceptos en torno al actual ambientalismo, encarnado "en el discurso apocalíptico de la adolescente sueca Greta Thunberg en la ONU".

Este ambientalismo "se ha convertido para algunos que han abandonado la fe tradicional en un sustituto de la misma", afirmó monseñor Fisher, quien acudió a la denuncia del escritor Michael Crichton de esa ideología como "la religión preferida por los ateos urbanos".






Homilía del arzobispo de Sidney (Australia), monseñor Anthony Fisher, O.P.
Seminario Redemptoris Mater de Sidney,
27 de octubre de 2019


Muy queridos hermanos:

Parte de la genialidad del cristianismo a lo largo de los siglos ha sido su capacidad de enriquecerse con ideas que provienen de fuera de él.

En nuestra época planteamientos prominentes del mundo secular como la filosofía analítica, la política democrática, la economía capitalista, el análisis marxista, la defensa de los derechos humanos, la crítica feminista o la conciencia psicológica, aun cuando han sido inspirados por el cristianismo, también han sido purificados por él, y en cierto sentido han sido 'bautizados' e incorporados a él, con diversos grados de éxito.

El discurso apocalíptico de la adolescente sueca Greta Thunberg en las Naciones Unidas y las "huelgas climáticas" que inspiró y que atrajeron a decenas de miles de estudiantes de escuelas en Australia el mes pasado, o las prácticas más problemáticas del movimiento ‘rebelión contra la extinción’ y nuestro propio sínodo por la Amazonia recientemente desarrollado, no son sino ejemplos más recientes del planteamiento actual llamado ecologismo.

Y así, observamos que este ambientalismo se ha convertido para algunos que han abandonado la fe tradicional en un sustituto de la misma.

Michael Crichton, autor de Jurassic Park, de La amenaza de  Andrómeda y de otros clásicos,  antes de morir, se refirió al ecologismo como "la religión preferida por los ateos urbanos", una religión que "reinterpreta" las creencias judeocristianas de una nueva manera: "Hay un Edén inicial, un paraíso; es un estado de gracia y de armonía con la naturaleza. Se da una caída original desde la gracia a un estado de contaminación, como resultado de comer del árbol del conocimiento; y como consecuencia de nuestras acciones, se acerca un día de juicio para todos nosotros. Todos somos pecadores de la energía, y estamos condenados a morir, a menos que busquemos la salvación, que ahora se llama sostenibilidad. La sostenibilidad es la salvación en la “iglesia del medio ambiente”. Así como la “comida orgánica” es su comunión, el “agua  libre de pesticidas” es lo que beben las personas que tienen las creencias correctas”.

Los partidarios de esta fe demuestran un dogmatismo y un celo cuasi-religioso, tienen sus sacerdotes y sacerdotisas, sus credos e incluso rituales.

Así quienes se dejan llevar por las modas confiesan ahora varias 'ecoteologías' y 'espiritualidades de la creación': siempre románticas, apocalípticas o ambas a la vez; a menudo eclécticas, a veces coqueteadoras con un animismo precristiano o con el panteísmo postcristiano.

El Papa Francisco reflexiona sobre las implicaciones del “movimiento verde” para el pensamiento y la acción cristiana.

Esto se apoya en la larga tradición de la doctrina social cristiana sobre el cuidado de la creación, la importancia de la solidaridad global y los deberes para con las generaciones futuras.

De igual modo que pasó con la antigua síntesis medieval de la filosofía aristotélica y la teología agustiniana, o la más reciente del análisis marxista con la exégesis bíblica en la teología de la liberación, algunos hoy reaccionan al cambio hacia lo verde en teología con una hostilidad inmediata; otros con  entusiasmo ciego y no adulterado; y aun otros con interés, precaución o ambivalencia.

La segunda lectura de la Misa de esta noche es la favorita de los ecoteólogos (Rom 8, 18-25). La consideran como un elemento raro, en medio de una religión antropocéntrica, explotadora del medio ambiente; un versículo que suena con una melodía muy diferente.

Aquí, Pablo celebra la belleza de un cosmos que da a luz y revela 'la libertad y la gloria de los hijos de Dios'. Parece sugerir, quizás con más  fuerza que en ningún otro lugar de las Escrituras, que el mundo creado no es solo como un campo de juego para que lo utilicemos a nuestro capricho, sino una obra de arte con valor en sí misma, con un futuro bajo la gracia que es el contexto de nuestro hermoso desarrollo.

