Semillas en el ciberespacio desde la mística de la A.C.

22 de enero de 2019

LA "CAPILLA SIXTINA" DE CASTILLA


IUSTITIAE CULTUS SILENTIUM
 Una interesante cita latina que corona una obra de arte religioso excepcional, con muchas enseñanzas.



La Sala Capitular de la Catedral Primada de Toledo es llamada la “CAPILLA SIXTINA DE CASTILLA” por la magnificencia de sus pinturas en las paredes de dicha Sala.

Fue mandada construir por el Cardenal Cisneros en 1508, en tiempos de los Reyes Católicos, y trabajaron en ella artistas eximios, entre ellos Juan de Borgoña (1470-1536) destacado pintor del quattrocento, que abrevó en el arte flamenco.

Sorprende pensar que cuando Miguel Angel realizara su magna obra de pintura en la Capilla Sixtina del Vaticano, simultáneamente en Toledo se erigieran unos murales que asombran también por su belleza.

Los medios de información españoles anuncian que se ha concluido un trabajo de restauración de los 125 metros cuadrados de las imágenes que representan -en 13 grandes paneles- escenas de la Pasión de Cristo y de la vida de la Virgen María, y los rostros de 32 arzobispos de Toledo, todos ellos pintados al óleo sobre las mismas paredes de yeso, con un exquisito trabajo artesanal de hace 500 años.


Vista hacia el oriente de la Sala Capitular de la Catedral de Toledo.
Se observa la puerta de entrada, y encima de ella la leyenda del título de esta nota.
Por encima, una gigantesca pintura mural que representa el Juicio Final


La escena del Juicio Final tiene en su lugar central a la Cruz iluminada, a Cristo como Juez y a sus lados su Madre y san Juan. A ambos costados el colegio apostólico y debajo, a la derecha, los condenados (con carteles que refieren a los siete pecados capitales) y a la izquierda, los bienaventurados. Abajo están los difuntos que aguardan su juicio particular. 



La silla-trono del Arzobispo en la Sala Capitular es una obra esplendida en madera dorada y sobre su respaldo rematan tres figuras que representan las tres virtudes teologales. Detrás, en el muro oriental, tres escenas evangélicas del momento culminante de la Redención: el descendimiento de la Cruz, la Madre dolorosa con su Hijo en brazos y la Resurrección.




Vista del lado occidental de la Sala Capitular de la Catedral de Toledo ya restaurada.
Se aprecia el magnífico trono del arzobispo y por encima tres pinturas de escenas de la Pasión (Descendimiento y Madre Dolorosa) y Resurrección del Señor. 
En derredor la sillería de los canónigos.
Y también se destaca el piso, con arabescos mudéjares e incrustaciones de mármol de colores,
y el techo, uno de los artesonados más espléndidos de España.


El conjunto es deslumbrante. A lo que se agrega el artesonado del techo, en madera, que responde al estilo barroco flamígero-mudéjar. También la ante-sala capitular está rodeada de armarios en madera tallados con maestría, donde se guardaban las actas de las reuniones del Cabildo.





UNA EXCELENTE ENSEÑANZA

Hay un detalle que no escapa al visitante perspicaz: al salir de esta Sala Capitular, sobre la puerta que da al poniente y debajo de la escena del Juicio Final, está escrita en letra de oro una leyenda que dice:

“IUSTITAE CULTUS SILENTIUM”

que hace referencia al pasaje del Libro del profeta Isaías (32,17) donde dice: “et erit opus iustitiae pax et cultus iustitiae silentium et securitas usque in sempiternum” (“la obra de la justicia es la paz y el fruto de la justicia es el silencio y la certeza por siempre”)

Este texto de tres palabras lo hizo colocar el admirable Cardenal Cisneros para recordar a los canónigos capitulares que lo debatido y decidido en la Sala debía ser guardado sigilosamente y no divulgado.

Una cita de gran profundidad ascética, que es como un corolario espléndido de este gran recinto religioso. Con grandes enseñanzas de mucho provecho espiritual.





ABAJO: UNOS DETALLES DE LAS PINTURAS

Dos detalles de las pinturas de la pared occidental, en las escenas evangélicas del Descendimiento de la Cruz y de la Madre Dolorosa, obras de Juan de Borgoña. 

Con el trabajo de restauración pueden apreciarse la calidad de los tonos y la excelencia del dibujante.












16 de enero de 2019

DEL ARTE Y LA SABIDURÍA POPULAR


“A DIOS ROGANDO Y CON EL MAZO DANDO”


Este dicho popular tiene un profundo sentido cristiano, ya que conjuga la obra de la Providencia con la misión de consagrar el mundo por parte del hombre

Y nos habla de la importancia de la cultura del trabajo para construir un país de grandeza.

El himno de Laudes del martes de la I semana del tiempo ordinario lo expresa con gran sabidurìa poètica:

HIMNO

Sentencia de Dios al hombre

antes que el día comience:

«Que el pan no venga a tu mesa

sin el sudor de tu frente.



