Semillas en el ciberespacio desde la mística de la A.C.

10 de febrero de 2015

LOS SIGNOS SAGRADOS: III) EL AGUA BENDITA

En varias entradas próximas de este blog transcribiremos algunos párrafos del libro de Romano Guardini titulado LOS SIGNOS SAGRADOS, que se refiere a algunos gestos y símbolos litúrgicos de siempre, que tienen una gran significación espiritual.


Porque la Liturgia tiene expresiones sensibles que reflejan el valor de lo invisible, gestos y símbolos materiales que nos llevan hacia lo profundo de lo sobrenatural, realidades humanas que nos impulsan a lo divino.


"Tú me hiciste renacer con el agua..."



Pura, simple, "casta", llamaba al agua San Francisco de Asís. Sin pretensiones, sin personalidad, -diríamos-, parece que sólo existiera para servir a los demás, para purificar, para saciar la sed, para aliviar.
¿Has sentido la atracción misteriosa que ejerce el agua dormida, quieta, en su lecho profundo? ¡Qué misterio en sus serenas profundidades!
¿No la has oído cantar deslizándose mansamente en el arroyo, corriendo entre las piedras, con un murmullo incesante?
¿No la has visto avanzar en amplios remolinos y borbotar en hirvientes y cristalinas ondas en los recodos de un río?
Es simple, clara, desinteresada; dispuesta siempre a lavar todas las manchas, a apagar nuestra sed. Y es por otra parte profunda, insondable, esencialmente movediza, jamás se resigna al reposo; está preñada de enigmas, rica en energías: el agua nos atrae hacia el abismo.

El agua simboliza así, maravillosamente, las causas primeras, de las que emanan los ríos misteriosos de la vida y desde cuyo seno nos llama la voz de la muerte; es una imagen soberbia de la vida misma que bajo su aparente simplicidad oculta tantos enigmas.

Comprendemos, ahora, sin dificultad alguna por qué la Iglesia ha elegido el agua para que sea símbolo, conductora y engendradora de la vida divina, de la gracia.

En sus olas -en el Bautismo- quedó sepultado y muerto el hombre viejo; de ellas hemos salido hechos hombres nuevos, "renacidos del agua y del espíritu."

Con el "agua bendita" mojamos, al signarnos con la señal de la cruz, nuestra frente y nuestro pecho, rociamos con ella nuestros hombros. De este modo el elemento del agua, tan diáfano, tan simple y tan fecundo, se ha trocado en las manos de Dios, en el símbolo y productor de este otro elemento de la vida sobrenatural: la Gracia.

La Iglesia ha purificado el agua al consagrarla -la ha purificado de las fuerzas turbias y sombrías que estaban como aletargadas en su seno-; la "consagra" y ruega a Dios que la transforme en un instrumento eficaz de fuerza sobrenatural, de Gracia.

El cristiano entra en la casa de Dios, se rocía la frente, el pecho y la espalda, es decir todo su ser, con esta agua pura y purificante, para que su alma se vuelva pura.

¿No es hermosísimo este signo del agua? ¿No es algo sublime pensar que al usarlo unido a la señal de la cruz se junta nuestra naturaleza, purificada del pecado, con la gracia, y está ahí, bajo la acción divina, el hombre con todas sus ansias profundas de pureza?

Al entrar la noche nuevamente nos rociamos con agua bendita. "La noche es enemiga del hombre", dice un viejo proverbio. Hay mucha verdad en esta frase. Es que hemos sido creados para la luz. Por esto, a la noche, antes de entregarse al sueño y entrar en la sombra, donde se apaga la luz del día y la luz de la conciencia, el cristiano se hace la señal de la cruz con el agua bendita que simboliza a la naturaleza liberada y purificada; y en su gesto parece exclamar:" Señor, guárdame de todo lo tenebroso". Renueva esa acción por la mañana cuando la luz del día lo saca del sueño y de las tinieblas y le devuelve la conciencia de su personalidad, y lo llama a una vida nueva. Es como un recuerdo delicado de aquella agua santa, en la que, por el Bautismo, pasó del pecado a la luz de Cristo.

¡Hermosa y significativa costumbre! Al rociarse con el agua bendita el alma rescatada y la naturaleza redimida se abrazan bajo el signo de la Cruz.