Esta lectura de nuestra epístola concuerda con el estado de ánimo actual, que siente horror por la degradación ambiental, por el agotamiento de los recursos y por efectos climáticos tales como los fenómenos meteorológicos extremos, la escasez de agua, los arrecifes de coral moribundos, el aumento del nivel del mar y una selva amazónica en llamas.

Ciertamente, la creación gime bajo el peso de la mala gestión humana. Este texto también encaja cómodamente con el desafío cristiano a los valores deshumanizantes y globalmente fatales del materialismo adquisitivo y del consumismo de la cultura del descarte, y propone, en cambio, una mayor reverencia por el mundo natural.

Esto es cierto, hasta donde se pueda afirmar. Pero una lectura atenta del texto muestra que San Pablo no idealiza la naturaleza como algo "bueno", a lo que los seres humanos "malos" nos oponemos como violadores y saqueadores. Es muy consciente de la cautividad a la que está sometida la creación, de su sufrimiento, de sus gemidos, de su propia necesidad y de su ansia de renovación, restauración y glorificación. En el mundo selvático de supervivencia del más apto, hay poco respeto por lo bello y ninguna esperanza por lo débil.

Por esto, la naturaleza, incluso en los escritos más cosmológicos de Pablo, no es la fuente de la gracia y del carácter de la persona: simplemente hay que observar a las gaviotas peleándose por restos de comida para entender que no son modelo de virtud.

El orden natural está tan 'roto' o 'caído' como nuestra naturaleza humana. La creación, según San Pablo, está "esclavizada a la frustración" y anhela ser de otra manera. Y esa gran liberación, esa redención universal, cuando llegue, no será obra de la naturaleza misma, sino de la gracia divina y de la acción humana que cooperan para mejorar el entorno físico, social y espiritual, y finalmente se transfigurarán en la Segunda Venida.

Por lo tanto, el secreto para la correcta relación entre el entorno humano y el medio ambiente es que aprendamos a estar, como Cristo, en la casa, en el mundo de las grandes maravillas de Dios y de inmensa belleza (cf. Col 1, 12-20).

Una vez que se conoce y se ama en Dios, no podemos explotar la creación con insensible desprecio, ni convertirla en otro ídolo junto con los tótems del materialismo y el consumismo. Más bien apreciaremos y buscaremos mejorar los ambientes físicos, sociales y espirituales.


Así, en su encíclica Laudato Si, el Papa Francisco explora bellamente las tres preocupaciones principales de su santo patrón: el amor al mundo natural y sus criaturas, el amor a la humanidad y especialmente por los pobres, y el amor al Creador de todos ellos. Pide el Papa un replanteamiento radical de nuestra relación con los tres.

La preocupación del Papa Francisco no es por el medio ambiente considerado estrechamente, nuestra casa por así decirlo, sino con todo el 'ecosistema' físico-moral-espiritual (nuestra casa común) y con las relaciones que los seres humanos tienen allí con su Creador, con el mundo y entre sí.

Él habla al Sydney contemporáneo con toda su belleza natural y social, su potencial y sus desafíos, sobre nuestras actitudes hacia nuestros propios cuerpos, incluida la necesidad de vivir una masculinidad o feminidad saludable; sobre la mala calidad de vida común que a veces se da en la ciudad, con su anonimato y ritmo frenético de vida, sus relaciones rotas y la falta de responsabilidad intergeneracional; y también sobre actitudes equivocadas hacia el medio ambiente natural. 7

Critica el voraz consumismo de la "sociedad del usar y tirar", la ingenua creencia en el progreso material ilimitado, los peligros del imperativo tecnológico y el peligroso relativismo detrás de gran parte de este pensamiento y comportamiento.

Haciéndose eco de las Escrituras y la tradición, nos llama a ser un pueblo más simple y humilde.

Como administradores de la creación en virtud de su humanidad, futuros viticultores en la viña de la Iglesia en virtud de caminar en el Camino, y futuros pastores en el pastoreo de ovejas del reino de Dios en virtud del sacerdocio, estas preocupaciones no deben estar lejos de vuestras mentes.

El vínculo misterioso entre el amor del Creador y el amor de Su creación significa una toma de conciencia  cristiana muy particular del cuidado pastoral. Donde otros buscan soluciones políticas, financieras o tecnológicas a nuestros problemas mundiales, la Iglesia propone una conversión moral y espiritual antes de cualquier acción de este tipo.

