Semillas en el ciberespacio desde la mística de la A.C.

18 de abril de 2020

¿SE PUEDE DECIR SENSATAMENTE QUE LA PANDEMIA ES UN CASTIGO DE DIOS?


¿CASTIGO DE DIOS?

Por monseñor Héctor Aguer
(Académico Honorario de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino, Roma).



San Miguel Arcángel por el escultor flamenco Peter Anton von Verschaffelt, en 1753. Esta imagen está en la cúspide del Castillo Sant'Angelo en Roma y representa al Arcángel envainando la espada recordando cuando se apareció en la cima del edificio para indicar el fin de la epidemia de peste que aconteció durante el pontificado de Gregorio I, (590-604).


       Acabo de recibir esta consulta: ¿Se puede pensar que la pandemia desatada por el Covid-19 sea un castigo de Dios?. Yo añadiría a la pregunta: ¿sensatamente?. Así se excluye desde el comienzo tanto el fundamentalismo desorbitado que agita terrores apocalípticos, cuanto el relativismo incrédulo del católico "progresista", que descarta con una sonrisa la cuestión in limine.

       Basta hojear en la Biblia los relatos del peregrinaje del pueblo de Dios registrado en los libros del Éxodo, los Números, y el Deuteronomio, para encontrar numerosos testimonios de la actitud divina ante la infidelidad, reiterada y contumaz, de los judíos. La noción de castigo va asociada a una imagen de Yahweh, que incluye el desfogue de su ira, manifiesta en el juicio contra el pecado; este es siempre desobediencia, incredulidad, apostasía. Aparece también el juicio y castigo de las naciones paganas, ya que el de Israel es un Dios universal, único y celoso de su gloria. En una y otra dirección se destaca asimismo la paciencia de Dios y su amor misericordioso, dirigido a obtener del pecador la conversión, ya que Él "no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva". Esta expresión ilustra un rasgo del Dios de Israel, que se reitera de continuo en los nebiyîn, los escritos proféticos.

       Los términos mencionados parecen hallarse siempre en vinculación intrínseca: la ira es expresión de la santidad divina, de la que ha querido hacer participar al hombre; se manifiesta en el juicio, en el cual se muestra que Yahweh gobierna soberanamente el mundo, donde se ejerce como factor decisivo la libertad y consiguiente responsabilidad de la criatura, hecha a imagen del Omnipotente. Se citan las ciudades paganas castigadas por su maldad, como Babel, Sodoma, y Nínive, a las que se suma la misma Jerusalén cuando es llamada infructuosamente al arrepentimiento. En la dialéctica de la historia, los imperios paganos son instrumentos para la corrección del pueblo de Dios. Son bien elocuentes estos pasajes de la profecía de Ezequiel: "Les infligiré justos castigos: la espada, el hambre, las bestias feroces y la peste" (Ez. 14, 21)... "Ustedes caerán bajo la espada; los juzgaré en el territorio mismo de Israel, y así sabrán que yo soy el Señor (ib. 11, 10).

       Respecto de la peste, es interesante recordar el castigo que se impone a la necia jactancia de David al realizar el censo del pueblo, a pesar de la sensata recomendación en contrario de Joab. Se le propone elegir entre tres años de hambre, tres meses de derrotas a mano de los adversarios, o bien "tres días en que la espada del Señor y la peste asolarán el país y el Ángel del Señor hará estragos en todo el territorio". El rey eligió lo tercero, con este argumento: "Caigamos más bien en manos del Señor, porque es muy grande su misericordia, antes que caer en mano de los hombres". Se produjo entonces la peste, y la muerte de setenta mil hombres. La conclusión del episodio es bien ilustrativa: "El Ángel extendió la mano hacia Jerusalén para exterminarla, pero el Señor se arrepintió del mal que le infligía y dijo al Ángel que exterminaba al pueblo: "¡Basta ya!. ¡Retira tu mano" (1 Sam. 24, 10 ss.). El episodio es retomado en el Primer Libro de las Crónicas, capítulo 21. Entre paréntesis: el término daber (o deber, peste) recurre en varios pasajes del Antiguo Testamento hebreo; la versión griega de "los Setenta" traduce thánatos, muerte.

       El antropomorfismo que pinta a Dios arrepintiéndose se suma a los otros, la ira y la paciencia. Es una bella expresión de la misericordia divina. Todos los elementos señalados se encuentran en un texto del libro de Baruc, que no integra el canon hebreo sino la versión griega: "Al Señor nuestro Dios pertenece la justicia, a nosotros en cambio, y a nuestros padres, la vergüenza reflejada en el rostro, como sucede en el día de hoy... el Señor estuvo atento a estas calamidades y las descargó sobre nosotros, porque él es justo en todo lo que manda hacer... seguir los preceptos que él puso delante de nosotros" (Bar. 2, 6 - 10). "... Sin embargo, tú nos has tratado, Señor Dios nuestro, conforme a toda tu benignidad y a tu gran compasión" (ib. 2, 27).