Ni el sol se te da de balde,

ni el aire por ser quien eres:

las cosas son herramientas

y buscan quien las maneje.


El mar les pone corazas

de sal amarga a los peces;

el hondo sol campesino

madura a fuego las mieses.


La piedra, con ser la piedra,

guarda una chispa caliente;

y en el rumor de la nube

combaten el rayo y la nieve.


A ti te inventé las manos

y un corazón que no duerme;

puse en tu boca palabras

y pensamiento en tu frente.


No basta con dar las gracias

sin dar lo que las merece:

a fuerza de gratitudes

se vuelve la tierra estéril.» 
Amén.


Òleo pintado por Van Gogh titulado "Labourer dans un champ". Lo hizo un año antes de su muerte, en la extrema pobreza y mientras estaba recluido en el asilo de Saint-Rémy. Desde su ventana veía a un hombre arando en el campo. Fue subastado en 2017 en 81,3 millones de dólares.


15 de enero de 2019

SACRISTÍA = SACRE


URGE RECUPERAR LA SACRISTÍA COMO ESPACIO SAGRADO


“La Sacristía (del latín sacre, sagrado) es el lugar donde se revisten los sacerdotes y donde están guardados los ornamentos y otras cosas pertenecientes al culto”.

Diccionario de la Real Academia Española




Lavatorio de la Sacristía de la Catedral de Puebla, México.


E
n su libro Retrato de Juan Pablo II, André Frossard nos ha dejado un breve y emotivo recuerdo de la primera vez que asistió a Misa privada con el Papa en el Palacio apostólico Vaticano. Escribe al respecto:

«La Misa del Papa es lenta y muy hermosa. Sus dos secretarios, que le sirven de acólitos, lo revisten con sus ornamentos frente al altar y este ceremonial ordinario adquiere una importancia de algo sagrado». 

No es el único testimonio en este sentido. Recuerdo otra observación similar de alguien ciertamente impresionado: comentaba que la figura del Papa revistiéndose para la misa, con unción y reverencia, le evocaba la imagen de un guerrero que viste con solemnidad su armadura para entrar en combate.

La analogía es sugerente; ¿no dijo Cristo, cuando se disponía a enfrentar su Sacrificio redentor, que llegaba la hora en que el príncipe de este mundo iba ser arrojado fuera? (Jn 12, 31). ¿No sugieren estas palabras que su Pasión y Muerte serían algo así como un gran combate contra Satanás? ¿No se vuelve particularmente actual, cuando el sacerdote se dispone a celebrar la santa misa, la exhortación del Apóstol a revestirse con toda la armadura de Dios? (Ef 6, 11).

Es elocuente que algunas de las oraciones que se recitan a la hora de vestir los ornamentos sagrados, unan a su simbolismo espiritual un marcado carácter de lucha y milicia.

Así, por ejemplo, la oración para ceñirse el amito: «Poned, Señor, sobre mi cabeza el yelmo de la salvación, para combatir los asaltos del diablo»; o bien la del cíngulo:«Cíñeme, Señor, con el cíngulo de la pureza, y extingue en mí la llama de la pasión, para que permanezca en mí la virtud de la continencia y de la castidad».

Resulta muy edificante contemplar al sacerdote en la sacristía revistiéndose con unción, en silencio, sin precipitaciones, concentrado en la acción sagrada que se dispone a realizar; que lava sus manos con asombro, porque en breve tocarán a Cristo; que besa la estola con piedad; que se dispone, en fin, al gran «combate» de renovar el Sacrificio del Calvario, acción sagrada que le reclamará poner en juego todas las energías de su alma.

Urge reconquistar la sacristía como espacio sagrado donde reine el silencio y se respire una atmósfera de recogimiento.

La sacristía no es una sala de espera ni un camarín donde ultimar los detalles finales de una función. En la sacristía el sacerdote se prepara para el combate más importante del día, recoge sus potencias para centrarlas en Dios, comienza a revestirse con la armadura de Dios, para así poder prestar su ser entero a Cristo en la renovación de su Sacrificio.

(del blog EL BUHO ESCRUTADOR)


ECCLESIA MILITANS


NO SER FLOJOS
EN LOS COMBATES DE DIOS

Sublime texto del gran liturgista
Dom Prosper Guéranguer (1805-1875)
prior de la abadía benedictina de Solesmes




“... Jamás debemos olvidar
que la Esposa del Salvador
debe llevar y justificar en este mundo
su glorioso nombre de militante.
Combates contra la idolatría,
combates contra la herejía,
combates por su libertad:
todo su pasado y todo su porvenir se encuentra ahí.
Sus hijos deben acostumbrarse a la guerra.
Si sueñan con una Iglesia tranquila
quedarán decepcionados (...)
Hoy muchos tienen dificultades
para aceptar esta condición.
La polémica les escandaliza.
El ruido de la menor controversia los inquieta. 
Pareciera que la religión va a venirse abajo 
si se discute sobre ella.
Nuestros padres no fueron así
y nosotros, sus indignos hijos,
mereceríamos que ellos renegaran de nosotros
si permanecemos en esta flojedad”.

