Semillas en el ciberespacio desde la mística de la A.C.

19 de febrero de 2016

EL VERDADERO PATRIOTISMO

EL AMOR A LA PATRIA
Una virtud bastante olvidada en un mundo globalizado, dominado por el cosmopolitismo relativista. De gran importancia ante el bicentenario de la declaración de la independencia argentina
Algunas ideas basadas en Santo Tomas de Aquino



Para muchas personas, niños y adultos, la Patria es un territorio, es un país, es una ciudad natal, es el paisaje donde nacieron o donde pasaron gran parte de su vida. Todo eso es algo de la patria, pero no es toda la Patria. Si patriotismo fuera el apego al suelo donde nacimos y crecimos, las plantas superarían al hombre en patriotismo. La patria se compone de nuestro suelo, nuestro paisaje, del recuerdo de nuestros próceres y de nuestras tradiciones; pero también es algo más.
Ese algo más es al mismo tiempo tradición y unidad. O sea, un doble vínculo simultáneo: con la tradición histórica de las generaciones que nos han precedido y las que vendrán, y un vínculo con todos los hombres del país, nuestros contemporáneos.
Y es todavía un poco más: es la conciencia de que este grupo de personas que, sea por nacimiento o por inmigración o por otras causas, están relacionadas entre sí (pasadas, presentes y futuras) tenemos, según los planes de Dios, una misión, un destino, una empresa colectiva en este mundo y en la historia.
De esto surgen los deberes que tenemos hacia la Patria, que no deben confundirse con los que tenemos hacia la forma de gobierno que rige, en alguna circunstancia histórica, el país.

1. Los deberes para con la Patria
Cuatro son las principales virtudes cristianas que se relacionan más o menos de cerca con la patria:
1.   La piedad que nos inspira la veneración a la patria en cuanto principio secundario de nuestro ser, educación y gobierno; por eso se dice que la patria es nuestra madre.

2.   La justicia legal que nos hace considerar su bien como un bien común a todos los ciudadanos, que todos tenemos obligación de fomentar.

3.   La caridad, que nos obliga a amar a nuestros semejantes, empezando (para ser ordenada) a los que estamos ligados por vínculos de sangre, familia, y nacimiento.

4.   La gratitud, por los inmensos bienes que ella nos ha proporcionado y continuamente nos presta.

Todas estas virtudes pueden abreviarse bajo el término «patriotismo», que no es otra cosa que «el amor y la piedad hacia la patria en cuanto tierra de nuestros mayores o antepasados».
El patriotismo se manifiesta principalmente de cuatro modos:
1. El amor de predilección sobre las demás naciones; perfectamente conciliable con el respeto a todas ellas y la caridad universal, que nos impone el amor al mundo entero.

2.   El respeto y honor hacia su historia, sus tradiciones, sus instituciones, su idioma, sus símbolos (en particular su bandera).

3.   El servicio: como expresión efectiva de nuestro amor y veneración. El servicio de la patria consiste principalmente en el fiel cumplimiento de sus leyes legítimas, especialmente aquellas que son necesarias el crecimiento y engrandecimiento (tributos e impuestos legítimos); y también en el desempeño desinteresado y leal de los cargos públicos que exige el bien común; en el servicio militar, y otras cosas por el estilo, etc.

4.   Finalmente se manifiesta en la defensa contra sus perseguidores y enemigos interiores o exteriores: en tiempos de paz, con la palabra o con la pluma, en tiempo de guerra defendiéndola con las armas y si es necesario dando la vida por ella.

Al verdadero patriotismo se oponen dos vicios:
1.   Por exceso, el llamado chauvinismo, o patrioterismo, o como lo llamaba el Padre Fray Francisco de Paula Catañeda en torno a los años de 1810: «patriomismo», porque no es patriotismo sino una especie de egoísmo disfrazado de patriotismo. Este vicio, no importa el nombre que se le dé, consiste en ensalzar desordenadamente a la propia patria como si fuera el bien supremo, incluso por encima de la fe, y desprecia los demás países injustamente e incluso con injurias de hecho. Algunas de sus manifestaciones son la xenofobia, la discriminación racial, la idolatrización de los símbolos o elementos patrios.