Como San Pablo escribe: somos uno con toda la creación; nosotros también gemimos internamente mientras esperamos nuestra glorificación corporal y la de todo el cosmos.

Esta es nuestra esperanza cristiana.


30 de septiembre de 2017

SENSUM FIDEI FIDELIUM

El sensus fidei de los fieles en el discernimiento de afirmaciones heterodoxas

 Extracto de la Conferencia del Pbro. Dr. Ignacio E. Andereggen
que pronunció en el marco de la “XLII Semana Tomista” de la Universidad Católica Argentina,
Buenos Aires (11-15 de sept de 2017).



  
En el año 2014 se publicó un documento de la Comisión Teológica Internacional (= CTI) referido al sentido de la fe y su importancia para la vida de la Iglesia y de los creyentes[2] titulado El «sensus fidei» en la vida de la Iglesia (= SF), (Madrid, B.A.C., 2014; en italiano), aprobado por el Card. Müller, Prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, durante el pontificado de Francisco.

Es esencial la referencia que el documento hace (SF 18) al pasaje en que San Pablo manifiesta la mente o sentido de Cristo (1Co 2, 16: pues nosotros tenemos la mente de Cristo), del cual, finalmente, el sentido de la fe es una participación. […] Es por proceder del conocimiento humano perfecto de Cristo: visión beatífica, ciencia infusa y ciencia adquirida, unificados en su Conciencia sin perder su distinción y objetividad, que el sensus fidei de la totalidad del Pueblo de Dios que tiene la unción del Santo, la Iglesia, no puede fallar en su conocimiento, y participa de la unidad de su Conciencia. Lo mismo sucede en cada fiel, que participa a su modo del conocimiento fontal de Cristo y de su comunidad. Es por eso que toda disonancia y división en el conocimiento del Cuerpo eclesial, y en su expresión, es contraria en sí al sensus fidei.

Solo el magisterio auténtico está exento absolutamente de error cuando define una verdad (y aún esto en ciertas condiciones); los fieles singulares, así como los pastores y el mismo Papa cuando no definen pueden incurrir en el error y realizar afirmaciones o negaciones contrarias a la unidad de la fe de la Iglesia, que deriva del conocimiento uno de la Cabeza[3]. Dice la Constitución dogmática «Dei Verbum», n. 2:

En materia de fe y de las costumbres pertinentes a la edificación de la doctrina cristiana, debe tenerse como verdadero el sentido de la Escritura que la Santa Madre Iglesia ha sostenido y sostiene, ya que es su derecho juzgar acerca del verdadero sentido e interpretación de las Sagradas Escrituras; y por eso, a nadie le es lícito interpretar la Sagrada Escritura en un sentido contrario a éste ni contra el consentimiento unánime de los Padres.

El Magisterio es un servicio carismático especial a este sentido de la Escritura, que supera a aquél, y que tiene por fuente al mismo conocimiento de Cristo. Es interesante notar la referencia al sentido del pasado y al sentido del presente, que no pueden ser opuestos: nunca una definición dogmática o moral correspondiente al sentido de la fe podría ir contra el sentido de la Escritura, de la tradición de los Padres y de las definiciones anteriores de la Iglesia. Si sucediera eventualmente, se trataría solo un acto material, verbal, sin verdadera autoridad derivada de Cristo, y respecto del cual no cabría obediencia debida.

La raíz de esta radical continuidad se encuentra en la unidad perfectísima del conocimiento personal del Verbo Encarnado, a la cual corresponde la perfectísima unidad de su Conciencia. […] En efecto, el alejamiento del Conocimiento de Cristo es solidario de los errores filosóficos y culturales, como los que introduce el relativismo contemporáneo en la Teología, en la vida cultural, y en la praxis católica, y produce, al contrario, una hebetudo mentis o torpeza mental semejante a la causada por la lujuria –con la cual el relativismo está frecuentemente conectado, según el testimonio de Pablo–, por la cual resulta imposible discernir los errores.