       No todo sufrimiento puede ser interpretado como castigo divino o llamado a la conversión; uno de los enigmas más dolorosos es el sufrimiento de los inocentes y su sentido. En el Antiguo Testamento, el Libro de Job y su discusión con Dios sobre este punto representa un anticipo de la respuesta que se revela en el Nuevo Testamento, en la cruz de Jesucristo, el inocente que se ofrece en sacrificio por los culpables. El castigo no es solamente pena que se impone a quien ha cometido un delito, sino también ejemplo, advertencia, corrección, enmienda.

       Rigurosamente hablando, el único inocente es Jesucristo, Dios mismo que hecho hombre saca al hombre del camino sin destino, el atolladero en el que se había internado al decaer de su condición original; de la prehistoria originaria a la historia, por no aceptar la realidad de su inserción en el conjunto de la creación. "Ser como Dios", ser un dios, es siempre la gran tentación. Con la caída del hombre, la creación entera queda -como lo advirtió San Pablo, Rom, 8, 20- "sometida a la vanidad", mataiótēti. Esta palabra, mataiótes se traduce como vanidad; en la expresión griega se incluye un matiz de estupidez, sinrazón, insolencia orgullosa. Quien se somete a la vanidad es el hombre que prescinde de Dios y se empeña en forjar una nueva humanidad, la Humanidad, un orden diseñado por su soberbio arbitrio; en su pertinacia arrastra a toda la creación, de la cual había sido constituido rey. Ahora la esclaviza consigo a la nada.

       El mensaje central del Nuevo Testamento es que Cristo, el Mesías de Israel, se hizo cargo del pecado de la humanidad entera y lo clavó en la cruz para disolverlo en ella. Leemos en la Primera Carta de Pedro: "Él llevó a la cruz nuestros pecados, siendo justo padeció por los injustos, para llevarnos a Dios" (1 Pe 3, 18). En la cruz la justicia de Dios se manifiesta como misericordia. Es este el momento de concluir que Dios es justo porque es misericordioso, y es misericordioso porque es justo. Esta paradoja -aparente- la expresó Tomás de Aquino escribiendo que "la obra de la justicia de Dios siempre se funda en una obra de su misericordia, y la supone" (I, q. 21, a. 4). Comentando el Salmo 50 -el célebre Miserere- dice que la misericordia de Dios es grande por siete razones: es incomprehensible, lo llena todo, está en todos, es sublime, eterna, virtuosa, y universal.

       Una última observación que completa el conjunto de la revelación bíblica: por la fe en Cristo, muerto y resucitado, el hombre y con él la creación se encaminan a su fin, a su cumplimiento en el ésjaton -lo último, el estado definitivo-, "los nuevos cielos y la nueva tierra", que de lejos anunciaron los profetas.

       El desarrollo precedente, articulado en la teología católica, puede servir de fundamento a la respuesta que se busca.

       La Providencia del Señor de la historia no debe concebirse como una voluntad omnipotente y arbitraria sino como prudencia, sabiduría que no anula el juego de los múltiples factores que intervienen en la historia, sobre todo las intervenciones de la libertad humana y sus consecuencias, lo que en lenguaje filosófico se llama causas segundas.

       Me permito citar nuevamente a Santo Tomás, que insiste en numerosos pasajes de sus obras que la presciencia y providencia de Dios, y aun la predestinación de los hombres no imponen necesidad a las cosas ni anulan el carácter contingente de las mismas. A través de esos agentes se cumple el designio divino; se puede decir entonces que Dios permite el mal, el que el hombre realiza y el que se sigue de su torcida elección. Esa permisión sirve de castigo, corrección y enseñanza, en busca del bien. De paso digamos que Dios no arroja a nadie en el infierno, el condenado va allá por su cuenta, se marcha a su lugar, eis tòn tópon tòn tòn ídion , como Judas (Hch. 1, 25). Y entra en el orden de la sabiduría y la voluntad divinas, que soberanamente dirigen todo.

       A propósito de la plaga del coronavirus, se ha discutido acerca del origen, de cómo el virus pasó del ámbito animal al humano. Los datos apuntan, como escenario más seguro, al mercado de Wuhan, ciudad de la China profunda; allí, al parecer, se sitúa el escenario del contagio. Se vendían en ese lugar toda clase de animales, cuya sangre derramada y sus excrementos ofrecieron la situación adecuada para la generación de la nueva plaga: se dice que pasó al ser humano del murciélago a través de un mamífero placentario, insectívoro, llamado vulgarmente pangolín. Aunque se conocen otras hipótesis acerca del origen del virus, me detengo en la descrita para ofrecer una interpretación. Como en los casos del VIH, el Ébola, el SARS y el MERS también en el del Covid 19 se verificó un salto de la naturaleza deturpada al autor de los abusos.

       El hombre, según el designio del Creador, se inserta en la naturaleza por medio de su trabajo y artesanía; es homo faber, pero antes es contemplativo del don recibido, al cual debe admiración y respeto; no le es lícito esquilmar el don de Dios, sino explotarlo sabiamente para su necesidad y provecho. El señorío del hombre sobre la naturaleza se ha convertido en abuso destructor del ecosistema; las consecuencias están a la vista. La naturaleza se cobra el precio de la violación a la que es sometida.
      
