Semillas en el ciberespacio desde la mística de la A.C.

16 de febrero de 2015

LOS SIGNOS SAGRADOS: IX) EL INCIENSO


" ... Y vino otro ángel, y se puso de pie junto al altar,
teniendo un incensario de oro;
y le fueron dados muchos perfumes. ..
y el humo de los perfumes de las oraciones de los santos 
subió de manos del ángel ante la presencia de Dios ... "
(Apocalipsis, 8, 3-5)

“Suba hasta Ti, Señor, mi oración como el incienso”
(Salmo 141, 2)



Tienen verdaderamente una noble belleza esos granos, depositados sobre los carbones ardientes, que se escapan -trocados en volutas odoríferas- del instrumento balanceado por el celebrante: diríase que es una melodía de ritmos acompasados y de perfume.

Las volutas de incienso se elevan, sin finalidad práctica alguna, puras como un canto, derroche soberbio de dones preciosos; amor que todo lo quiere dar.

Como entonces, cuando el Señor fue a descansar en Betania. María se acerca a Jesús llevando un vaso precioso y derrama sobre los pies santísimos del Maestro el nardo, lo seca en seguida con sus propios cabellos, mientras el perfume llenaba toda la casa. Un corazón estrecho murmuró: "¿Para qué este desperdicio?"

El Hijo de Dios responde: "Déjala hacer, pues ella ha guardado este perfume para el día de mi sepultura."

En verdad nos hallamos aquí ante un nuevo misterio: el misterio de la muerte, del amor y del sacrificio... oculto esta vez en un precioso perfume.

Todo esto revive con el incienso. El incienso es el misterio de la belleza, que nada sabe de fines prácticos, pero que se eleva con gracia y libertad. El misterio del amor que arde, se consume y se exhala al morir.

No faltan hoy los espíritus estrechos que murmuran aún: "¿Para qué sirve todo eso?"

El incienso es un sacrificio de perfume, y la Sagrada Escritura misma: nos dice: "Son las oraciones de los santos".  El incienso es el símbolo de la plegaria, y en especial de aquella oración que no piensa en fines prácticos. De la oración que nada, para sí, que se alza como el "Gloria" después de cada salmo, para adorar y dar gracias a Dios "porque es grande."

Sin duda, lo profano podrá deslizarse bajo semejante símbolo. Las nubes perfumadas podrán adormecer secretamente el espíritu y alucinarlo en su religiosidad. En ese caso, la conciencia cristiana protesta con todo derecho cuando recuerda que se debe orar" en espíritu y en verdad," porque la plegaria debe ser casta y sincera.

Pero en la religión abundan también los comerciantes, maestros en la avaricia espiritual. Esa avaricia procede de alma mezquina, de un corazón árido, como la murmuración de Judas Iscariote. La oración se repliega en un utilitarismo espiritual: no debe pasar jamás la medida de la corrección convencional; debe ser mundanamente razonable.

Esta manera de obrar nada sabe de la magnífica plenitud de la oración verdadera, que sólo anhela regalar. Nada sabe de la profundidad de la adoración. Desconoce totalmente el alma de la oración, que no plantea jamás el problema del ¿"por qué?, ni del "¿para qué?", sino que se eleva libremente hacia Dios, porque es amor, perfume y belleza. Y cuanto más ama, más intenso es su sacrificio y el perfume surge del fuego que consume.








15 de febrero de 2015

LOS SIGNOS SAGRADOS: VIII) EL PAN Y EL VINO

La Iglesia, siguiendo el ejemplo de Cristo, 
ha usado siempre pan y vino con agua, para celebrar el banquete del Señor.
El pan para celebrar la Eucaristía debe ser exclusivamente de trigo, recientemente hecho, y ácimo, según la antigua tradición de la Iglesia latina.
La naturaleza del signo pide que la materia de la celebración eucarística aparezca verdaderamente como alimento 
(Instrucción General del Misal Romano, 320-322)



La unión con Jesucristo es el deseo de todo cristiano. Y no tan sólo la unión que se realiza por la visión y el amor, por la vía del conocimiento y de los sentimientos. Sabemos que todo nuestro ser viviente puede unirse a Dios. Es que todo nuestro ser tiende hacia Él. No tan sólo nuestro entendimiento y voluntad. 

"Mi corazón y mi carne..." dice el salmista, y sólo quedaremos saciados cuando estemos unidos a Él en todo nuestro ser y nuestra vida con una unión real. No significa ello una mezcla del ser divino con el nuestro, ni una confusión de su vida con la nuestra. Pretenderlo sería no sólo una audacia insensata; sino un absurdo, porque el ser divino ni admite mezcla, ni composición alguna. Sin embargo, la unión por amor y por el conocimiento no es la única posible: existe una unión de seres.

Anhelamos esta unión y debemos desearla, y para traducir este deseo poseemos una expresión profunda. La Sagrada Escritura y la Liturgia nos la ponen en nuestros labios: que podamos con nuestra vida, unirnos a Dios tan íntimamente como el alimento y la bebida se unen a nuestro cuerpo. 

