Semillas en el ciberespacio desde la mística de la A.C.
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30 de septiembre de 2019

IGNORAR LAS ESCRITURAS ES IGNORAR A CRISTO

SAN JERÓNIMO, 
Doctor de la Iglesia
Padre de la exégesis bíblica

Filólogo trilingüe y autor de la traducción de la Biblia al latín conocida como Vulgata.




Hoy hace 1559 años fallecía en Belén de Judea este gran hombre, admirable por su vida y por la obra escrita que ha dejado. Su prolífica historia nos habla de una Iglesia viva en los primeros tiempos del cristianismo.

Es uno de los cuatro primeros Doctores de la Iglesia latina, y su legado de investigación y exégesis de la Biblia no ha sido superado. También descolló en su vida ascética y su obra apologética.

Nació en Estridón, región de Dalmacia, hoy llamada Croacia, entre el año 331 y 347. Su nombre significa “el que tiene un nombre sagrado”. Su vida la consagró al estudio de las Sagradas Escrituras.

En RomaJerónimo estudió latín desde los dieciséis años,  bajo la dirección de Donato, un gran maestro pagano. Llegó a ser un gran latinista, gran conocedor del griego y de otros idiomas. Pero no estudiaba libros de crecimiento espiritual ni religioso.

Sus autores predilectos eran los latinos CicerónVirgilioHoracio y Tácito, así como los griegos Homero y Platón.

Se integra al naciente monacato, en una comunidad cenobítica con el deseo de consagrarse a Dios. Y se reprocha “ser ciceroniano y no cristiano”

Al comprender que no sólo con la erudición y cultura se alcanza la verdadera sabiduría, dispuso irse al desierto para hacer penitencia por sus pecados, especialmente por su fuerte sensualidad, su terrible mal genio y su orgullo.  En el desierto, rezaba, ayunaba y pasaba noches en vela. Sin embargo, no consiguió la paz espiritual, porque su vocación no era la de vivir en soledad. 

Por su gran capacidad y conocimientos, el Papa San Dámaso lo nombró su secretario, cargo que ejerció con admirable eficiencia, y le encargó redactar las cartas que el Pontífice enviaba. Luego le encomendó la recopilación y traducción de la Biblia que en ese tiempo sufría traducciones imperfectas, inexactas. Entonces, Jerónimo descubrió su verdadera vocación, con la que podía servir a Dios: la de filólogo. La traducción de la Biblia que circulaba en ese tiempo en Occidente (llamada actualmente Vetus Latina) tenía muchas variantes, imperfecciones de lenguaje e imprecisiones o traducciones no muy exactas. Jerónimo, que escribía con gran sapiencia el latín, tradujo a este idioma toda la Biblia en la traducción llamada Vulgata (literariamente: "la de uso vulgar"). En el año 382 corrigió la versión latina existente del Nuevo Testamento. Aproximadamente en el año 390 comenzó la traducción del Antiguo Testamento.

Jerónimo es el PADRE DE LA EXÉGESIS BÍBLICA. Con sus obras, ejerció un influjo duradero sobre la forma de traducción e interpretación de las Sagradas Escrituras.

Fueron varios los libros y traducciones que Jerónimo hizo. Cuando tenía unos 40 años fue ordenado sacerdote. En Roma desempeñó altos cargos, pero tenía una forma severísima y enérgica de corregir defectos de la alta clase social. Por ello, fue motivo de envidias y calumnias, por lo que dispuso alejarse de Roma para siempre e irse a Tierra Santa.

Sus últimos 35 años los vivió en una gruta, junto a la cueva de Belén. Allí, en la penitencia y la oración, se dedicó al estudio de la Santa Biblia y a la ardua tarea de su traducción al latín y al comentario que realizó a la misma. Varias mujeres ricas romanas, vendieron sus posesiones y le ayudaron a fundar un convento para hombres y tres para mujeres, así como una casa para peregrinos que llegaban a visitar el lugar en el que nació Jesús

San Jerónimo falleció el 30 de septiembre del año 420, a los 80 años de edad, en Belén. En su memoria se celebra el Día Internacional de la Traducción.
  


De la oración colecta de este día:

Oh Dios,
que concediste a san Jerónimo 
saber gustar de la sagrada Escritura
y vivirla intensamente,
haz que tu pueblo se alimente cada vez más en tu Palabra
y encuentre en ella la fuente de la vida.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.



24 de septiembre de 2019

AL CONCLUIR EL MES DE LA BIBLIA


UN MOMENTO DE ESPIRITUALIDAD

Tema:
“El Libro de los Libros: 
la importancia de las Sagradas Escrituras”

Conferencia y breve meditación de un texto evangélico 
a manera de Lectio Divina.