       No me parece arbitrario referir a las consecuencias que sufrimos, que no se limitan al contagio de la peste, a otras violencias ejercidas contra la naturaleza: la destrucción del matrimonio y la familia, en virtud de la ideología de género y de las leyes inspiradas en ella; la alteración de la realidad del sexo, y la propaganda abrumadora en favor de la homosexualidad; la educación errada de los niños por imposición del Estado; el manoseo de la dignidad de la mujer en el feminismo extremo; los crecientes femicidios (varones que asesinan a sus novias o ex novias, parejas o ex parejas); la amenaza de legitimación del aborto y la eutanasia; la idiotización de las multitudes por la televisión; el dominio de los medios económicos por grupos poderosos y funcionarios corruptos que crea pobres y excluidos, y un largo etcétera.

       En la cultura que se va imponiendo se insinúa un nuevo "orden" basado en el desorden, en la enemistad contra el don de la creación, contra la realidad y el concepto de naturaleza. Son virus que no saltan de la esfera animal; el virus por excelencia es la pretensión del hombre de convertirse en Dios, una pandemia que conduce a la muerte moral y espiritual.

       Como en el caso del ecosistema físico, también, en el ecosistema de la cultura, en el cual vive el hombre, el peligro cercano es la destrucción. Vivimos una especie de autocastigo, y la única salida es comprenderlo como un llamado a volver a Dios, lo que en el lenguaje bíblico se llama metánoia, conversión, que tiene una raíz intelectual: cambio del noûs, la mentalidad o manera de pensar, y de allí renovación de intenciones, sentimientos y proyectos.

       Volviendo al Covid-19, se me ha pedido también una opinión sobre las medidas adoptadas en nuestro país para conjurar el avance del mal. Las consecuencias económicas, sociales y psicológicas son incalculables. Los remedios que se intentan permiten la justa cavilación de muchos que se preguntan si no serán peor que la enfermedad. No es competencia mía dilucidar este asunto; la duda debería ser analizada cuanto antes.

       La sobreactuación del estado atropella las garantías democráticas; la república se encuentra con sus instituciones en cuarentena, y es gobernada por el Poder Ejecutivo mediante "decretos de necesidad y urgencia". Muchos fieles están indignados por la reclusión de la Iglesia, que se somete medrosamente al dominio estatal; los templos se abren para el reparto de alimentos, pero no para que se pueda entrar a rezar en ellos. Ni siquiera se pudo el Viernes Santo, para besar el Crucifijo, y tocar con devoción el manto de la Madre Dolorosa.

       ¿Qué se seguirá de este penoso antecedente?. Afortunadamente no han faltado sacerdotes que con prudencia y coraje han hecho y hacen uso de la libertad cristiana. ¡No es lo mismo la Misa por internet!.

       No se me oculta que esta opinión mía, que presento modestamente y cum formidine errandi, puede desagradar a muchos. Me atrevo a divulgarla recordando lo que decía Francisco de Quevedo en su Epístola Censoria al Conde - Duque de Olivares:

¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?.

+ Mons. Héctor Aguer.

17 de abril de 2020

SURREXIT CHRISTUS HODIE



OCTAVA DE PASCUA

Aún en esta “rara” Pascua 2020,
resuena cada día de la Octava el ALELUIA
como exclamación gozosa de la Resurrección.

Abajo un video cantado

por el Kings College de Cambridge,

de un himno pascual, muy tradicional en los países sajones

titulado “Christ the Lord is Risen Today”  

compuesto por Charles Wesley en 1740.

 

Sigue un antifonario latino del siglo XIV

llamado " Surrexit Christus hodie ".


1 Jesus Christ is ris'n today, Alleluia!
our triumphant holy day, Alleluia!
who did once upon the cross Alleluia!
suffer to redeem our loss. Alleluia!
2 Hymns of praise then let us sing Alleluia!
unto Christ our heav'nly King, Alleluia!
who endured the cross and grave, Alleluia!
sinners to redeem and save. Alleluia!

3 But the pains which he endured, Alleluia!
our salvation have procured; Alleluia!
now above the sky he's King, Alleluia!
where the angels ever sing. Alleluia!
4 Sing we to our God above Alleluia!
praise eternal as his love; Alleluia!
praise him, all ye heav'nly host, Alleluia!
Father, Son, and Holy Ghost. Alleluia!

EN ESPAÑOL

1 ¡Jesucristo ha resucitado hoy, Aleluya!
¡Nuestro día santo triunfante, Aleluya!
quien padeció una vez en la Cruz Aleluya!
y sufrió para redimir nuestra pecado. ¡Aleluya!

2 Himnos de alabanza, cantemos Aleluya
a Cristo, nuestro Rey celestial, Aleluya!
quien soportó la cruz y la tumba, Aleluya!
para redimir y salvar a los pecadores. ¡Aleluya!