2.   Por defecto tenemos el internacionalismo de los hombres sin patria, llamado también cosmopolitismo, que desconocen la suya con el falso argumento de ser ciudadanos del mundo. Su forma más radical y peligrosa, por sus derivaciones filosóficas y sociales, ha sido el «internacionalismo comunista», inspirado en la doctrina de Marx.




17 de febrero de 2016

LA PENITENCIA EN LA CUARESMA

¿Sigue siendo actual la penitencia?
Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia
y es oportuno, en el tiempo de Cuaresma –tiempo penitencial por excelencia- y en este Año Jubilar de la Misericordia
recordar algunas verdades sobre este don del Señor,
fuente de gracia que nos ofrece por mediación de la Iglesia,




1. La lucha contra el pecado después del Bautismo 
1.1. Necesidad de la conversión
A pesar de que el Bautismo borra todo pecado, nos hace hijos de Dios y dispone a la persona para recibir el regalo divino de la gloria del Cielo, sin embargo en esta vida quedamos aún expuestos a caer en el pecado; nadie está eximido de tener que luchar contra él, y las caídas son frecuentes. Jesús nos ha enseñado a rezar en el Padrenuestro: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden», y esto no de vez en cuando, sino todos los días, muy a menudo. El apóstol S. Juan dice también: «Si decimos: ‘no tenemos pecado’, nos engañamos y la verdad no está en nosotros» (1 Jn 1,8). Y a los cristianos de primera hora en Corinto, san Pablo exhortaba: «En nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios» (2 Co 5, 20).
Así pues, la llamada de Jesús a la conversión: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» ( Mc 1,15), no se dirige sólo a los que aún no le conocen, sino a todos los fieles cristianos que también deben convertirse y avivar su fe. «Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia» ( Catecismo , 1428).
1.2. La penitencia interior
La conversión comienza en nuestro interior: la que se limita a apariencias externas no es verdadera conversión. Uno no se puede oponer al pecado, en cuanto ofensa a Dios, sino con un acto verdaderamente bueno, acto de virtud, con el que se arrepiente de aquello con lo que ha contrariado la voluntad de Dios y busca activamente eliminar ese desarreglo con todas sus consecuencias. En eso consiste la virtud de la penitencia.
«La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia» ( Catecismo , 1431).
La penitencia no es una obra exclusivamente humana, un reajuste interior fruto de un fuerte dominio de sí mismo, que pone en juego todos los resortes del conocimiento propio y una serie de decisiones enérgicas. «La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a él nuestros corazones: “Conviértenos, Señor, y nos convertiremos” ( Lam 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo» ( Catecismo , 1432).
1.3. Diversas formas de penitencia en la vida cristiana
La conversión nace del corazón, pero no se queda encerrada en el interior del hombre, sino que fructifica en obras externas, poniendo en juego a la persona entera, cuerpo y alma. Entre ellas destacan, en primer lugar, las que están incluidas en la celebración de la Eucaristía y las del sacramento de la Penitencia, que Jesucristo instituyó para que saliéramos victoriosos en la lucha contra el pecado.
Además, el cristiano tiene otras muchas formas de poner en práctica su deseo de conversión. «La Escritura y los Padres insisten sobre todo en tres formas: el ayuno, la oración, la limosna (cfr. Tb 12,8; Mt 6,1-18), que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los demás»Catecismo , 1434). A esas tres formas se reconducen, de un modo u otro, todas las obras que nos permiten rectificar el desorden del pecado.
Con el ayuno se entiende no sólo la renuncia moderada al gusto en los alimentos, sino también todo lo que supone exigir al cuerpo y no darle gusto con el fin de dedicarnos a lo que Dios nos pide para el bien de los demás y el propio.
Como oración podemos entender toda aplicación de nuestras facultades espirituales –inteligencia, voluntad, memoria– a unirnos a Dios Padre nuestro en conversación familiar e íntima.
Con relación a los demás, la limosna no es sólo dar dinero u otros bienes materiales a los necesitados, sino también otros tipos de donación: compartir el propio tiempo, cuidar a los enfermos, perdonar a los que nos han ofendido, corregir al que lo necesita para rectificar, dar consuelo a quien sufre, y otras muchas manifestaciones de entrega a los demás.
La Iglesia nos impulsa a las obras de penitencia especialmente en algunos momentos, que nos sirven además para ser más solidarios con los hermanos en la fe. «Los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año litúrgico (el tiempo de Cuaresma, cada viernes en memoria de la muerte del Señor) son momentos fuertes de la práctica penitencial de la Iglesia» ( Catecismo , 1438).
2. El sacramento de la Penitencia y Reconciliación 
2.1. Cristo instituyó este sacramento
«Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de todos los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación» (Catecismo , 1446).
Jesús, durante su vida pública, no sólo exhortó a los hombres a penitencia, sino que acogiendo a los pecadores los reconciliaba con el Padre [1] . «Al dar el Espíritu Santo a sus apóstoles, Cristo resucitado les confirió su propio poder divino de perdonar los pecados: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23)» (Catecismo , 976). Es un poder que se transmite a los obispos, sucesores de los apóstoles como pastores de la Iglesia, y a los presbíteros, que son también sacerdotes del Nuevo Testamento, colaboradores de los obispos, en virtud del sacramento del Orden.
«Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico» (Catecismo , 1442).
2.2. Nombres de este sacramento
Recibe diversos nombres según se ponga de relieve un aspecto u otro. «Se denomina sacramento de la Penitencia porque consagra un proceso personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de reparación por parte del cristiano pecador» (Catecismo , 1423); « de reconciliación porque otorga al pecador el amor de Dios que reconcilia» (Catecismo , 1424); « de la confesión porque […] la confesión de los pecados ante el sacerdote, es un elemento esencial de este sacramento» (ibidem ); « del perdón porque, por la absolución sacramental del sacerdote, Dios concede al penitente el perdón y la paz» (ibidem ); « de conversión porque realiza sacramentalmente la llamada de Jesús a la conversión» (Catecismo , 1423).
2.3. Sacramento de la Reconciliación con Dios y con la Iglesia
«Quienes se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de la ofensa hecha a Él y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron pecando, y que colabora a su conversión con la caridad, con el ejemplo y las oraciones» (Lumen gentium , 11).
«Porque el pecado es una ofensa hecha o Dios, que rompe nuestra amistad con él, la penitencia “tiene como término el amor y el abandono en el Señor”. El pecador, por tanto, movido por la gracia del Dios misericordioso, se pone en camino de conversión, retorna al Padre, que: «nos amó primero», y a Cristo, que se entregó por nosotros, y al Espíritu Santo, que ha sido derramado copiosamente en nosotros» 
«“Por arcanos y misteriosos designios de Dios, los hombres están vinculados entre sí por lazos sobrenaturales, de suerte que el pecado de uno daña a los demás, de la misma forma que la santidad de uno beneficia a los otros”, por ello la penitencia lleva consigo siempre una reconciliación a los demás, de la misma forma que la santidad de uno beneficia a quienes el propio pecado perjudica» 
2.4. La estructura fundamental de la Penitencia
«Los elementos esenciales del sacramento de la Reconciliación son dos: los actos que lleva a cabo el hombre, que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo, y la absolución del sacerdote, que concede el perdón en nombre de Cristo y establece el modo de la satisfacción» ( Compendio , 302).
3. Los actos del penitente
Son «los actos del hombre que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo, a saber, la contrición, la confesión de los pecados y la satisfacción» (Catecismo , 1448).
3.1. La contrición
«Entre los actos del penitente, la contrición aparece en primer lugar. Es “un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar”» ( Catecismo , 1451 [4] ).
«Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la contrición se llama “contrición perfecta”(contrición de caridad). Semejante contrición perdona las faltas veniales; obtiene también el perdón de los pecados mortales si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental» ( Catecismo , 1452).
«La contrición llamada “imperfecta” (o “atrición”) es también un don de Dios, un impulso del Espíritu Santo. Nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las demás penas con que es amenazado el pecador. Tal conmoción de la conciencia puede ser el comienzo de una evolución interior que culmina, bajo la acción de la gracia, en la absolución sacramental. Sin embargo, por sí misma la contrición imperfecta no alcanza el perdón de los pecados graves, pero dispone a obtenerlo en el sacramento de la Penitencia» ( Catecismo , 1453).
«Conviene preparar la recepción de este sacramento mediante un examen de conciencia hecho a la luz de la Palabra de Dios. Para esto, los textos más aptos a este respecto se encuentran en el Decálogo y en la catequesis moral de los evangelios y de las cartas de los apóstoles: Sermón de la montaña y enseñanzas apostólicas» ( Catecismo , 1454).
3.2. La confesión de los pecados
«La confesión de los pecados hecha al sacerdote constituye una parte esencial del sacramento de la penitencia: “En la confesión, los penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia tras haberse examinado seriamente, incluso si estos pecados son muy secretos y si han sido cometidos solamente contra los dos últimos mandamientos del Decálogo (cfr. Ex 20,17; Mt 5,28), pues, a veces, estos pecados hieren más gravemente el alma y son más peligrosos que los que han sido cometidos a la vista de todos”» ( Catecismo , 1456 
«La confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia, a no ser que una imposibilidad física o moral excuse de este modo de confesión»[6] . La confesión de las culpas nace del verdadero conocimiento de sí mismo ante Dios, fruto del examen de conciencia, y de la contrición de los propios pecados. Es mucho más que un desahogo humano: «La confesión sacramental no es un diálogo humano, sino un coloquio divino» 
Al confesar los pecados el cristiano penitente se somete al juicio de Jesucristo, que lo ejercita por medio del sacerdote, el cual prescribe al penitente las obras de penitencia y lo absuelve de los pecados. El penitente combate el pecado con las armas de la humildad y la obediencia.
3.3. La satisfacción
«La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe satisfacer de manera apropiada o expiar sus pecados. Esta satisfacción se llama también penitencia » (Catecismo , 1459).
El confesor, antes de dar la absolución, impone la penitencia, que el penitente debe aceptar y cumplir luego. Esa penitencia le sirve como satisfacción por los pecados y su valor proviene sobre todo del sacramento: el penitente ha obedecido a Cristo cumpliendo lo que Él ha establecido sobre este sacramento, y Cristo ofrece al Padre esa satisfacción de un miembro suyo.
 P. Juan García Inza


