Semillas en el ciberespacio desde la mística de la A.C.

23 de abril de 2015

PRIMERO LA VIGA EN EL PROPIO OJO

PRIMUM TRABEM DE OCULO TUO
(Mt, 7, 3)

(Primero mira la viga en tu propio ojo)

LAS CAUSAS DE LAS DESGRACIAS DE NUESTRO TIEMPO




En la preparación del Año Santo de la Misericordia
un breve texto de una homilía de San Francisco de Sales,
referido a la perícopa evangélica de San Mateo, 7


“…os suplico que cada uno hable a su conciencia y no a la ajena. ¡Oh alma mía!, ¿no eres tú la causa de este mal, quién ha cometido tantos pecados sobre pecados, tantas ofensas, tantas cobardías, que justamente la ira de Dios ha caído sobre todo un pueblo? ¿No sabes, acaso, que si en otro tiempo se hubieran hallado diez hombres de bien, Dios, por ellos, hubiera preservado de la ruina a toda una ciudad? (Gén 18,32). ¡Ah!, que quizá faltara el décimo en este país, y si tú te hubieses convertido, tal vez habrías completado el número. ¡Oh, qué suerte! Y no me respondas: ‘¿Por qué los demás no lo han hecho?’. Ellos no tienen que preocuparte. Digamos, pues, todos y que cada uno hable para sí; hagamos cada uno para sí elevándonos a Dios: Padre, he pecado contra el cielo y contra Ti (Lc 15,2); he pecado contra Ti (Sal 50,6), sólo he hecho el mal contra Ti.

Confesemos nuestras propias faltas y dejemos a los demás confesar las suyas; sepamos que no es tiempo de decir: Nuestros padres han comido uvas agraces y nosotros tenemos dentera (Jer 31,29), pues Nuestro Señor nos responderá: El alma que peque, esa morirá (Ez 18,20). Así pues, todos se han desviado (Sal 13,3), que nadie se excuse de ser la causa de las desgracias de nuestro tiempo; tenemos todos parte en la pena y en la tribulación, porque tenemos todos parte en la culpa.”


Del sermón predicado por San Francisco de Sales
el domingo de Pentecostés de 1593 (tenía 25 años);
en el primer volumen de sus Obras Selectas,
editadas por la BAC (2010); pgs. 286-287.





22 de abril de 2015

DIOS ES JUSTO Y MISERICORDIOSO

En un mundo inmisericorde:
Seamos misericordiosos
como Dios lo es con nosotros




Reflexión de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, 
en el programa "Claves para un Mundo Mejor" (17 de abril de 2015) 



El Papa Francisco ha lanzado una noticia fenomenal: un Año Santo Extraordinario que va a comenzar el 8 de diciembre próximo y terminará en noviembre del año 2016. 

Ustedes recordarán, seguramente, que los años santos se hacían cada 25 años y eran años durante los cuales los Papas proponían un tema especial para que los cristianos meditemos, era un año de indulgencia, de perdón, de misericordia y demás. Ahora el Papa Francisco ha dedicado este Año Santo a la Misericordia, al misterio de la misericordia divina que se convierte en la misericordia de la Iglesia, la misericordia de todos nosotros. 

Ustedes habrán notado que el Santo Padre, nuestro Papa Francisco, habla frecuentemente de la misericordia y nos está como induciendo a que nos reeduquemos en el sentido de la misericordia. Esto se refiere a la misericordia de Dios que nos la ha mostrado enviando a Jesús y a través de la Muerte y la Resurrección de Jesús nos ha concedido el perdón de los pecados. 

En la Semana Santa hemos visto claramente que, efectivamente, esto ha sido así y que Jesús nos ha redimido porque nos ha comunicado la misericordia del Padre. 

¿Qué significa misericordia? Etimológicamente la palabra nos lleva al corazón (cordia) y significa que uno inclina el corazón a la miseria del otro. Jesús fue el primero que inclinó su corazón divino a nuestra propia miseria y nos ha invitado a que nosotros hagamos lo mismo. Al hojear el Evangelio vemos cuantas veces Jesús nos plantea esto de que lo que Él hizo por nosotros, lo tenemos que hacer nosotros por nuestro hermanos. 

Dios es misericordioso pero también Dios es justo. Santo Tomás de Aquino al comentar el Capítulo 5° del Evangelio de San Mateo, en el Sermón de las Bienaventuranzas, dice que la justicia sin misericordia es crueldad y la misericordia sin justicia es la madre de la disolución. 

Eso quiere decir que la misericordia no es cualquier cosa y que todo vale igual, sino que la misericordia divina es justicia también. Dios nos conoce bien, conoce nuestro corazón y por supuesto que está inclinado a la misericordia. Él es nuestro Padre que envió a su Hijo para salvarnos. ¿Quién puede hacer igual? Dios no es un Padre al que le importa lo mismo todo, de ninguna manera, Dios es misericordioso porque es justo y es justo porque es misericordioso. Podemos decir que su justicia es la misericordia y la misericordia es la plenitud de la justicia. 