Dom Prosper Guéranger


14 de enero de 2019

LA BUENA POLÍTICA, AL SERVICIO DE LA PAZ


LA DOCTRINA CLASICA SIEMPRE CLARIFICA

La Jornada mundial por la paz de este año 2019 tiene como lema (presentado por el Papa Francisco): LA BUENA POLÍTICA, AL SERVICIO DE LA PAZ.


Siguiendo este lema, la brillante pluma del escritor español Juan Manuel de Prada escribe hoy en el ABC un artículo sobre tres vicios muy dañinos que pueden caracterizar a un político, y que son un obstáculo grave para el bien común y para la paz.

Porque la doctrina clásica -tan olvidada en estos tiempos de emotivismo, marketing y pragmatismo- siempre es clarificadora.

TRES TIPOS DE GOBERNANTES PERNICIOSOS:
LOS INEPTOS, LOS PREPOTENTES Y LOS PERVERSOS.

Afirmaba Santo Tomás que el Gobierno debe confiarse a quienes exceden en virtud e inteligencia al común de los mortales. No hay gobierno digno de tal nombre sin un sentido natural de la jerarquía o una anuencia de los espíritus que reconoce y encumbra a quien descuella sobre los demás. Encumbrar lo que es de naturaleza inferior es siempre un motivo de devastación y ruina.

Los clásicos distinguían tres tipos de gobernantes dañinos: el inepto, el prepotente y el perverso.

1. El gobernante inepto es achaque propio de las monarquías, sobre todo si son hereditarias (pero también de las electivas, si quienes eligen son memos o malintencionados). De vez en cuando, hasta en las estirpes más egregias, surge un hombre débil con pocas dotes de mando, con pocas luces, con poca energía, con poca capacidad de sacrificio. Y a estos hombres, precisamente porque tienen poca autoridad, les gusta exagerarla, del mismo modo que el hombre alfeñique y blandengue suele ser también el más autoritario. Como tienen la íntima convicción de no merecer el mando, se vuelven mandones y aspaventeros. Pero sus aspavientos dan más risa que miedo.


2. Mucho más temible que el gobernante inepto es el gobernante prepotente, que es achaque propio de dictaduras. Al gobernante prepotente lo caracteriza el apetito de poder, el placer de imponer su voluntad sobre los gobernados, que es una concupiscencia aún más peligrosa que la carnal. Al concupiscente de pasiones carnales, una vez satisfechos sus apetitos, lo invade el hastío; mientras que el concupiscente de poder, una vez satisfecho el capricho de alcanzarlo, quiere perpetuarse en él, incluso endiosarse, como hacían los emperadores romanos. Inevitablemente, el gobernante prepotente realiza todo tipo de manejos para satisfacer su ansia de mando: oculta o simula sus fracasos, recurre a la intriga, la mentira y la venganza, se rodea de una camarilla corrupta; y, en fin, envenena la convivencia, hasta hacerla irrespirable.

      3. Pero todos sus desmanes no son, sin embargo, tan dañinos como los del gobernante perverso, tan característico de las democracias. El gobernante perverso es una «voluntad pura» que sólo se nutre de sí misma; y en su ebriedad puede llegar hasta la voluptuosidad de destruir, pues la destrucción es el acto supremo de dominio. Al gobernante perverso le gusta destruir todo en derredor, convirtiendo al prójimo en instrumento de su ansia de dominio: es un felón que hace concesiones y pacta oscuros contubernios con los enemigos de su pueblo; es un sacamuertos que disfruta resucitando odios ancestrales; es un corruptor que obtiene un placer supremo pervirtiendo a sus gobernados. Para que su perversión pase inadvertida y se convierta en hábitat natural, envenena las fuentes educativas (para que los niños sean el día de mañana jenízaros dispuestos a defender la perversión con uñas y dientes) y enardece a sus gobernados entre sí, alentando todas las formas de disputas posibles, incluso las que afectan a las formas de solidaridad más necesarias para la supervivencia de la sociedad, como es la solidaridad entre hombres y mujeres. Detrás del gobernante perverso anida siempre la úlcera del resentimiento, la más turbia de las pasiones humanas, que -como la adicción a las drogas- necesita de constantes satisfacciones que no hacen sino exacerbarla más. Y nada satisface más al gobernante perverso que anegar con la pasión turbia del resentimiento al pueblo que gobierna, enfrentando a ricos contra pobres, a mujeres contra hombres, a andaluces contra catalanes. Pobre España, en manos de gobernantes perversos (si, para más inri, son ineptos y prepotentes).