16 de febrero de 2016

EL AYUNO, LA ORACIÓN Y LA LIMOSNA

LOS TRES PILARES DE LA CUARESMA

San Cirilo de Jerusalén, Homilía 12 sobre el ayuno, 1-2; 4




Por la oración se busca la propiciación de Dios,
por el ayuno se apaga la concupiscencia de la carne
y por las limosnas se perdonan los pecados


Tres obras pertenecen principalmente a las acciones religiosas: la oración, el ayuno y la limosna, que han de ejercitarse en todo tiempo, pero especialmente en el consagrado por las tradiciones apostólicas, según las hemos recibido.

Como este mes décimo se refiere a la costumbre de la antigua institución, cumplamos con mayor diligencia aquellas tres obras de que antes he hablado. 

Pues por la oración se busca la propiciación de Dios, por el ayuno se apaga la concupiscencia de la carne y por las limosnas se perdonan los pecados (cfr. Dan 4:24).

Al mismo tiempo, se restaurará en nosotros la imagen de Dios si estamos siempre preparados para la alabanza divina, si somos incesantemente solícitos para nuestra purificación y si de continuo procuramos la sustentación del prójimo.

Esta triple observancia, amadísimos, sintetiza los afectos de todas las virtudes, nos hace llegar a la imagen y semejanza de Dios, y nos une inseparablemente al Espíritu Santo. 

Así es: en las oraciones permanece la fe recta; en los ayunos, la vida inocente, y en las limosnas, la benignidad.


