Semillas en el ciberespacio desde la mística de la A.C.
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20 de abril de 2020

RENACER DE LO ALTO: EN TIEMPOS DE PANDEMIA




MIRAR A LO ALTO



En el Lunes de la II Semana del tiempo pascual 
la Iglesia hoy proclama el sublime pasaje del Evangelio 
del diálogo nocturno con Nicodemo. 

Una frase lo resume:

 "Ustedes tienen que renacer de lo Alto." 
(cfr. Jn.3, 7)

La crisis planetaria del coronavirus 
pone en entredicho muchos planteos 
de una sociedad ensoberbecida, 
que endiosa al hombre 
y que creía que el progreso material y tecnológico era infinito, 
donde todo son derechos y no existen obligaciones.

Y se nos invita a mirar hacia lo Alto.

7 de abril de 2020

MARTES SANTO


UNA TRAICIÓN Y UNA NEGACIÓN

En el clima litúrgico de la Semana Santa,
que nos invita a subir a Jerusalén,
la Iglesia proclama el Evangelio de san Juan,
donde Cristo en el Cenáculo
anuncia la infidelidad de dos apóstoles:
la de Judas (que entregó al Maestro)
y la de Pedro (que lo negó tres veces)

Dos infidelidades, de un valor moral muy diferente,
que se concretan "en la noche"
es decir, en el reino de las tinieblas,
y nos presentan el misterio de la iniquidad,
frente al amor redentor del Señor.




Del alto-relieve del frontal del altar de la Basílica del Espíritu Santo,
donde se puede observar a Judas con la bolsa de 30 monedas a la izquierda.




 De la veleta en la torre del cimborrio de la Basílica del Espíritu Santo,
con la figura de un gallo en su cúspide, símbolo de las veleidades de la vida y de las negaciones de Pedro.


DEL EVANGELIO DEL DÍA MARTES SANTO:

         Jesús, estando en la mesa con sus discípulos, se estremeció y manifestó claramente:
    «Les aseguro que uno de ustedes me entregará.»

    Los discípulos se miraban unos a otros, no sabiendo a quién se refería.

    Uno de ellos -el discípulo al que Jesús amaba- estaba reclinado muy cerca de Jesús. Simón Pedro le hizo una seña y le dijo: «Pregúntale a quién se refiere.» El se reclinó sobre Jesús y le preguntó: «Señor, ¿quién es?»

    Jesús le respondió: «Es aquel al que daré el bocado que voy a mojar en el plato.»

    Y mojando un bocado, se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote.

         Después que Judas salió, Jesús dijo:
    "A donde Yo voy,
    ustedes no pueden venir".»

    Simón Pedro le dijo: «Señor, ¿a dónde vas?»

    Jesús le respondió: «Adonde Yo voy, tú no puedes seguirme ahora, pero más adelante me seguirás.»

    Pedro le preguntó: «¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por Ti.»

    Jesús le respondió: «¿Darás tu vida por Mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces.»

(cfr. Jn. 13-21-38)

17 de noviembre de 2019

LA HORA DE LA PERSEVERANCIA Y LA PACIENCIA


“Gracias a la constancia,
ustedes salvarán su vida”


El Evangelio que se proclama en el XXXIII Domingo durante al año del ciclo C del Leccionario nos remite al final de los tiempos y el Señor nos da tres consejos, invitándonos a la serenidad, al testimonio y a la perserverancia (crf. Lc. 21, 5-19)

El Señor instruye a sus discípulos sobre la destrucción del Templo, sobre las persecuciones que acompañarían el nacimiento de la Iglesia y sobre el final de los tiempos.

Sus palabras constituyen una llamada a la serenidad, al testimonio y a la perseverancia en medio de las pruebas.

No sólo en los comienzos de la Iglesia, sino a lo largo de su historia, también en el presente, nunca han faltado las persecuciones:

Las persecuciones crueles y sangrientas, el acoso del mundo que busca la condescendencia de los cristianos con el pecado y con el mal, o el engaño de los falsos mesías que prometen una salvación que no pueden dar. Todo, de algún modo, está previsto y todo cumple un papel en los caminos admirables de la Providencia de Dios.

¿Cómo comportarse en los momentos de prueba?

LA SERENIDAD

La primera actitud que nos pide el Señor es la serenidad, que ha de excluir el pánico y que debe ir acompañada de la claridad de la mente para poder discernir lo verdadero de lo falso y lo bueno de lo malo. Sin dejarnos turbar por lo inmediato, debemos concentrar nuestra mirada en Jesucristo: El Señor es el templo definitivo, indestructible, edificado por Dios para morar entre nosotros y para hacernos posible el encuentro con Él. Mirando a Cristo descubriremos el criterio que nos permita separar lo que es conforme con el proyecto de Dios para nuestras vidas de lo que es disconforme y, en consecuencia, contrario a nuestro verdadero fin.