Disertante:
Padre Gastón Lorenzo



DÍA: LUNES 30 DE SEPTIEMBRE A LAS 20:00
COLEGIO SAN PABLO: Pacheco de Melo 2300, Buenos Aires

En el mes de la Biblia y en la memoria de San Jerónimo, autor de la Vulgata, en el inicio de la conmemoración de los 1600 años de su fallecimiento en Belén, en el año 420.

ORGANIZA







19 de julio de 2019

HACE MEDIO SIGLO RESONÓ LA PALABRA DE DIOS EN LA LUNA


50 años del alunizaje
de la Apolo XI
20 DE JULIO DE 1969

EL EVANGELIO Y LOS SALMOS EN LA LUNA




Los tres astronautas de la misión APOLO XI: Armstrong, Aldrin y Collins.


Este sábado 20 de julio se cumplen 50 años del día en que el módulo lunar Eagle de la misión espacial Apolo 11 aterrizara en el Mar de la Tranquilidad de la Luna.

En ese momento el astronauta Buzz Aldrin tomó el sistema de comunicación y envió el siguiente mensaje al control en tierra:

Me gustaría pedir un momento de silencio. Invito a cada persona que nos esté escuchando, en cualquier parte sea, a contemplar por un momento los sucesos de estas últimas horas y dar gracias del modo que cada uno quiera”.

Esto lo escuchamos todos los que veíamos absortos la trasmisión por televisión de ese acontecimiento. Sin embargo, la NASA censuró el momento espiritual más importante en la historia de la exploración del espacio.

Después que Aldrin terminó de dar el mensaje, leyó el pasaje del evangelio de San Juan:

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. Quien permanece en Mí, y Yo en él, tiene mucho fruto, porque separados de Mí no podéis hacer nada (Juan 15,5).

Luego abrió dos pequeños paquetes que contenían pan y vino de su iglesia parroquial presbiteriana en Texas.

Mientras su compañero Neil Armstrong miraba en silencio, Aldrin tomó esas especies. Así, la primera comida preparada y consumida en la Luna fue una expresión simbólica de la Última Cena del Señor en el Cenáculo de Jerusalén.

Pero, además, el astronauta presbiteriano tenía un trozo de papel en el que había garabateado algunos versículos del salmo 8: 

«Cuando veo los cielos, obra de tus manos, la Luna y las estrellas que creaste, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para que de él te preocupes?». 

Aldrin puso el papel sobre la superficie del satélite y regresó a la nave.

El astronauta tuvo la intención de transmitir estos dos significativos gestos religiosos a la Tierra, pero a último momento la NASA los silenció para evitar exacerbar la batalla legal que estaba llevando a cabo una “militante atea” Madalyn Murray O’Hair, conocida promotora del ateísmo en USA con su “Fundación Ateos de América” y que fue asesinada en 1995. Ella había pedido que en su lápida se escribiera “Mujer, atea y anarquista. Esa soy yo”.

Sietes meses antes, Madalyn había llevado a juicio a la NASA por permitir que los astronautas de la Apolo 8 leyeran el Libro del Génesis en la comunicación de Nochebuena mientras orbitaba alrededor de la Luna.

Cuando la Apollo XI aterrizó en la Luna, la agencia espacial actuó en conformidad con los reclamos de la activista atea y censuró ese extraordinario momento religioso de un creyente fuera de la órbita terrestre.

Esto ocurrió hace ahora medio siglo…

En el inmenso silencio del espacio de nuestro sistema solar, resonó la Sagrada Escritura, proclamada por un hombre de fe.


27 de diciembre de 2018

MARANÁ THA


EN TIEMPOS BORRASCOSOS
CONTEMPLAR LO ESCRITO POR EL VIDENTE DE PATMOS

Audiencia General del Papa Benedicto XVI del 23 de agosto de 2006, en su tercera catequesis sobre San Juan, Apóstol y Evangelista.





En 2006, después de dedicar dos catequesis a «la figura del apóstol San Juan» tratando en la primera de «ver lo que se puede saber de su vida» y, después, de meditar «en el contenido central de su Evangelio, de sus cartas: la caridad, el amor», el papa Benedicto XVI dedicó una tercera audiencia a «la figura de San Juan, esta vez considerándolo el vidente del Apocalipsis».

Transcribimos  en su totalidad esta última catequesis:


«Ante todo, conviene hacer una observación: mientras que no aparece nunca su nombre ni en el cuarto Evangelio ni en las Cartas atribuidas a este apóstol, el Apocalipsis hace referencia al nombre de San Juan en cuatro ocasiones (cf. Ap 1, 1. 4. 9; 22, 8).