13 de enero de 2019

DESCENDIT AD ÍNFEROS - CONFITEOR UNUM BAPTISMA



EL ICONO DEL BAUTISMO DEL SEÑOR EN EL JORDÁN

Una magnífica reflexión del Papa teólogo




"El icono del Bautismo de Jesús muestra el agua como un sepulcro líquido que tiene la forma de una cueva oscura, que a su vez es la representación iconográfica del Hades, el inframundo, el infierno. El descenso de Jesús a este sepulcro líquido, a este infierno que le envuelve por completo, es la representación del descenso al infierno: "Sumergido en el agua, ha vencido al poderoso" (cf. Lc 11, 22), dice Cirilo de Jerusalén. Juan Crisóstomo escribe: "La entrada y la salida del agua son representación del descenso al infierno y de la resurrección".

"Es el descenso a la casa del mal, la lucha con el poderoso que tiene prisionero al hombre (y ¡cómo es cierto que todos somos prisioneros de los poderes sin nombre que nos manipulan!). Este poderoso, invencible con las meras fuerzas de la historia universal, es vencido y subyugado por el más poderoso que, siendo de la misma naturaleza de Dios, puede asumir toda la culpa del mundo sufriéndola hasta el fondo, sin dejar nada al descender en la identidad de quienes han caído. Esta lucha es la "vuelta" del ser, que produce una nueva calidad del ser, prepara un nuevo cielo y una nueva tierra. El sacramento –el Bautismo- aparece así como una participación en la lucha transformadora del mundo emprendida por Jesús en el cambio de vida que se ha producido en su descenso y ascenso”.

Joseph Ratzinger. Jesús de Nazareth.





11 de enero de 2019

AL INICIAR EL TIEMPO ORDINARIO DEL AÑO LITÚRGICO


El Bautismo del Señor
Afrontar las circunstancias ordinarias y extraordinarias de la vida en coherencia con las fuentes vivas del agua bautismal recibida.

Invitación de monseñor Demetrio Fernández, obispo de Córdoba a seguir la vida al hilo del Año litúrgico




El ciclo litúrgico de Navidad se concluye con la fiesta del Bautismo del Señor (domingo siguiente a la Epifanía), que es ya el primer domingo del tiempo ordinario. En la escena del Bautismo de Jesús, contemplamos a Jesús, ya adulto, entrando en las aguas del río Jordán para recibir el bautismo que predicaba Juan el Bautista. Jesús se puso a la cola de aquellas gentes pecadoras que buscaban sinceramente la conversión de sus vidas. Siendo inocente, Jesús es proclamado en ese momento como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Su presencia en esta escena de presentación le hace solidario con los pecadores, no en el pecado, sino en tomar sobre sus espaldas el pecado que aparta al hombre de Dios y de los demás, dándoles un cauce de nueva vida mediante el bautismo salvador
Jesús entra en las aguas del Jordán y su contacto con las aguas confiere a estas aguas el poder de transmitir una nueva vida, la vida de hijos de Dios, que Jesús quiere compartir con nosotros. Jesús es presentado por el Padre como su Hijo muy amado, invitándonos a que lo escuchemos. Y es inundado del Espíritu Santo, que toca su carne para hacerla capaz de Dios. Lleno del fuego del Espíritu Santo, Jesús entra en el agua, y en lugar de apagarse ese fuego, confiere a las aguas bautismales el poder de transmitir ese fuego en el sacramento. El Bautismo del Señor genera como un incendio universal, cuyo cauce transmisor son las aguas bautismales.
Cuando cada uno de nosotros somos sumergidos en el agua del bautismo, recibimos el mismo Espíritu Santo que inundó a Jesús, recibimos el ser hijos del Padre, con el Hijo Jesucristo, que nos hace sus hermanos y coherederos de su herencia, el cielo para siempre.
Todo ello se realiza por la acción misteriosa del Espíritu Santo, que envuelve a Jesús con el amor del Padre en esta escena y durante toda su vida. El Espíritu Santo va a ser el motor de toda la existencia de Jesús. Él es el que ha formado su cuerpo en las entrañas virginales de María, el que lo inunda en el Jordán y lo conduce a la misión. Primero, llevándolo al desierto para enfrentarse cuerpo a cuerpo con Satanás y alcanzar la primera y más significativa victoria, una lucha no contra los poderes de este mundo, sino contra los espíritus del mal, a los que Jesús vence en su combate del Monte de las Tentaciones. Después, ese mismo Espíritu le llevará a predicar, a sanar corazones afligidos, al anuncio del Evangelio del Reino. Y consumará su impulso llevándolo voluntariamente a la muerte por el sacrificio ofrecido en la Cruz. En este momento supremo, es el Espíritu Santo como el fuego divino que baja del cielo para encender a la víctima y aceptarla como ofrenda agradable a los ojos del Padre. Por fin, el Espíritu Santo es quien resucita su carne sepultada, haciendo de ella carne gloriosa, que viene hasta nosotros en cada Eucaristía.
Eso mismo lo realiza el Espíritu Santo en nosotros, si le dejamos. Por el bautismo, hemos sido inundados de Espíritu Santo, que en la confirmación se nos ha dado en plenitud. Es el Espíritu Santo el que nos conduce por los caminos de la misión, según la vocación que cada uno haya recibido. Por eso, en el bautismo de Jesús, que hoy celebramos, preludio de nuestro bautismo, Jesús aparece como el hijo amado, que nos hace coherederos de su herencia del cielo. Después de celebrar la Navidad, habremos acumulado energías para afrontar la ofrenda de nuestra vida en las circunstancias ordinarias de la vida, o en las extraordinarias que puedan venir.
Si nos hemos acercado más a Jesucristo, la Navidad ha sido el comienzo de todo un itinerario que nos conduce a la Pascua, a la muerte y la resurrección. Sigamos al hilo del año litúrgico profundizando en los misterios del Señor, en cada uno de los cuales se abre para nosotros una fuente inagotable de gracia.