3 Con los dolores que soportó, ¡Aleluya!
nuestra salvación ha obtenido; ¡Aleluya!
¡ahora en el cielo es Rey, Aleluya!
donde los ángeles cantan por siempre ¡Aleluya!

4 ¡Cantemos a nuestro Dios, Aleluya!
alabanza eterna a su amor; ¡Aleluya!
¡Alabado sea, por el ejército angelical, Aleluya!
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. ¡Aleluya!




14 de abril de 2020

LA REALIDAD DE LA MUERTE HUMANA Y SU VICTORIA SOBRE ELLA


La prueba más rotunda y cabal de la divinidad de Jesús
es su resurrección.

“Dios lo resucitó,
librándolo de las ataduras de la muerte”
(Hch. 2, 24)




Esta frase del apóstol Pedro se refiere al estado post-mortem.
Muchas veces estamos inquietos ante la realidad de la muerte física,
la muerte “desde el más acá”,
como si una vez que morimos entráramos en una especie
de sueño placentero o región difusa, sin preocupaciones, donde todo se acabó…

La resurrección de Cristo es victoria tras lo que viene después de la muerte.

Por eso quien está con Cristo no debe temer a la muerte,  
ni después de ella, ni a su venida.

Que tengamos una “buena muerte”,
no en el sentido de no tener una enfermedad o sufrimientos,
sino de morir con Cristo, desde Él.

Que nuestro último suspiro aquí en la tierra 
sea el comienzo del abrazo del Padre desde el cielo.

13 de abril de 2020

LUCHARON VIDA Y MUERTE EN SINGULAR BATALLA


SECUENCIA DE PASCUA



Un hermoso himno que se canta en la Octava de Pascua antes de la proclamación del Evangelio, y que fuera escrito hacia el año 1050:

Su texto es el siguiente

Victimae paschali laudes


Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
la gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?
A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda:
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en Ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.

Amen. Aleluia.


En el siguiente video puede escucharse con una sublime melodía preparada por el Seminario de Santa Fe, Argentina:







EL LUNES DEL ÁNGEL


PASQUETTA

El lunes siguiente al domingo de Pascua
en muchos países se denomina LUNES DEL ÁNGEL o PASCUETA.
La Iglesia celebra con solemne Octava estos ocho días de la Pascua,
para recordarnos con fuerza el misterio de nuestra fe.

Aquí un párrafo de una homilía de la Vigilia Pascual 2020.



LA PASCUA, LA PANDEMIA Y EL ÁNGEL

 Este año celebramos la Pascua en un contexto particular. La peste golpea a la puerta, no de un barrio, de una provincia o de un país, sino del mundo entero.

  Esta noche no evocamos la muerte sino que la sentimos cerca, la oímos jadear, al acecho, como un lobo agazapado. El mundo está enfermo. Sí, la pandemia desató una crisis sanitaria. Y luego otra crisis económica.

  Pero poco se habla de la crisis de sentido que puso al descubierto este inesperado virus. Precisamente, para eso Dios se hizo hombre, para eso murió Jesús, para remediar la más mortal de las enfermedades: el pecado que endurece los corazones.

         El hombre sabe hoy prácticamente todo, menos para qué vivir. Por eso se aturde tanto: para no encontrarse, para no mirar a Cristo en la Cruz. Toda la oscuridad del mundo queda retratada en ese cuerpo maltratado hasta la muerte. Cualquiera puede ver ahí las marcas de la soberbia, el egoísmo, la violencia, la mentira, la envidia, el desprecio, la frivolidad, la saña, el abuso de poder… Y sin embargo el ángel nos dice: No teman… Ha resucitado

         En tiempos de desconcierto generalizado, en medio de un mundo que experimenta con fuerza su vulnerabilidad, nosotros, los cristianos, tenemos la gracia de celebrar la Pascua. El sacerdote, vestido de blanco, hace las veces de ángel, o sea de mensajero. Por eso les digo en nombre de Dios: No teman… Resucitó…

Padre Andrés di Ció
Parroquia Nuestra Señora de las Mercedes
Buenos Aires.



12 de abril de 2020

RESURREXIT SICUT DIXIT

SOLEMNIDAD DE PASCUA DE RESURRECCIÓN



“Que la luz de Cristo, gloriosamente resucitado,
disipe las tinieblas de la inteligencia y del corazón”

(Oración ante el Cirio Pascual encendido en la Vigilia)



CRISTO,
AYER Y HOY,
PRINCIPIO Y FIN,
ALFA Y OMEGA.

A ÉL SEA 
EL TIEMPO Y LA ETERNIDAD.
AMÉN.

10 de abril de 2020

IN PASSIONE DOMINI

VÍA CRUCIS MEDITADO


En el video de abajo 
se presentan las catorce estaciones del Vía Crucis de la Basílica del Espíritu Santo, 
con unas breves meditaciones para cada una de ellas.

Es una presentación que se realiza en este año 2020, justamente para ser difundida el Viernes Santo.