Tenemos hambre, tenemos sed de Dios. Nos hace falta algo más que conocerlo y amarlo. Aspiramos a tomarlo, y asirlo, poseerlo. Sí, digámoslo sin temor, querríamos comerlo, beberlo, traspasarlo a nosotros, hasta saciarnos con El, aquietar nuestros anhelos, hasta llenamos de Dios. Es lo que la Liturgia del Corpus expresa por estas palabras del Maestro: "Como el Padre Viviente me ha enviado, y Yo vivo por el Padre, así también el que me come vivirá por Mí."

¿No es verdad que es eso lo que precisamente anhelábamos?

Por derecho nuestro no nos atreveríamos a pretender una realidad tan sublime; nos parecería una 'profanación. Pero, después de escuchar las explícitas palabras de Cristo, podemos decir sin temor: "Sí, esto debe ser así."

Pero, no podemos dejar de reconocer los deseos que El mismo ha depositado en el fondo de nuestros corazones. Podemos regocijarnos por el regalo sublime que nos ha preparado en su infinita bondad.

Una vez más conviene advertirlo: esta ambición no implica ninguna irreverencia. Nada que tenga la pretensión de borrar los límites que como creaturas nos separan de Dios. 

¡Comer su carne!... ¡Beber su sangre!. ¡Comerlo, recibir en nosotros al Dios Viviente, hecho hombre con todo lo que Él es, con todo lo que Él tiene!... ¿No sobrepuja esta realidad a cuanto pueda imaginar nuestra pobre naturaleza? Pero -por otra parte- todo eso ¿no responde perfectamente a nuestros más íntimos deseos?


¡Qué maravillosamente se prestan el pan y el vino para simbolizar este misterio!

El pan es un alimento; auténtico, porque nutre en verdad. Alimento sólido y substancioso que no nos harta jamás. El pan es veraz. El pan es "bueno" en el sentido más profundo de la palabra. Pues bien: Dios tomará sus apariencias, se revestirá con ellas y se hará el alimento vivo de los hombres.

"Los cristianos partimos un pan -escribe San Ignacio de Antioquia a los fieles de Éfeso- un pan que es prenda de inmortalidad." Es un alimento que nutre todo nuestro ser con la substancia del Dios Viviente y hace que nosotros estemos en El y El en nosotros.

El vino es una bebida. Pero, a decir verdad, esta bebida no se limita a calmar nuestra sed: bastaría para ello el agua. El vino tiene otra función más noble. "Regocija el corazón del hombre" -nos dice la Escritura-. Hace algo más que apagar la sed: el vino engendra la alegría. Es plenitud. Es signo de superabundancia. "Cuán preclaro es el cáliz que me embriaga" -dice el salmista-.

¿Comprendes ahora esta imagen y todo el misterio que encierra ~ Porque la embriaguez expresa aquí algo más que exceso en la bebida. El vino es belleza resplandeciente, es aroma y es fuerza, que todo lo engrandece y todo lo transfigura.

Pues bien: Cristo toma sus apariencias hermosas, se esconde bajo ellas, para regalarnos su Cuerpo entregado y su Sangre derramada. Pero no nos la entrega como una comida y una bebida simplemente honrada y racional; nos la da como un exceso de la delicadeza divina.

"¡Sanguis Christi inébria me!" - Sangre de Cristo, embriágame, rezaba San Ignacio de Loyola, el caballero del corazón ardiente-, Y Santa Inés habla de la Sangre de Jesús, como de un misterio de amor y de belleza inefable: "Miel y leche he sorbido en su boca, -dice el oficio de la fiesta- y su sangre, al teñir mis mejillas, las ha hecho amable."

De esta manera maravillosa Cristo se ha hecho nuestro pan y nuestro vino. Se ha trocado en nuestra comida y bebida. Podemos, entonces, comerlo y beberlo. El pan es la fidelidad y la firmeza constante. El vino es el arrojo, la audacia, la alegría. Es aroma y belleza. Es anchura de corazón y generosidad sin límites. Es embriaguez de vivir; de poseer, de dar...



LOS SIGNOS SAGRADOS: VII) EL MANTEL DE LINO DEL ALTAR

“Por reverencia a la celebración del memorial del Señor 
y al banquete en que se ofrece el Cuerpo y la Sangre del Señor, 
ha de ponerse sobre el altar al menos un mantel de color blanco, 
cuya forma, medida y ornato se ajustarán a la estructura del altar”
(Instrucción General del Misal Romano, 304)




Hasta no hace mucho tiempo, los manteles que cubrían los altares de las iglesias, así como los corporales y las albas de los sacerdotes,  debían ser de lino purísimo y blanco.

Este mantel lo extendemos sobre el altar. El lino, hecho corporal, es colocado bajo el cáliz y la Hostia -la santa sábana del Señor…

El sacerdote se reviste con la blancura del lino, cuando se pone el alba para celebrar los divinos misterios.

Con el lino se cubre el altar, la "Mesa del Señor" en que está depositado el pan sagrado.