2 de enero de 2019

ANUNCIAR LAS CERTEZAS DE LA FE

EL BIEN MAYOR 
Y MÁS URGENTE
ES 
EL TESTIMONIO DE LA VERDAD


Un artículo breve e impecable, que muestra un diagnóstico certero de la abrumadora falta de sentido sobrenatural de la evangelización en muchos ámbitos de la Iglesia católica.

El autor muestra, con palabras sencillas, un problema complejo. Y demuestra un conocimiento muy cabal de la situación en los países que otrora fueron cristianos.

Muy necesario conocer estos temas para emprender una renovación bien entendida de la pastoral y de la Sagrada Liturgia.

“¡Es urgente la misión!”


Comentario al libro “Las misiones católicas” de José María Iraburu




Navegando por la Red, en un sitio español dimos con un artículo de Eleuterio Fernández Guzmán sobre el libro “Las misiones católicas” de José María Iraburu. Rehicimos totalmente dicho artículo y lo sintetizamos tratando de mantener lo sustancial y adaptarlo al lector medio argentino, teniendo en cuenta que el planteo es totalmente actual y verdadero, también entre nosotros. Todos los párrafos que están entre comillas comunes (“a”) son citas del libro del P. Iraburu. Las citas bíblicas y de documentos de la Iglesia se indican  con otro tipo de comillas («a» o ‘a’) según el contexto. Las citas de documentos de la Iglesia, además, están en rojo.



“Es urgente la misión”: el título del libro que da origen a esta nota sintetiza a la perfección el sentido del texto, que está relacionado con un aspecto fundamental de la evangelización: la misión que transmite la Buena Noticia de Jesús.

El estudio del P. Iraburu acerca de la situación actual por la que pasa la misión católica, señala exactamente el quid de la cuestión en relación con la salud de la Esposa de Cristo. Una y otra vez vuelve el tema preocupante del freno que se está imprimiendo a la misión con las nuevas formas de llevarla a cabo o simplemente con la intervención de determinadas líneas de pensamientos que se dan en algunos ambientes dentro de la Iglesia Católica.

Hay que partir, para comprender la importancia de la misión, de algo que es muy importante y sin lo cual nada de lo demás se entiende: “La Iglesia, para poder evangelizar el mundo, necesita estar fuerte en el Espíritu Santo”.

Ahora bien, se puede ser fiel al Espíritu Santo o bien no serlo. Y esto tiene sus consecuencias: “aquellas Iglesias locales que fallan en su fidelidad al Señor y en su docilidad al Espíritu Santo, aquellas en las que abundan los errores teológicos, así como los abusos morales, litúrgicos y disciplinares, quedan débiles y enfermas, sin vocaciones, sin fuerza para el apostolado y para las misiones”.

Así,  Juan Pablo II, en su encíclica Redemptoris Missio dice que «la misión específica ad gentes parece que se va parando, no ciertamente en sintonía con las indicaciones del Concilio y del Magisterio posterior. Dificultades internas y externas han debilitado el impulso misionero de la Iglesia hacia los no cristianos, lo cual es un hecho que debe preocupar a todos los creyentes en Cristo. En efecto, en la historia de la Iglesia, este impulso misionero ha sido siempre signo de vitalidad , así como su disminución es signo de una crisis de fe»  (Encíclica Redemptoris Missio, 2).

“Esta crisis de fe, que trae consigo la debilitación de las misiones, es hoy real en no pocas Iglesias, y como siempre, está causada principalmente por la difusión de errores contrarios a la fe”.



Un ejemplo a seguir

Si hay una persona que, a nivel evangelizador, se ha de tener en cuenta, es San Francisco Javier. “No obstante la breve duración de su acción evangelizadora, once años y medio, ha sido, sin duda, uno de los más grandes misioneros de la historia de la Iglesia”, dada “la parresía apostólica, la audaz fortaleza que mostró siempre, arriesgando en ello gravemente su vida, para afirmar la verdad y negar el error”. Conviene que consideremos atentamente, en consecuencia, si su espíritu sigue siendo el espíritu de la misión.