Lo que el Santo Padre Francisco nos invita a hacer durante el Año Santo próximo es a ejercitar la misericordia de Dios Padre, es ejercitar la misericordia de Jesús, es ejercitar la misericordia de la Iglesia y el Papa está llamando la atención sobre el tema de la misericordia porque este mundo de hoy día es un mundo inmisericorde. Si hubiera misericordia verdadera no habría tanta pobreza extrema, tanta miseria, tanta decadencia de la cultura, tanto delito, tanta violencia, tanta pérdida de una generación juvenil. Estas cosas ocurren porque no se ejerce la misericordia, porque hay un egoísmo atroz, porque el corazón está vuelto hacia uno mismo y no hacia el otro, porque nos miramos siempre a nosotros mismos, miramos nuestro ombligo, en lugar de mirar al que tenemos delante, al que tenemos al lado. 

Hoy quería anunciarles esta noticia del Año Santo Jubilar de la Misericordia si bien el Santo Padre ya ha hablado varias veces de este tema y ahora, sin duda, hablará mucho más. Incluso ha sacado un documento muy importante, el sábado pasado, para anunciarlo y para explicar qué espera de nosotros la Iglesia en este Año Santo. Por mi parte, amigos televidentes, los voy preparando desde ahora si bien, en este espacio, seguiremos hablando de todo esto. Hasta la semana que viene. 




+ Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata



19 de abril de 2015

PASCUA: PAX VOBIS


EL REINO DE CRISTO 

ES UN REINO DE PAZ



De entre todas las palabras que resuenan constantemente a lo largo de los días de la Pascua, apenas encontraremos una que supere a la de “paz”. Saludo casi ritual (Shalom) entre los judíos de la época, por cierto, en los labios de Cristo la expresión adquiere una nueva y significativa fuerza, que brota de su victoria definitiva sobre el poder de la muerte. El fundamento de la paz que él propone y comunica, en efecto, no puede ser más sólido, pues se halla nada menos que en la seguridad de su dominio sobre las fuerzas del mal, manifestado de una vez para siempre en la mañana de Pascua.

“Pax vobis” (Lc. 24, 36; Jn. 20, 21. 26), “paz a vosotros”. Con estas palabras se presenta Cristo una y otra vez ante los Apóstoles, en el “lugar donde se encontraban (…)  por temor a los judíos” (Jn. 20, 19). La repetición del saludo, considerando las circunstancias que atravesaba la naciente comunidad cristiana, no deja de resultar paradójica, por la insistencia que revela en un momento en que la adversidad precisamente parecía ir en aumento. Lejos del mero formulismo, sin embargo, esta forma de hacerse presente el Señor entre los suyos tiene por fin recordarles, y recordarnos también a nosotros, la soberanía absoluta de Dios y de su Hijo Amado sobre el mundo y la historia, sobre las tinieblas del pecado y la muerte. Como dijera el papa Benedicto XVI, “Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia” (Enc. Spe salvi, n. 49).

Desde luego, abundan también en la actualidad los discursos en torno al tema de la paz, que parece ser siempre prioritario en la agenda de los organismos internacionales y de los funcionarios políticos por doquier. Hay que recordar, con todo, que ya el mismo Cristo advirtió contra la ambigüedad que puede revestir la idea de la paz, cuando dijo a sus discípulos: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da” (Jn. 14, 27). La paz de Cristo, pues, no se basa en la mera ausencia de conflicto armado ni en la sola concordia civil; ni tan siquiera consiste, a decir verdad, en verse libre uno mismo libre de tribulaciones e inquietudes en el orden personal, si bien es cierto que solo entonces existiría una paz perfecta, inalcanzable en este mundo signado por la fragilidad.

Ahora bien, cabría preguntarse en qué consiste la paz a la que estamos ya desde ahora. En este sentido, el mismo Señor agrega: “No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (ibid.). Los temores, las zozobras, las inquietudes, las preocupaciones, las ansiedades, son, en efecto, otras tantas amenazas y obstáculos para la paz, en la medida en que se instalan en el alma y no la dejan descansar, como sucede con excesiva frecuencia, según lo comprueba la experiencia personal de cada uno. Jesús nos brinda, sin embargo, el remedio contra estos males, a saber, la confianza, de la cual brotan la paz y la alegría, como dones preciosos del Espíritu Santo.

No hace falta añadir que constituye un presupuesto ineludible de la paz el recto orden de las cosas, tanto a nivel social cuanto individual. Como decía San Agustín, “pax tranquillitas ordinis” (“la paz es la tranquilidad en el orden”). Orden en la distribución de los cargos, en el ejercicio de las distintas funciones, en el cumplimiento de los deberes y en la defensa de los derechos; pero también orden en los afectos, en las pasiones, en las ideas y en las decisiones, subordinándolo todo al valor supremo, que no es otro que Dios mismo y el cumplimiento de su santa voluntad.

El reino de Cristo es un reino de paz, pues Cristo es Él mismo, en términos de la Escritura, “Príncipe de la paz” (Is. 9, 6). El tiempo pascual viene precisamente a poner de relieve, entre otras cosas, este atributo del Señor, quien nos invita a depositar en Él toda nuestra esperanza, junto a la Santísima Virgen María, Reina del Cielo.