9 de febrero de 2015

LOS SIGNOS SAGRADOS: II) ARRODILLARSE

En varias entradas próximas de este blog transcribiremos algunos párrafos del libro de Romano Guardini titulado LOS SIGNOS SAGRADOS, que se refiere a algunos gestos y símbolos litúrgicos de siempre, que tienen una gran significación espiritual.


Porque la Liturgia tiene expresiones sensibles que reflejan el valor de lo invisible, gestos y símbolos materiales que nos llevan hacia lo profundo de lo sobrenatural, realidades humanas que nos impulsan a lo divino.





II. DE RODILLAS (la genuflexión)



¿Cuál es la actitud del hombre cuando se ensoberbece? El orgulloso se endereza con arrogancia, levanta la frente, alza los hombros, estira todo su cuerpo. Todo en su persona parece exclamar: "Soy más grande que tú. Soy más que tú".

En cambio, el hombre que es humilde, se siente pequeño, inclina su cabeza y doblega todo su cuerpo. Se "humilla". Y más se humilla cuanto más grande es su interlocutor; más evidente se le presenta su pequeñez. Más le aplasta.

Pero, ¿dónde sentimos más profundamente la propia miseria que delante de Dios? Es el Dios Todopoderoso, que existía ayer, que existe hoy, y que existirá por los siglos de los siglos. El llena mi pequeño aposento y nuestras grandes ciudades, los mundos lejanos, los amplios espacios estrellados, y todas estas inmensidades son para Él como el polvo.

Dios es la santidad, es la pureza, es la justicia, es la majestad infinita. ¡Qué grande es Dios! ¡Y yo que pequeño! ¡Tan pequeño que entre El y yo no hay proporción alguna! ¡Ante El yo soy la nada! ¡La nada! ¡Es natural que ante Dios nadie pueda sentirse orgulloso!

Uno se hace pequeño; quisiera rebajar su estatura natural para quitarse toda arrogancia - y he aquí que el hombre ya la ha disminuido en la mitad. Ha caído de rodillas. Y si esto aún no es suficiente al corazón contrito y humillado todo el cuerpo se doblará. Y el cuerpo inclinado será, por sí solo, una plegaria intensamente expresiva. Su lenguaje es claro: "Dios mío, Vos solo sois grande, yo soy la nada".

Al doblegar las rodillas, no conviertas esa acción en un gesto precipitado, ni puramente mecánico. ¡Infúndele un alma! Y el alma de ese gesto consiste en que tu corazón también se arrodille en un profundo sentimiento de veneración ante la majestad de Dios. Cuando entras en la iglesia o salgas de ella, cuando pasas frente al Sagrario dobla tu rodilla, lentamente, profundamente, arrodilla también tu corazón. Y, al hacer la genuflexión, dí con todo respeto: "Dominus meus et Deus meus" - ¡Señor mío y Dios mío!

Eso es humildad, es verdad. Cada vez que lo hicieres, tu alma será tocada por la gracia de Dios.

8 de febrero de 2015

LOS SIGNOS SAGRADOS: I) SANTIGUARSE

En varias entradas próximas de este blog transcribiremos algunos párrafos del libro de Romano Guardini titulado LOS SIGNOS SAGRADOS, que se refiere a algunos gestos y símbolos litúrgicos de siempre, que tienen una gran significación espiritual.


Porque la Liturgia tiene expresiones sensibles que reflejan el valor de lo invisible, gestos y símbolos materiales que nos llevan hacia lo profundo de lo sobrenatural, realidades humanas que nos impulsan a lo divino.


    I. LA SEÑAL DE LA CRUZ (santiguarse)



Santiguarse no debe ser un gesto precipitado, que carezca de sentido. ¡No! Un signo de la cruz, un verdadero "signo", lento, amplio, desde la frente al pecho, desde un hombro a otro.

Al trazar la señal de la Cruz sobre tu cuerpo, concentra en ese signo todos tus pensamientos y todo tu corazón. Mira como sus dos líneas recorren todo tu ser: de la frente al pecho, de un brazo al otro. Lo sentirás como un abrazo; te estrecha así; te consagra y te santifica todo entero: cuerpo y alma.

¿Por qué? Porque es el signo de la Redención.