El lino auténtico es precioso. Es puro, delicado, fuerte. Al verlo tendido allí, tan blanco, de una frescura tan inmaculada, recuerdo sin querer un paseo por la selva en pleno invierno.

Un día llegué a la ladera de una colina, que, cubierta de nieve inmaculada, recién caída, se extendía en medio de los abetos sombríos: con todo respeto hice un desvío. No me atreví a abrirme paso con mis groseros zapatos a través de esa blancura. Semejante a esa nieve, extendemos el lino para colocar sobre él lo Santo.

Y ante todo, el lino debe cubrir el altar, en que se ofrece el sacrificio divino. Hemos hablado ya del altar, y observado cómo sobresale entre todo lo demás, éste que constituye el lugar sagrado por excelencia en nuestras iglesias.
Habíamos visto que ese altar material, no es más que un símbolo de ese otro altar, elevado por cada uno de nosotros, en el fondo de nuestro corazón. Sin embargo, hay que añadir que el altar es algo más que un símbolo, porque el altar de piedra no sólo representa el altar del corazón, que es la disposición interior al sacrificio, sino que ambos son inseparables y de un modo misterioso no hacen más que uno solo. El verdadero altar, el perfecto, aquel sobre el cual se ofrece el sacrificio de Cristo, es la unidad viviente de ambos.

He aquí porqué el lino nos habla tan sugestivamente al alma. Sentimos que algo muy íntimo responde en nosotros a su lenguaje. Algo así como un reproche, como un anhelo íntimo. Un verdadero sacrificio solo puede ofrecerlo un corazón puro. Ahora bien, el lino encarna la pureza que debe ataviarlo si quiere hacer su ofrenda agradable a Dios.

El lino nos dice todo un sermón sobre esta virtud. Finísimo y noble es el lienzo auténtico. Una materia grosera y ruda no es capaz de crear la pureza.

La pureza nada tiene de parecido con un rostro malhumorado. Su fuerza reside en la delicadeza y finura. Su recato es noble. Se oculta en ella un enorme dinamismo. Sí, la gracia del lino auténtico es viril. ;N o es como esas telarañas que se disipan al primer soplo del viento. La pureza auténtica nada tiene de enfermizo. Ella no huye de la vida, ni gasta estérilmente sus días en construir castillos en el aire ni en soñar en ideales vanos.

La pureza auténtica muestra las mejillas sonrosadas por la alegría de vivir y tiene el puño firme y seguro de quien está avezado al combate rudo.

Algo más aún dice el lino al que sabe reflexionar.

El lino no ha tenido siempre la delicadeza y la blancura que posee ahora.
Era áspero, carecía de brillo; ha debido someter se al trabajo paciente de la mano que lo lavó una y otra vez, lo blanqueó tendiéndolo al sol hasta darlo esta frescura perfumada que nos encanta. Como él, la pureza no es innata. Sin duda, ella es una gracia; sin duda existen hombres que llevan en su alma la pureza como un regalo; todo su ser tiene esa frescura vigorosa de una castidad natural. En labios de muchos ignorantes la palabra "pureza" es algo problemático y sólo significa la ausencia de la lucha. Pura es -en su juicio- el alma que aún no ha sido sacudida por la terrible tormenta de las pasiones. Es un craso error. La pureza no está en el comienzo, sino en el término. Se la conquista con el esfuerzo tenaz y valiente.

El lino reposa sobre el altar, blanco, delicado, sólido. Es pureza de nobleza de corazón y energía juvenil.

El Apocalipsis de San Juan nos habla de una turba inmensa -cuyo número nadie puede contar- venida de todas las naciones, de todas las tribus, de todos los pueblos y lenguas, que están de pie ante el Trono, vestidos con blanco ropaje.

Alguien pregunta: "¿Estos, vestidos de blanco, quiénes son y de dónde han venido?"

La respuesta fue: "Estos son los que han venido desde la grande tribulación y lavaron sus ropas y las emblanquecieron en la sangre del Cordero. Por esto están ante el Trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo."

"Señor, revísteme con una túnica blanca", dice el sacerdote al tomar el alba para el Santo Sacrificio.



13 de febrero de 2015

LOS SIGNOS SAGRADOS: VI) EL ALTAR


“Subiré al altar del Señor, cantando mi alegría”
(Salmo 42)



Altar y Retablo mayor de la Santa Iglesia Catedral Metropolitana de Buenos Aires


El hombre ha sido dotado de las potencias más variadas. Por el conocimiento puede comprender a todos los seres que lo rodean: los montes y las estrellas, el mar y los ríos, las plantas, los animales, en fin, los hombres, sus semejantes; puede, en cierto modo, entrar en su mundo interior. Conocer es introducirse en las esencias de las cosas.

Puede amar a todas estas creaturas; puede asimismo rechazarlas lejos de sí. Puede frente a ellas, tomar una actitud hostil, o bien puede desearlas y atraerlas hacia sí. Puede asir el mundo visible que lo rodea y modelarlo a su gusto. Oleadas interminables de los sentimientos más contradictorios -el deseo y la alegría, el amor y la tristeza, el silencio y la agitación- se suceden sin tregua en su corazón.