Las imágenes de este Vía Crucis 
datan de fines del siglo XIX, 
y fueron ilustradas en magníficos bajorelieves figurativos 
en terracota horneada y pintada artesanalmente en la Casa Mayer´sche Hofkunstanstait de Munich, Alemania por el escultor Joseph Knabl (1819-1881)

Realizada la consagración del templo basilical 
el 18 de mayo de 1907 por el arzobispo de Buenos Aires, monseñor Espinosa, 
el día 24 de ese mismo mes fue bendecido el Vía Crucis.

https://youtu.be/_aqVgBOLcTs


9 de abril de 2020

AGNUS DEI


JUEVES SANTO
IN COENA DOMINI


Cordero de Dios
que quitas el pecado del mundo:
ten misericordia de nosotros
y danos la paz.


La Iglesia prologa el Santo Triduo Pascual con este día, 
recordando la institución de la Eucaristía,
el Pan vivo bajado del cielo,
que es delicia del fuerte y vigor del débil.
Que es la fuente y el culmen de la vida cristiana.

Y exclamamos:

¡Señor, danos siempre de ese Pan!



EN EL JUEVES SANTO SACERDOTAL



TU ES SACERDOS IN AETERNUM

MEDITACIÓN PARA LOS SACERDOTES

El Arzobispo de Paraná, Argentina, monseñor Juan Albero Puiggari
tuvo un encuentro virtual con los sacerdotes del presbiterio diocesano (
dada la imposibilidad de celebrar la Misa Crismal, que fue postergada)

Y les encomendó cuatro puntos para la reflexión personal de cada sacerdote





1. Estar con Él

“Preguntarme qué me dice hoy Dios a mí como sacerdote. Y, para eso, dejarme iluminar por Mc 3,13: ‘Después subió a la montaña y llamó a su lado a los que quiso’”.

“Esto que ocurrió con los doce apóstoles, también pasó con cada uno de los sacerdotes de hoy. Pasó conmigo. Él me amó y me eligió a mí para ser presbítero. Pero, sobre todo, para estar con Él”.

“Esto debe hacernos rever nuestra vida, que muchas veces está signada por el activismo… correr de aquí para allá cargado de cosas que hacer o resolver. Es tiempo de intimidad de oración, más profunda que la cotidiana. Estarnos con Él, sobre todo de manera serena frente a Jesús Eucaristía”. Por eso, recomendó: “Junto a la actividad de Marta, la contemplación de María. Dos facetas de una única vida sacerdotal”.

2. Ser hostias

A partir de Mc 14,12: «El primer día de la fiesta de los panes ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: ‘¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?’.», el arzobispo invitó al presbiterio a tener una vida sacerdotal más eucarística.

“Nos pidió que seamos más pastores siendo ‘hostias’. La hostia es lo que se ofrece en el sacrificio. Fue una invitación a animarnos a morir con Jesús. Unión plena a Él con la intención final de ‘dar la vida por Él’. Para esto, no tenerle miedo a la cruz que estamos viviendo y que supone acciones concretas de entrega sacerdotal en lo cotidiano”, destacó.

3. Amor celibatario

En tercer lugar, el prelado recordó el texto de Juan 21,15: «Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’. Él le respondió: ‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero’. Jesús le dijo: ‘Apacienta mis corderos’.».

“Es este un signo del amor celibatario (de celibato sacerdotal, nuestra opción libre de entregar nuestra opción humana de formar familia por amor a Dios, de manera total y oblativa). Por este amor estamos llamados a amar, en Dios, a toda la humanidad”.

“Es tiempo de purificar ese amor que nos identifica como sacerdotes”, exhortó el arzobispo, y no dejarlo ensuciar empequeñeciéndolo por amar solamente a unos pocos; ni rebajándolo por dos defectos: el resentimiento o la envidia.

“Es tiempo de pedir perdón por no perdonar. Esto es lo que hará que demos un salto cualitativo como presbiterio”, aseguró el pastor de Paraná.


4. Predicar la Vida eterna

Por último, monseñor Puiggari invitó a tener muy presente la “escatología” (los tiempos finales a la luz de la Revelación divina). Jesús vino para vencer la muerte y darnos la Vida eterna, la Vida plena y duradera.


“Esto no sólo debe ser objeto de nuestra meditación personal. También debemos predicarlo mucho para sembrar la verdadera esperanza en nuestro pueblo”.

8 de abril de 2020

EN LA CUARENTENA: ORACIÓN Y LECTURA


Se puede ir al fin del mundo
sin salir de una habitación

Stat crux, dum volvitur orbis[1].

            


           Hace algunos días, la Iglesia, siguiendo el calendario litúrgico del vetus ordo, celebraba el día en que nacía a la vida eterna uno de los santos más influyentes para la civilización occidental: San Benito de Nursia.
  
            La figura del Patriarca de los monjes de Occidente pasó casi desapercibida en su onomástico. Evidentemente, la temática del Coronavirus ha eclipsado muchos asuntos importantes, incluso aquellos en los que el cristiano piadoso suele -o debería- tener presente habitualmente.