Sobre la Cruz Jesús salvó a la humanidad entera; por ella santifica a todo el hombre, de raíz, hasta la última fibra de su ser. Por eso lo hacemos al comenzar nuestra oración, a fin de que, acallados los ruidos, ponga en orden nuestro mundo interior, unifique y concentre en Dios todo nuestro ser: nuestro pensamiento, nuestro corazón, nuestra voluntad. Después de la oración a fin de que permanezca en nosotros lo que Dios nos ha regalado.

En la tentación; para que nos fortalezca.

En el peligro, para que nos proteja.

Al bendecir, para que la plenitud de la vida divina penetre en el alma, fecunde y consagre todas sus potencias.

Piensa en ello cada vez que haces el signo de la Cruz. Entre los símbolos sagrados ninguno tan santo como éste. Hazlo bien, lento; amplio, con atención.

Entonces sí, este signo impregnará con su eficacia todo tu ser: tu interior, tu exterior, tus pensamientos y tus deseos, tu corazón y tus sentidos, todo; lo fortificará, lo signará, lo santificará por la fuerza de Cristo, en el nombre de Dios en Tres Personas.

6 de febrero de 2015

A LA SALIDA DE LA CARCEL

NI ENVIDIADO NI ENVIDIOSO



Las odas a la vida retirada de Fray Luis de León son joyas de nuestro idioma. Sólo recordar estas estrofas ("que descansada vida la del que huye del mundanal ruido y sigue la escondida senda, por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido") nos hablan de una recia espiritualidad. Estuvo cinco años preso en Vallladolid, por el Tribunal de la Santa Inquisición. Al salir de la cárcel escribió este poema en las paredes del presidio: 


ODA XXIII 
A LA SALIDA DE LA CÁRCEL 


Aquí la envidia y mentira 
me tuvieron encerrado. 
Dichoso el humilde estado 
del sabio que se retira 
de aqueste mundo malvado, 

y con pobre mesa y casa 
en el campo deleitoso 
con sólo Dios se compasa 
y a solas su vida pasa 
ni envidiado ni envidioso.



(la foto es del Palacio de los Escudero-Herrero, en Valladolid, que en el siglo XVI sirvió de presidio del Tribunal de la Santa Inquisición. Aquí estuvo preso Fray Luis de León durante 5 años)


PANIS ANGELICUS

Poesía católica española


Fray Luis de León (1527-1591)
Poeta palentino. Catedrático en la Universidad de Salamanca
Agustino. Uno de los escritores más importantes del segundo renacimiento español




Estatua de Fray Luis de León en el patio de la Universidad de Salamanca


Aquí dos de sus poesías dedicadas a la Sagrada Eucaristía:


PAN DE ÁNGELES, PAN CELESTIAL.



Comida celestial, pan cuyo gusto
es tan dulce, sabroso y tan suave,
que al bueno, humilde, santo, recto y justo,
a manjar celestial, como es, le sabe; 


Justa condenación del hombre injusto
si come el pan de Dios se encierra y cabe;
el sumo Dios que en sí se da y oculta
diga el bien que de tanto bien resulta.


Pan de ángeles, Dios tan verdadero,
que, aunque se quiebra, se divide y parte,
está un inmenso Dios, trino y entero,
en cualquiera migaja y menor parte; 


Agnus Dei, sincerísimo Cordero
que en pan al pecador gustas de darte;
pues eres todo Dios, el que es bastante,
de su deidad en sí cifrada cante.


Eres, pues, Dios, de tu deidad tan digno
que no hay justo ni santo entre los santos
que no se juzgue y tenga por indigno
de bocado que da regalos tantos; 


eres Pan para el bueno, tan benigno
que de tribulaciones y de llantos
le produces y das gloriosos bienes,
y para con el malo los detienes.


Eres, pan celestial, lo figurado
de aquel maná sabroso del desierto;
Tú lo vivo y aquello lo pintado,
aquello la figura y tú lo cierto; 


eres, pan, tan glorioso y endiosado
que a decir tus grandezas yo no acierto:
las angélicas lenguas lo prosigan,
que faltas quedarán aunque más digan.



PREGUNTAS



Si pan es lo que vemos, ¿cómo dura,
sin que comiendo dél se nos acabe?