Sin embargo nada ennoblece tanto al hombre como la fuerza de poder conocer que existe un Ser superior a él, y que es capaz de adorarlo y de consagrar su existencia al servicio de ese Ser superior. Sí, el hombre, dotado de razón, puede reconocer a Dios como a su Dueño. Puede entregarse enteramente a El "a fin de que Dios sea glorificado."

¡Puede hacerlo! Pero que la Majestad divina aparezca en todo su esplendor en la conciencia; que el hombre de hecho y libremente se anonade ante ella en actitud de adoración y despojándose de su egoísmo se sobreponga a su propio ser y arriesgue su existencia renunciando a sus intereses sólo para que el Altísimo Dios sea glorificado... He aquí el sacrificio!

Nada hay más profundo en el alma humana que el acto del sacrificio.

En las profundidades más íntimas del hombre reinan imperturbables esa claridad y ese silencio, desde donde surge la oblación que se remonta hasta Dios.

Pues bien: el altar es, allá fuera, el signo visible de esa claridad interior, de esa intimidad silenciosa, de esa energía oculta.


Altar mayor de la Basílica del Espíritu Santo en Buenos Aires


El altar ocupa, en la iglesia, el lugar más sagrado, junto con el Tabernáculo, y está levantado sobre las gradas, dominando el resto del espacio, que, a su vez ha sido separado del mundo de las actividades profanas que se agita allá fuera. Y está allí -solitario- como el santuario íntimo del alma.

Firme, reposa sobre su base sólida, como la voluntad del hombre inflexiblemente resuelta a consagrarse a Dios.

Sobre el zócalo descansa la mesa, amplia, maciza -Mensa Domini- donde se ofrece el sacrificio. Todo es llano. Liso. Sin recovecos. La acción sagrada del sacrificio no se realiza a ocultas, ni en la penumbra, Allí todo es sinceridad. Todo se desenvuelve a la vista de los fieles.

Pero estos dos altares -el de fuera y el de dentro- se completan y son inseparables. Ese de piedra, constituye el corazón de la iglesia material; ese otro, el altar viviente, -que constituye lo más profundo de nuestro ser- no forman más que un solo y verdadero altar.

El templo material, con sus bóvedas y sus muros, es sólo imagen y símbolo del templo interior.




Altar mayor de la Iglesia parroquial de Santa María de Villaviciosa, Asturias.

12 de febrero de 2015

LA RELACIÓN ENTRE DOCTRINA CRISTIANA Y PASTORAL

Monseñor Juan Antonio Reig Pla
Obispo de Alcalá de Henares, España


El Obispo de Alcalá de Henares, Mons. Juan Antonio Reig Pla, presidió la presentación del libro «Eucaristía y divorcio: ¿Hacia un cambio de doctrina?» (BAC) del P. José Granados García, Consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe y Vicepresidente del Pontificio Instituto Juan Pablo II para Estudios sobre el Matrimonio y la Familia en Roma.

El texto ha sido publicado por la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), editorial de la Conferencia Episcopal Española.

 El Padre Carlos Granados, director de la BAC, Monseñor Reig, María Lacalle, directora del Centro de Estudios para la Familia y el padre José Granados, autor del libro presentado

El acto ha tenido lugar el jueves 5 de febrero, a las 19,30 horas, en la Universidad Francisco de Vitoria.

A continuación reproducimos íntegramente la intervención de Mons. Reig:

El libro que presentamos, Eucaristía y divorcio: ¿hacia un cambio doctrinal?, del profesor José Granados García, publicado por la BAC (2015), es una obra de madurez que viene precedida por muchos años de estudios sobre el matrimonio y la familia. El propósito del autor es profundizar en las cuestiones debatidas en el Sínodo Extraordinario de la Familia (2014) de tal manera que la próxima Asamblea Sinodal pueda ser «providencial para recrear esperanza en el camino de las familias» (Introducción o.c., XII).
Tomando como motivo el debate suscitado en torno a la «posibilidad de que los divorciados y casados de nuevo accedan a los sacramentos de la penitencia y de la eucaristía» (Relatio Synodi, 52), el profesor Granados nos invita a analizar los presupuestos básicos sin los cuales resulta imposible afrontar con lucidez una Pastoral Familiar concorde con el Evangelio del matrimonio y de la familia. De la lectura de este trabajo, que tiene como hilo conductor la relación inseparable entre doctrina cristiana y pastoral, quisiera extraer algunas cuestiones que considero de gran interés.
1. El debido realismo
A lo largo de esta primera etapa sinodal se ha hecho continuamente referencia a la necesidad de analizar la realidad actual de la familia para afrontar los nuevos retos que se presentan a una Pastoral familiar adecuada. De hecho ésta es la primera pregunta que la Secretaría del Sínodo formula para la preparación del Instrumentum laboris de la próxima Asamblea Sinodal con una referencia explícita a «facilitar el debido realismo en la reflexión de los episcopados particulares, evitando que sus respuestas puedan producirse según esquemas y perspectivas propios de una pastoral meramente aplicativa de la doctrina» (Lineamenta para la XIV Asamblea General Ordinaria, Introducción de la primera parte).
Siguiendo las pautas del libro que presentamos, y en consonancia con el magisterio de los últimos pontífices, es necesario aclarar qué entendemos por «debido realismo». Ya el Papa Benedicto XVI nos advertía que «la Palabra de Dios nos impulsa a cambiar nuestro concepto de realismo: realista es quien reconoce en el Verbo de Dios el fundamento de todo» (Verbum Domini, 10). No debemos, por tanto, confundir realismo con sociología o estadísticas o, peor aún, si cabe, con rendirse a la realidad sociológica canonizando lo que destruye a las personas. Imaginemos qué hubiera pasado si Pedro y Pablo hubieran optado por este tipo de «realismo» ante la sociedad de la Roma imperial que les tocó vivir. Realismo no es pragmatismo, ni utilitarismo, ni consecuencialismo. El fundamento de la realidad es Cristo, es decir, el Hijo de Dios que toma nuestra carne débil y herida y la redime; ser realista es dejarse guiar por Dios, para el cual nada hay imposible (Cf. Lucas, 1, 37).
Como su predecesor, el Papa Francisco es clarísimo al respecto: «El cristiano es una persona que piensa y actúa en la vida cotidiana según Dios, una persona que deja que su vida sea animada, alimentada por el Espíritu Santo, para que sea plena, propia de verdaderos hijos. Y eso significa realismo y fecundidad. Quien se deja guiar por el Espíritu Santo es realista, sabe cómo medir y evaluar la realidad, y también es fecundo: su vida engendra vida a su alrededor» (16-6-2013).
2. La relación entre doctrina cristiana y pastoral
A lo largo de toda la etapa que va desde la convocatoria a la celebración de la Asamblea Sinodal Extraordinaria sobre el matrimonio y la familia, hemos oído repetir continuamente la siguiente proposición: «No se trata de cambiar la doctrina [sobre la indisolubilidad del matrimonio] sino de «renovar» o «cambiar» la práctica pastoral».
Frente a este dilema «doctrina o pastoral» la aportación del profesor Granados la considero muy lograda y aporta una gran luz para el momento presente. Su estudio, para aclarar lo que significa doctrina cristiana y su vinculación inseparable de la práctica pastoral de la Iglesia, nos lleva a recorrer lo que se quiere decir con los términos «verdad», «doctrina cristiana» y «dogma» desde el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento y la Tradición cristiana. La doctrina, concluye el autor, se identifica con el relato de la acción de Dios que en Jesús se ha hecho carne y camino para nuestra existencia. En palabras del profesor Granados, «la doctrina se pone al servicio de la verdad de nuestra vida: nos dice cómo ha vivido Cristo y cómo vivir cada instante a la luz de Cristo» (o.c., pág. 20). Esto hace imposible separar la doctrina de la práctica pastoral, o lo que es lo mismo, no se puede romper a Cristo de cuya vida participamos desde el Bautismo pasando a ser su cuerpo.
El autor explica la vinculación entre la indisolubilidad del matrimonio y la práctica eucarística analizando la tradición litúrgica de la Iglesia (lex orandi-lex credendi) y deteniéndose en un estudio pormenorizado de los textos de San Ireneo de Lyón, San Agustín y Santo Tomás de Aquino. «Lo propio del cristianismo, concluye, es haber introducido un principio nuevo de coherencia: el don de la caridad, que nos confiere el Espíritu de Jesús. El que ama sabe que su conocimiento y su querer no pueden separarse, porque el amor es uno, y posee a la vez luz y fuerza. La unidad de doctrina y práctica no se encuentra fijándonos en el individuo, que intenta sin éxito unirlos, sino a partir del amor, que nos los entrega desde siempre entrelazados» (o.c. pág. 83).
El Papa Francisco también ha aclarado que la verdad (doctrina) que enseña la Iglesia no es una idea, sino es Cristo mismo, Buen Pastor, que toca y sana la voluntad y la vida de las personas (pastoral): «Para transmitir un contenido meramente doctrinal, una idea, quizás sería suficiente un libro, o la reproducción de un mensaje oral. Pero lo que se comunica en la Iglesia, lo que se transmite en su Tradición viva, es la luz nueva que nace del encuentro con el Dios vivo, una luz que toca la persona en su centro, en el corazón, implicando su mente, su voluntad y su afectividad, abriéndola a relaciones vivas en la comunión con Dios y con los otros». «En el bautismo el hombre recibe también una doctrina que profesar y una forma concreta de vivir, que implica a toda la persona y la pone en el camino del bien. Es transferido a un ámbito nuevo, colocado en un nuevo ambiente, con una forma nueva de actuar en común, en la Iglesia». (Papa Francisco, Lumen fidei, 40 y 41).
3. Indisolubilidad del matrimonio: ¿ideal o mandato de Cristo?
En el debate sinodal ha habido quienes han defendido la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio como un ideal al que hay que tender pero que algunos no pueden alcanzar por diversas circunstancias a veces difíciles y dolorosas. Es más, algunos quisieran ver en el lenguaje del Papa Francisco cuando habla del «ideal evangélico» un refrendo de esta misma opinión.
¿Cómo hay que interpretar, pues, las palabras del Santo Padre recogidas en los Lineamenta para la próxima Asamblea Ordinaria del Sínodo, n. 19: «sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día»? (Evangelii gaudium, n. 44).
