Semillas en el ciberespacio desde la mística de la A.C.

18 de mayo de 2015

EN PENTECOSTÉS (I) LA SABIDURÍA

LA VERDADERA SABIDURÍA

El Don de Sabiduría es el más perfecto de todos los Dones.
Él nos hace preferir los bienes celestiales a los terrenales
para que encontremos así nuestras delicias en las cosas de Dios.



         La preferí a los cetros y a los tronos, y tuve por nada las riquezas en comparación con ella. No la igualé a la piedra más preciosa, porque todo el oro, comparado con ella, es un poco de arena; y la plata, a su lado, será considerada como barro. La amé más que a la salud y a la hermosura, y la quise más que a la luz del día, porque su resplandor no tiene ocaso.

         Junto con ella me vinieron todos los bienes, y ella tenía en sus manos una riqueza incalculable. Yo gocé de todos esos bienes, porque la Sabiduría es la que los dirige, aunque ignoraba que ella era su madre. La aprendí con sinceridad y la comunico sin envidia, y a nadie le oculto sus riquezas.

         Porque ella es para los hombres un tesoro inagotable: los que la adquieren se ganan la amistad de Dios, ya que son recomendados a él por los dones de la instrucción.

         Que Dios me conceda hablar con inteligencia, y que mis pensamientos sean dignos de los dones recibidos, porque Él mismo es el guía de la Sabiduría y el que dirige a los sabios. En sus manos estamos nosotros y nuestras palabras, y también todo el saber y la destreza para obrar.

         Él me dio un conocimiento exacto de todo lo que existe, para comprender la estructura del mundo y la actividad de los elementos; el comienzo, el fin y el medio de los tiempos, la alternancia de los solsticios y el cambio de las estaciones, los ciclos del año y las posiciones de los astros; la naturaleza de los animales y los instintos de las fieras, el poder de los espíritus y los pensamientos de los hombres; las variedades de las plantas y las propiedades de las raíces. Conocí todo lo que está oculto o manifiesto, porque me instruyó la Sabiduría, que es la artífice de todas las cosas.

         En ella hay un espíritu inteligente, santo, único, multiforme, sutil, ágil, perspicaz, sin mancha, diáfano, inalterable, amante del bien, agudo, libre, bienhechor, amigo de los hombres, firme, seguro, sereno, que todo lo puede, lo observa todo y penetra en todos los espíritus: en los puros y hasta los más sutiles.

         La Sabiduría es más ágil que cualquier movimiento; a causa de su pureza, lo atraviesa y penetra todo. Ella es exhalación del poder de Dios, una emanación pura de la gloria del Todopoderoso: por eso, nada manchado puede alcanzarla. Ella es el resplandor de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad de Dios y una imagen de su bondad. Aunque es una sola, lo puede todo; permaneciendo en sí misma, renueva el universo; de generación en generación, entra en las almas santas, para hacer amigos de Dios y profetas.

         Porque Dios ama únicamente a los que conviven con la Sabiduría. Ella, en efecto, es más radiante que el sol y supera a todas las constelaciones; es más luminosa que la misma luz, ya que la luz cede su lugar a la noche, pero contra la Sabiduría no prevalece el mal. 
(Del capítulo VII del Libro de la Sabiduría)



Pensamientos del libro “Espiritualidad bíblica” de monseñor Juan Straubinger acerca de la Sabiduría





La sabiduría, dice Santo Tomás, consiste en el conocimiento de Dios: no basta saber que Él existe; hay que conocerlo, saber cómo es. Jesús va hasta decir que en ése conocimiento está la vida eterna (Juan 17,3).

Conoceremos a Dios estudiando lo que Él ha hablado. Así como conocemos a los hombres estudiando los pensamientos y afectos que han expresado, porque “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mat. 12,34), así sucede con mayor razón respecto de Dios que, siendo puro Espíritu (Juan 4,24), trasciende todo concepto propio de nuestra inteligencia, y, siendo infinito, supera todas las cosas humanas (Gál. 1, 11-12).

La plenitud de esa sabiduría está en llegar así, a través del conocimiento intelectual de la Revelación, a conocer espiritual y experimentalmente a Dios, según la definición que San Juan nos ha dado de Él. Esa definición nos revela algo superior a cuanto pudimos haber imaginado: nos revela que Dios es el amor (I Juan 4,16).

Como fruto de la sabiduría podemos decir que, al hacernos sentir así la suavidad de Dios, nos da el deseo de su amor que nos lleva a buscarlo apasionadamente, como el que descubre el tesoro escondido (Is. 45,3) y la perla preciosa del Evangelio (Mat. 13). He aquí el gran secreto, de incomparable trascendencia: La moral es la ciencia de lo que debemos hacer. La sabiduría es el arte de hacerlo sin esfuerzo y con gusto, como todo el que obra impelido por el amor (Kempis, III,5).

El mismo Kempis nos dice cómo este sabor de Dios, que la sabiduría proporciona, excede a todo deleite (III, 34), y cómo las propias Palabras de Cristo tienen un maná escondido y exceden a las palabras de todos los santos (I 1,4).

¿Podrá alguien decir luego que es una ociosidad estudiar así estos secretos de la Biblia? Cada uno puede hacer la experiencia, y preguntarse si, mientras está con su mente ocupada en estas cosas, podría dar cabida a la inclinación de pecar. ¿No basta, entonces, para reconocer que éste es el remedio por excelencia para nuestras almas? ¿No es el que la madre usa por instinto, al ocupar la atención del niño con algún objeto llamativo para desviarlo de ver lo que no le conviene? Y así es como la Sabiduría lleva a la humildad, pues el que esto experimenta comprende bien que, si se libró del pecado, no fue por méritos propios sino por virtud de la Palabra divina que le conquistó el corazón.