Si Dios, ¿cómo en el gusto a pan nos sabe?
¿Cómo de sólo pan tiene figura?


Si pan, ¿cómo le adora la criatura?
Si Dios, ¿cómo en tan chico espacio cabe?


Si pan, ¿cómo por ciencia no sabe?
Si Dios, ¿cómo le come su hechura?


Si pan, ¿cómo nos harta siendo poco?
Si Dios, ¿cómo puede ser partido?


Si pan, ¿cómo en el alma hace tanto?
Si Dios, ¿cómo le miro y le toco?



Si pan, ¿cómo del cielo ha descendido?
Si Dios, ¿cómo no muero yo de espanto?






4 de febrero de 2015

EL SEÑOR DE LA PACIENCIA: Iesu patientissime, miserere nobis!

Una de las devociones más arraigadas en España y América es el "Cristo de la paciencia y la humildad", cuya imagen presenta al Señor coronado de espinas y padeciendo las invectivas de sus verdugos en su Santa Pasión. 

Es una imagen espiritual de gran fuerza ascética.



El maravilloso retablo del altar lateral del Señor de la Paciencia,
Basílica del Pilar, Recoleta, Buenos Aires.



No hay hombre en el mundo sin tribulación, 
aunque sea Rey o Papa. 
Y ¿quién es el que está mejor? 
Ciertamente, el que, con paciencia, padece algo por Dios.

Tomas Kempis

Imitación de Cristo, I, 22, 3



y así encontrarán alivio para sus almas”

Mateo, 11,29.

LETANÍAS AL SEÑOR CRUCIFICADO
PARA ALCANZAR LA PACIENCIA
EN LAS AFLICCIONES
A cada súplica, se responde: 

"DAME UNA SANTA PACIENCIA, SEÑOR"

-Cuando juzgues oportuno someterme a la prueba de la tribulación,
-Cuando me vea agobiado por todas partes de apuros y contrariedades,
-Cuando me falte lo que más necesito,
-Cuando tenga que sufrir las inclemencias del tiempo, el rigor de las estaciones,
-Cuando sienta arder en mis miembros el fuego de la fiebre,
-Cuando me vea sumido en la enfermedad,
-Cuando deseara en vano para mis ojos desvelados un sueño reparador,
-Cuando el mal seque y consuma lentamente mi carne y mis huesos,
-Cuando vengan a llamar a mi puerta las aflicciones de cualquier clase que sean,
-Cuando interiores desolaciones tengan oscurecido y como anublado mi espíritu,
-Cuando me vea en peligro de ser vencido por la tentación,
-Cuando me vea precisado a reprimir la vivacidad de mi carácter,
-Cuando por excesivo abatimiento se me haga enojosa la vida,
-Cuando me vea hecho carga pesada para mi mismo y para los demás,
-Cuando no halle en torno de mí más que motivos de tristeza,
-Cuando me sienta impotente para todo bien,
-Cuando a pesar de mis esfuerzos, vuelva a caer en las mismas faltas,
-Cuando la sequedad interior parezca extinguir en mi todo fervoroso deseo,
-Cuando mil pensamientos importunos vengan a distraerme en la oración,
-Si permites que sufra contradicciones,
-Si permites que tenga que luchar con genios difíciles,
-Si permites que me humillen,
-Si permites que me contristen,
-Si permites que me abandonen mis amigos,
-Si permites que sea víctima de la injusticia.
-Si permites que me persiga la calumnia,
-Si permites que me vuelvan mal por bien,
-Si permites que me hieran con insultantes palabras,
ORACIÓN

¡Oh Dios mío, que has dispuesto que la salvación sea alcanzada por medio de los sufrimientos y de la Cruz!
Ayúdame a soportar los míos con el espíritu de paciencia, que nos enseñó con su santa vida tu unigénito Hijo Jesucristo.
Y que, en todas nuestras aflicciones, ya del alma, ya del cuerpo, repitamos con fe firme las palabras que te dirigió Él en su dolorosa agonía. "Padre mío, no se haga mi voluntad, sino la vuestra!" Amen.


Detalle de la imagen procesional del Señor de la Paciencia y la Humilidad 
de la Cofradía de la Santa Cena de Sevilla, España


Iesu patientissime,
miserere nobis!