Es el mismo Papa Francisco quien en su propio texto (Evangelii gaudium, nota 50), remite a la Exhortación Apostólica Familiaris consortio del Papa San Juan Pablo II que trata del itinerario moral de los esposos y en el que se dice textualmente: «sin embargo, [los esposos] no pueden mirar la ley como un mero ideal que se puede alcanzar en el futuro, sino que deben considerarla como un mandato de Cristo Señor a superar con valentía las dificultades. «Por ello la llamada «ley de gradualidad» o camino gradual no puede identificarse con la «gradualidad de la ley», como si hubiera varios grados o formas de precepto en la ley divina para los diversos hombres y situaciones. Todos los esposos, según el plan de Dios, están llamados a la santidad en el matrimonio, y esta excelsa vocación se realiza en la medida en que la persona humana se encuentra en condiciones de responder al mandamiento divino con ánimo sereno, confiando en la gracia divina y en la propia voluntad» (Familiaris consortio, 34).
Las palabras de Jesús «lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre» (Mt 19, 6), además de remitir al designio creador de Dios, («al principio no fue así»), suponen la novedad de la gracia de la redención mediante la cual lo que no es posible para los hombres es posible para Dios. Precisamente porque la indisolubilidad es un «don de Dios», que se recibe en el sacramento del matrimonio (participación de la caridad esponsal de Cristo), se constituye en un mandato.
Así lo ratifica la doctrina enseñada por el Papa San Juan Pablo II en la Carta Encíclica Veritatis splendor: «Sólo en el misterio de la Redención de Cristo están las posibilidades «concretas» del hombre. «Sería un error gravísimo concluir... que la norma enseñada por la Iglesia es en sí misma un «ideal» que ha de ser luego adaptado, proporcionado, graduado a las - se dice - posibilidades concretas del hombre: según un «equilibrio de los varios bienes en cuestión». Pero, ¿cuáles son las «posibilidades concretas del hombre»? ¿Y de qué hombre se habla? ¿Del hombre dominado por la concupiscencia, o del redimido por Cristo? Porque se trata de esto: de la realidad de la redención de Cristo. ¡Cristo nos ha redimido! Esto significa que él nos ha dado la posibilidad de realizar toda la verdad de nuestro ser; ha liberado nuestra libertad del dominio de la concupiscencia» (Veritatis splendor, 103).
4. ¿Se puede cambiar la doctrina sobre la indisolubilidad del matrimonio?
Siguiendo el debate del Sínodo sobre la Familia se han oído voces que reclaman una revisión de la doctrina sobre la indisolubilidad del matrimonio y la posibilidad de ampliar el llamado «poder de las llaves» o la potestad del papa para disolver el vínculo conyugal.
Para hacernos cargo de esta cuestión conviene recordar que cuando hablamos del carácter absoluto de la indisolubilidad del matrimonio nos referimos al contraído del entre «bautizados, rato [válido] y consumado». En este sentido, el profesor Granados nos ofrece de la mano de John Henry Newman una preciosa explicación sobre el desarrollo de la doctrina cristiana tomando como imagen lo que ocurre en un organismo vivo que se identifica «como Cuerpo de Cristo, como extensión de la presencia de Jesús en el mundo a través de todas las edades» (o.c. 92).
Según el autor «este poder de la Iglesia se ha ido aclarando en el tiempo, cuando se resolvían casos difíciles; el Papa podía disolver un matrimonio entre no cristianos (privilegio paulino) y también un matrimonio sacramental no consumado (el mal llamado «privilegio petrino»). En ambas situaciones el principio de discernimiento es el mismo: esos matrimonios no entran de lleno en el orden de la redención de Cristo, sea porque se realizan entre no bautizados, sea porque no contienen la plenitud de la unión entre Cristo y su Iglesia en una carne» (o.c., 136).
Sin embargo «se aclara también que la Iglesia no pude disolver un matrimonio sacramental rato y consumado. Esto es así porque el matrimonio pertenece al ser mismo de la Iglesia, y la Iglesia no tiene autoridad para deshacerse a sí misma» (o.c., 137).
Ante quienes afirman el poder del Papa para disolver estas uniones, el Papa San Juan Pablo II cerró la cuestión de «un modo definitivo». «Así pues, se deduce claramente que el Magisterio de la Iglesia enseña la no extensión de la potestad del Romano Pontífice a los matrimonios sacramentales ratos y consumados como doctrina que se ha de considerar definitiva, aunque no haya sido declarada de forma solemne mediante un acto de definición. En efecto, esa doctrina ha sido propuesta explícitamente por los Romanos Pontífices en términos categóricos, de modo constante y en un arco de tiempo suficientemente largo. Ha sido hecha propia y enseñada por todos los obispos en comunión con la Sede de Pedro, con la convicción de que los fieles la han de mantener y aceptar. En este sentido la ha vuelto a proponer el Catecismo de la Iglesia católica. Por lo demás, se trata de una doctrina confirmada por la praxis multisecular de la Iglesia, mantenida con plena fidelidad y heroísmo, a veces incluso frente a graves presiones de los poderosos de este mundo» (San Juan Pablo II, Discurso del 22 de enero de 2000: AAS 92 (2000) 355).
5. Una Pastoral Familiar fecunda
En el trasfondo de la obra que presentamos existe una firme convicción del profesor Granados: la pastoral sigue a la doctrina porque se trata de llevar a cumplimiento las palabras de Señor: «He venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10, 10).
Con la Pastoral familiar, dimensión esencial de toda evangelización, la Iglesia acompaña a los esposos para que escuchando la voz del Buen Pastor puedan participar de su «caridad esponsal», de su amor por la Iglesia: fiel y exclusivo hasta la muerte. Así «En virtud de la sacramentalidad de su matrimonio, los esposos quedan vinculados uno a otro de la manera más profundamente indisoluble. Su recíproca pertenencia es representación real, mediante el signo sacramental, de la misma relación de Cristo con la Iglesia» (Familiaris consortio, 13). De ahí nace la vinculación necesaria entre indisolubilidad y misterio eucarístico, actualización del sacrificio de Cristo, en el cual une a sí a su Iglesia, la une a su cuerpo formando «una sola carne».
«Según esto, concluye el autor, la práctica de la indisolubilidad, que se traduce en mantener la conexión entre vida eucarística y vida matrimonial, es la verdadera pastoral fecunda. La alternativa de desarticular ambas dimensiones, eliminando el nexo entre Eucaristía y vida conyugal, conduce a falsas pistas pastorales, que se muestran estériles» (o.c., 142-143)».
La historia, maestra de la vida, nos enseña que éste es el verdadero camino de la misericordia, que incluye no ocultar el sentido del sufrimiento, es decir, no ocultar la cruz gloriosa del Señor resucitado que es escándalo para unos y locura para otros (Cf. 1 Co 1, 23), pero «la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres» (1 Co 1, 25). Los primeros cristianos se dejaron conducir por el Buen Samaritano, quien les regaló la «redención del corazón», curó sus heridas con el aceite del Espíritu Santo y los condujo a la posada: la Iglesia o el redil donde se encuentran los pastos que nos hacen alcanzar la plenitud de vida. Así ganaron poco a poco el corazón de esta vieja Europa que, ahora, seducida por otras voces o cantos de sirena se resiste a escuchar la voz del Buen Pastor.
Alcalá de Henares, a 5 de febrero de 2015