            Sin embargo durante el pasado 21 de marzo celebramos la memoria del fundador de la Orden benedictina y, además de encomendarle toda la situación por la que hoy pasa el mundo, algunos releímos su vida y pudimos rumiar algunas partes de “La Regla”. También nos dimos tiempo para ver un documental de los hijos de San Benito de la Abadía de Sainte-Madeleine du Barroux, en Francia. Y aquí viene lo interesante…

            En este video documental de Veilleurs dans la Nuit[2] -recomendable para ver en estos días de Cuaresma en cuarentena-, se muestra con detalle el sentido de la vida monástica y lo trascendente de cada momento diario dentro del monasterio. El sólo verlo edifica el corazón del cristiano, y también nos lleva a una reflexión de la que podemos  sacar algunas conclusiones en este contexto de la cuarentena.

            Creyéndolo oportuno, sería provechoso compartir algo de lo reflexionado, partiendo por poner en relieve tres características que describen buena parte del escenario social actual en casi todo el mundo:

    1.    Hay cierta clausura: estamos parcialmente retirados de mundo, obligatoriamente.

     2.           Hay cierta serenidad: la agitación, el frenesí de la vida inquieta de muchas personas ha menguado, transitoriamente.

    3.    Hay cierto silencio: una sensación de soledad hay en las calles y avenidas vacías, y el ruido de las urbes está ausente.

            Atendiendo a cada característica podemos percatarnos que, hasta cierto punto y salvando las distancias, las circunstancias del escenario social actual nos ponen, al mismo tiempo, en circunstancias de un “escenario monacal” que podríamos vivir en lo particular.

            “Para, para, para… ¿eso significa que tenemos que hacer vida de monje en cuarentena?”. No precisamente. Lo que queremos señalar es que exteriormente tenemos un ambiente que hoy nos favorece para llevar mejor lo interior: oración personal, lectura y, para el que le gusta, la escritura.

            En pocas palabras debemos reconocer que disponemos de tiempo, recogimiento, quietud, silencio. Si el tan llevado y traído coronavirus nos tiene desenfocados deberíamos caer en la cuenta de que estamos en Cuaresma antes que en cuarentena. Y es justamente esto lo que intentamos enfatizar para sacar provecho de estos días de aislamiento obligatorio.

            Estamos próximos a Semana Santa y no cabe duda que transitamos una Cuaresma peculiar, que presenta también algunas dificultades al estar cerrados los templos, tener a los sacerdotes brindando su asistencia espiritual con restricciones y consecuentemente no nos es posible acudir a los canales de la gracia como habitualmente lo hacemos. De igual modo nos encontramos con otros obstáculos para la vida espiritual puertas adentro, pues el mundo y el ruido también se hacen presentes en la propia casa.

            No obstante las limitaciones evidentes, insistimos en que, al mismo tiempo que experimentamos las restricciones, podemos también aprovechar el retiro del mundo; aprovechar la fuga mundi que Dios, en sus misterios de la Providencia, nos pone hoy como una ocasión para seguir firmes en la fe y viviendo el mandato de la caridad en el marco de una cuarentena por la pandemia. Por eso bien haremos en conservar el rezo de las oraciones matutinas, el rezo del Ángelus, el Santo Rosario, la Misa seguida por los medios audiovisuales, la comunión espiritual frecuente, el tiempo de meditación y todo lo que hace a nuestro plan de vida espiritual.

            Notemos que entre tantas propuestas que nos llegan por distintos medios para “matar el tiempo” en el encierro doméstico, muy pocas apuntan a mantener viva la unión con Dios por medio de la oración y la lectura[3]. Y a partir de allí, pensemos que es precisamente por éstas dos cosas que podemos ir al fin del mundo sin salir de una habitación.

            Algunos recordarán la atractiva novela El despertar de la Señorita Prim, escrita por Natalia Sanmartin Fenollera y publicada en 2013. Este libro -que también invitamos a leer o releer en estos días-, en uno de sus últimos capítulos, aparece un diálogo en donde el sabio monje benedictino de la abadía de San Ireneo de Arnois le dice a Prudencia Prim:

“—Ha venido usted aquí con el temor de que yo le dijese algo que la asombrase, la turbase o la agitase. ¿Qué clase de cortesía sería la mía si hubiese obrado así la primera vez que viene a verme y sin haberme pedido apenas consejo? No tenga miedo de mí, señorita Prim. Estaré aquí para usted. Estaré aquí esperando a que encuentre lo que busca y a que regrese dispuesta a contármelo. Y puede estar segura de que estaré con usted, sin salir de mi vieja celda, incluso mientras lo busca.”

 —Se puede ir al fin de mundo sin salir de una habitación—, murmuró la bibliotecaria.”

            La vieja celda del pater -como es llamado este sabio monje en la novela-, es la habitación. “¿Pero cómo es que  un monje puede ir al fin del mundo sin salir de una habitación?”, podríamos preguntarnos con cierta inquietud. A nuestro entender, parte de las respuestas está en la oración, y otra parte en la lectura.