EL TESTIMONIO (MARTIRIO)

Con ánimo sereno debemos disponernos al martirio, al testimonio – ésta es la segunda actitud -, basados no en la elocuencia de nuestras palabras, sino en la asistencia del Señor: “yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro” (Lc 21,15).

Comenta San Gregorio que es como si el Señor dijera a sus discípulos: “No os atemoricéis: Vosotros vais a la pelea, pero yo soy quien peleo. Vosotros sois los que pronunciáis palabras, pero yo soy el que hablo".

Sin la certeza de esta compañía no tendríamos fuerzas para afrontar el juicio de los hombres, la traición de los amigos, el odio de los adversarios o, incluso, la amenaza de la muerte. Él no nos deja solos, permanece con nosotros todos los días y nos da el vigor que procede de su palabra y de sus sacramentos. El testimonio, el martirio, es el sostenido esfuerzo de vivir lo que creemos sin callar la razón de nuestra esperanza.


LA PERSEVERANCIA

La tercera actitud es la perseverancia: “con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas” (Lc 21,19).

La perseverancia nos pide ser constantes en el seguimiento del Señor. San Gregorio relaciona esta actitud perseverante con la paciencia: “la posesión del alma consiste en la virtud de la paciencia, porque ésta es la raíz y la defensa de todas las virtudes. La paciencia consiste en tolerar los males ajenos con ánimo tranquilo, y en no tener ningún resentimiento con el que nos lo causa”.

A imagen de Cristo, que jamás pierde el dominio de sí mismo, debemos mantener la dignidad que nos confiere el ser hijos de Dios por la gracia.

La perspectiva del final de los tiempos y del último Juicio abre nuestros corazones a la esperanza de encontrarnos con Jesucristo, en quien convergen la justicia y la gracia: “La encarnación de Dios en Cristo ha unido uno con otra –juicio y gracia– de tal modo que la justicia se establece con firmeza: todos nosotros esperamos nuestra salvación «con temor y temblor» (Fil 2,12).

No obstante, la gracia nos permite a todos esperar y encaminarnos llenos de confianza al encuentro con el Juez, que conocemos como nuestro «abogado», parakletos (cf. 1 Jn 2,1)” (Benedicto XVI, Spe salvi, 47).


Guillermo Juan Morado.


16 de noviembre de 2019

VITAM VENTURI SAECULI

ÚLTIMOS DOMINGOS DEL AÑO LITÚRGICO



La Iglesia nos invita a mirar los tiempos escatológicos en estos últimos domingos del año litúrgico. 

Y las lecturas nos encaminan hacia las postrimerías, un tema que es silenciado en el mundo de hoy.


El Evangelio que se proclama este domingo concluye con una frase (en la foto) que resume esa mirada espiritual de esperanza en las postrimerías. 

Que nos enseña la importancia de la perseverancia.

Así como la gota que, sin descanso, cae sobre la roca y termina horadándola.

Como decía en la antigua Roma el poeta Ovidio: “La gota horada la piedra, no por su fuerza, sino por su perseverancia”.

13 de julio de 2019

SPOLIATUS ET VULNERATUS: EL DON SALVÍFICO DE LOS SACRAMENTOS


DE LA PARÁBOLA DEL BUEN SAMARITANO

EL HOMBRE ALIENADO DE DIOS
QUE YACE A LA VERA DEL CAMINO

Estupenda reflexión de Benedicto XVI en su Libro “Jesús de Nazaret”  sobre esta conocidísima parábola evangélica (Lc. 10, 25-37)


"El Buen Samaritano" de Rembrandt
(el hombre asaltado y herido es conducido a la posada por el samaritano)

Los Padres de la Iglesia han dado a la parábola una lectura cristológica.

Alguien podría decir: esto es una alegoría, por tanto, una interpretación que nos aleja del texto. Pero si consideramos que, en todas las parábolas, el Señor nos quiere invitar de maneras siempre diversas a la fe en el reino de Dios, ese reino que es Él, entonces una interpretación cristológica no es una lectura desviada.

En cierto sentido corresponde a una potencialidad intrínseca del texto y puede ser un fruto que se desarrolla desde su semilla.