Tal es exactamente lo que enseña, desde el Salmo 1° (v.1-3), el Profeta David, a quien Dios puso “a fin de llenar de sabiduría a nuestros corazones” (Ecli. 45,31): El contacto asiduo con las Palabras divinas asegura el fruto de nuestra vida. (Cfr. También Prov. 4,23; 22,17; Ecli. 1,18; 30,24; 37,21; 39,6; Luc. 6,45; Mat. 15,19; Hebr. 13,9).


La sabiduría se muestra en el perfecto conocimiento de la voluntad de Dios y en el cumplimiento de lo que le agrada (1,34, 2,19; 4,15 y notas). Es la que lleva al amor, como lo explica Jesús en Juan 14,21: “Quien ha recibido mis mandamientos y los observa, ése es el que me ama”. Véase 27,10 y nota y la admirable luz que Jesús da en Juan 7,17.


La primera lección que nos da la Sabiduría es reconocer a Dios como nuestro bienhechor habitual, base de nuestra amistad con Él: pensar bien de Él, sin lo cual no podemos amarlo.

Dios ama a los que la aman: He aquí el secreto para ser predilecto del Padre: amar la sabiduría, lo cual es lo mismo que amar al Hijo (Juan 16,27), pues Jesús es la Sabiduría (1,1).

He aquí el concepto que Dios tiene del verdadero sabio, bien diferente del que tiene el mundo. Según el griego se ve aún más claramente. Es aquel que medita las Sagradas Escrituras y dedica su tiempo al estudio de los Profetas. Véase 7,40; 18,24; 34,8; S. 118,162; prov. 1,6 y notas; Is. 21,12; 34,16; Sab. 8,5; Est. 11,12; I Tes. 5,20; Apoc. 1,3, etc. San Ignacio mártir escribe a San Policarpo: “Pide que se te den a conocer las cosas invisibles”.

“Lo primero de que se asombra el que llega a recibir alguna luz de sabiduría -dice Garrigou-Lagrange hablando sobre Santo Tomás- es la suma simplicidad a que ella se reduce. Esto nos hace comprender por qué la Sabiduría divina se revela a los niños mientras escapa al esfuerzo especulativo de los sabios. Chesterton cuenta cómo, después de dar la vuelta al mundo para buscar la verdad, la halló en la iglesita que había en la esquina de su casa”.

La sabiduría que imploró Salomón se sintetiza en el "saber que ella trabaja con nosotros a fin de que sepamos lo que a Dios agrada" (Sab. IX, 10). Al iniciar nuestro empeño por buscarla, nos consuela el saber de antemano que la conseguiremos, porque "el que la necesita no tiene más que pedirla a Aquel que da copiosamente, sin zaherir a nadie” (Sant. I, 5). Porque “todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama se le abrirá” (Luc. XI, 10).

Más aún, la sabiduría “se anticipa a aquellos que la codician, poniéndoseles ella misma delante”. Por tanto, quien la buscare “no tendrá que fatigarse, pues la hallará sentada en su misma puerta” (Sab. VI, 14-15). Y esto es porque el Divino Padre, que es bueno, "dará el buen espíritu a quien se lo pida", así como nosotros, “que somos malos, sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos, y no les damos una piedra cuando nos piden un pan” (Luc. XI, 11-13).

Por donde se ve que el desear la sabiduría es ya la seguridad de alcanzarla, y esto lo expone la Biblia en forma de sorites, en un pasaje maravilloso que es quizá la única argumentación silogística en el Antiguo Testamento (más marcadamente que en Rom. V, 2-5 y I Pedr. I, 5-7) y que denuncia la procedencia alejandrina del autor del Libro de la Sabiduría.

Dice éste, en efecto: "El principio de la sabiduría es el muy sincero deseo de instrucción; la premura de instrucción, es amor; el amor es ya guardar sus leyes; la atención prestada a esas leyes, es signo de incorrupción; la incorrupción (inmortalidad) da un lugar junto a Dios. Luego, el deseo de la sabiduría conduce al Reino eterno” (Sab. VI, 17-20).

Vemos, pues, que el desear la sabiduría es ya el comienzo de la misma. Y hay más: "No pudiendo obtenérsela sino como un don, es ya señal de sabiduría el saber de quién viene tal gracia" (Sab. VIII, 21). Y aquí hemos de señalar una característica que hemos expuesto en la Introducción al Libro de los Proverbios, donde decíamos: "Casi todos los pueblos antiguos han tenido su sabiduría, distinta de la ciencia, y síntesis de la experiencia que enseña a vivir con provecho para ser feliz. Aún hoy se escriben tratados sobre el secreto de triunfar en la vida, del éxito en los negocios, etc. Son sabidurías psicológicas, humanistas, y como tales, harto falibles. La sabiduría de Israel es toda divina, es decir revelada, por Dios, lo cual implica no sólo la infalibilidad, sino mucho más. Porque no es ya sólo dar fórmulas verdaderas en sí mismas, que pueden hacer del hombre el autor de su propia felicidad, a la manera estoica; sino que es como decir: Si tú me crees y te atienes a mis palabras, Yo tu Dios, que soy también tu amantísimo Padre, me obligo a hacerte feliz, comprometiendo en ello toda mi omnipotencia".

Esto decíamos para señalar el carácter y el valor eminentemente religioso de los Proverbios, aun cuando ellos no tratan de la vida futura sino de la presente, ni hablan de premios o sanciones eternos sino temporales. Cuánto más no ha de aplicarse tal visión cuando se estudia la sapiencia según el Libro de la Sabiduría, donde se la presenta, no ya como virtud de orden práctico que desciende al detalle de los problemas temporales, ni tampoco —según hace el Eclesiastés—, como un concepto general y antihumanista de la vida en sí misma, sino como una sabiduría toda espiritual y sobrenatural, verdadero secreto revelado por Dios.

Esa sabiduría es tal que “juntamente con ella nos vienen todos los bienes, y recibimos por su medio innumerables riquezas” (Sab. VII, 11). Y por ella nos vienen también "las grandes virtudes, por ser ella la que enseña la templanza, la prudencia, la justicia y la fortaleza, que son las cosas más útiles a los hombres en esta vida (Sab. VIII, 7).