Martín Buteler

18 de abril de 2015

PREPARANDO EL AÑO SANTO DE LA MISERICORDIA

LA DIVINA MISERICORDIA
Pensamientos de San Josemaría Escrivá de Balaguer







¡Mira qué entrañas de misericordia tiene la justicia de Dios! —Porque en los juicios humanos, se castiga al que confiesa su culpa: y, en el divino, se perdona. 
¡Bendito sea el santo Sacramento de la Penitencia! 

Camino, 309
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Otra caída... y ¡qué caída!... ¿Desesperarte?... No: humillarte y acudir, por María, tu Madre, al Amor Misericordioso de Jesús. —Un "miserere" y ¡arriba ese corazón! —A comenzar de nuevo. 

Camino, 711 
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Acostúmbrate a poner tu pobre corazón en el Dulce e Inmaculado Corazón de María, para que te lo purifique de tanta escoria, y te lleve al Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús. 

Surco, 830 

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Sí, tienes razón: ¡qué hondura, la de tu miseria! Por ti, ¿dónde estarías ahora, hasta dónde habrías llegado?... 
"Solamente un Amor lleno de misericordia puede seguir amándome", reconocías. 

—Consuélate: Él no te negará ni su Amor ni su Misericordia, si le buscas. 

Forja, 897 

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En este torneo de amor no deben entristecernos las caídas, ni aun las caídas graves, si acudimos a Dios con dolor y buen propósito en el sacramento de la Penitencia.

Es Cristo que pasa, 75

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El cristiano no es un maníaco coleccionista de una hoja de servicios inmaculada. Jesucristo Nuestro Señor se conmueve tanto con la inocencia y la fidelidad de Juan y, después de la caída de Pedro, se enternece con su arrepentimiento. Comprende Jesús nuestra debilidad y nos atrae hacia sí, como a través de un plano inclinado, deseando que sepamos insistir en el esfuerzo de subir un poco, día a día. Nos busca, como buscó a los dos discípulos de Emaús, saliéndoles al encuentro; como buscó a Tomás y le enseñó, e hizo que las tocara con sus dedos, las llagas abiertas en las manos y en el costado. Jesucristo siempre está esperando que volvamos a Él, precisamente porque conoce nuestra debilidad. 

Es Cristo que pasa, 75

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Si consideramos las cosas despacio, veremos que un Dios Creador es admirable; un Dios, que viene hasta la Cruz para redimirnos, es una maravilla; ¡pero un Dios que perdona, un Dios que nos purifica, que nos limpia, es algo espléndido! ¿Cabe algo más paternal? ¿Vosotros guardáis rencor a vuestros hijos? ¿Verdad que no? Así Dios Nuestro Señor, en cuanto le pedimos perdón, nos perdona del todo. ¡Es estupendo! 

Palabras de san Josemaría recogidas en el libro “Antes, más y mejor” de Lázaro Linares, ediciones Rialp 2001 

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Si alguna vez caes, hijo, acude prontamente a la Confesión y a la dirección espiritual: ¡enseña la herida!, para que te curen a fondo, para que te quiten todas las posibilidades de infección, aunque te duela como en una operación quirúrgica.


Forja, 192 

17 de abril de 2015

EN EL AÑO SANTO DE LA MISERICORDIA DIVINA

LA PUERTA SANTA DEL ALMA


Con la Bula “Misericordiae vultus” (El Rostro de la Misericordia), el Papa Francisco convocó oficialmente al Jubileo de la Misericordia, al que dará inicio con la apertura de la “Puerta Santa” de Basílica de San Pedro el 8 de diciembre, Solemnidad de la Inmaculada Concepción, y que concluirá el 20 de noviembre de 2016, Solemnidad de Cristo Rey del Universo.
Durante este año, los fieles podrán atravesar la Puerta Santa con la posibilidad de adquirir la indulgencia plenaria.
El Regente de la Penitenciaría Apostólica, monseñor Krzysztof Nykiel, recordó que el verdadero perdón llega con la Confesión.
“Durante el Jubileo extraordinario de la Misericordia, el confesionario será 'la Puerta Santa del alma'. Y la celebración del sacramento de la Reconciliación será la ocasión para un encuentro vivo y verdadero con Cristo Misericordioso”, ha explicado el Regente de la Penitenciaría Apostólica, monseñor Nykiel, en declaraciones a Radio Vaticana.
El Prelado señaló que este Jubileo será un año propicio para redescubrir la centralidad del sacramento de la Confesión en la vida de la Iglesia. “Todo el que quiera experimentar la alegría de sentirse acogido y amado por Dios deberá, en efecto, acercarse al confesionario, porque principalmente a través de este sacramento, Dios se manifiesta al hombre como Padre que no se cansa nunca de perdonar y de salvar”.
En este sentido, Mons. Nykiel afirma que “todos los peregrinos que lleguen a Roma para obtener la indulgencia plenaria, deberán pasar a través de la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro, pero para que el fiel obtenga la absolución de los pecados y experimente la alegría del perdón de Dios, deberá pasar a través de las puertas del confesionario”.
El Prelado recuerda que el sacramento de la Confesión se convierte también en lugar donde “se aprende, se descubre y se vive sobre la propia piel la grandeza del amor de Dios que sacude nuestro corazón del horror y del peso del pecado, lo hace consciente y lo dirige cada vez más a la alegría del Evangelio”.
De esta manera, explica el Obispo, el sacramento de la Reconciliación adquiere así un significado de fe existencial, ya que el signo de la reconciliación no está en disonancia con el hábito del creyente.
Para Mons. Nykiel, el confesor tiene una gran responsabilidad pastoral: “favorecer el encuentro entre los fieles -especialmente los más alejados de la gracia de Dios-, y la misericordia de Dios. Ellos deben ser fuentes vivas de misericordia a la que todos los cristianos podrán beber, en cualquier momento, el agua del perdón y de la salvación”.
Durante el Año Santo, el Papa Francisco enviará por todo el mundo a los “misioneros de la misericordia”, sacerdotes con la autoridad para perdonar también “los pecados que están reservados a la Santa Sede”, como por ejemplo: la profanación de la Eucaristía; al absolución de un pecado de la que se es cómplice; la violación del secreto de confesión; la consagración del Obispo sin autorización; y la ofensa al Pontífice.
El Jubileo concluirá el 20 de noviembre de 2016 con la solemnidad de Cristo Rey del Universo.