Es evidente que el autor, por una parte, no tenía ningún motivo para ocultar su nombre y, por otra, sabía que sus primeros lectores podían identificarlo con precisión. Por lo demás, sabemos que, ya en el siglo III, los estudiosos discutían sobre la verdadera identidad del Juan del Apocalipsis.

En cualquier caso, podríamos llamarlo también "el vidente de Patmos", pues su figura está unida al nombre de esta isla del mar Egeo, donde, según su mismo testimonio autobiográfico, se encontraba deportado "por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús" (Ap 1, 9).

Precisamente, en Patmos, "arrebatado en éxtasis el día del Señor" (Ap 1, 10), San Juan tuvo visiones grandiosas y escuchó mensajes extraordinarios, que influirán en gran medida en la historia de la Iglesia y en toda la cultura cristiana. Por ejemplo, del título de su libro, "Apocalipsis", "Revelación", proceden en nuestro lenguaje las palabras "apocalipsis" y "apocalíptico", que evocan, aunque de manera impropia, la idea de una catástrofe inminente.

El libro debe comprenderse en el contexto de la dramática experiencia de las siete Iglesias de Asia (Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea) que, a finales del siglo I, tuvieron que afrontar grandes dificultades -persecuciones y tensiones, incluso internas- en su testimonio de Cristo.

San Juan se dirige a ellas mostrando una profunda sensibilidad pastoral con respecto a los cristianos perseguidos, a quienes exhorta a permanecer firmes en la fe y a no identificarse con el mundo pagano, tan fuerte. Su objetivo consiste, en definitiva, en desvelar, a partir de la muerte y resurrección de Cristo, el sentido de la historia humana.


La visión del Cordero inmolado


En efecto, la primera y fundamental visión de San Juan atañe a la figura del Cordero que, a pesar de estar degollado, permanece en pie (cf. Ap 5, 6) en medio del trono en el que se sienta el mismo Dios. De este modo, 
San Juan quiere transmitirnos ante todo dos mensajes: el primero es que Jesús, aunque fue asesinado con un acto de violencia, en vez de quedar inerte en el suelo, paradójicamente se mantiene firme sobre sus pies, porque con la resurrección ha vencido definitivamente a la muerte; el segundo es que el mismo Jesús, precisamente por haber muerto y resucitado, ya participa plenamente del poder real y salvífico del Padre.

Esta es la visión fundamental. Jesús, el Hijo de Dios, en esta tierra es un Cordero indefenso, herido, muerto. Y, sin embargo, está en pie, firme, ante el trono de Dios y participa del poder divino. Tiene en sus manos la historia del mundo. De este modo, el vidente nos quiere decir: "Tened confianza en Jesús; no tengáis miedo de los poderes que se le oponen, de la persecución. El Cordero herido y muerto vence. Seguid al Cordero Jesús, confiad en Jesús; seguid su camino. Aunque en este mundo sólo parezca un Cordero débil, Él es el vencedor".

Una de las principales visiones del Apocalipsis tiene por objeto este Cordero en el momento en el que abre un libro, que antes estaba sellado con siete sellos, que nadie era capaz de soltar. San Juan se presenta incluso llorando, porque nadie era digno de abrir el libro y de leerlo (cf. Ap 5, 4). La historia es indescifrable, incomprensible. Nadie puede leerla. Quizá este llanto de San Juan ante el misterio tan oscuro de la historia expresa el desconcierto de las Iglesias asiáticas por el silencio de Dios ante las persecuciones a las que estaban sometidas en ese momento. Es un desconcierto en el que puede reflejarse muy bien nuestra sorpresa ante las graves dificultades, incomprensiones y hostilidades que también hoy sufre la Iglesia en varias partes del mundo. Son sufrimientos que ciertamente la Iglesia no se merece, como tampoco Jesús se mereció el suplicio. Ahora bien, revelan la maldad del hombre, cuando se deja llevar por las sugestiones del mal, y la dirección superior de los acontecimientos por parte de Dios.

Pues bien, sólo el Cordero inmolado es capaz de abrir el libro sellado y de revelar su contenido, de dar sentido a esta historia, que con tanta frecuencia parece absurda. Sólo Él puede sacar lecciones y enseñanzas para la vida de los cristianos, a quienes su victoria sobre la muerte anuncia y garantiza la victoria que ellos también alcanzarán, sin duda.

Todo el lenguaje que utiliza San Juan, con intensas imágenes, está orientado a brindar este consuelo.