Resulta, pues, evidente que conocer el modo de llegar a la sabiduría, es tener la receta infalible para librarnos de toda imperfección que pueda hacernos olvidar lo que agrada al Padre y alejarnos de la perfecta unión con El, la cual se mantiene conservando la paz. Esa es la paz que Jesús deseaba y comunicaba, al saludar a todos invariablemente con la fórmula hebrea: "La paz sea con vosotros", o "La paz sea en esta casa"; o al empezar el mayor de sus discursos (Juan 14, 1 s.) diciendo a los suyos: "No se turbe vuestro corazón".

Esa paz prometió Cristo como un don genuinamente suyo y procedente de Él, pues que Él se presentó como la Sabiduría encarnada: "La paz os dejo, mi paz os doy... Que vuestro corazón no se turbe ni tema" (Juan XIV, 27).

Así se manifiesta que Jesús consideraba la paz como de una importancia espiritual absolutamente básica, condición previa para todo lo demás. El, que no vino a destruir el Antiguo Testamento sino a confirmarlo y perfeccionarlo, acentuaba así la norma que los Proverbios nos dejaron como suma enseñanza: "sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él manan las fuentes de la vida" (Prov. IV, 23).

Para mejor apreciar el valor de la sabiduría, conviene presentarla en claroscuro o contraste con la ordinaria condición de los mortales, que el hijo de Sirac en el libro del "Eclesiástico" nos señala con estas palabras: “Una molestia grande es innata a todos los hombres y un pesado yugo abruma a los hijos de Adán, desde el día en que salen del vientre materno, hasta el día de su entierro en el seno común de la madre” (Ecli. XL, 1).

El miedo es la característica de ese estado de naturaleza caída en que nos encontramos normalmente. No se trata del miedo excepcional, característico de la mala conciencia que, como dice Moisés, huye sin que nadie persiga (Lev. XXVI, 17), y, como dice David, tiembla de terror donde no hay motivo (Salmo LII, 6). Se trata del miedo en su acepción más lata, y de él poseemos una definición admirable que nos da el Sabio del Antiguo Testamento.

El Libro de la Sabiduría, según la Vulgata, nos dice que “no es otra cosa el miedo sino el pensar que está uno destituido de todo auxilio” (Sab. XVII, 17). El texto griego (v. 12) define el miedo como "el abandono de los recursos que nos daría la reflexión”, cosa que, según sabemos, puede llegar hasta el terror pánico que casi enloquece.

En contraste con tal situación de ánimo, el Salmista nos muestra, como propia del sabio, esta característica: "No temblará las malas noticias". Y agrega que su corazón es inconmovible y no temerá ante sus enemigos, antes bien los despreciará hasta que los vea abatidos (Salmo CXI, 7-8).

¿Es esto el valor estoico? No, pues no se funda en la propia suficiencia, siempre harto falible, sino en la seguridad de una indefectible protección. El miedo es, pues, contra la fe, esa fe de la cual sabemos que es la vida del justo, como expresa el Apóstol de los gentiles en la Epístola a los Romanos (I, 17).

Otro aspecto de la sabiduría considerada como serenidad, estriba en su carácter universalista (podría decirse totalista), que no se altera, de alegría ni de tristeza, por acontecimientos cuyo interés sólo es parcial. Su aspiración no tiene límites, busca lo supremo porque vive en lo absoluto.

Así, pues, cuando las propias obras parecen prosperar, ella no se entrega a la complacencia, según suele hacerlo el hombre natural, en tanto sufre la humanidad entera. Ni tampoco se aflige demasiado al ver que desborda lo que San Pablo llamó "el misterio de iniquidad” (II Tes. II, 7), por lo mismo que lo tiene ya previsto según las profecías.

A este respecto, el Salmo XXXVI de David ofrece una gran luz, que se aclara aún más si consultamos el original hebreo. En efecto se nos exhorta a no envidiar a los que obran la iniquidad, aunque nos parezca que los vemos triunfar, porque pronto se marchitarán y secarán como el heno. El texto hebreo precisa más el concepto, diciendo: “No te acalores a causa de los malos”. Y lo mismo más adelante (v. 8), en lugar de: “No quieras ser émulo en hacer el mal”, el hebreo dice: “No te irrites, pues sería para mal”. De ahí que San Isidoro de Sevilla recomiende la lectura y meditación de este Salmo como medicina contra las murmuraciones y contra las inquietudes del alma.

Vemos, pues, que aún la santa indignación que nos lleva a alarmamos ante la maldad triunfante, es atemperada por la sabiduría.
Muchos otros Salmos, p. ej. el XLVIII , y especialmente el LXXII explican igualmente el problema del mal que se impone y de la prosperidad que suele gozar el malvado, para enseñarnos a no turbamos y a no temer. Por lo que hace a esta actitud valiente del sabio frente al mal, y aún a la persecución propia, pueden verse muchas otras sentencias —cuya exposición aquí nos llevaría muy lejos,— en los Salmos III, 7; XXII, 4; XXVI, 1; LV, 5; CXVII, 6; Mat. X, 28; Rom. VIII, 31, etc.

Pero hay todavía otra enseñanza muy profunda de la Sabiduría, para utilidad de todo hombre deseoso de cumplir esa misión que a todos nos alcanza, de difundir la verdad y el bien entre sus semejantes. Hallamos esa lección en la fórmula lapidaria de San Lucas: "Semen est verbum Dei": la Palabra de Dios es semilla.

Quiere decir que el sembrador ha de contentarse con dejar caer la semilla. ¿Quién pensaría en golpear la tierra para apresurar la germinación? La vida en germen, la planta, no está en la tierra, sino en el grano, y de ahí el valor inmenso de la palabra, valor que depende de su calidad. Pero la tierra no puede ser forzada, y si ella no es propicia, en vano pretenderíamos cosechar.