Los Padres ven la parábola en la dimensión de la historia universal: el hombre que yace medio muerto y despojado a la vera del camino, ¿no es acaso una imagen de “Adán”, del género humano que realmente “ha caído víctima de los ladrones”? Había salido de Jerusalén hacia Jericó. Dejaba la ciudad santa.

¿No es verdad que el ser humano, esta criatura que es el hombre, en el curso de toda su historia se encuentra alienado, ha sido martirizado, se ha abusado de él?

La humanidad ha vivido casi siempre en la opresión; y desde otro punto de vista: los opresores, ¿son acaso la verdadera imagen del ser humano, o no son ellos los primeros en ser deformados, una degradación del ser humano? Karl Marx ha descrito de manera drástica la “alienación” del ser humano; aun si no llegó hasta la verdadera profundidad de la alienación porque razonaba solamente en el ámbito material, sin embargo, ha proporcionado una imagen clara del ser humano que ha caído víctima de los ladrones.

La teología medieval ha interpretado los dos datos de la parábola sobre el estado del ser humano despojado como afirmaciones antropológicas fundamentales.

De la víctima emboscada se dice, por una parte, que fue despojada (spoliatus); por otra, que fue golpeada casi hasta morir (vulneratus: cf. Lc 10,30).

Los escolásticos refirieron estos dos participios a la doble dimensión de la alienación del ser humano.

Decían que ha sido spoliatus supernaturalibus y vulneratus in naturalibus: fue despojado del esplendor de la gracia sobrenatural recibida como un don, y fue herido en su naturaleza.

Ahora bien, ésta es una alegoría que va mucho más allá del sentido de la parábola, pero representa siempre un intento por precisar el carácter doble de la herida que pesa sobre la humanidad.

El camino de Jerusalén a Jericó aparece, pues, como la imagen de la historia universal; ese hombre medio muerto a la orilla es la imagen de la humanidad.

Si la víctima de la emboscada es por antonomasia la imagen de la humanidad, entonces el samaritano sólo puede ser la imagen de Jesucristo.

Dios mismo, que es para nosotros el extranjero y el lejano, se ha puesto en camino para venir a hacerse cargo de su criatura herida. Dios, el lejano, en Jesucristo se ha hecho prójimo. Vierte aceite y vino en nuestras heridas –un gesto en el cual se ha visto una imagen del don salvífico de los sacramentos– y nos conduce al albergue, la Iglesia, en el cual nos hace curar y nos da el anticipo del costo de la ayuda.

La gran visión del hombre que yace alienado e inerme a la vera del camino de la historia y de Dios mismo, que en Jesucristo se ha hecho su prójimo, podemos fijarla sencillamente en la memoria como una dimensión profunda de la parábola que se refiere a nosotros mismos. El imperativo imperioso contenido en la parábola no queda así debilitado, sino que es llevado hasta su grandeza plena.

El gran tema del amor, que es el auténtico punto culminante del texto, alcanza así toda su amplitud.

Ahora, de hecho, nos damos cuenta de que todos nosotros estamos “alienados” y necesitamos de redención.

Ahora nos damos cuenta de que todos tenemos necesidad del don del amor salvífico de Dios que se hace nuestro prójimo, para poder nosotros por nuestra parte hacernos prójimos.

Las dos figuras de las que hemos hablado conciernen a cada ser humano singularmente: toda persona está “alienada”, apartada realmente del amor (que es justamente la esencia del “esplendor sobrenatural” del cual hemos sido despojados); toda persona debe ser en primer lugar curada y fortalecida por el don.

Pero después cada persona debe hacerse a su vez samaritana, seguir a Cristo y hacerse como Él.

Sólo entonces vivimos de manera justa. Sólo amamos de manera justa, si nos hacemos semejantes a Él que nos ha amado primero.

12 de mayo de 2019

EL BUEN PASTOR VA DELANTE DE SUS OVEJAS


EL OFICIO
DE BUEN PASTOR

«Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino que salta por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. Él llama a las suyas por su nombre y las hace salir.  Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz.  Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz». 
(Jn. 10, 1-5)



En su comentario al capítulo 10 del Evangelio de San Juan,
Santo Tomás de Aquino nos ha dejado un espléndido bosquejo del oficio del buen Pastor:

1.-      conocer y tratar familiarmente a sus ovejas, una a una;
2.-      protegerlas y separarlas de la compañía de los impíos
3.-      nutrirlas y prepararlas para la misión apostólica;
       4.-  caminar delante de ellas con el buen ejemplo para conducirlas a la vida eterna.



«L
lama a sus ovejas por sus nombres». Aquí el Evangelista señala cuatro actos del buen pastor.