Fuente: VATICANO, 14 Abr15  (ACI).-



15 de abril de 2015

LA MISERICORDIA DIVINA Y LA CONVERSIÓN DEL HOMBRE

La misericordia del Padre y la conversión

ZAQUEO, ¡BAJA PRONTO!
Treparnos a la higuera estéril para fructificar en racimos de vida eterna

Un texto evangélico, muy conocido, hermosamente explicado por un monje argentino, que expresa la necesaria correlación entre la divina misericordia y la conversión del pecador.


Habiendo entrado en Jericó, atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico. Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura. Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí. Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: ¡Zaqueo, baja pronto!; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa. Se apresuró a bajar y le recibió con alegría….”
(Lc. 19, 1-ss)



Nos ubicamos espiritualmente en la milenaria Jericó. La ciudad más antigua que conozca la Humanidad. Siete mil años antes de Cristo ya existía… de modo que ha visto acumularse, una sobre otra, cual capas geológicas, cientos de Jericós que se fueron derruyendo y reconstruyendo, de siglo en siglo, de milenio en milenio. Caminarla por dentro es andar por sobre la historia de incontables pueblos que la habitaron. Todo huele, todo sabe a una ciudad milenaria. Y es ciudad peculiar para Israel, ya que por allí entró Josué a la Tierra prometida. (Vale la pena leer Josué VI entero: el cese del maná en las puertas de Jericó, Rahab, la prostituta, escondiendo en un lugar alto a los dos espías, el rodeo de la ciudad fortificada y la Proeza que hizo allí Yahvéh para con su Pueblo).
Es famosa también Jericó pues es la ciudad más baja del mundo: está a 300 metros por debajo del nivel del mar. Una curiosidad realmente única.

Jericó es el pórtico del cumplimiento de las Promesas. No es la mera promesa, como puede serlo el Sinaí. Es la inminencia de su cumplimiento, que aún no se produce. Eso es el Jericó de Josué, quien derribó sus murallas no con artilleros sino con el sonido mismo de las trompetas sacerdotales. A pura plegaria, al estruendo de la Voz de Dios triunfó sobre el enemigo… Josué: el hombre que concluye el largo periplo por el Desierto y hace ingresar al Pueblo de Dios al Reino. Josué: que en hebreo se escribe idénticamente que Jesús.

Además, es una ciudad hermosa. Llena de palmeras y flores. Es “el jardín de Israel”. De allí que el Pueblo de Dios la identificara también con el Paraíso: aquel Edén clausurado tras la expulsión y que fuera prometido en devolución.

A esa Jericó hemos caído de bruces. En pleno centro. Lleno de un apretado gentío que se abre paso yendo y viniendo por las empedradas callejuelas. Hay prisa. Hay frenesí. Hay inquietud. Cae la tarde sobre Jericó. Y emerge, inmensa, entre los tejados, la majestuosa luna llena, que le diera nombre a la ciudad. Sí: es “la ciudad de la Luna”. Nadie en Israel sabe muy bien por qué (el nombre es heredado de sus antiquísimos habitantes)… pero lo es: la ciudad de la Luna.

Y ahí está, entremedio de la amorfa masa, Zaqueo. Bajito, como bien apunta Lucas. Y ya su enanismo nos habla tanto del nuestro: de lo enanas que son nuestras miras, nuestros anhelos de santidad, nuestros deseos de divinización… La chatura de nuestra vida. Lo plano y plato de nuestro cristianismo. Nuestro enanismo espiritual, ahogado –como aquella semilla que crece entre la maleza- por las masas que lo agobian todo. Esa marea humana que lleva y trae, que nos lleva y nos trae al ritmo de sus modas y gustos y ritmos y agendas…

Y entre medio de ese bullicio, de esa corriente, una inspiración. Escueta. Fugaz. Fácilmente desechable, ahogable. Pero nítida: el deseo de ver a Jesús. De ver quién es Ese del que tanto se habla. Sólo eso. No es un huracán de inmensos deseos por morir mártir en Siria: no, no. La moción es pequeña y concisa: desmarcarse apenas de la multitud y lograr verlo. De lejos, pero verlo.

Y Zaqueo hace caso.
Podría no haberlo hecho. Fácilmente. Alcanzaba con descuidar ese sólo instante, que el siguiente ya invadiría su presente con mercaderes recién llegados a quienes cobrar impuestos y seguir su faena por donde venía. Pero no: logra rescatar la minúscula perla del atolladero interno y la atiende y hace caso.