SF se constituye a partir de la concepción de la Escritura, de los Padres, de los teólogos medievales y los grandes del s. XIX, como Newman, sobre las referencias de los Sumos Pontífices a la fe del Pueblo en el caso de las grandes verdades marianas, y concluye con una elaboración teológica especialmente apoyada sobre el C. Vaticano II y Santo Tomás. […] Dice por ejemplo SF 62:

El sensus fidei fidelis confiere al creyente la capacidad de discernir si una enseñanza o una praxis son coherentes con la verdadera fe de la cual él ya vive… Permite también a cada creyente percibir una desarmonía, una incoherencia o una contradicción entre una enseñanza o una praxis y la fe cristiana auténtica de la cual vive. El reacciona a la manera de un melómano que percibe las notas equivocadas en la ejecución de una pieza musical. En este caso los creyentes resisten interiormente a las enseñanzas o a las prácticas en cuestión y no los aceptan o no participan de ellas. “El hábito de la fe posee esta capacidad gracias a la cual el creyente se retrae de dar su consentimiento a lo que es contrario a la fe, así como la castidad se retrae en relación a lo que es contrario a la castidad” (De verit., q. 14, a. 10 ad 10).


La cita de De veritate que SF reporta, nos refiere a la conexión de las virtudes, que finalmente se da no solamente entre las morales, sino también entre las morales y las intelectuales, y finalmente y sobre todo entre las sobrenaturales y todas las naturales, según su propia jerarquía, que impide, por ejemplo, poner por encima de la fe una obediencia ciega, material, y espiritualmente repugnante, y a su vez desconectada de virtudes morales […]. Esta conexión remite nuevamente, como dijimos, a la unidad de la Conciencia y de la perfección espiritual de Cristo, de la que el creyente participa por la gracia, así como lo hacen específicamente, de modo más restringido, los pastores por la autoridad magisterial carismática. Continúa el texto de SF 63:

Advertidos por el propio sensus fidei, los creyentes particulares pueden llegar a rehusar el consentimiento a una enseñanza de los propios legítimos pastores si no reconocen en tal enseñanza la voz de Cristo, el buen Pastor. “Las ovejas lo siguen [al buen Pastor] porque conocen su voz. A un extraño, en cambio, no lo seguirán, sino que huirán lejos de él, porque no conocen la voz de los extraños” (Jn 10, 4-5). Para Santo Tomás un creyente, aún privado de competencia teológica, puede y, más aún, debe, resistir en virtud del sensus fidei a su Obispo si este predica cosas heterodoxas. En tal caso el creyente no se eleva a sí mismo como criterio último de la verdad de fe: al contrario, frente a una predicación materialmente “autorizada” pero que lo turba, sin que pueda explicar exactamente la razón de esto, difiere el propio asentimiento, y apela interiormente a la autoridad superior de la Iglesia universal.


La autoridad de la Iglesia Universal no se identifica allí con el S. Pontífice o el colegio de los Obispos; corresponde al sensus fidei infalible de toda la Iglesia. Dice además el Angélico:

Cuando hubiese un peligro inminente para la fe, los prelados deberían ser reprendidos por los súbditos incluso públicamente. Por eso Pablo, que era súbdito de Pedro, a causa del peligro inminente de escándalo acerca de la fe, reprendió públicamente a Pedro[4].


El texto del Aquinate aludido por la CTI corresponde al Escrito sobre las Sentencias:

Al Prelado que predica contra la fe no hay que asentir, porque en esto es discordante respecto de la primera regla [la divina]. Y ni por la ignorancia el súbdito es excusado del todo, porque el hábito de la fe produce una inclinación a lo contrario, dado que enseña acerca de todas las cosas que pertenecen a la salvación, como se dice en I Jn. 1. Por lo cual si el hombre no es demasiado fácil en creer a cualquier espíritu, cuando se predica algo insólito (insolitum), no asentirá, sino que requerirá en otra parte, o se recomendará a Dios, no introduciéndose en sus secretos por encima de su capacidad[5].


Lo “insólito” aquí son las novedades (1 Tm 6, 20) contrarias a la Tradición.

Aparece enseguida la diferencia de sensibilidad respecto de la situación eclesial de los últimos cien años. El problema de conciencia moral en el fiel, con fe no segura, aparece hoy como una preocupación por no asentir al Prelado. En el texto de santo Tomás, el problema de conciencia aparece, al contrario, por asentir al Prelado cuando no corresponde. Es evidente que en la modernidad […] se pasó de una valoración principal del sentido de la fe del creyente en la Iglesia como Cuerpo, a una valoración principal del magisterio de la Iglesia, que corresponde a una función ministerial ejercida por quienes reciben un carisma especial. Esta, a su vez, es entendida crecientemente en el sentido de la autoridad potestativa y ejecutiva. Santo Tomás, en cambio, se está refiriendo teológicamente a la fe como virtud teologal, especialmente formada por la caridad, que es superior a la gracia carismática y al mismo carácter del sacramento del orden, el cual está al servicio de la perfección de la gracia, de la fe y de la caridad.