                       

3 de febrero de 2015

EL PRIMADO DE DIOS

LA IMPORTANCIA DEL PRIMADO DE DIOS EN LA FORMACIÓN DE LOS FUTUROS SACERDOTES


Conferencia del Cardenal Mauro Piacenza, 
entonces Prefecto de la Congregación para el Clero 
a los seminaristas de Los Ángeles, USA, 
4 de octubre de 2011




Venerado Hermano en el Episcopado,
Queridos Formadores,
Muy queridos Seminaristas:

            Es para mí motivo de profunda alegría poder encontraros en esta breve estancia Norteamericana.

            El futuro de la Iglesia, que es cierto, porque está en las manos de su Cabeza y Señor, que es Cristo, pulsa en vuestras existencias. Los seminaristas de hoy, Sacerdotes de mañana, son la esperanza viva del camino que la Iglesia siempre realiza en el mundo. Gracias de corazón, en nombre de la Iglesia, por el vuestro sí ¡tan generoso! Sabed desde ahora, que el Prefecto de la Congregación para el Clero reza por vosotros, para que el vuestro sí al Señor sea total e incondicionado. 

            Esto es el secreto de la felicidad, el secreto de la plena realización de la vida Sacerdotal: donar todo, sin conservar nada para uno mismo, ¡siguiendo el ejemplo de Jesús!

            No pretendo en este encuentro proponeros una conferencia, sino, sencillamente, un coloquio informal, concediendo espacio a vuestras eventuales preguntas espontáneas. A vuestras preguntas antepongo algunas breves reflexiones sobre lo que juzgo fundamental hoy, y siempre, en la formación sacerdotal.

  1. El primado de Dios

            Es algo adquirido por la experiencia eclesial, que las vocaciones nacen, florecen, se desarrollan y llegan a madurez sólo donde se reconoce claramente el primado de Dios. Cualquier otra motivación, que también puede acompañar el inicio de la percepción de una llamada al sacerdocio, confluye en el movimiento de total donación al Señor y en el reconocimiento de su primado en nuestra vida, en la vida de la Iglesia y en la del mundo.
           
Primado de Dios significa primado de la oración, de la intimidad divina; primado de la vida espiritual y sacramental. La Iglesia no tiene necesidad de gestores, ¡sino de hombres de Dios! No tiene necesidad de sociólogos, psicólogos, antropólogos, politólogos - y todas las demás  actuaciones que conocemos y podemos imaginar.

            La Iglesia tiene necesidad de hombres creyentes y , por tanto, creíbles, de hombres que, acogida la llamada del Señor, ¡sean sus motivados testigos en el mundo!
           
Primado de Dios significa primado de la vida sacramental, vivida hoy y ofrecida, a su tiempo, ¡a todos nuestros hermanos! Muchas cosas pueden encontrar los hombres en los otros; en el Sacerdote, sin embargo, buscan lo que sólo él puede dar: la divina Misericordia, el Pan de vida eterna, un nuevo horizonte  de significado ¡que haga más humana la vida presente y posible la eterna!
           
Vivid, queridísimos Seminaristas, este tiempo del seminario – que es transeúnte – como la gran ocasión que se os da para realizar una extraordinaria experiencia de intimidad con Dios.

La relación que habréis tejido con Él en estos años, ciertamente se profundizará y cambiará durante la vida, pero los fundamentos, el meollo de aquella relación, ¡se constituyen ahora! El tiempo del Seminario es, en dicho sentido, ¡irrepetible! No obstante cualquier buena experiencia que pueda acaecer en nuestra vida, antes y después de este tiempo, la sabiduría de la Iglesia indica el momento formativo comunitario como necesario para la formación de sus Sacerdotes.          
           
¡La Iglesia tiene necesidad de hombres fuertes! De hombres firmes en la fe, capaces de conducir a los hermanos a una auténtica experiencia de Dios.
           
La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes que, en las tempestades de la cultura dominante, cuando “la barca de no pocos hermanos es combatida por las olas del relativismo” (cfr. J. Ratzinger, Homilía en la Santa Misa Eligendo Romano Pontifice), sepan, en efectiva comunión con Pedro, tener firme el timón de la propia existencia, de las comunidades que les han sido confiadas y de los hermanos que piden luz y ayuda para su camino de fe.