Se revela aquí otro aspecto interesante y eminentemente práctico de la sabiduría considerada como serenidad, porque aquí ella nos dice que, aún en la materia más importante, como es el celo por la verdad, no hemos de querer hacer violencia. Cuando los fariseos se escandalizan de su desnuda sinceridad, Jesús, lejos de discutir con ellos, dice a los suyos: “Dejadlos: son ciegos que guían a ciegos" (Mat. XV, 14). Y cuando Él envía sus discípulos a evangelizar “como corderos entre lobos", y les anuncia la persecución como un sello de autenticidad, no les manda imponerse, ni discutir, sino al contrario: "Si no os reciben y no escuchan vuestras palabras, salíos de aquella casa y de aquella ciudad, sacudiendo el polvo de vuestros pies” (Mateo X, 14).

Agreguemos, para terminar, un capítulo más íntimo. El que se refiere a la felicidad interna, cuya perennidad nos garantiza la Sabiduría.

Empieza por la paz inconmovible de la conciencia, y nos dice: “Si ves que has sido fiel, don de Dios es esa fidelidad que te llena de gozo. No te gloríes”. "Después que hubiereis hecho todas las cosas que se os han mandado (por Dios), habéis de decir: “siervos inútiles somos" (Luc. XVII, 10).

Si ves que has sido infiel, y estás de ello pesaroso, también es don de Dios esa contrición que te pone tan cerca de El como cuando eras fiel, porque el corazón contrito es el sacrificio grato a Dios (Salmo L). Lo es por razón de amor paternal, pues Él sabe esa gran paradoja de que ama menos aquél a quien menos se le perdona" (Luc. VII, 47).

Sapientia sapida scientia, dice San Bernardo, esto es: la sabiduría es ciencia sabrosa, que entraña a un tiempo el saber y el sabor. Es decir que probarla es adoptarla pero también que nadie la querrá mientras no la guste; porque ni puede amarse lo que no se conoce, ni tampoco se puede dejar de amar aquello que se conoce como soberanamente amable.

Hay, pues, que buscarla, porque, “si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídasela a Dios, que a todos da copiosamente sin zaherir a nadie" (Sant. I, 5). Más aún, la sabiduría, "se anticipa a aquellos que la codician, poniéndoseles ella misma delante”. Por lo tanto, quien la buscare, "no tendrá que fatigarse, pues la hallará sentada en su misma puerta" (Sab. VI, 14-15). Y esto es porque el Divino Padre, que es bueno, dará el buen espíritu a quien se lo pida (Luc. XI, 15).

(Espiritualidad Bíblica, Editorial Plantín, Buenos Aires, 1949).


17 de mayo de 2015

NUESTRA HUMANIDAD -EN CRISTO- YA ESTÁ ELEVADA JUNTO A DIOS


La oración colecta de la Misa de la Solemnidad de la Ascensión del Señor es un canto de alegría ante la contemplación de Cristo, cabeza de la Iglesia, que ha precedido a su Cuerpo en la gloria.



Concédenos, Dios todopoderoso,
darte gracias con santa alegría,
porque en la ascensión de Cristo, tu Hijo,
nuestra humanidad es elevada junto a Ti,
ya que Él, como cabeza de la Iglesia,
nos ha precedido en la gloria
que nosotros, su cuerpo, 
esperamos alcanzar.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

15 de mayo de 2015

EN LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR: SAN JUAN DE AVILA

Una frase de San Juan de Ávila:




"Si vienes tras Mí, ven sin tí. 
No pienses en tí, haz cuenta que no eres.” 
(Sermón 15, 305)


LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR: TÍMPANO ROMÁNICO-GÓTICO

DIOS ASCIENDE ENTRE ACLAMACIONES

EL SEÑOR AL SONIDO DE TROMPETAS

(Salmo 46)




El arte gótico tiene una de sus expresiones más destacadas en España en la Catedral de Burgos. La puerta de su crucero sur (llamada Puerta del Sarmental) tiene un tímpano que muestra la transición del románico al gótico, con una imagen que se repite en muchos templos de la época:

Un Dominus Majestatis (o Pantocrator: Cristo Rey y Juez) se presenta en el centro, rodeado del tetramorfos. Todo el conjunto alude al Apocalipsis, con el colegio de los Doce debajo, y ángeles, serafines y ancianos que rodean la escena.

Esta maravillosa representación iconográfica se revela también como expresión del Señor que está sentado a la derecha del Padre, después de ascender al Cielo.



El tetramorfos, refieren a las cuatro formas, que sostenían el trono del Señor en la vi­sión de san Juan referida en el Apo­calipsis: "Había cuatro seres vivien­tes, tachonados de destellos, por de­lante y por detrás: el primero se pa­recía a un león, el segundo a un toro,    Águila-Juan el tercero tenía cara de hombre y el cuarto parecía un águila en vuelo ... y cantan sin pausa Santo, Santo, ..."


Desde los primeros siglos del cristianismo, el tetramorfos ha compartido varios simbolismos, iluminando antiguos mitos y dándole una nueva lectura iconográfica:

En primer lugar ha sido identificado con los cuatro evangelistas: el hombre con san Mateo, el toro con san Lucas, el león con san Marcos y el águila con san Juan.

Por otro lado, para san Jerónimo en el siglo IV,  el tetramorfos simboliza cuatro momentos esenciales de la vida de Cristo: el hombre la Encarnación, el toro la Pasión (el toro era el animal característico del sacrificio en el mundo antiguo), el león la Resurrección (según la tradición el león con su aliento y rugido despierta a sus cachorros recién nacidos), y el águila la Ascensión.


Finalmente, el tetramorfos realza la majestad de Cristo ya que cada uno de estos animales predomina entre los de su especie: el águila entre las aves, el toro entre los animales domésticos, el león entre los animales salvajes y el hombre sobre todas las criaturas.