LOS SIGNOS SAGRADOS: V) LA PUERTA


Porque la Liturgia tiene expresiones sensibles que reflejan el valor de lo invisible, gestos y símbolos materiales que nos llevan hacia lo profundo de lo sobrenatural, realidades humanas que nos impulsan a lo divino.

V. LA PUERTA

“Ábranse las puertas del triunfo, y entraré para dar gracias al Señor.    

Esta es la puerta del Señor: los vencedores entrarán por ella”
(Salmo 117, 19-20)



El Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela.



Una puerta: la has franqueado muchas veces para entrar en la Iglesia y cada vez ella te ha hablado en su lenguaje misterioso. ¿Has comprendido ese lenguaje? 

¿Para qué se encuentra allí esa puerta? Es fácil que mi pregunta te sorprenda y que parezca por demás sencilla la respuesta: "Está allí para entrar y para salir." No hay duda. Sin embargo, ¿hay necesidad para ello de una puerta? Un gran boquete abierto en el muro serviría igualmente para entrar y salir y algunas tablas ensambladas y sujetas por travesaños bastarían. De este modo la gente podría entrar y salir. Se conseguiría idéntico objetivo con gasto menor. Pero eso no sería aún una "puerta." La puerta no está solamente para cumplir una finalidad práctica; la puerta habla.

Cuando traspasas sus dinteles, escuchas su mudo lenguaje: "En este momento abandono el exterior. Entro."

Y el exterior es el mundo con sus bellezas, mundo en perpetuo trabajo que hierve en fiebre de vida; es también la fealdad de ese mundo, sus bajezas repugnantes... El mundo tiene algo de mercado, de feria: millones de personas corren por aquí y por allá en espantosa confusión.El mundo –con el lenguaje joánico- tiene algo que no es santo.