  1. Las prioridades de la formación

            Además del primado indiscutido de Dios, es necesario que la formación humana ocupe el puesto fundamental que le corresponde. Nadie puede esperar una humanidad perfecta para acceder a las órdenes sagradas, pero es indispensable, con toda honestidad, ponerse en juego, confiando a Dios, a través del Director espiritual, todo sobre uno mismo. No cedáis a la ilusión por la que las cuestiones no resueltas (o no debidamente afrontadas) se podrán improvisamente resolver después de la ordenación. ¡No es así! ¡Y la experiencia lo demuestra!

            La formación humana tiene ciertamente necesidad de un justo grado de auto-conocimiento, y en este sentido las llamadas ciencias humanas pueden ofrecer una válida ayuda, ¡pero sobre todo tiene necesidad de “estar en contacto” con la Santa Humanidad de Cristo!

¡Estando con Él nosotros somos plasmados progresivamente! ¡Es Él, de verdad, formador! En este sentido, ¡la adoración eucarística prolongada desempeña también un papel fundamental y sobre todo en la formación humana! Dejarse “broncear” por el Sol eucarístico, significa, en el tiempo, limar las propias aristas, aprender del humilde por excelencia, estar en la escuela de la Caridad hecha carne.
           
Juntamente con la formación humana, es central la intelectual. No cabe duda de que ésta ha ocupado, en los últimos decenios, una importante parte de toda formación seminarista. Ahora, muy probablemente, en este ámbito es necesario valorar atentamente las proporciones y los equilibrios. Aunque se desea para todos una buena formación, no todos los Sacerdotes deberán ser teólogos.
           
La formación intelectual debe tender a transmitir los contenidos ciertos de la fe, argumentado razonablemente sus fundamentos escriturísticos, los de la gran Tradición eclesial y del Magisterio y hacerse acompañar por los ejemplos de vida  de Sacerdotes santos. No debéis desorientaros en los meandros  de las diversas opiniones teológicas que no dan certeza y ponen la Verdad revelada a la par de cualquier otro “pensamiento humano”. Uno se forma en las certezas y tratando de tener en el propio equipaje una visión de síntesis con el entusiasmo de la misión.
           
Estoy personalmente convencido de que una buena y sólida formación teológica, que descubra también el fundamento filosófico de la metafísica y no tema acoger toda la Verdad completa, es el mejor antídoto a las tantas “crisis de identidad” que algunos viven, por desgracia. En este sentido, el Santo Padre Benedicto XVI ha recordado varias veces la imprescindible utilización del Catecismo de la Iglesia Católica como horizonte al que mirar y como referencia cierta de nuestro actual pensamiento teológico.
           
El Catecismo es también el gran instrumento que el Beato Juan Pablo II donó a toda la Iglesia, para la correcta hermenéutica del Concilio Vaticano II. También bajo este aspecto es necesario que la formación intelectual no viva equívocos de ningún género.

            Vosotros habéis nacido en el Postconcilio (creo casi todos) y quizás, por eso sois hijos del Concilio, en cuanto más inmunes a las polarizaciones, a veces ideológicas, que la interpretación de aquel Acontecimiento providencial ha suscitado. 
           
Seréis vosotros, probablemente, la primera generación que interpretará correctamente el Concilio Vaticano II, no según el “espíritu” del Concilio, que tanta desorientación ha traído a la Iglesia, sino según cuanto realmente el Acontecimiento Conciliar ha dicho, en sus textos, a la Iglesia y al mundo.
           
¡No existe un Concilio Vaticano II diverso del que ha producido los textos hoy en nuestra posesión! Y en estos textos nosotros encontramos la voluntad de Dios para su Iglesia y con ellos es necesario confrontarse, acompañados por dos mil años de Tradición y de vida cristiana.
            La renovación es siempre necesaria a la Iglesia, porque siempre necesaria es la conversión de sus miembros, ¡pobres pecadores! ¡Pero no existe, ni podría existir una Iglesia pre-Conciliar y una post-Conciliar! Si fuera así, la segunda – la nuestra – ¡sería histórica y teológicamente ilegítima!