Pero se pone un problema de gnoseología teológica. ¿Cómo se conoce la totalidad del sentido de la fe de la Iglesia a la que el sentido de la fe del creyente singular debe asentir?

La inclinación connatural al sentido de la fe (que permanece incluso sin la gracia) es anterior, según el ser –aunque no siempre según el tiempo– a cualquier determinación[6], o definición, y además está sujeta a crecimiento conforme crece la vida espiritual y la caridad del creyente. La determinación anterior según el tiempo ayudará materialmente al sentido de la fe […], y la posterior lo confirmará, si es coherente con las anteriores. […] Como dice el Angélico, si se da contradicción, disonancia y perturbación ante la predicación, mientras tanto suspenderá el juicio, hasta que crezca y se determine su sentido de la fe y le haga encontrar claridad y superación de las dudas. Lo que nunca podrá hacer el creyente es violentar su conciencia adhiriendo imprudentemente a aquella novedad que aparezca en la praxis de la vida de la Iglesia, en las concepciones comunes, o en el mismo magisterio, como contraria a la fe de la Iglesia considerada en su totalidad, incluyendo el pasado […].

En efecto, se trata finalmente de una realidad espiritual mística, que supera cualquier formulación sensible, aunque tiene una vinculación necesaria con esta, como sucede en general en el conocimiento humano. Como enseña el Doctor Común, la Escritura es un Rayo de Luz10, así como el Evangelio es principalmente la Gracia11; el texto es secundario y complementario, aunque necesario esencialmente. Así, con más razón, sucede con los Documentos de la tradición y las determinaciones del magisterio, que están al servicio del Evangelio. Es por este motivo que el sensus fidei, que en primer lugar es comunitario, como teniendo la Iglesia por sujeto, y después personal, es fundamental respecto de las definiciones del magisterio, que nunca podrán ir contra él […]. Esto, es claro, no significa que el Papa o los obispos no puedan errar, sobre todo, en la predicación-magisterio, y más todavía, en los actos prudenciales de gobierno, por naturaleza particulares.

Volvamos al comentario a las Sentencias. […] Ahora la atención está puesta en el nexo entre el sensus fidei y las diversas interpretaciones del texto [de Amoris laetitia] que, con una continuidad sorprendente, sigue casi inmediatamente a la publicación de SF, produciéndose así una oportunidad de verificación de su doctrina. Afirma el Aquinate:

No es necesario que el hombre tenga conocimiento explícito de todos los artículos de la fe, sino de algunas cosas que son necesarias según el tiempo aquel; y así se evitan todos los errores y dudas (dubitationes). […] Por lo cual, en el tiempo en el cual emerge la necesidad de conocer explícitamente, sea por una doctrina contraria que aparece, sea por un movimiento de duda (motum dubium) que surge, entonces el hombre fiel, por la inclinación de la fe, no consiente a las cosas que están contra la fe, sino que difiere el asentimiento, hasta ser instruido más plenamente[7].


Está claro que el sentido de la fe se ejercita diferentemente según la condición de los miembros del Cuerpo Místico15. […] La explicación doctrinal, finalmente, no puede ser separada de la inclinación. Es por esto que, en el caso que nos ocupa de la comunión de los divorciados con segunda relación, la reacción de los fieles es diferente según se trate de obispos, presbíteros, laicos, doctores, etc. Existe, sin embargo, una comunión profunda en la misma fe, y en su sentido, que deriva finalmente del de Cristo.

El sentido de la fe de los obispos lleva naturalmente a percibir, más directamente, los inconvenientes de la posición que sostiene que –en algunos casos particulares–, quienes viven en estado consciente de adulterio prolongado podrían recibir la sagrada Eucaristía, como un peligro que atenta directamente contra la unidad de la Iglesia y de la fe, respecto de la cual tienen un ministerio especial.

Recientemente algunos obispos advertían sobre la división que se constata[8]. Es claro que la división entre obispos, presbíteros y fieles, no corresponde al verdadero sentido de la fe, que es una (Ef 4, 5). La Constitución «Lumen Gentium», n. 12 […] señala solemnemente:

La universalidad de los fieles que tiene la unción del Santo (cf. 1 Jn 2, 20-17) no puede fallar en el creer, y ejerce esta su peculiar propiedad mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando “desde el Obispo hasta los últimos fieles seglares” manifiestan el asentimiento universal en las cosas de fe y de costumbres.