Puede creerse que esto es tan sólo la antesala, el prefacio, a la gran obra que realizará Zaqueo. Y no. Es todo lo que le atañe. Es todo lo que a nosotros nos atañe: atender a la minúscula moción, despegarnos de la muchedumbre y treparnos mínimamente para otearlo al Señor, de lejos. Nada más. Ni siquiera se trata de treparse a un inmenso roble: son unos pocos metros, sobre las ramas de un escuálido arbusto. Esa es toda la tarea a sacar: treparnos a la higuera estéril.

Todo cuanto sigue en el relato tiene por único protagonista al Señor. Todo. Ya verán.

Y ahí pasa Nuestro Señor. El Cristo. El Nuevo Josué. El descendiente de Rahab. Y otea los balcones, como si buscara la roja hebra que preanunciara el huso y torzal con que se tejiera su roja sangre en el seno virginal de María, nuestra Luna. Camina el Señor. Avanza, calmo, gallardo, entremedio del apretado y acelerado gentío.
Y repentinamente se frena en seco, cual un venado de aguzada escucha.

Este instante es crucial para nuestra contemplación.
Este “cuadro”, por decirlo así, de la secuencia fílmica. No el siguiente: éste. Es que no pasa nada, objetará alguno. Bien; exacto: ¿y eso no es sorprendente? No pasa nada. Todo parece haberse detenido. Hasta la sombra del aleteo de una abeja sobre las legendarias flores de Jericó. “El cosmos entero en pasmo severo”, cantó un santico mucho tiempo después.

Es que antes de grandes instantes hay un instante, como esa batuta suspendida, inmóvil, del director de orquesta, el instante previo al comienzo… Es la inminencia de una revelación que aún no se produce… Es el redoblar de tambores: feliz el hombre que sabe detenerse y demorar allí su lectura orante de la Escritura.

Y ocurre entonces lo inesperado. Es el facto sorpresa, entrañable a nuestra Fe. Sí: que el Evangelio sorprenda tiene que ver con su identidad más honda, con su textura más propia: la de ser noticia. No es noticia –ni buena ni mala- que el sol salga por el Este.
Evangelio dice noticia, novedad. Y eso implica imprevisibilidad. Y ciertamente no es previsible lo que sigue en la escena echada a rodar sola en Jericó… Cualquier hagiógrafo con licencias para florear un poco el dato histórico, cualquiera de nosotros incluso, se esmeraría en que en este momento el hombre del árbol clamara por Jesús. Pidiendo algo: perdón o paz o salud o atención al menos. Pero no: Zaqueo no abre la boca; ni tenía previsto hacerlo. Todo su plan se reducía a verlo pasar.

La sorpresa es que las trompetas de Josué son ahora la trompetera Voz del Nazareno. Que dice con Voz firme, vigorosa, corpulenta, casi estruendosa: ¡Zaqueo! Y las murallas se desploman. Las murallas del corazón publicano.

Hace recordar al ¡Lázaro! Gritado con vehemencia ante las puertas cerradas de la tumba. Hace recordar a Yahvéh gritando “¡Adán!, ¿dónde estás?” tras la tragedia del primer paraíso…

Dios busca al hombre… Dios busca adoradores. La Encarnación –según acentúa Matta el Mesquin, ese gran monje copto- tiene por cometido central esto: que Dios, por cuenta propia, pueda explorar y buscar y hallar adoradores.

¿Pero qué hay en ese timbre de Jesús? Inútil es pedirle al lenguaje que pudiera expresarlo, pero hay ciertamente una fusión de grito de guerra con increpación, con amor exquisito, con la caligrafía de los “y dijo Dios” del Génesis. ¡Zaqueo!

Lo de menos era el sorprendente hecho de que ese Rabbí le supiera el nombre. Por sobre esa proeza estaba lo otro, lo inefable: el modo, la impronta de su Voz, llamándole por su nombre. Nadie lo había llamado así en su vida. “Dicen que el hombre no es hombre/mientras que no oye su nombre/de labios de una mujer/Puede ser.”, cantaba Antonio Machado. Puede ser… pero más cierto y seguro es que ninguno de nosotros es cristianos/mientras que no oye su nombre/de los labios del Señor. Y esto es sin el “puede ser”.

Es la Voz del Señor, pero conjugaba con la Mirada del Señor. Ya no es sólo “escucha Israel” sino “felices los que (me) ven”. Y más felices aún, los que ven que los veo. Como juega san Agustín: miremos nosotros a aquel que queriendo mirar a Jesús fue mirado por Él.
Como en Marcos ocurre con el joven rico, aquí acontece con Zaqueo: Jesús lo miró con amor.

Y Zaqueo se supo mirado así. Se vio mirado. ¿Cabe otra definición mejor de la oración que esa?

Orar es verse mirado por el Señor. Videntem videre, dice Agustín; mira que te mira, remata Teresa. Yo lo miro y Él me mira, decía el campesino de Ars…

Es éste el vértice de la escena, el epicentro salvífico del acontecimiento. Lo que sigue es casi un colofón, un epílogo. Como en Josué VI, tras el estruendo de las trompetas que derriban los muros sigue el relato de la toma de Jericó.