Existe una única Iglesia de Cristo, de la que vosotros formáis parte, que va desde Nuestro Señor hasta los Apóstoles, desde la Bienaventurada Virgen María hasta los Padres y Doctores de la Iglesia, desde el Medioevo hasta el Renacimiento, desde el Románico hasta el Gótico, el Barroco, y así sucesivamente hasta nuestros días, ininterrumpidamente, sin alguna solución de continuidad, ¡nunca!
           
¡Y todo porque la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, es la unidad de su Persona que se nos dona a nosotros, sus miembros!

            Vosotros, queridísimos Seminaristas, seréis sacerdotes de la Iglesia de San Agustín, de San Ambrosio, de Santo Tomás de Aquino, de San Carlos Borromeo, de San Juan Maria Vianney, de San Juan Bosco, de San Pío X, hasta el santo Padre Pío,  a San José María Escrivá y el Beato Juan Pablo II. Seréis sacerdotes de la Iglesia que está formada por tantísimos santos Sacerdotes que durante los siglos han hecho luminoso, bello, irradiante y por tanto fácilmente reconocible, el rostro de Cristo, Señor, en el mundo. 

            La verdadera prioridad y la verdadera modernidad, pues, queridos míos, ¡es la santidad! El único posible recurso para una auténtica y profunda reforma es la santidad y ¡nosotros tenemos necesidad de reforma! ¡Para la Santidad no existe un seminario, a no ser el de la Gracia de Nuestro Señor y de la libertad que se abre humildemente a su acción plasmadora y renovadora! 

            El Seminario de la Santidad, tiene, pues, un Rector verdaderamente magnífico y es una mujer: la Bienaventurada Virgen María. ¡Que Ella, que durante toda la vida nos repetirá: “Haced lo que Él os diga”, pueda acompañarnos en este arduo pero fascinador camino!
           
He aquí, pues, que os he dicho parte de cuanto deseaba deciros; lo demás os lo diré en la oración de cada día porque desde ahora en adelante os llevaré conmigo todos los días al altar, y recordaros que ser sacerdote en estos tiempos difíciles es bello, pero sacerdotes de verdad. Se es feliz si no se está a medias tintas: ¡o todo o nada!



¿ALEGRÍA CRISTIANA SIN ESFUERZO MORAL?


Ante las noticias que llegan acerca de una “sanción verbal” de parte de la Arquidiócesis de Sevilla, hacia el Padre Santiago González, sacerdote y párroco en esa arquidiócesis española, prohibiéndole publicar sus escritos y homilías en medios escritos o digitales (como el blog apologético ADELANTE LA FE que él creó), transcribimos una de esas notas de dicho joven presbítero andaluz, que aceptó dicha inexplicable norma con total obediencia.

PER CRUCEM AD LUCEM

“Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí.
Pero es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida,
y son pocos los que lo encuentran.
Mt, 7, 13-14



En algunos sectores católicos se está haciendo hincapié en este lema: “no es necesario el esfuerzo moral ni la conversión personal que ello implica”.


Decía Santa Rosa de Lima:

«Conozcan todos que la Gracia sigue a la Tribulación. Sepan todos que sin el peso de las aflicciones no se llega al colmo de la Gracia. Comprendan que, conforme al acrecentamiento de los trabajos, se aumenta juntamente la medida de los carismas. Que nadie se engañe: ésta es la única verdadera escala al Paraíso, y fuera de la Cruz no hay otro camino por donde se pueda subir al Cielo»





Hoy día, desde los sectores que pretenden NO la conversión de los corazones a Dios sino la adaptación de la Iglesia a las «nuevas situaciones» (o sea a los pecados), se lanza un mensaje sutil de afirmación de la Alegría en detrimento del esfuerzo moral. Sí: esfuerzo moral, que no voluntarismo ni pelagianismo, que nace de aceptar la Cruz con lo que lleva implícito, es decir, lucha contra el pecado personal y el egoísmo que lo sostiene.