El misterio Pascual, que tiene su plenitud en Pentecostés, se manifiesta en esta Solemnidad de la Ascensión del Señor con toda su fuerza. La Plegaria Eucarística lo expresa con un texto de gran densidad espiritual:

Porque el Señor Jesús, Rey de la gloria,
triunfador del pecado y de la muerte,
ante la admiración de los ángeles
ascendió
(hoy) a lo más alto de los cielos,
como Mediador entre Dios y los hombres,
Juez del mundo y Señor de los espíritus celestiales.
No lo hizo para apartarse
de la pequeñez de nuestra condición humana
sino para que lo sigamos confiadamente
como miembros suyos,
al lugar donde nos precedió Él,
cabeza y principio de todos nosotros.





11 de mayo de 2015

MODELO DE PREDICADOR

SAN JUAN DE ÁVILA
Modelo de predicador
“Su predicación era fuego encendido, que transformaba el corazón de sus oyentes, y los convertía de pecadores en santos".



De la Carta del Obispo de Córdoba, España, de Mayo 2015

San Juan de Ávila fue declarado doctor de la Iglesia por el papa Benedicto XVI el 7 de octubre de 2012. Y llegan miles de peregrinos a venerar su sepulcro en Montilla. De todo el mundo y especialmente de la diócesis españolas. Cardenales, obispos, sacerdotes, familias, consagrados, seglares, jóvenes y adultos. Montilla se ha convertido en un lugar santo por el sepulcro del Maestro de Santos, Juan de Ávila. Sus reliquias han recorrido casi todas las diócesis de España, a demanda de sus obispos y sacerdotes, llevando consigo su corazón como símbolo de un amor que, viniendo de Dios, ha encendido el pecho de Juan de Ávila en amor a Dios y a los hombres sus hermanos.
Dicen que su predicación era fuego encendido, que transformaba el corazón de los oyentes y los convertía de pecadores en santos. Así le sucedió a san Juan de Dios, que al escuchar a Juan de Ávila salió corriendo por las calles de Granada gritando. “Dios me ama!”
Y eso le sucedió al duque de Gandía, que escuchando al Maestro Ávila en los funerales de la emperatriz Isabel antes de su entierro en Granada y viendo un cadáver descompuesto de quien había sido la primera dama del imperio, llegó a la conclusión: “Ya no serviré más a reyes que puedan perecer”, y se convirtió en san Francisco de Borja.


En el día de la memoria litúrgica de San Juan de Ávila, 
le pedimos su intercesión, 
para que nunca nos falten Obispos y sacerdotes 
que sean celosos predicadores del Reino de Dios, 
y enciendan, en los corazones de los fieles, el deseo de santidad.


10 de mayo de 2015

"La Eucaristía es mi camino al Cielo": CARLO ACUTIS


LA SANTIDAD ES POSIBLE A LOS 15 AÑOS:

CARLOS ACUTIS (1991-2006)
en la huella de Santo Domingo Savio y el beato Pier Giorgio Frassati

        Amaba inmensamente la Eucaristía recibiéndola diariamente, y en la adoración al Santísimo Sacramento, también rezaba el Santo Rosario confiando su vida a la Virgen María, era un gran amigo y tenía un corazón muy generoso; pero dejó este mundo muy rápido, ya que falleció cuando contaba con sólo 15 años por causa de una Leucemia fulminante.
        Él era Carlo Acutis; un adolescente, como otros de nuestro tiempo, que dejó huella y un inmenso olor de santidad, su nombre podría estar inscrito muy pronto en el libro de los santos con el impulso que quieren dar en Italia a su proceso de beatificación.
        Antonia Acutis, madre de Carlo, dice sobre él: “Mi hijo, desde muy pequeño, y sobre todo después de su Primera Comunión, nunca faltó a la cita diaria con la Santa Misa y el Rosario, seguidos de un momento de Adoración Eucarística”.
        Cuenta su madre: “La figura de Carlo es posible resumirla en esta frase que él decía: La Eucaristía es mi camino para el Cielo.
        Una de sus más grandes pasiones era la tecnología, y Carlo no dudó en crear una página web para difundir la devoción de Jesús Sacramentado dando a conocer los milagros Eucarísticos que han tenido lugar en el mundo a lo largo de los siglos. “Era un joven experto con la computadora, y conocía muy bien la ingeniería informática dejando a todos estupefactos, pero este don lo ponía al servicio del voluntariado y la utilizaba también para ayudar a sus amigos”, agrega la madre.
        Pero uno de sus rasgos más característicos, pese a su corta edad, era su generosidad, como lo cuenta su mamá: “Su generosidad lo llevó a interesarse por todos, desde los inmigrantes a los discapacitados, los niños, los mendigos. Estar cerca de Carlo era como estar cerca de una fuente de agua fresca. Poco antes de morir, él ofreció sus sufrimientos por el Papa y por la Iglesia”.
        Carlo era británico de nacimiento -nació en Londres el 3 de mayo de 1991- e italiano de corazón. Su infancia la trascurrió en Milán, donde realizó sus estudios, pero Asís era su segundo hogar, ya que solía pasar allí cada verano impulsado por seguir las huellas de uno de sus santos favoritos: San Francisco de Asís. Allí el joven era verdaderamente feliz y allí quiso permanecer.
        Muere el 12 de octubre de 2006 asumiendo la cruz del sufrimiento de manera heroica, como lo dice su propia madre: “El heroísmo con el que afrontó su enfermedad y su muerte ha convencido a muchos que en él había verdaderamente algo especial. Cuando el doctor que lo seguía le pregunto si sufría mucho, Carlo le respondió: ‘¡Hay personas que sufren más que yo!'”.
        En el año 2011 la Arquidiócesis de Milán introduce su proceso camino en honor a los altares, y en febrero de 2013 la Conferencia Episcopal Lombarda aprueba su causa de beatificación. Su cuerpo permanece en Asís, muy cerca al lugar donde se hallan los restos mortales de su santo franciscano.
Para la postuladora de la causa de beatificación, Francesca Consolini, de dicha arquidiócesis, Carlo Acutis “había entendido el verdadero valor de la vida como don de Dios, como esfuerzo, como respuesta a dar al Señor Jesús su compromiso del día a día en simplicidad. Quisiera subrayar que era un muchacho normal, alegre, sereno, sincero, voluntarioso, que amaba la compañía, que gustaba de la amistad”.