Primero, que conoce sus ovejas. De donde dice que llama a sus propias ovejas por su nombre (nominatim) mostrando así conocimiento y familiaridad con las ovejas. En efecto, llamamos por el nombre a quienes conocemos familiarmente. De aquí la palabra dicha por Dios a Moisés (Ex 33, 17): «Yo te conozco por el nombre». Lo que es muy pertinente al oficio de buen pastor, según aquello de Proverbios (27, 23): «Considera diligentemente el rostro de tu ganado». Y esto conviene a Cristo según el conocimiento del presente, y más aún según el de la eterna predestinación, en el que conoce hasta por el nombre desde la eternidad. De aquí las palabras del salmista (146, 4): «El enumera la multitud de estrellas y a todas llama por sus nombres»; y san Pablo afirma (Tm 2, 19): «Dios conoció a los que son suyos».

La segunda acción del pastor consiste en sacar fuera las ovejas, esto es, segregarlas de la compañía de los impíos. «Los sacó de las tinieblas y de la sombra de muerte» (Sal 106. 14).

En tercer lugar, luego de haberlas segregado de los impíos y conducidas al aprisco, de nuevo las conduce fuera del establo. En primer lugar, por la salvación de los otros, como señala el oráculo de Isaías (66, 19): «De los que fueren salvados los enviaré hacia Lidia...». O como se lee en Mt 10, 16: «He aquí que os envío como ovejas en medio de lobos», es decir, para que de los lobos hagáis ovejas. Segundo, para encaminarlas por el camino de la salvación eterna: «Para dirigir nuestros pasos en el camino de la paz» (Lc 1, 79).

En cuarto lugar, el pastor precede a las ovejas con el ejemplo de la buena conducta, por donde se dice que «va delante de ellas y las ovejas le siguen». En el pastor del ganado esto no sucede, sino más bien es el pastor quien sigue a las ovejas, como señala el texto del salmo (77, 70) «Lo tomó de los recién nacidos». Pero el buen pastor va delante de ellas con el buen ejemplo. «Apacentad la grey de Dios... no como dominadores sobre la heredad, sino sirviendo de ejemplo al rebaño» (1 Pt 5, 3). Ahora bien, Cristo va delante de ellas en una y otra manera, porque sufrió el primero la muerte por la enseñanza de la verdad. De aquí sus palabras: «Si alguien quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz y sígame» (Mt 16, 24). También él nos ha precedió a todos hacia la vida eterna, según la profecía de Miqueas (2, 13): «Ascendió abriendo camino delante de ellos» 

(Santo Tomás de Aquino,
Comentario al Evangelio de San Juan, c. 10, lec. 1, nº 1374).


19 de abril de 2019

A LA HORA DE NONA


CONSUMMATUM EST”

A la hora de nona, Jesús dijo: “Todo está cumplido”
E inclinando la cabeza, entregó su espíritu.



31 de marzo de 2019

EL VALOR DE LA ATRICIÓN

UNA ENSEÑANZA DE LA PARÁBOLA DEL HIJO PRÓDIGO

De entre las muchas conclusiones a las que se puede arribar meditando la Parábola del Hijo Pródigo, es importante también destacar el valor de la atrición.

El hijo menor, al verse en una situación de desolación y de hambre, añora la casa paterna, y resuelve regresar al hogar.

Se arrepintió, volvió, pidió perdón y estuvo dispuesto a ser tratado como un siervo más. Y ello ocurrió cuando se vio comiendo con los cerdos.

"Ya había gastado todo, 
cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, 
y comenzó a sufrir privaciones.

    Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, 
que lo envió a su campo para cuidar cerdos. 
El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, 
pero nadie se las daba.
    Entonces recapacitó y dijo: 
"¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!" 
Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: 
"Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo,
trátame como a uno de tus jornaleros."

    Entonces partió 
y volvió a la casa de su padre". 
(Cfr. Lc. 15)



28 de octubre de 2018

FILI DAVID IESU, MISERERE MEI!: el grito de todos los tiempos



EL CIEGO BARTIMEO
Y LA REPETICIÓN DEL SANTO NOMBRE




En el conocido pasaje del Evangelio del mendigo ciego de Jericó que se hallaba al "borde del camino",  se lee que, al saber que pasaba el Maestro, comenzó a gritar: "¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!", siendo curado por su insistencia, y luego lo sigue camino a Jerusalén (cfr. Mc. 10, 46-52)

Un eco de este pasaje evangélico es la bimilenaria tradición espiritual del oriente cristiano, especialmente usada entre los anacoretas y los padres del desierto, que consiste en repetir casi constantemente el Santo Nombre.