Y desde esos sectores (teológicos, pastorales, corporativos) se lanzan afirmaciones que se convierten ya en Tópicos firmes:

·        «Todos estamos salvados, hagamos lo que hagamos, por la misericordia de Dios»
·       
«No es necesario el esfuerzo moral, ya que el Espíritu Santo lo hace todo»
·       
“Cada cual actúe según su conciencia» (sin cuidar la formación de la misma)”

Entonces desde esas premisas, se va «configurando» una nueva forma de vivir la fe, de ser «Iglesia», y de presentarla a los demás con una marca «renovada» de ALEGRÍA que, en lugar de evangelizar a los «de fuera» consigue que se secularice a los «de dentro» en aras no a una Conversión de los corazones a Cristo sino más bien procurando una «Des-Conversión» de la Iglesia que se mimetiza con la mundanidad.

Y aquí están los frutos de este árbol:

En la LITURGIA: Desaparición del Sacrificio para presentarlo todo desde la pachanga fácil de la emotividad alimentada a través de recursos de laboratorio sólo humano y horizontal. Exaltación de lo descuidado y el “feísmo” como sinónimo de «pobreza cristiana». Ridiculización del Misterio y de toda referencia trascendente que no sea exclusivamente la Resurrección.

En la ECLESIOLOGÍA: Redundancia del concepto veterotestamentario de «Pueblo de Dios» frente al «Cuerpo de Cristo» (ya neotestamentario y cristológico). Presentación de una Iglesia con débil y acomplejada identidad.

En la CATEQUESIS: Eliminación de toda enseñanza referida al Pecado, la Escatología (infierno, purgatorio, juicio), la Doctrina Moral Católica, y sustitución (o absorción) de la misma por una formación humanista de corte sentimental que encuentre excusas éticas a toda responsabilidad personal. En definitiva: asumir como propios los análisis de la realidad hechos por el liberalismo y el marxismo.

En la ESPIRITUALIDAD: Progresivo psicologismo que convierte la fe en ideología, la esperanza en utopía y en proyecto de vida, y la caridad en solidaridad que no comprometa toda la vida.

Ante esta corriente, afirmemos la ALEGRÍA CRISTIANA, por supuesto, pero siempre desde la CRUZ como Cristo nos enseñó. Porque si despreciamos el esfuerzo moral (o sea la Cruz), como nos enseña el Santo Cura de Ars, entonces la Cruz nos perseguirá y no será ya puente a la Gloria sino losa que hunde toda la vida eterna.

Padre Santiago González
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1 de febrero de 2015

AMIGOS FUERTES DE DIOS


EN EL AÑO DE LA VIDA CONSAGRADA 

EN EL DÍA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR


“A muchas almas les querría mucho avisar que no escondan el talento, pues quiere Dios escogerlas para provecho de otras muchas, en especial en estos tiempos recios que son menester amigos fuertes de Dios para sostener a los flojos”. 

Santa Teresa de Jesús

Libro de la Vida, 15, 15


31 de enero de 2015

“LA JUSTICIA SIN MISERICORDIA ES CRUELDAD 
PERO LA MISERICORDIA SIN JUSTICIA
ES EL PRINCIPIO DE TODA DISOLUCIÓN”

                                                                                  Santo Tomás de Aquino


LA MISERICORDIA NO ES LA ÚNICA VIRTUD QUE BRILLA EN LA RELACIÓN DE DIOS CON EL HOMBRE
Declaraciones del Cardenal Gerard Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Dios nunca se cansa de perdonar y de ofrecer la misericordia, el problema es que somos nosotros los que nos cansamos de suplicarla. Por ello, además de la misericordia, también la santidad y la justicia pertenecen al misterio de Dios. Si sofocáramos estos atributos divinos y banalizásemos la realidad del pecado, no tendría ningún sentido implorar para la gente la misericordia de Dios.
No se puede ir a la iglesia por la mañana y por la tarde al burdel, como una especie de síntesis esquizofrénica entre Dios y el mundo, como si fuera posible vivir en la casa de Dios en la mañana y por la noche en la casa del diablo
Santo Tomás de Aquino dice que la misericordia es, precisamente, el cumplimiento de la justicia, porque a través de ella Dios justifica y renueva la creación del hombre. Por lo tanto, nunca debe ser una excusa para suspender o invalidar los mandamientos y los sacramentos.

De lo contrario estamos en presencia de una manipulación de la auténtica misericordia y, por tanto, también contra el vano intento de justificar nuestra indiferencia tanto en relación con Dios y con los hombres.
(fuente: IL FOGLIO)