En principio, parecería que “el modo de misionero de Javier es hoy perfectamente válido y ejemplar”. Y esto es bueno, porque supone que, en efecto, sirve para evangelizar, y, además, que debería ser tenido como ejemplo de una forma verdaderamente evangélica de llevar la Palabra de Dios al mundo entero. Pero “actualmente, sin embargo, son muchos quienes estiman justamente lo contrario”.

“No pocos de los que estiman como un gran misionero a San Francisco Javier admiran su santidad y su gran coraje para predicar el Evangelio, pero consideran que sus planteamientos misioneros están hoy completamente superados”. Es decir que una cosa es la figura del santo misionero y otra, al parecer, muy distinta, que se pueda tener en cuenta lo que hizo para hoy día. Según quien así piensa, en realidad, Francisco Javier está algo pasado de moda, como si el Evangelio también lo estuviera.

Lo nuevo y lo malo de lo nuevo

Lo que pasa es que parece que existen “nuevos modos de misión”. Sin embargo, cuando rompen con lo que supone una “fidelidad perfecta a una misma verdad” que es la que el Espíritu Santo, guiando «hacia la verdad completa» (Jn 16, 13), ha ido mostrando a la Iglesia Católica, entonces se genera un grave problema. “Cuando los innovadores enseñan en la teología una ‘novedad’ que rompe la continuidad perfectiva de la tradición de la Iglesia, difunden un error o una herejía”. En efecto, a veces se difunden doctrinas que son inconciliables con ciertas verdades profesadas por la Iglesia siempre y en todo lugar.

¿Cómo evaluar los resultados de los “nuevos modos de misión”? Lo dejó dicho el Mesías y lo recoge el evangelista Mateo (Mt 7, 16): «por sus frutos los conoceréis». En efecto, “el árbol de la verdadera doctrina da buenos frutos, y el falso, malos”.

Por lo tanto no es difícil evaluar los “nuevos modos de misión”: “hemos de considerar negativamente los modos nuevos de misionar cuando comprobamos que, en abierto contraste con la pujanza misionera del comienzo de la Iglesia, o de la Edad Media, o del XVI en América y Oriente, o del siglo XIX y comienzos del XX, allí donde esos modos nuevos se han aplicado en los últimos decenios, se han mostrado absolutamente ineficaces”.


Pero ¿por qué pasa esto?

Pues porque “en realidad, estos modos nuevos de la misión –conviene decirlo abiertamente– son una inmensa falsificación de las misiones, y traen consigo, por supuesto, un fracaso desolador. Juan Pablo II, como veíamos, señala en la Redemptoris Missio que la fuerza activa de las misiones parece que se va parando, y ve en esta disminución de las misiones el signo de una crisis de fe”.

Entonces, lo que, en realidad, se está produciendo es, simplemente, que la misión se ha detenido y se ha ofuscado por los nuevos modos de entender la misión, los cuales han falsificado lo que, propiamente hablando, ha de ser la misión católica.



Veamos, pues cuáles son estos “nuevos modos de entender la misión”, porque de ellos se deducen muchas consecuencias negativas para la labor misional de la Iglesia:



1)    No luchar contra el pecado, sino contra sus consecuencias

“La misión de los misioneros es la misma que [Cristo] recibe del Padre cuando viene al mundo: ‘Como mi Padre me envió, así también yo os envío’ (Jn 20,21). Ahora bien, sabemos que el Hijo divino se hace hombre para ser ‘el Cordero que quita el pecado del mundo’ (Jn 1,29). Sabemos ciertamente –Él mismo lo ha dicho– que ha venido para ‘llamar a los pecadores a conversión’ (Lc 5,32); que entrega su sangre para obtenerles ‘el perdón de los pecados’(Mt 26,28), y que, por tanto, ‘en Él tenemos la redención, el perdón de los pecados’ (Col 1,14). En efecto, ‘Él se ha manifestado al final de la historia para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo’ (Hb 9,26)”.

Por lo tanto, el fundamento de la misión es, sobre todo, tratar de “vencer, con la gracia del Salvador, el pecado del mundo”.

Sin embargo, “los nuevos modos de misión combaten no tanto el pecado, sino las consecuencias del pecado, desfigurando y frenando así la misión de Cristo”. Así, “la misión secularizada yerra gravemente cuando se limita sobe todo a remediar las consecuencias del pecado. Trivializa de este modo la naturaleza de los males del mundo, ignora el pecado original, la esclavitud del Maligno y la necesidad de la gracia de Cristo”.