Carlo “había comprendido el valor del encuentro cotidiano con Jesús en la Eucaristía, y era muy amado y buscado por sus compañeros y amigos por su simpatía y vivacidad”, indicó.

“Después de su muerte muchos han sentido la necesidad de escribir un propio recuerdo de él y otros han comentado que van a pedir su intercesión en sus oraciones: esto ha hecho que su figura sea vista con particular interés” y en torno a su recuerdo se está desarrollando lo que se llama “fama de santidad”, explicó.

        Una vez que conocemos a Carlo y su asombrosa vida, debemos preguntarnos: ¿qué es lo que hace que Carlo sea el muchacho alegre, generoso, desinteresado, sacrificado, atento y amable con todos? Y la respuesta es: la Eucaristía: tal como lo testimonia su madre, Carlo asiste a Misa todos los días, por eso es la Eucaristía el centro de su vida y el motor de su movimiento. La Eucaristía es aquello por lo cual todo adquiere, en la vida de Carlo, un significado nuevo. La Eucaristía es para Carlo el manantial de vida eterna, de alegría, de paz, de serenidad, de fortaleza. Nadie recuerda a Carlo por sus quejas ante la leucemia, porque no solo no se quejaba, sino que ofrecía sus sufrimientos, con alegría y serenidad, por la Iglesia y el Papa, y esa alegría y esa serenidad, y esa fuerza, le venían de la Eucaristía. Todos recuerdan a Carlo por su compañerismo, por su don de gentes, por su afabilidad, por su servicio desinteresado al más necesitado, por su atención hacia los pobres, y todo eso, todo, le venía por la Eucaristía. Era la Eucaristía diaria la que le concedía a su corazón noble una nobleza todavía mayor.

        ¿Por qué decimos que es la Eucaristía la que obró esa transformación en Carlo? ¿Qué tiene la Eucaristía, que obra ese poder en las almas buenas? Es decir, si decimos que es la Eucaristía, esto nos obliga a preguntarnos qué es la Eucaristía, para no dejar pasar por alto el valor transformador dela Eucaristía en la vida de un joven.

¿Qué es entonces la Eucaristía? Antes de decir qué es la Eucaristía, tenemos que tener en cuenta que la Eucaristía tiene una particularidad: es lo que no parece, y no parece lo que es.

La Eucaristía es el centro del universo visible e invisible, es el Sol alrededor del cual giran los planetas del universo espiritual, que son las almas y los ángeles; todo el universo visible y todo el universo invisible se sostienen por ese frágil pan que es la Eucaristía, frágil en apariencia, porque de Ella surge la energía divina que sostiene no solo las montañas y los cielos, sino al universo entero, a los ángeles y a los santos, porque la Eucaristía es Cristo Dios, y sin Dios, nada de lo que existe existiría.

La Eucaristía es el Sol del mundo de los espíritus, porque así como la tierra no puede vivir sin el sol, porque sus habitantes morirían de hambre y de frío, así las almas no pueden vivir sin la gracia de Cristo Eucaristía, que es su propia vida, su luz, su calor y su amor.

Muchos no ven el sentido de la Eucaristía y de la Misa, y por eso hay tantos que faltan a la misa del Domingo, y sin embargo, la Eucaristía y la Misa son las que dan el sentido de la vida y de toda vida.

La Eucaristía le da un sentido nuevo a mi vida, porque la Eucaristía es Cristo Dios en Persona, y como mi Dios, es mi Creador, y es también mi Padre, porque me adoptó como hijo suyo en el bautismo, y porque me espera con los brazos abiertos al final de mis días, cuando atraviese el umbral de mi muerte, y para llegar a los brazos del Padre, en el Espíritu, tengo que ser llevado por los brazos abiertos de Cristo en la cruz y en la Eucaristía.

Es la Misa lo que da sentido a mi vida, porque la misa es el mismo sacrificio de la cruz, sacrificio con el cual fui rescatado de las garras del demonio y del infierno, fui lavado en la Sangre del Cordero, y fui comprado para Dios con la Sangre del Hombre-Dios, y es por eso que, al asistir a misa, no soy yo quien le hago un favor a Dios, sino que es Dios quien con su sacrificio en el altar compra mi alma y me conduce a sus mansiones eternas. La Eucaristía y la Misa dan un sentido nuevo y una nueva dirección al alma del joven, y a toda alma, porque la introduce en la eternidad y en el camino de la cruz de Cristo.

¿Cuántos jóvenes, cuántos niños, cuántos ancianos, cuántos hombres y mujeres, encontrarían el sentido de sus vidas, y con el sentido, la paz, la alegría, la felicidad de Dios, si tan sólo se decidieran a darle a Dios un poco de sus tiempos y de sus vidas, asistiendo a misa los domingos, y esperando con ansias el momento del encuentro con Cristo resucitado en la Eucaristía?

¿Cuántos, que se sienten sin fuerzas, no serían invencibles en las pruebas y en las tribulaciones, si acudieran a la Eucaristía, en donde el Dios Fuerte les daría de su propia fortaleza? Dice Jesús a Sor Faustina: “…has de saber que la fuerza que tienes dentro de ti para soportar los sufrimientos la debes a la frecuente Santa Comunión; ven a menudo a esta fuente de la misericordia y con el recipiente de la confianza recoge cualquier cosa que necesites”. De aquí, de la Eucaristía, le venía entonces la fuerza a Carlo, para soportar con valentía y con alegría su enfermedad.