Por la oración:

            Primeramente recordemos que la oración no es una propuesta más entre tantas para matar el tiempo, como lo es el hacer alguna manualidad, entretenerse con un juego de mesa, hacer yoga -cosa por cierto es incompatible con el cristiano católico-, etc.. La oración no es una propuesta, es un deber.
“El trabajo es una necesidad física: el que no trabaja, no come. La oración es una necesidad por obligación: el que no reza, no entrará en el Reino de los cielos. La oración es un deber, un oficio. Es el pago libre y  voluntario de la deuda que tenemos con Dios por la existencia y por la gracia”, decía John Senior:[4]

            Del igual modo es bueno que consideremos que la oración está unida al silencio. Silencio exterior y silencio interior. Hoy en el mundo exterior -como hemos dicho al comienzo- hay cierto silencio, y estamos más liberados de la “tiranía del ruido” como dice el  Cardenal Robert Sarah. El mismo prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos nos enseña en su libro La fuerza del silencio:

     “El silencio cuesta, pero hace al hombre capaz de dejarse guiar por Dios. Del silencio nace el silencio. A través de Dios silencioso podemos acceder al silencio. Y el hombre no deja de sorprenderse de la luz que brilla entonces. El silencio es más que importante que cualquier otra obra humana. Porque manifiesta a Dios. La verdadera revolución procede del silencio: nos conduce hacia Dios y hacia los demás para ponernos humilde y generosamente a su servicio” (Pensamiento 68)

            Entonces, ¿cómo es eso de que por la oración podemos ir hasta el fin del mundo sin salir de una habitación?

            Evagrio Póntico[5] decía que el verdadero monje, el auténtico contemplativo es aquél que, “separado de todo, está unido a todos”. Nosotros, hoy estamos separados de todos -o casi todos-, y podemos estar unidos a todos por medio de la oración dirigida al Dios Uno y Trino. Poniendo en el centro del corazón a Dios ponemos también en él al hermano sufriente por la enfermedad; nos unimos al médico o enfermero que está dando su asistencia en un hospital de Italia, España, Argentina o de cualquier parte del mundo; nos unimos al policía o soldado que está cumpliendo con su deber en las calles, al sacerdote o misionero que está celebrando el Santo Sacrificio en la soledad del templo o llevando su asistencia para la salud espiritual.

            De este modo, definitivamente no hay lugar a dudas de que se puede ir hasta el fin del mundo sin salir de una habitación por medio de la oración dirigida a Dios y a María Santísima. 

Por la lectura:

            Algo más que puede hacer agradables y amenos estos días en los que estamos de “caseros” es la lectura.

            Tomar en nuestras manos aquellos libros que no podemos leer -ya sea por el movimiento apresurado de los días laborales o por las agendas apretadas que se tienen cuando no se está en cuarentena-, tomar esos libros, decimos, es hoy una ocasión más que oportuna.

            Quizá no sólo un libro, sino dos o tres, para leer en distintos momentos del día. Sea uno para la lectura espiritual y del Evangelio, que ayudará mucho a la oración, meditación y práctica de las virtudes; otro para la lectura formativa, de carácter teológico, filosófico o histórico por ejemplo, que ayudará mucho a tener una  forma mentis  clara y ordenada; y otro libro de lectura amena, como una novela, un libro de cuentos, un compendio de hermosas poesías…, que mucho ayudarán al sano esparcimiento, ordenando y deleitando los sentidos internos.

            Pensemos en aquella ociosidad sagrada[6] que se puede cultivar en estos días de cuarentena. Esa ociosidad que no es sinónimo de pereza o vagancia, sino que, como dice Pieper “es una forma de callar, que es un presupuesto para la percepción de la realidad; sólo oye el que calla, y el que no calla no oye”[7]. Es esa forma de callar  la que nos ayudará a “oír” lo que nos dice un buen libro.

            La contemplación de la verdad, el bien, y la belleza que encontramos en los buenos libros es sumamente valiosa en este siglo en el que la mentira, la malicia y la fealdad tratan de echar raíces en la mente y el corazón del hombre a través de las ideologías y las modas.

            Retomando el diálogo que citábamos anteriormente del Despertar de la señorita Prim, el sabio monje benedictino le dijo a Prudencia:

     “Busque entonces la belleza, señorita Prim. Búsquela en el silencio, búsquela en la calma, búsquela en medio de la noche y búsquela también en la aurora. Deténgase a cerrar las puertas mientras la busca, y no se sorprenda si descubre que ella no vive en los museos ni se esconde en los palacios. No se sorprenda si descubre finalmente que la belleza no es un qué sino un quién.”

            Esta es la razón por la que interpretamos que a partir de la lectura, la buena lectura, también se puede ir al fin del mundo sin salir de una habitación; porque los buenos libros mueven a la reflexión, favorecen la meditación, ayudan a pensar y nutrir la vida interior…, propician la mirada trascendente para no olvidarnos de mirar más arriba, atendiendo a las cosas que no se ven.