2)    Hacer el bien, pero no dar testimonio de la verdad

Es bien cierto que no se puede negar que los nuevos modos de la misión hagan el bien. Sin embargo, esto no basta porque lo que se hace, actuando como arriba se ha dicho, es provocar “la falsificación de la vocación misionera, según la cual la misión no estaría centrada por el mismo Cristo en la evangelización, es decir, en el testimonio de la verdad, sino en las actividades benéficas que en favor de los hombres puedan realizarse”. Como “el bien mayor y más urgente es sin duda ‘el testimonio de la verdad’”, actuar de otra forma es no hacerlo como, en verdad, corresponde a un misionero.

Tampoco hay que olvidar que “actualmente las misiones católicas han de dirigirse igualmente a los países pobres y a los países ricos, muchos de éstos de antigua filiación cristiana, y hoy en su mayoría apóstatas”.

Entonces, en atención a las necesidades espirituales, “la mayor caridad que se puede tener con los ricos y con los pobres es decirles la verdad: que en esta vida, según sea buena o mala, se están jugando la vida eterna”. Ocultar tal verdad es, ciertamente, un gravísimo error.



3)    Dialogar sí, pero predicar no. Y dialogar… tampoco

Nadie puede negar que el diálogo resulte fundamental para que la misión evangelizadora se lleve a cabo de forma adecuada. Sin embargo, según recoge la declaración Dominus Iesus, aunque el diálogo forme parte de la misión evangelizadora, «constituye sólo una de las acciones de la Iglesia en su misión ad gentes. La paridad, que es presupuesto del diálogo, se refiere a la igualdad de la dignidad personal de las partes, no a los contenidos doctrinales, ni mucho menos a Jesucristo —que es el mismo Dios hecho hombre— comparado con los fundadores de las otras religiones. De hecho, la Iglesia, guiada por la caridad y el respeto de la libertad, debe empeñarse primariamente en anunciar a todos los hombres la verdad definitivamente revelada por el Señor, y a proclamar la necesidad de la conversión a Jesucristo y la adhesión a la Iglesia a través del bautismo y los otros sacramentos, para participar plenamente de la comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por otra parte, la certeza de la voluntad salvífica universal de Dios no disminuye sino aumenta el deber y la urgencia del anuncio de la salvación y la conversión al Señor Jesucristo.«Para el pensamiento relativista, diálogo significa poner en el mismo plano la propia posición o la propia fe y las convicciones de los demás, de tal manera que todo se reduce a un intercambio de posiciones de tesis fundamentalmente iguales y, en consecuencia, relativas entre sí, con la finalidad superior de lograr el máximo de colaboración y de integración entre las diversas concepciones religiosas» (Declaración Dominus Iesus, 22).

Para que la misión se lleve a cabo de forma conveniente, “diálogo y predicación han de ir juntos en la acción misionera” y el “diálogo misional debe pretender la conversión de los hombres, y no debe prolongarse indefinidamente”.



4)    Enseñar “valores” en vez de predicar a Cristo Salvador

Encierra un grave peligro el pretender no predicar al Mesías como Salvador sino limitarse a dar a conocer unos “valores” que, aunque sean importantes, no pueden ser el objeto de la misión. “Ésta es otra variante de la secularización del apostolado y de la misión: predicar valores sin predicar a Jesús, el Salvador. Es puro pelagianismo proponer valores morales enseñados por Cristo –verdad, libertad, justicia, amor al prójimo, unidad, paz–, y hacerlo, de un lado, en el mismo sentido en que el mundo los entiende, y de otro, sin afirmar a Cristo como único Salvador que hace posible vivir por su Espíritu esos y todos los demás valores”. Por eso tuvo que decir Pablo VI que un humanismo, sin Cristo, no existe. Y rogó para que los hombres de nuestro tiempo se ahorraran la experiencia fatal de un humanismo sin Cristo.

Claro que “si solamente luchamos contra las consecuencias del pecado, pero no contra el pecado, los cristianos tendremos la aprobación del mundo”…   Lamentablemente, esto ocurrirá, entre otras cosas, porque ya no seremos cristianos…


5)   No pretender la conversión de los hombres

Esto, dicho así, es muy grave porque la Iglesia Católica tiene la misión fundamental de convertir a los hombres a Cristo. Sin esto la Iglesia misma no tiene sentido alguno.

Pues bien, “los ‘nuevos’ misioneros no pretenden la conversión de los hombres. Buscan principalmente solidarizarse con su condición concreta de vida presente y mejorarla en lo posible. Y así lo declaran algunos abiertamente, orgullosos de su actitud: ‘no pretendemos convertir a nadie’. Resulta muy penoso oírles, y comprobar que ‘alardeando de sabios, se hicieron necios’ (Rom 1, 22)”.

A este respecto, es muy triste “que pueda haber párrocos y misioneros que, sin haber quizá convertido a nadie en toda su vida, estiman ‘superados’ los modos pastorales del Cura de Ars y los modos misioneros de Francisco Javier. Resulta patético: estos ministros del Salvador, que no intentan convertir a nadie, permanecen tranquilos en su convicción, y ciertamente consiguen su objetivo con pleno éxito”, pero, eso sí, a cambio de haber traicionado su original función y especial misión.