Ser llamados por nuestro nombre y ser mirados como nadie jamás nos haya mirado jamás. The rest is silence…

¡Zaqueo! Bellísimo nombre, que podía sonar como una cínica burla ante la mala vida que llevaba este pecador empedernido. Ese hombre, de vida lúgubre y oscura, se llamaba “diáfano, puro, cristiano”. Eso dice la voz “Zaqueo”. Pero no hay cinismo: Cristo lo llama por su identidad original; su ser más profundo. Tú no eres tu pecado. Justamente tu pecado conspira contra tu propia identidad. Tú eres tu nombre. Pero tu pecado ha erosionado tu ser; lo ha carcomido, corroído… y por eso Yo te llamo de nuevo, te hago de nuevo. Y dijo Dios: ¡Zaqueo!

Todos somos nuestro nombre. En él se guarda el secreto de nuestra verdad más profunda. Buceen más en sus propios nombres. Poco importa si se lo pusieron por un tío o abuelo o por pura moda: Dios está detrás de todo eso. En sus nombres está cifrado el misterio de sus vidas…

Y agregó el Señor: ¡baja pronto! Que el Logos eterno diga esto en la ciudad más baja del planeta, pone en sintonía perfecta texto y contexto, imagen y palabra, escenario y parlamento. Baja. Desciende. Pero no sólo del sicómoro al llano: desciende mucho más. Baja hasta las raíces mismas de tu nombre, de tu ser, de tu pureza original. Baja, pequeño hobbit Zaqueo, hasta esas raíces que no pudiera alcanzar las heladas de tu pecado… Baja, que yo bajo contigo. Que yo bajo antes. Y allí, cenaremos juntos.

La higuera estéril, el infructuoso sicómoro ha dado su milagroso fruto: de él pende Zaqueo, el pequeño racimo. Y es bajado, como en fiesta de cosecha, como en día de vendimia. De ese racimo, el Señor hará un vino nuevo, del que hablan los versículos siguientes.

¡Han vuelto a resonar las trompetas en Jericó! ¡Las murallas han sido derribadas! La luna llena augura la Pascua. El arbusto enano y estéril ha dado fruto. Un fruto que se alimentó de una Voz que lo nombrara por su nombre y de una Mirada que lo viera como nunca jamás. E insisto: lo último es esto; lo que sigue es colofón. Lo último no es el hacer. Ni siquiera es el ver. “Lo último no es ver sino ser visto por Ti”, como dice el Poeta. El querubín sopla sobre su espada llameante y la apaga. Y la guardia angélica se retira. En Jericó es reabierto el Paraíso perdido.

El luminoso Cristo entra en casa de Zaqueo y colma de luz cuanto abarca. En tiempos de Cuaresma, donde la conversión de nuestros muchos pecados se torna tan apremiante, es crucial entender bien esta secuencia: el orden de la secuencia salvífica. Cristo llama, Cristo mira, Cristo entra. Y ni siquiera le hace falta enunciar su demanda, sus reclamos. Como de niños alcanzaba la silente mirada firme de un padre para retractarnos. No hay ruidosa moralina. No hay una larga perorata acusatoria. Hay silenciosa y gallarda presencia. Prestante presencia. ¿Intimidatoria? Sí, ya lo creo. Arrolladora. Como trompetas sobre las murallas de Jericó. Es la gramática de la luz y su poder. Y la Luz se expande y alcanza el corazón de Zaqueo y éste entonces describe lo que esta luz acaba de realizar y transformar. Esta Luz no mueve meramente a prolijos “propósitos de enmienda”. Zaqueo no se va en mil promesas. Todos los tiempos verbales no están en futuro sino en presente. Como cuando uno dice “estoy yendo” en vez de “voy a ir”. “Estoy danto la mitad de mis bienes a los pobres”… Ni lo dice como un proyecto futuro ni como consumado pasado, como aquel engreído fariseo que le enumera a Dios todo lo bueno que hace… Ni futuro ni pasado: Zaqueo describe esto como un ciego dice: ¡veo!, como un lisiado exclama: ¡estoy caminando!, como un leproso prorrumpe, asombrado, en: ¡estoy curado, mi carne está blanca como la lana, como la nieve! Es Cristo que salva. He sido alcanzado por el “hoy” de la Luz de Cristo.
Hoy en boca del Señor es de las palabras más bellas y eufónicas del Evangelio. No hay muchos hoy; son tres: en la sinagoga de Nazaret, en el Calvario… y entre una y otra escena, este hoy en la casa de Zaqueo. La verticalidad del hoy es vertiginoso. Es lo que le otorga vida y brío a nuestra Fe. Y a esa verticalidad del hoy de Cristo corresponden el hoy de nuestras obras. Que no brotan de nuestro hoy sino del Suyo. Como dice tan bien la Carta de Santiago –tantas veces distorsionada-: las obras son la manifestación de la Fe, no su respuesta.

Sólo el hoy –como dice Lewis- vincula el tiempo a la eternidad: el pasado y el futuro son el ámbito del enemigo, que intenta que nos quedemos allí: o revolviendo el pasado o proyectando el futuro.