Lo cierto es que la puerta nos separa de esta feria; ella nos introduce al "interior", silencioso, consagrado: por la puerta entramos al santuario. Es verdad que todo es obra y don de Dios. En la más pequeña criatura nos es dado encontrarle, porque Él nos tiende las manos desde todas partes. Hemos de recibir todas las cosas como venidas de su mano y santificarlas con piadosa intención. Sin  embargo, los hombres de todos los tiempos han comprendido que Dios se reserva lugares especialmente consagrados.

La puerta se encuentra entre el mundo de "afuera" y el mundo de "adentro"; entre la feria y el santuario; es una línea divisoria que separa lo que pertenece a todo el mundo y lo que está consagrado a Dios. Cuando uno traspone el umbral, "deja fuera -nos dice- lo que no es de Dios... pensamientos, deseos, preocupaciones, curiosidades, vanidad... Deja atrás todo lo profano, todo lo que no está consagrado: entras al santuario: ¡purifícate!"


San Juan Pablo II abre la Puerta Santa de la Basílica vaticana en el Año Jubilar 2000.




11 de febrero de 2015

LOS SIGNOS SAGRADOS: IV) EL ESPACIO SAGRADO

En varias entradas próximas de este blog transcribiremos algunos párrafos del libro de Romano Guardini titulado LOS SIGNOS SAGRADOS, que se refiere a algunos gestos y símbolos litúrgicos de siempre, que tienen una gran significación espiritual.


Porque la Liturgia tiene expresiones sensibles que reflejan el valor de lo invisible, gestos y símbolos materiales que nos llevan hacia lo profundo de lo sobrenatural, realidades humanas que nos impulsan a lo divino.


“Qué sagrado es este lugar, Casa de Dios, puerta del Cielo”
(Génesis, 28, 17)


La Capilla del Asilo Unzué, en Mar del Plata, es un espacio sagrado digno y bello.


El espacio natural tiene tres dimensiones: anchura, altura y profundidad. Nos indican que el orden existe en el espacio y que el caos no existe. Todo está colocado con orden. Orden de las cosas que están unas, a lado de -sobre- detrás de otras.

Y esta ausencia de caos hace nuestra vida posible y le da sentido: permite que el hombre pueda moverse, construir, edificar su vivienda y habitar en ella. También el espacio sobrenatural, el sagrado, tiene su orden. Se funda en el misterio.

1) Los templos (espacios sagrados) hasta no hace mucho tiempo estaban  construidos mirando al Sol naciente: desde el este hacia el oeste. La línea del arco solar pasaba por sus naves. Debía  ser acariciado por los primeros y últimos rayos del sol.

En el mundo de las almas, Cristo es el Sol. La dirección de sus caminos estructura el orden del espacio sagrado y de todo edificio y de todo ser orientados rectamente hacia la vida eterna.

2) Para leer el Evangelio se pasa el Misal de derecha a izquierda, es decir, hacia el norte, porque el altar mira hacia el Oriente. La "Buena Nueva" nos llegó desde el Sud hacia el Norte. Pero esto expresa algo más que el simple recuerdo histórico de que el Evangelio nos vino a través del Mediterráneo.

El Sud es la plenitud de la luz, signo de la claridad de lo sobrenatural. El norte es el signo del frío, de la oscuridad. El Evangelio, palabra de Dios viene de la luz, y Él, Cristo, que es la luz del mundo y que brilla en las tinieblas y se abre camino a través de las nubes sombrías, siempre que se tenga la buena voluntad de recibirlo.

3) Hay, una tercera dimensión: la que va de arriba hacia abajo. El sacerdote que prepara la víctima, levanta hacia el cielo la patena y el cáliz; sus ojos y sus manos se alzan "de profundis", desde las profundidades hacia la divinidad, porque Dios está "arriba"; es el Santo que habita en las alturas.

Cuando el obispo o los sacerdotes bendicen, su mano se extiende sobre los objetos colocados ante ellos o sobre la cabeza de los fieles arrodillados, porque toda creatura está "debajo", y la bendición desciende desde el seno del Altísimo.

Tal es la tercera dimensión del espacio sagrado. De abajo hacia arriba: es la dirección del alma que va hacia Dios con sus anhelos, sus oraciones, con el sacrificio.

De arriba hacia abajo: es el camino que recorre Dios cuando trae al alma, con la Gracia, la plenitud de sus dones y cuando viene a ella en los Sacramentos.

Las tres dimensiones del espacio sagrado son, pues:

1) Hacia el sol naciente, que es Cristo. En Él se sumerge la mirada del fiel; de Él nos llega la luz que penetra en nuestro corazón. Es ésta la orientación fundamental del alma y la dirección que toma Dios en su misterioso "descenso" hacia el alma.

2) De Norte a Sud -la oscuridad corre a la luz, que resplandece en el Verbo divino,- luz que desciende de su corazón ardiente para iluminar y calentar.

3) Desde abajo hacia arriba: tal el movimiento del alma que anhela, que sufre, que ora y que, desde el fondo de su miseria, tiende hacia el trono del Altísimo.

Y la respuesta divina le llega, traducida en gracia, en bendiciones y en Sacramentos.