6)   Testimoniar con la vida, pero no con la palabra

El clima de desorientación que los nuevos modos misioneros están sembrando en el mundo se ve también en el hecho de pretender “ser misioneros sin predicar el Evangelio”. Esto es, sobre todo, absurdo (pues no entra en cabeza católica que tal cosa pueda producirse). Es cierto que en Ad Gentes se reconoce que «en ocasiones, se dan tales circunstancias que no permiten, por algún tiempo, proponer directa e inmediatamente el mensaje del Evangelio; entonces las misiones pueden y deben dar testimonio al menos de la caridad y bondad de Cristo con paciencia, prudencia y mucha confianza, preparando así los caminos del Señor y hacerlo presente de algún modo» (Decreto Ad Gentes, 6) . Pero tales situaciones son circunstanciales; no se puede hacer extensivo el criterio a todas las situaciones que puedan presentarse a los misioneros.

Por cierto, “la Iglesia no-evangelizadora es una Iglesia no-martirial, pues no da en el mundo testimonio de la verdad de Cristo”, lo que va, exactamente, en contra de lo que debe ser.



Desde la teología… falsa

Los “nuevos modos de misión” parten de teologías falsas, que son, por serlo, las que tergiversan el sentido preciso de la misión. ¿Cuáles son sus puntos de apoyo? Estos:

-“Profesan algún modo de agnosticismo filosófico y religioso: no hay una verdad, hay muchas”

-“Niegan la Revelación cristiana, en cuanto verdad divina plena y definitiva, pues creen imposible una revelación del Absoluto infinito en la realidad finita del ser humano, histórica y continuamente evolutiva”

-“Consideran a Cristo como un Maestro espiritual más entre otros Maestros suscitados por Dios en la historia”

-“Confunden el orden natural y el sobrenatural”

-“Afirman que, en cierta manera, todos los hombres, aunque ellos mismos no lo sepan o incluso no lo quieran, estando elevados al orden de la gracia, son de hecho cristianos anónimos, tengan una u otra vía religiosa, o aunque no sigan ninguna”

-“Negando el pecado original, niegan a los hombres una salvación por gracia, por don gratuito que libremente han de recibir de Dios por Cristo”

-“Reconocen, en coherencia s sus principios, ‘otras Revelaciones’ divinas, y estiman las religiones paganas como ‘vías ordinarias de salvación’, complementarias al cristianismo, y no necesariamente inferiores a él”

Y así, no es de extrañar que tengan una visión tan distinta de la misión, y un ejercicio tan distinto y distante del que, por su naturaleza, deberían tener.

Algunos teólogos, con sus posiciones equivocadas acerca de la misma doctrina católica, se muestran favorecedores de los “nuevos modos misioneros” que, según hemos visto, tanto daño están haciendo a la misión. De entre los citados por el autor del libro sólo mencionemos tres, los más conocidos: el P. Karl Rahner sj y su teoría de los “cristianos anónimos”, el P. Leonardo Boff ofm -no sólo antes de secularizarse sino, sobre todo, después-, y el P. Anthony De Mellosj (con “ambigüedades y dificultades notables sobre puntos doctrinales de relevante importancia que pueden conducir al lector a opiniones erróneas y peligrosas”). Lamentablemente, hay muchos más.

Entonces, ¿qué es lo que conviene a la evangelización?

“Lo primero en las misiones católicas ha de ser la evangelización”; esto es lo que mandó Jesús con aquel «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15).

“Esta primacía absoluta del ministerio de la evangelización es reiterada en el Vaticano II cuando trata de los Obispos (Christus Dominus 12), de los presbíteros (Presbyterorum Ordinis 4), de los misioneros (Ad Gentes 5)”.

Resulta de una vital importancia “suscitar entre los hombres (…) la fe en Cristo, la conversión de los pecados, la filiación divina, la bienaventuranza inmensa de la vida en la Iglesia”.

Así, además de indicar qué es lo que, en verdad, debe ser el objeto de la misión, hay que mencionar qué es conveniente para que las misiones católicas se renueven: “La nueva evangelización exige, evidentemente, recuperar la fe en la verdad de los Evangelios y en las grandes certezas de la doctrina católica”. Y todo ello en el marco de una consideración fundamental que no deberían olvidar los sujetos activos de las misiones católicas: “Hoy el Evangelio es y será predicado, como siempre, en el Espíritu Santo, el único que puede renovar la faz de la tierra, en la Palabra divina tal como viene expresada en el Nuevo Testamento, en la enseñanza del Catecismo de la Iglesia Católica, es decir, en el espíritu y en las palabras del Bautista y de nuestro Señor Jesucristo, de Esteban y de Santiago, de Pedro y Pablo, en el espíritu y en las palabras de San Francisco Javier, Patrono de las misiones católicas”.