El sentido de la fe de los presbíteros se ejercita más directamente en la función de ser cabeza espiritual de los fieles en el ordenamiento particular de la comunidad, participando a su modo de la plenitud del sacerdocio de Cristo. Es evidente que, en este caso, por su responsabilidad pastoral directa e inmediata, las palabras de Santo Tomás asumidas por SF sobre la necesidad moral de ser consecuentes con el sentido de la fe, adquieren una relevancia especial. […] La conciencia del sentido de la fe de los presbíteros está unida a una responsabilidad específica en la Iglesia[9], no solamente referida al bien de las almas singulares, o de una porción del Pueblo de Dios, sino a la misma Iglesia universal. […]

El sentido de la fe de los seglares que poseen verdadera vida espiritual está naturalmente preparado para percibir la consonancia o la disonancia de una verdadera o falsa concepción del matrimonio cristiano y de la Eucaristía con el sentido de la fe que ellos mismos poseen. SF 8 subraya cómo en algunas épocas de la vida de la Iglesia fueron los simples fieles y no los pastores los que principalmente mantuvieron el sentido de la fe ortodoxa. Es de notar cómo […] existen nuevas formas de expresión y comunicación favorecidas por el uso de Internet. […] Su existencia no puede ser desconocida o minimizada desde el punto de vista teológico, constituyendo muchas veces indicio de la reacción vital de los fieles con auténtico interés por las cosas de la fe y el bien común de la Iglesia, no raras veces con una sensación de abandono por parte de los pastores, que debe ser adecuadamente comprendida. […]

Si la praxis está por encima de la teoría, es claro que la concepción del matrimonio cristiano surgirá principalmente de la realidad de hecho, y no de la luz recibida por la fe en la revelación divina, y aplicada por su sensus, al ordenamiento de la vida humana incluso en el matrimonio. Así se llega a concebir una dialéctica entre los “casos particulares” y la ley divina revelada, absolutamente alejada de la realidad de ésta. Son los casos particulares los que deben ser iluminados, perfeccionados y determinados por ésta divinamente, y no la imperfección de los casos la que debe interpretar el sentido de la ley evangélica […].

Pbro. Dr. Ignacio E. Andereggen

NOTAS:

[1] Ignacio E. M. Andereggen es un sacerdote católico, filósofo y teólogo argentino nacido en la Ciudad de Buenos Aires en 1958. Doctor en Filosofía y en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, es profesor Ordinario titular de Metafísica y de Gnoseología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Pontificia Universidad Católica Argentina (Buenos Aires), y profesor Invitado en la Pontificia Universidad Gregoriana (Roma) y en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma). Andereggen fue investigador del CONICET, es miembro correspondiente de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino y de Religión Católica (Roma), Vocal de la Sociedad Tomista Argentina, y ha publicado numerosos artículos (https://unigre.academia.edu/ignacioandereggen) de sus disciplinas y libros algunos de ellos traducidos al italiano.
[2] COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, El «sensus fidei» en la vida de la Iglesia, Madrid, B.A.C., 2014; en italiano: http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/
rc_cti_20140610_sensus-fidei_it.html
[3] In IV Sent. d. 13, q. 2, a. 1: “Omnis gratia in Eo est, sicut omnes sensus in capite. Similiter etiam dicitur Caput ratione secundae proprietatis, quia per Ipsum, sensum fidei et motum caritatis accepimus”.
[4] S. Th. II-II, q. 33, a. 4 ad 2.
[5] In III Sent. d. 25, q. 2, a. 1 D, ad 3)
[6] In Boethii de Trinitate, II q. 3, a. l ad 4.
[7] In III Sent. d. 25, q. 2, a. 1 B, ad 3. 15  In III Sent. d. 25, q. 2 a. 1 C, co.
[8] CARD. CARLO CAFFARRA a Francisco, 25/4/17, con W. BRANDMÜLLER, R. BURKE, J. MEISNER, en: http://magister.blogautore.espresso.repubblica.it/2017/06/20/unaltra-lettera-dei-quattro-cardinali-alpapa-anche-questa-senza-risposta/
[9] LUIS FERNÁNDEZ DE TRONCONIZ Y SASIGAIN, Sensus Fidei: lógica connatural de la existencia cristiana, un estudio del recurso al “sensus fidei” en la teología católica de 1950 a 1970, Vitoria, Eset 1976, 98-99.