Si la Eucaristía es tan valiosa, ¿qué hacer para aprovechar la Eucaristía? Tener presente, muy presente, que comulgar no es levantarse del banco cuando se distribuye la comunión, acercarse al sacerdote, recibir la comunión en la boca, y volver al banco esperando que continúe la misa: comulgar es recibir a Cristo Dios en Persona, que viene a nuestra alma, así como un amigo viene a nuestra casa; comulgar es recibir a Cristo Dios que golpea a las puertas de nuestra alma, para entrar en nosotros y para cenar con nosotros, tal como lo dice en el Apocalipsis: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo (3, 20); comulgar es abrir las puertas del corazón a Cristo Dios que viene en la Eucaristía a darnos sus gracias y sus dones, tal como Él mismo lo dice a Sor Faustina: “Deseo unirme a las almas humanas. Mi gran deleite es unirme con las almas. Has de saber, hija Mía, que cuando llego a un corazón humano en la Santa Comunión, tengo las manos llenas de toda clase de gracias y deseo dárselas al alma, pero las almas ni siquiera me prestan atención, Me dejan solo y se ocupan de otras cosas. Oh, qué triste es para Mí que las almas no reconozcan al Amor. Me tratan como a una cosa muerta”

Prestemos atención a las palabras de Jesús, que se refiere al momento de la Comunión: “…las almas… Me dejan solo y se ocupan de otras cosas (…) Me tratan como a una cosa muerta”.

Al comulgar, entonces, no pensemos que la Eucaristía es un pan bendecido; es Cristo Dios verdadero, en Persona, que viene a mi alma, y dispongámonos a escucharlo en el silencio del alma.

        Éste es el mensaje que nos transmite, desde más allá de las estrellas, Carlo Acutis, el joven de quince años que murió de leucemia en el año 2006: la vida tiene sentido en Cristo Eucaristía, porque en Cristo Eucaristía encuentra el joven y todo ser humano el origen, el sentido, y el fin de la vida, una vida destinada a ser vivida en plenitud aquí, en la tierra, pero sobre todo, más allá de las estrellas, junto a Cristo.


        El mensaje de Carlo Acutis es: “Joven, vive una vida plena aquí en la tierra, unido a Jesucristo, que se dona para ti en la Hostia consagrada. Únete a Él, ábrele tu corazón, recíbelo en ese templo sagrado que es tu alma, y Él te colmará de dicha, de felicidad, de paz, en esta vida, y en la otra para siempre”







8 de mayo de 2015

ARTE RELIGIOSO: TRANSICIÓN DEL ARTE ANTIGUO AL MODERNO

MADONNA DEI TRAMONTI
NUESTRA SEÑORA DE LOS OCASOS


El famoso cuadro de Lorenzetti del altomedioevo, 
nos enseña que no es bueno “vestir a un santo para desvestir a otro” 
ni tampoco “preferir a uno para denostar a otro”



La obra es un cuadro al fresco llamado LA SEÑORA DE LOS OCASOS (en italiano MADONNA DEI TRAMONTI) y se encuentra en la Basílica inferior de Asís, donde se hallan los restos del San Francisco.

La razón del sobrenombre es sencilla y luminosa. El fresco que pintó Pietro Lorenzetti (c. 1320) digno hijo de la escuela de Siena, tiene enfrente un ventanal que deja pasar la luz del sol cuando se pone, en el tramonto de Asís, en el ocaso. Y así es como, con la luz del ocaso, se ilumina el fresco que está en la capilla dedicada a san Juan Bautista. Y de allí su nombre.

La presentación oficial franciscana de este magnífico cuadro dice:

El ciclo lorenzettiano halla su sereno y sonriente epílogo en el conocidísimo cuadro de la Virgen que ensalza a Francisco. Invita gentilmente al Niño Jesús a bendecir a nuestro Santo, señalado su cuerpo con las llagas de la Pasión, y anteponiéndolo, por este motivo, al Apóstol predilecto, Juan.

La Virgen de los Ocasos: es llamada así esta imagen porque durante las puestas de sol queda iluminada por los rayos del astro que se filtran a través de un ventanal que está enfrente.

Es la obra maestra de Lorenzetti por la gracia y suavidad de la figura, por la eficacia expresiva, por lo luminoso y transparente del color.

La Virgen, con el Niño en los brazos, tiene a su derecha a san Francisco y a su izquierda a san Juan Evangelista. El rostro de ella, lleno de ternura, se dirige hacia el Hijo con expresión bendecidora y a la vez interrogativa: la Madre parece responder volviendo hacia san Francisco el pulgar de la mano derecha. Es una sagrada conversación que ofrece ocasión para muchas interpretaciones.

Pareciera que la Virgen le estaría preguntando al Niño cuál de los dos santos elegiría, y el Niño le estaría contestando: los dos.

Explicación estética:

UNA OBRA QUE IMPLICA UNA BISAGRA EN EL ARTE RELIGIOSO: GESTOS QUE ABREN LA PUERTA AL ARTE MODERNO

En la Basílica Inferior de la iglesia de San Francisco de Asís, en el transepto izquierdo de la capilla de María Magdalena, incluyendo frescos de Cimabue, Giotto y Simone Martini, se puede admirar el fresco de Pietro Lorenzetti en representación de cuatro personajes, dos de los cuales participan en un diálogo.

En el centro del fresco hay una escena de la vida cotidiana: la Virgen y el Niño están ocupados hablando con gestos que indican el diálogo existente. Diálogo, aparentemente mudo, pero explicado por gestos, que nos hacen partícipes.

Un niño maravilloso, sentado cómodamente en brazos de su madre, pide su atención con los dedos de la mano y pide hablar sobre una cuestión. La madre, con un aire casi severo, escucha con atención. Las dos figuras a ambos lados son: San Juan Apóstol y San Francisco, y el niño le indica que no debe confundirse en la elección: "Dime madre, ¿quién debería ponerse en primer lugar"? Y la madre responde, señalando con el pulgar de su mano derecha a San Francisco, como diciendo: estamos en su casa.  