Del maravilloso legado doctrinal de San Juan Pablo II leemos en el CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA (Cfr. 2667-2668)

                El Nombre de Jesús contiene todo: Dios y el hombre y toda la Economía de la creación y de la salvación. Decir “¡Jesús!” es invocarlo desde nuestro propio corazón. Su Nombre es el único que contiene la presencia que significa. Jesús es el resucitado, y cualquiera que invoque su Nombre recibe al Hijo de Dios que le amó y se entregó por Él.

                Esta invocación de fe bien sencilla ha sido desarrollada en la tradición de la oración bajo formas diversas en Oriente y en Occidente. La formulación más habitual, transmitida por los monjes del Sinaí, de Siria y del Monte Athos es la invocación: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de nosotros, pecadores” Conjuga el himno cristológico de Flp. 2, 6-11 con la petición del publicano y del mendigo ciego (cf Lc. 18,13; Mc. 10, 46-52). Mediante ella, el corazón está acorde con la miseria de los hombres y con la misericordia de su Salvador.

                La invocación del santo Nombre de Jesús es el camino más sencillo de la oración continua. Repetida con frecuencia por un corazón humildemente atento, no se dispersa en “palabrerías” (Mt. 6, 7), sino que “conserva la Palabra y fructifica con perseverancia” (cf Lc.8, 15). Es posible “en todo tiempo” porque no es una ocupación al lado de otra, sino la única ocupación, la de amar a Dios, que anima y transfigura toda acción en Cristo Jesús.

DOS ANÉCDOTAS AL RESPECTO

1.      Hasta no hace muchos años muchísima personas, en su vida diaria, decían el Santo Nombre en forma espontánea muchas veces al día, repitiendo ante cada acontecimiento "¡Jesús!", que les salía espontáneamente de sus labios.  Escucharlas era un modelo patente de vidas afirmadas sólidamente en la fe de siglos. Ese especie de muletilla, que trasuntaba una fe vivida se ha perdido. ¡Qué secularismo devastador nos ha invadido en pocos años, produciendo un desierto espiritual desolador!

1.      El fundador de la Congregación del Verbo Divno, san Arnoldo Janssen, exigía colocar en cada casa religiosa un reloj con campana (que tocaba cada cuarto de hora) para hacer recordar a quienes habitan en ella que al tañido de la campaña debían elevar una breve jaculatoria de fe, en el lugar que estuvieran. ¡Qué espíritu de fe la de esos consagrados!








10 de octubre de 2018

Sangre y Agua redentora


LA PUERTA SE ABRIÓ


Desde la contemplación al pie de la Cruz, del propio evangelista Juan hasta nuestros días, la Iglesia no ha cesado de mirar al que traspasaron”.

La lanzada, en sí misma cruel y deshonrosa, actuó sin embargo como llave misteriosa que abrió para el mundo los tesoros infinitos del Corazón de Cristo.

De esos tesoros que manan del costado abierto del Redentor vive la Iglesia, y con ellos riega el universo; contemplando esa llaga sangrante, la Iglesia contempla su propia cuna.

Con profundas palabras, contempla San Agustín este misterio de la “puerta abierta”:



Cristo atravesado por la lanza de Longinos
Fra Angélico, c.1440


“Vinieron, pues, los soldados
rompieron las piernas al primero y al otro que fue crucificado con Él.
Sin embargo, al llegar a Jesús, cuando lo vieron muerto ya, no rompieron sus piernas;
pero uno de los soldados abrió con una lanza su costado
y al instante brotó sangre y agua” (Jn 19, 32-24).


El evangelista ha usado una palabra cuidadosa, de forma que no dijera «golpeó» o «hirió» su costado, u otra cosa semejante, sino abrió, para que la puerta de la Vida se abriera allí de donde han manado los sacramentos de la Iglesia, sin los cuales no se entra en aquella vida que es la auténtica Vida.

Esa Sangre ha sido derramada para remisión de los pecados; esa Agua prepara la copa saludable; ella proporciona el baño y la bebida. Esto lo prenunciaba la puerta que Noé mandó hacer en el costado del arca, para que por ella entrasen los animales que no iban a perecer en el diluvio, los cuales prefiguraban la Iglesia.

En atención a esto, la primera mujer fue hecha del costado del marido, que dormía, y fue nominada  madre de los vivientes, pues antes del gran mal de la transgresión significó un gran bien.