11 de febrero de 2016

UNA IGLESIA ARRASADA Y RECONSTRUIDA


EL HISTÓRICO TEMPLO DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE SAN CARLOS DE BARILOCHE, ARGENTINA

Un noble ejemplo de reconstrucción


La Capilla en el año 1910. Obsérvese su revestimiento con tejuelas de madera de alerce, con las mismas características de las Capillas de la isla de Chiloé (que son Patrimonio de la Humanidad). En ese momento Bariloche era un paraje solitario, con algunas casas y un almacén solamente.


En los orígenes de San Carlos de Bariloche intervinieron numerosos misioneros. El padre Zacarías Genghini tuvo un papel fundamental en la historia de la Iglesia Católica en la ciudad, planificando y construyendo la primera capilla del naciente poblado: la Inmaculada Concepción.

Primer salesiano en asentarse en este territorio, llegado a caballo desde Junín de los Andes, en 1901, luego de que los Jesuitas abandonaron las misiones del Nahuel Huapi, Genghini vino a llenar un vacío que existía entre los pobladores de la zona, algunos de ellos cristianos, y otros posibles futuros católicos.

Muy pocas viviendas, un almacén y un albergue conformaban lo que con el tiempo se conocería como San Carlos de Bariloche, ya que los restantes pobladores estaban dispersos en el campo.

A cuatro años de su llegada, el padre Zacarías conforma la “comisión pro templo”, iniciando las tareas de la Capilla en 1906, y encargando la construcción a Primo Capraro. En un comienzo el templo se dedicó a San Carlos (de allí el toponimio de la ciudad) y finalmente se cambió por el de la Inmaculada Concepción.


Su proyectista fue el arquitecto de origen alemán Arnaldo Billecke, siendo esta una de sus primeras obras ejecutadas en la región de los lagos.

Don Arnaldo Billecke fue un experimentado constructor que arribó a la localidad para trabajar en la "Cía. Comercial y Ganadera Chile Argentina" proveniente del sur de Chile, cuyo conocimiento y gran manejo en resoluciones de fachadas, contribuyeron a definir la formación de la primera imagen de Bariloche.

Todas las construcciones realizadas por Billecke en la región, revelan la filiación con la arquitectura centro-europea construida en Puerto Montt y en la ribera del Lago Llanquihue, en el sur de Chile, caracterizada por la forma cooperativa de trabajar de los maestros carpinteros, quienes dejaron un legado en madera de singular belleza y tradición. Las maravillosas capillas de madera, con tejuelas de alerce de la isla de Chiloé son ejemplo palmario de esta impronta constructora.

Algunos contratiempos demoraron la bendición de la piedra fundamental de la Capilla hasta el 27 de febrero de 1907, y para el 17 de agosto estaba terminada. La bendición oficial se realizó el 19 de abril de 1908, y estuvo a cargo del sacerdote Domingo Milanesio, encargado de la misión de Junín de los Andes. 



El padre Zacarías Genghini sdb, fundador de la Capilla


Cuando el templo estuvo concluido en 1908, el mismo padre Zacarías pudo expresar: “No es la catedral de Milán, ni la de París ni mucho menos; pero sí es una bonita capilla, fruto de la buena voluntad y sacrificio de los laboriosos vecinos de San Carlos de Bariloche”.




La Capilla, en los años 1970, cuando se edificó el Colegio Don Bosco detrás.



Interior de la antigua Capilla que fue devastada por el incendio


La antigua Capilla en una noche nevada


Así se veía la Capilla en 1940


La capilla original no estaba en su actual emplazamiento, sino en la calle Moreno y orientada hacia el lago Nahuel Huapi, a unos 150 metros de donde se encontraba "el histórico ciprés" donde el Perito Moreno fue amarrado cautivo de los indígenas de la zona. 

En 1973 fue declarada Monumento Histórico y trasladada mediante rieles tendidos en la ladera hasta su ubicación actual, en la parte de arriba de la barranca, ya que el crecimiento del Colegio Don Bosco así lo requería. 