La visión de la Mujer, amenazada por el dragón y protegida por Dios

Entre las visiones que presenta el Apocalipsis se encuentran dos muy significativas: la de la Mujer que da a luz un Hijo varón, y la complementaria del Dragón, arrojado de los cielos pero todavía muy poderoso. Esta Mujer representa a María, la Madre del Redentor, pero a la vez representa a toda la Iglesia, el pueblo de Dios de todos los tiempos, la Iglesia que en todos los tiempos, con gran dolor, da a luz a Cristo siempre de nuevo. Y siempre está amenazada por el poder del Dragón. Parece indefensa, débil. Pero, mientras está amenazada y perseguida por el Dragón, también está protegida por el consuelo de Dios. Y esta Mujer al final vence. No vence el Dragón. Esta es la gran profecía de este libro, que nos infunde confianza. La Mujer que sufre en la historia, la Iglesia que es perseguida, al final se presenta como la Esposa espléndida, imagen de la nueva Jerusalén, en la que ya no hay lágrimas ni llanto, imagen del mundo transformado, del nuevo mundo cuya luz es el mismo Dios, cuya lámpara es el Cordero.


El sufrimiento nunca es la última palabra

Por este motivo, el Apocalipsis de San Juan, aunque continuamente haga referencia a sufrimientos, tribulaciones y llanto -la cara oscura de la historia-, al mismo tiempo contiene frecuentes cantos de alabanza, que representan por así decir la cara luminosa de la historia. Por ejemplo, habla de una muchedumbre inmensa que canta casi a gritos: "¡Aleluya! Porque ha establecido su reinado el Señor, nuestro Dios todopoderoso. Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado" (Ap 19, 6-7). Nos encontramos aquí ante la típica paradoja cristiana, según la cual el sufrimiento nunca se percibe como la última palabra, sino que se ve como un momento de paso hacia la felicidad; más aún, el sufrimiento ya está impregnado misteriosamente de la alegría que brota de la esperanza.

Precisamente por esto, San Juan, el vidente de Patmos, puede concluir su libro con un último deseo, impregnado de ardiente esperanza. Invoca la definitiva venida del Señor: "¡Ven, Señor Jesús!" (Ap 22, 20). Es una de las plegarias centrales de la Iglesia naciente, que también San Pablo utiliza en su forma aramea: "Marana tha". Esta plegaria, "¡Ven, Señor nuestro!" (1 Co 16, 22) tiene varias dimensiones. Desde luego, implica ante todo la espera de la victoria definitiva del Señor, de la nueva Jerusalén, del Señor que viene y transforma el mundo. Pero, al mismo tiempo, es también una oración eucarística: "¡Ven, Jesús, ahora!". Y Jesús viene, anticipa su llegada definitiva. De este modo, con alegría, decimos al mismo tiempo: "¡Ven ahora y ven de manera definitiva!". Esta oración tiene también un tercer significado: "Ya has venido, Señor. Estamos seguros de tu presencia entre nosotros. Para nosotros es una experiencia gozosa. Pero, ¡ven de manera definitiva!".

Así, con San Pablo, con el vidente de Patmos, con la cristiandad naciente, oremos también nosotros: "¡Ven, Jesús! ¡Ven y transforma el mundo! ¡Ven ya, hoy, y que triunfe la paz!".  Amén».

21 de julio de 2018

PAN DEL CIELO EN EL DESIERTO


“Panem quoque de cælo dedisti eis
in fame eorum,
et aquam de petra
eduxisti eis sitientibus,
et dixisti eis ut ingrederentur et possiderent terram,
super quam levasti manum tuam
ut traderes eis”.
(Nehemías, 9, 15)


para saciar su hambre,
hiciste brotar agua de la roca
para calmar su sed,
y les mandaste
ir a tomar posesión de la tierra
que, con la mano en alto,
habías jurado darles”.




16
 Pero nuestros padres se mostraron arrogantes,
se obstinaron y desoyeron tus mandamientos.

17
 Se negaron a obedecer, sin acordarse
de las maravillas que habías hecho por ellos;
se obstinaron, empecinándose en volver
a su servidumbre en Egipto.
Pero tú eres el Dios del perdón,
compasivo y misericordioso,
lento para enojarte y lleno de fidelidad;
por eso, no los has abandonado.

18
 Ellos se fabricaron un ternero de metal fundido,
diciendo: ‘Aquí está tu Dios,
el que te hizo salir de Egipto’,
y así cometieron un gran ultraje.

19
 Pero aún entonces,
por tu gran misericordia,
no los abandonaste en el desierto:
la columna de nube no se alejó de ellos de día,
para guiarlos por el camino,
ni la columna de fuego durante la noche,
para iluminarles el camino
que debían recorrer.

20
 Tú les diste tu buen espíritu,
para que supieran discernir;
no les quitaste el maná de la boca
y les diste agua para calmar su sed.

21
 Cuarenta años los sustentaste
en el desierto
y nunca les faltó nada:
no se gastaron sus vestidos
ni se les hincharon los pies.