Ahora, el segundo Adán, inclinada la cabeza, durmió en la Cruz para que de ahí –de eso que fluyó del costado del durmiente– le fuese formada la Esposa.

¡Oh muerte en virtud de la cual los muertos reviven! ¿Qué más limpio que esa Sangre? ¿Qué más saludable que esa herida?»

(San Agustín, Sobre el Evangelio de san Juan CXX, 2)




9 de septiembre de 2018

BENE OMNIA FECIT (Mc. 7,37)


 Filium Dei unigénitum. 
Et ex Patre natum ante ómnia saécula.
Deum de Deo, lumen de lúmine,
Deum verum de Deo vero

Reflexión sobre el texto evangélico en que se expresa que Jesucristo “todo lo hizo bien” con un relato poético a orillas del Mar de Galilea.




 “El sol se había puesto hacía ya un rato. Pero la penumbra resistía. Como esos calderones que no terminan de apagar su sonido. Era una apacible tarde de verano y estábamos los dos solos, sentados en la punta de uno de los tantos muelles del Mar de Galilea. Golpeteaba con cierto desdén el agua contra los palos del vacío embarcadero, que flameaban sus verdosas algas como estandartes. 

Un cuarto de hora atrás, cuando aún brillaba el sol sobre el agua, me había contado (con inusual detalle y demora) de una escena de su infancia, en ese mismo muelle, sentado allí, a los nueve o diez años, arreglando el mundo con su mejor amigo.

Me impresionó lo de “mejor”, mezcla de envidia y cierto escándalo de que el Amigo Universal pudiera tener predilecciones. 

Abundó en tantos detalles que casi pude ver allí, materializado a mi lado, un infante hebreo con sus rulos negros y sus ojos vivaces, moviendo ambas piernas en el vacío que separaba el entablonado del muelle del espejo de agua. Entre tantas pinceladas aludió a lo mucho que reían, lo cual hizo que cayera en la cuenta de lo poco que lo hacía ahora, de grande. 

Pero dijo entonces algo asombroso, que me descolocó por completo: que disfrutaba mucho haciendo mil detalles del cosmos para su amigo. O palabras a ese efecto. Y de hecho fue lo último que dijo; tras lo cual se quedó mudo, oteando el horizonte como recordando y saboreando todo aquello…

Aunque resultara una obviedad, no pude dejar de pensar: claro, también de Niño era la Sabiduría increada, el Logos eterno, el Hacedor continuo de todos los mundos, visibles e invisibles… con el redondo orbe en su diminuta Mano derecha.

Al cielo se le iban apagando sus últimos rosados y la lumbre estiraba más y más su delgadez, como un pianista que no levanta sus dedos del acorde para que la felpa no apague lo que conviene desliarse solo, en el estuario del silencio. 

Croan las ranas; cantan los grillos; gaviotas atrasadas apuran su retorno. El espejo de agua parece de cristal. Mil aromas —intensos, penetrantes— copan la escena: saben a hierbas silvestres, a flores del campo, a resina de cedro y a noche estival. Me llamó la atención la irrupción de los perfumes tan resuelta o programada, como la decidida entrada de actores en escena conforme lo indica el libreto. Pero en verdad fue recién cuando, sin aviso alguno, surgió el inmenso tambor de luna llena, rutilando en rojos y ocres, que lo miré a Él fijo; y luego a la luna; y luego a Él de nuevo. 

Se dio cuenta de que me había dado cuenta. 

Y apenas sonrió, sin distraer su ocupación. 

La gallarda goleta de marfil surcaba el escenario sideral como una lenta y solemne reina enjoyada; la facilidad de su hermosura era casi hiriente. Cuando la duplicó, exacta, en el espejo de agua, no resistí y rompí el feliz silencio para exclamarle ¡oh, Señor mío, qué bello… qué bellas son tus obras… Todo lo haces bien. Qué bien haces el día y qué bien haces la noche y qué bien que te sale ese compás de transición de lo diurno a lo nocturno, esa modulación de mayor a menor.

Algo dentro de mí se había desatado en alabanza incontenible. Pero, ¿era realmente por la hermosura de las cosas? Más bien, pienso a la distancia, estaba conmovido ante un hecho incontestable: el Señor lo estaba haciendo por mí, para mí. Como de Niño hacía pájaros y ranas, zorros y damascos, para complacer a su pequeño amigo.

—¡Hasta el modo sincopado con que conjugas el croar y el grillar…
 —el Señor se llevó, despacio, el dedo índice a los labios, pidiéndome en silencio, silencio. Y sentenció abreviado: 
—Hay un tiempo para contemplar y un tiempo para alabar lo contemplado.