Originalmente sólo tenía una nave central, con techo a dos aguas; en 1951 se anexaron las naves laterales, con cubierta a un agua de poca pendiente. Durante 1981 se le hicieron algunas reformas que afectaron fundamentalmente el aspecto de materiales y carpinterías originales. Los pisos interiores de madera fueron reemplazados por cerámica roja; las tejuelas de la fachada, de cabeza circular, dieron paso a tejuelas nuevas de cabeza triangular. Las carpinterías eran de madera y la bóveda central, de cañón corrido machimbrado. 

La iglesia está ubicada en la calle Elflein 502, a cuatro cuadras de la Catedral Nuestra Señora del Nahuel Huapi (sobre la costanera del Lago) y seis cuadras del Centro Cívico. Fue atendida por sacerdotes salesianos desde su origen y hasta el año 2000. Desde entonces son sacerdotes diocesanos quienes la dirigen.



EN EL MAPA DE ARRIBA DE LA CIUDAD DE BARILOCHE
 SE VE LA UBICACIÓN DE LA CAPILLA A LA IZQUIERDA DEL HOSPITAL ZONAL


El incendio arrasador

El 30 de agosto de 2014 un incendio, motivado por un cortocircuito eléctrico, arrasó con toda la querida edificación, consumiéndose todo el mobiliario y elementos litúrgicos. Fue una triste devastación total. Las fotos muestran el estado en que quedó:







El proyecto de reconstrucción

A partir de entonces, y con el impulso del párroco, padre Jorge Pliauzer y del obispo diocesano, se encaró la reconstrucción de este templo histórico. Se creó una Comisión Pro-Templo integrada por miembros de la comunidad parroquial y de las fuerzas vivas de la ciudad, y se comenzó una labor paciente y sin pausa de organización, planeamiento y proyección de la nueva obra, respetando la fachada del diseño original y agregando amplitud y materiales nobles de la zona.




El 11 de febrero de 2016, memoria de Nuestra Señora de Lourdes -quien se presentó a santa Bernardita como la Inmaculada Concepción- a un año y medio del infausto hecho, se bendice e inaugura el nuevo templo, que se destaca por su nuevo campanario de estilo y campana. En el desarrollo de los trabajos, participaron todas las fuerzas vivas de Bariloche, artistas y artesanos locales, picapedreros muy experimentados en su trabajo específico y carpinteros de larga trayectoria en su oficio.

En una pequeña cripta se ha previsto sepultar nuevamente los restos mortales de su fundador, el venerable salesiano 
Zacarías Genghini.

El Obispo de Bariloche, monseñor Juan José Chaparro presidió la celebración eucarística inaugural. Colmada de fieles, y con muchas personas que debieron participar desde afuera del nuevo templo. Estuvieron presentes el gobernador de Río Negro y el intendente de Bariloche.



Nótese la nobleza y calidad del nuevo altar y el ábside, de piedra de la zona. El Obispo de Bariloche bendice la nueva Casa de Dios.






Una multitud en la inauguración del 11 de febrero de 2016




Es un ejemplo magnífico de que, con la ayuda de la Providencia, todo es posible. En tiempos que vemos tantos edificios consagrados con un gran deterioro, este hecho muestra lo que puede realizar una comunidad comprometida con su fe y que pone su confianza en el Señor, reedificando su Casa para mayor gloria de su Nombre y bien de la Iglesia.

Sumamente alentador y modélico. Especialmente por el amor y el delicado cuidado que se ha puesto en la reconstrucción de un espacio sagrado, hecho con dignidad, sobriedad y elevado espíritu litúrgico.

Las fotos de abajo muestran el excelente trabajo realizado:









Aquí se puede apreciar el cuidado detalles de la hornacina en piedra para colocar la imagen patronal y el Sagrario en bronce, con el altar aún no concluido.







Primera Misa en el nuevo templo, (sin concluir) el 24 de diciembre de 2015, presidida por su Párroco.











La colocación del campanario, y la torre con la Cruz y esfera de bronce,
 toda una obra que canta la gloria de Dios.









El magnífico artesonado de madera, que continúa la riquísima tradición del lugar


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Un picapedrero moldeando las piezas calcáreas