El cristianismo es un encuentro transformante con el Señor. Sólo nos atañe sacar la cabeza, apenas, por encima de la masa, de la moda, de lo políticamente correcto, del mainstream… para ver que me está mirando. Lo demás, corre por su cuenta. Y no falla.

Crece la inmensa luna en Jericó, plateando los tejados de la casa de Zaqueo, como la luz de la Iglesia alcanza los nuestros. Mientras tanto, el Sol sin ocaso, Jesucristo, baña con sus cálidos rayos los interiores. Y nos salva.


Diego de Jesús
Monasterio del Cristo Orante, Mendoza. 2015


13 de abril de 2015

LA LUZ DE CRISTO GLORIOSAMENTE RESUCITADO

PASCUA DE RESURRECCION: EL MISTERIO DE LA LUZ




"Que la luz de Cristo, gloriosamente resucitado
disipe las tinieblas de la inteligencia y del corazón"

(De la oración en la bendición del fuego nuevo y el Cirio en la Solemne Vigilia pascual)


En el orden de la Creación, yo no creo que haya nada más hermoso y benéfico que la Luz (¿cómo concebir sin ella la belleza?), y si el agua le sigue, es por su capacidad de reflejarla. Nunca deberíamos acostumbrarnos a la maravilla de que por medio del agua, hemos sido hechos hijos de la Luz, hijos de Dios, hijos en el Hijo que es “Luz de Luz”… ¡Que Dios nos dé la gracia de no ser jamás insensibles o refractarios ante la Luz!.
San Máximo de Turín, en sus predicaciones pascuales, vuelve recurrentemente sobre el tema de la luz, y por eso quiero compartir en estos días algunas observaciones suyas (seguimos aquí la obra del p. Alfredo Sáenz: “La celebración de los misterios en los Sermones de San Máximo de Turín”, Mikael, Paraná, 1983) para vivir este tiempo pascual.
Al explicar el salmo 21, por ejemplo, advierte cómo ya desde su título ("In finem pro susceptione matutina") nos pone en “sintonía” con estos signos: la mañana señala un término a las tinieblas de la noche. Al caos general en que todo se confunde, sucede la claridad matutina, gracias a la que todo se distingue con nitidez. De algún modo, la noche ciega al hombre, incapaz de contemplar el mundo, mientras que la aurora restituye la vista perdida.
Cristo, verdadero sol de justicia, infunde su luz sobre las tinieblas de nuestra ignorancia y pecado, y pone ojos a nuestro corazón.
Dirá S.Máximo que así como Cristo es el sol, los Apóstoles son los rayos que liberan al hombre de la noche de pecado para poder tolerar el ardor del sol. Y concluye:
“Esta acogida matutina podemos atribuirla en el Evangelio a María Magdalena, quien (…) fue la primera que acogió la resurrección del Señor, y mientras iba aclarando el sol del mundo fue la única que conoció el nacimiento del sol de justicia (…). En ella quedó completa la profecía: a la tarde se instala el llanto y a la mañana la alegría (Sal. 29,6)”
Si Nuestro Señor se manifestó entonces en Navidad como Sol Oriens, en Pascua se manifiesta sobre todo como Sol Invictus, con un carácter principalmente victorioso: es el sol que disipa el espesor de las tinieblas, fruto del pecado y del demonio:

“La luz de Cristo es un día sin noche, un día que no tiene fin. El Apóstol nos enseña que este día es el mismo Cristo, cuando dice: La noche va pasando, el día está encima. La noche -dice- va pasando, no dice: «vuelve», para darnos así a entender que, con la venida de la luz de Cristo, se ahuyentan las tinieblas del demonio y no vuelve ya más la oscuridad del pecado, y que, con este indeficiente resplandor, son rechazadas las tinieblas de antes, para que el pecado no vuelva a introducirse subrepticiamente.
Tal es el día del Hijo, a quien el Padre comunica, de un modo arcano, la luz de su divinidad. Tal es el día que dice, por boca de Salomón: Yo hice nacer en los cielos la luz indeficiente.…”