            Demás está decir que algunos tendrán más tiempo y disposición que otros para llevar adelante el deber de la oración y la necesidad de la lectura en medio de la ociosidad sagrada. Habrá quienes conserven las mismas preocupaciones y labores de siempre, y habrá también quienes a este tiempo de Cuaresma en cuarentena podrán sacarle provecho para lo que hemos señalado.

            Igualmente, damos por entendido, que todo lo dicho hasta aquí es bien llevado en familia o en soledad. Rezar y leer no es una invitación al aislamiento egoísta dentro de un cuarto. Como decía un Sacerdote que en estos días envió un audio a los amigos y allegados: “(…) estos días con toda la familia -o por lo menos buena parte-, encerrada en una casa, es una grandísima ocasión para la vida virtuosa. Se dice vita comunis, máxima penitentia, la vida en común es la máxima penitencia (…) y estos días serán días de practicar la caridad, la paciencia con el prójimo, sobre todo soportando sus defectos; días de generosidad en el trabajo cotidiano, de generosidad de las pequeñas tareas de la casa, de alegría y buen humor”.

            Son tiempos en los que la confianza en la Providencia debe estar muy presente en el corazón cristiano para afrontar la situación general y particular de cada uno, pues a cada día le basta su aflicción. Son tiempos de conversión en los que debemos pedir que nuestro corazón de piedra se haga un corazón de carne.

            Será de gran ayuda el pedirle a Dios vivir con sencillez cada jornada, como poéticamente lo pide José María Pemán en su Elogio de la vida sencilla:

“Vida serena y sencilla,
yo quiero abrazarme a ti,
que eres la sola semilla
que nos da flores aquí.

Conciencia tranquila y sana
es el tesoro que quiero;
nada pido y nada espero
para el día de mañana.
(…)

y al nacer cada mañana
tan sólo le pido a Dios
casa limpia en que albergar,

pan tierno para comer,
un libro para leer
y un Cristo para rezar.”

            En fin. Que a pesar las contrariedades del momento que transitamos, no nos privemos de la apetura a lo sacro y a la sabiduría por medio de la oración y la lectura.

            Cada uno según sea el lugar en el que Dios lo puso en este momento, sabrá de qué modo puede “ir hasta el fin del mundo sin salir de una habitación”.

            Que la Virgen Santísima, refugio de los pecadores, nos asista y proteja no sólo de ese nuevo “enemigo invisible” del Coronavirus, sino sobre todo del aquel antiguo enemigo invisible, y así lleguemos a vivir una Semana Santa con vivos actos de fe, esperanza y caridad.

            Y como de vida monástica comenzamos hablando, con el profundo saludo monástico nos despedimos.

¡Memento mori![8]
 Cristián Ferreira


[1] “La Cruz permanece firme mientras el mundo da vueltas”, lema de la Orden de los Cartujos.

[2] “Vigilantes de la noche… la vida de los monjes benedictinos”: https://www.youtube.com/watch?v=FzyrE8x-wy8

[3] Vemos que todos nos encontramos bajo el cumplimiento del insistente mandato social “Quédate en casa”. Se trata de cuidar y promover la conciencia social. ¿Y dónde está el examen de conciencia particular pensando en el decálogo?… Varios están vigilantes para ver novedades por redes sociales y armar reuniones virtuales. ¿Y dónde está esa pronta disposición para reservar un tiempo para al diálogo íntimo y silencioso con Dios?…No pocos están sacando provecho a este tiempo para limpiar y ordenar la casa. ¿Y dónde está el trabajo por poner orden y limpieza en el castillo interior -como gustaba llamar al alma Santa Teresa-?… Aparecen decenas de tutoriales de rutinas de ejercicio en casa, para seguir “en forma” y cuidar la silueta corporal. ¿Y la forma mentis? ¿Dónde está la rutina para la lectura formativa, espiritual y recreativa?… ¿En vez de agarrar un libro para leer, pagamos la cuenta de Netflix y nos trasnochamos viendo series y películas?. Ciertamente, en sí, no hay nada de malo en todo esto si es llevado con el debido orden. Lo malo es que una cosa quite la otra, es decir, que lo verdaderamente importante quede relegado y olvidado.

[4] Senior, John, La restauración de la cultura cristiana, Vórtice (2016), p. 93

[5]También conocido como Evagrio el Monje. Fue un monje y asceta cristiano del siglo IV,  muy conocido por sus cualidades de pensador, escritor y orador.

[6] En el blog “De libros, padres e hijos”, Don Miguel Sanmartin Fenollera tiene publicada una nota de gran valor y precisión al hablar de este tema. Sumamente recomendable leer, como todas las demás publicaciones de su blog: https://delibrospadresehijos.blogspot.com/2018/09/de-la-ociosidad-sagrada.html 

[7] Pieper Josef, El ocio y la vida intelectual, Rialp (1974), p.45.

[8] Conmovedor saludo de los hijos de San Bruno, que resulta ser un recuerdo sobre la futilidad de la vida humana. La traducción al castellano es “Recuerda que morirás”