En ese momento una inmensa garza, descolorida por la inminente noche, atravesó la oronda luna, en un aleteo tan pausado que me temí que el tiempo hubiera modificado su curso o velocidad. 

Si bien ambos estábamos, casi hombro con hombro, mirando hacia el mismo horizonte, me resultaba irresistible, cada vez que entraba en escena una nueva obra de arte, virar noventa grados mi atención para mirarlo; para mirar al Hacedor haciendo, al Creador creando. 

Virar, para mirar los “y vio Dios…”. 

La Encarnación había anudado en tan apretado ñudo el Logos a su Carne, que cada cincelada eterna hacía eco en los gestos humanos del Artesano palestino. Era muy sobrio en esto, como si “se le escapara” la innecesaria expresión humana de una actividad tan divina. Pero, qué hermoso era pescarlo en eso, moviendo apenas los labios, o un dedo de la mano, o un hombro o una ceja… como un director con sutileza marca el ingreso de los oboes.

—¿Es ininterrumpida esa labor? ¿No fatiga? —me animé, contraviniendo el reciente pedido de silencio. No sabía bien ni qué le estaba preguntando, pero por una vez, por al menos una única vez, me parecía ver la posibilidad de entrarle en un tema del que jamás hablaba: su tarea creadora. ¿Cómo lo hacía?, ¿cuándo lo hacía? ¿por qué lo hacía?; y sobre todo: ¿por qué esa profusa exuberancia, esa prodigalidad tan… ¿exagerada, desmedida? No me hubiera animado a atosigarlo con todas esas preguntas, pero el sobrio “¿no fatiga?” tal vez alcanzara como pie para que el Señor se explayara.

Hizo un silencio y al rato, con voz muy condescendiente dijo sin más: 

—No, no fatiga. 

—Ah, claro; es propio de los sabios delegar; seguramente le confíes a tus ángeles muchas de las obras— lancé yo, intentando fogonear el tema.

Por primera vez desde que dejáramos de hablar de su infancia se volvió hacia mí y mirándome muy serio me dijo: 

—De ninguna manera. La Creación, que es Creación continua, no se delega; sale directa, sin intermediarios, de mis Manos.
Y, con cierta indignación (o vehemencia al menos), agregó subiendo el tono: —¡Ni un solo pétalo de la más diminuta flor del campo se diseña y esculpe fuera del Taller de mi Padre! ¡Ni una escama del pejerrey! Él trabaja y Yo también trabajo; ¡siempre!

Resonó ese “¡siempre!” como un trueno en el ocaso galileo. 

Un poco para reparar mi error y otro tanto porque persistía mi necesidad laudatoria, le dije de nuevo: —y todo les sale tan, pero tan bien, tan hermoso, tan perfecto…—y sin reparar en el término, rematé la aclamación con un peligroso: —abruma la belleza de tus obras.

—¿Qué es lo que te abruma de mis obras? —apuró, inquieto, pero sin objetar la expresión.

—No, no lo sé… Creo que no es tanto su perfección (aunque vaya si eso podría ser fuente de bruma), ni tu destreza ni tu talento… sino Tu motivación, Señor: ese esmerado empeño por galantear al Hombre, por impresionarlo.
Creo que me puse colorado al decir esto último; menos mal que me salió el genérico “hombre”, que velaba con cierta discreción la locura del Amor divino tan al descubierto. Y que haya dicho “esmerado” en vez de “desmesurado”, que es lo que en verdad pensé. La desmesura del amor que procura en todo el bien del amado: eso abruma.

—Por eso suelo bruñir el oro apagado; el del tigre y el de la marimoña. Por eso escondo el obsequio de galaxias enteras; por eso resguardo tantos prados floridos en montañeses valles perdidos, que jamás verá mi Amada; por eso, a miles de metros de profundidad, donde Ella, Paloma mía, jamás podría llegar, le regalo anémonas y corales, de un esplendor apabullante, sin que se entere… Vivo haciéndole, día y noche, regalos secretos, justamente, para no abrumarla… para no abrumarte.

Los mil colores de la tarde, apagados por el sol ausente, viraban todos a ese curioso sepia con que se uniforman todas las cosas a la luz de la luna.
El divino Hacedor, muy sentado en la punta del muelle, con sus piernas colgando y las manos sobre su falda, seguía dirigiendo la orquesta con la sutilidad de un espía extranjero.