Estos textos refuerzan su sentido en el contexto del culto mistérico del Sol Invictus. En efecto, en la lucha cristiana contra la idolatría, se insistió en la figura de Cristo como verdadero Sol Invictus, vencedor de la muerte y del pecado. San Máximo da entonces un paso más al hablar de la celebración semanal del domingo, día del Señor, como el día del Sol. Esa relación es antigua, pues ya San Justino hablaba de la consagración de los cristianos en el día del Sol, por ser el día primero.
Sin duda el único lenguaje capaz de expresar la belleza y esplendor de este misterio, es la “voz” de la liturgia. Un buen termómetro para medir el grado de embrutecimiento y analfabetismo religioso al que ha llegado no sólo el mundo, sino inclusive una parte del Pueblo de Dios, podemos hallarlo en las prisas por celebrar la vigilia Pascual, simplificando gestos, suprimiendo lecturas y abreviando tiempos, porque todo debe ser rápido, rápido, para seguir corriendo, para ir a cenar, para ir a dormir…¿para qué?…ya no importa.
Decía Fray Diego de Jesús, monje argentino, hace unos días:
“No sólo hay un Cristo Resucitado. Existe un Cristo Resucitando. Y es lo que se pierde esa inmensa masa de cristianos que en nuestras parroquias y conventos y monasterios participan del Viernes y del Domingo y se privan de la Vigilia Pascual de la Noche Santa del Sábado.
De algún modo los domingueros llegan tarde. Llegan al acontecimiento ya consumado. Como quien se pierde un eclipse o un cometa. O mejor ejemplo: como quien se encuentra con una realidad consumada, pero se perdió su irrupción, su realización.
No se pierdan la Vigilia Pascual. Es de una hermosura inmensa. Nos permite ser testigos privilegiados de la salida de Cristo del sepulcro. Nos concede presenciar ese redoblar de tambores, esa “inminencia de revelación que aún no se produce” previa al Gran Acontecimiento. Cristo (ya) Resucitado estará todo el año entre nosotros; pero su Anástasis, ese Cristo triunfante rompiendo las cadenas del infierno y emergiendo del Infierno… ese Acontecimiento-Cristo podrás verlo esta noche. Sólo esta noche. ¿Qué puede justificar perdérselo?”
Pero comprobamos que proporcionalmente al desinterés del hombre por la Verdad, se da una falta de sensibilidad pasmosa ante el misterio de la Luz. No ya ante la luz a secas, sino ante lo que ella tiene de misterio, de realidad sagrada. Porque hay realidades que debería sernos imposible contemplar sólo con los ojos de la carne, sino siempre desde la fe.
Un querido sacerdote ya fallecido, no se cansaba de repetir cada mañana a los alumnos del colegio del que era capellán, mientras miraba al Cielo: “¡Pero miren qué hermoso es el Cielo, y si aquí se lo ve así, imagínense cuando lleguemos allí!” No creo que sea pueril, y no creo ser la única que lo recuerde con gratitud.
Pero cuando el hombre está muy acostumbrado a tanto discurso  psicologista, a mirar su propio ombligo y bucear aquí y allá entre las sombras, corre el peligro de olvidarse de levantar la mirada, y a dejarse sorprender y encandilar.
La luz de la resurrección y la fiesta del universo:
Sin embargo, la luz de la Resurrección desencadena resonancias universales; ella ejerce realmente un influjo salvífico que va mucho más allá de la fe de los fieles, para conmover a toda la creación. ¿Estamos profundamente persuadidos de esta realidad? Si así fuese, tal vez no veríamos a tanto cristiano atolondrado asumiendo el mito de la madre Tierra, y dejándose arrastrar por el más barato ecologismo, que termina a veces desembocando en un franco neopaganismo.
San Máximo señala la eficacia salvífica de la resurrección como una fuerza invasora que no conoce obstáculos, e interesa a la naturaleza toda:
“Este día que hizo el Señor penetra todo el universo, contiene el cielo, abraza la tierra y los infiernos. Porque la luz de Cristo no es obstruida por las paredes, no es dividida por los elementos, no es oscurecida por las tinieblas”
Este modo de concebir la luz supone -amplía el p. A.Sáenz-  que el Verbo al descender del Cielo por la Encarnación atravesó todas las esferas del mundo y siguió bajando hasta los abismos de la muerte, y al subir al cielo en su glorificación, partiendo de los abismos, recorrió de nuevo todas las esferas del universo. El misterio pascual es entonces, una “empresa cósmica”, que compromete a toda la naturaleza.
Otros Padres coinciden en ello, como S. Pedro Crisólogo, o S. Gaudencio de Brescia, quien comentando la profecía de Isaías 66,30, dice que el día de la resurrección todo será renovado: cielo, tierra, cuerpos y almas de los neófitos, la Iglesia y el mundo entero. Se trata de una alegría cósmica por la redención universal. Alegría de los hombres, y alegría de los ángeles con la Iglesia toda, por la expulsión de las tinieblas y la irrupción vencedora de la luz.
En el comentario al salmo 117, resume S.Máximo:
“…así todos los elementos, aprovechándose de la resurrección de Cristo, se elevan a lo alto. La pasión del Salvador eleva desde los abismos, levanta de lo terreno, ubica en las alturas.
Por la resurrección de Cristo se abren las puertas de la región de los muertos; por obra de los neófitos la tierra es renovada; por obra del Espíritu Santo se abren las puertas del cielo. La región de los muertos, una vez abierta, devuelve a sus prisioneros; la tierra renovada germina a los resucitados; el cielo abierto acoge a los que a él ascienden.
El ladrón sube al paraíso, los cuerpos de los santos entran en la ciudad santa, los muertos regresan entre los vivos y, por la acción eficaz de la resurrección de Cristo, todos los elementos se ven enaltecidos.   La región de los muertos deja salir de sus profundidades a los que allí estaban retenidos, la tierra envía al cielo a los que en ella estaban sepultados, el cielo presenta al Señor a los que acoge en sus moradas; y la pasión del Salvador, con una sola e idéntica operación, nos levanta desde lo más profundo, nos eleva de la tierra y nos coloca en lo alto.
La resurrección de Cristo es vida para los difuntos, perdón para los pecadores, gloria para los santos. Por esto el salmista invita a toda la creación a celebrar la resurrección de Cristo, al decir que hay que alegrarse y llenarse de gozo en este día en que actuó el Señor.”

                               (Tomado del blog CARITAS IN VERITATE de INFOCATOLICA)