Esos gestos el arte los convierte en diálogo. Por lo tanto, el fresco es una escena de la vida cotidiana, en la que se puede ver y leer connotaciones precisas que son expresividad relevante –no hierática- de la humanidad de ambos.  

Para ayudar el diálogo, cuidado y tranquilo, los dos santos. El dulce rostro de la Virgen; una madre atenta a las preguntas de su hijo, con una serie de elementos expresivos, que caracterizan en el gesto y la mirada. Ese gesto provoca en el visitante una fuerte emoción en presencia de una Virgen que es esencialmente madre y marca una evolución en el concepto de arte que, se convierte en una expresión de la vida misma.
Se trata de "La Virgen de Tramonti", llamado así porque el fresco de Lorenzetti está en frente de una ventana desde la que un rayo de luz solar que entra en la hora de la puesta del sol, lo ilumina en toda su belleza. Un rayo de sol que parece iluminar un gesto que abre la puerta a la pintura moderna.

Pietro Lorenzetti (Siena, ca. 1280-1285 - ca. 1348), pintor italiano del siglo XIV fue uno de los maestros de la escuela de Siena, y hermano mayor de Ambrogio Lorenzetti. Completó su formación con el Duccio, y Simone Martini.










5 de mayo de 2015

ISOTIPO DEL AÑO DE LA MISERICORDIA

ISOTIPO DEL AÑO JUBILAR DE LA MISERICORDIA

Fue presentado en la Santa Sede el dibujo realizado por el padre Rupnik SJ que caracterizará el Año Santo de la Misericordia.



Esta es la explicación oficial del mismo:

Con el lema ‘Misericordiosos como el Padre’ se propone vivir la misericordia siguiendo  el ejemplo del Padre, que pide no juzgar y no condenar, sino perdonar y amar sin medida.  El  logo  –obra  del  jesuita  Marko I. Rupnik–  se  presenta  como  un  pequeño compendio teológico de la misericordia.

Muestra, en efecto, al Hijo que carga sobre sus hombros  al  hombre  extraviado,  recuperando así una  imagen  muy  apreciada  en  la  Iglesia  antigua,  porque  indicaba el amor de Cristo que lleva a término el misterio de su encarnación con la redención.

El  dibujo se destaca el Buen Pastor que toca en profundidad la carne del hombre, y lo hace con un amor capaz de cambiarle la vida. El Buen Pastor con extrema misericordia carga sobre sí la humanidad, pero sus  ojos se confunden con los del hombre.

La escena se coloca dentro la mandorla o almendra,  que es también una figura  importante en la iconografía  antigua y medieval por cuanto evoca la presencia de las dos naturaleza, divina y humana, en  Cristo.

Los tres óvalos concéntricos, de color progresivamente más claro hacia el externo, sugieren  el movimiento de Cristo que saca al hombre fuera de la noche del pecado y de la muerte. Por otra  parte, la profundidad del color más oscuro sugiere también el carácter inescrutable del amor del  Padre que todo lo perdona.



4 de mayo de 2015

EN EL V CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE SANTA TERESA DE JESÚS

CARTA PASTORAL DEL OBISPO DE ÁVILA

"PARECÍAME ANDAR SIEMPRE A MI LADO JESUCRISTO" 

Enero 2015

UNA RENOVACIÓN ESPIRITUAL 
SIGUIENDO LAS HUELLAS DE SANTA TERESA



Monseñor Jesús García Burillo escribe una Carta Pastoral de gran profundidad, que tiene tres puntos principales:

1. Aspectos de la biografía de la Santa abulense
2. Cuatro notas distintivas de la espiritualidad teresiana
3. Frutos a alcanzar en la misión diocesana de este Jubileo

En este magnífico documento, cada subcapítulo tiene una serie de preguntas para ahondar en estos temas, de gran utilidad para un trabajo catequístico-formativo.



Aquí el prólogo del Obispo:

He elegido esta confesión de Santa Teresa 
porque define bien la convicción más honda 
que ella mantuvo a lo largo de su vida. 
El sentimiento de que el Señor la acompañaba en todo momento, envolvió y dinamizó su vida.

Con la compañía íntima de Jesús 
Teresa pudo llevar a cabo las grandes metas de su vida: 
el crecimiento constante de su intimidad con Jesucristo 
incluso en los momentos más difíciles, 
la reforma del Carmelo descalzo, las fundaciones...

En la celebración del V centenario de su nacimiento, 
esta es la gracia que pedimos al Señor 
por medio de la Santa: 
experimentar en cada momento de nuestra vida 
que Jesucristo anda con nosotros, 
que es la razón de ser de nuestra existencia, 
nuestro motor, nuestro impulso misionero.

La carta pastoral que ahora os ofrezco 
pretende acercarnos a la espiritualidad de la Santa 
y al magisterio del Papa Francisco, fundamentalmente; 
ellos nos impulsan a vivir en misión, 
tal como ella lo hizo 
y como el Papa nos demanda insistentemente en la hora actual. 

Pretendemos una renovación espiritual, 
siguiendo las huellas de Santa Teresa. 
Nos proponemos llevar la Buena nueva de la salvación 
a quienes no la conocen o, si la conocen, la han olvidado.

La carta tiene tres capítulos. El primero habla de algunos aspectos de la persona humana de Teresa de Jesús; el segundo nos ofrece cuatro temas, que quieren ser los puntos centrales de nuestra renovación espiritual en el Año jubilar; y el tercero apunta hacia los frutos que deseamos alcanzar.

Dejo la carta en tus manos, 
en las de los grupos parroquiales, movimientos y asociaciones. Que la renovación espiritual y la misión diocesana 
sea el gran objetivo de la Diócesis de Ávila.

Para leerla completa el enlace es:

http://www.diocesisdeavila.com/el-obispo/cartas-pastorales/