Había yo reflexionado más de una vez sobre los “Y vio Dios que era bueno” del Génesis. Como sobre aquel “todo es para bien” de san Pablo… pero entre lo uno y lo otro se me revelaba hoy, al borde del Mar de Galilea, el vertiginoso presente vertical de un humanado Dios haciendo cada pluma del benteveo, allí, con las piernas colgando del muelle, como si éste fuera el bastidor del orbe o el torno del alfarero. 

Era el vertiginoso presente vertical de un Dios que no sólo “todo lo hace bien”, sino que *en todo hace el bien.* Un Dios que en todo nos beneficia, en todo nos favorece, en todo nos agracia. Sí: en todo.

Unos zorros aullaban no muy lejos. Venían a esta hora por las sobras de pescado, remanentes de la intensa jornada laboral. Sobre el plateado espejo de agua danzaban, como hadas, pequeñas libélulas. En medio del lago, una escueta embarcación pescaba sardinas al claro de luna. 

La noche no podía estar más linda, más apacible, más buena. 

Una brisa ligera seguía trayendo tomillos y verbenas en su aire. En eso se escucha a lo lejos un grito de júbilo: eran los pescadores, recogiendo una red rebosante de diamantados peces. Escamas plateadas por la luna refractaban miles de lumbres danzantes… 

Y el Maestro volvió a hablarme:

—No son sólo “las cosas” lo que Dios hace bien; también “los hechos” salen de nuestro mismo taller de divina Orfebrería. Todo cuanto ocurre ha sido minuciosamente labrado, ¡cincelado a Mano!, para conquistar el corazón del hombre. Para “impresionarlo”, como te gusta decir.

—¿De verdad “todas”? — lo apuré, sin ánimo desafiante, pero reclamando una confirmación de ese “todo” caído de sus labios. 

—Sí; todo.— dijo, rotundo.
Y agregó: —Toda clase de cosas, como con buen gusto se ha dicho. Lo cóncavo y lo convexo, lo claro y lo oscuro, los otoños y primaveras, las pruebas y los consuelos: todo cuanto ocurre es adorable, pues todo sale de las Manos de Aquel lo hace todo bien y para bien.

Un gozoso silencio nos envolvió a ambos. Esto último, que había volcado con tanta naturalidad, era abrumador y tremendo. Una cosa era admirarse ante el plumaje del colibrí y otra muy distinta era aceptar como venida de Su autoría.
 Pensé de inmediato en mi pecado; en mis muchos pecados; y en la miseria humana universal… pero el Señor estaba ya inhalando, en señal de que se venía una nueva bocanada de sapiencia: 

—*No sólo hago cosas nuevas; también hago nuevas todas las cosas.* Modelo cada mota de materia, pero, ¡no menos!, esculpo el tiempo— y mirándome, me sonrió en evidente signo de haber presenciado mi último pensamiento.

Lo que sigue es complicado. Pues se me quedó mirando con una peculiar intensidad: una fuerza generadora salía de sus ojos y no pude más que estar seguro de que estaba obrando intensamente en mí. Taciturno, me taladraba con sus ojos, como un soplete horadando en la fragua. 

Me ruboricé de nuevo y agaché la cabeza.

Y fue entonces, en el medio de aquella noche amable más que la alborada, que en un instante fui invadido o embargado por una suerte de inocencia… si es que acierto a decirlo de algún modo. Como si un divino Dedo hubiera atravesado mis entrañas destrabando todas mis sorderas. Como si mi barro hubiera sido amasado de nuevo con aguas de la Boca de Dios y puesto de nuevo, como arcilla blanda, sobre el torno del Alfarero…

Conmovido, me volví hacia Él… y allí vi que las mismas piernas colgando del muelle, encogidas, le pertenecían ahora a un Niño de diez años, de negros rulos y ojos vivaces. Me mostró alegre todos sus dientes y pasó su brazo por mi espalda hasta estrechar mi hombro derecho.

Me di cuenta recién entonces que yo tenía su misma edad… 

No recuerdo bien si se lo dije o tan sólo lo pensé, pero como agua límpida y fresca brotó a borbotones de mis honduras: 

—No sé cómo lo haces… pero qué bien que lo haces, y cuánto bien que me haces, Dios y Señor mío.

Volvió a cruzarnos una bocanada intensa de tomillo, mientras las libélulas continuaban su danza sobre el espejo de agua. El Niño infatigable seguía regenerando el orbe, que reposaba entero sobre la palma de su Mano.

Su Madre, preocupada, nos llamó con voz firme a ambos desde el comienzo del muelle, con sus brazos en jarra, meneando la cabeza en muestra de enfado.

Al instante corrimos ambos hasta su regazo”.