Semillas en el ciberespacio desde la mística de la A.C.

24 de mayo de 2015

EN PENTECOSTÉS: (VII) EL TEMOR DE DIOS

EL DON DE TEMOR DE DIOS

No se trata de un miedo, ni distancia,
sino el humilde reconocimiento de la infinita grandeza del Creador.
El cristiano inspirado por este don se fía sólo de Dios
y no pone su confianza en las creaturas.
Fomenta la virtud de la religión, es decir, la veneración de Dios y todo lo que es sagrado.



El don de temor es un hábito sobrenatural por el que el cristiano, por obra del Espíritu Santo, teme sobre todas las cosas ofender a Dios, separarse de Él, aunque sólo sea un poco, y desea someterse absolutamente a la voluntad divina (+STh II-II,19). Dios es a un tiempo Amor absoluto y Señor total; debe, pues, ser al mismo tiempo amado y reverenciado.

No es, por supuesto, el don de temor de Dios un temor servil, por el que se pretende guardar fidelidad al Señor única o principalmente por temor al castigo. Para que el temor de Dios sea don del Espíritu Santo ha de ser un temor filial, que, principalmente al principio o únicamente al final, se inspira en el amor a Dios, es decir, en el horror a ofenderle.

El don de temor de Dios intensifica y purifica todas las virtudes cristianas, pero algunas de ellas, como veremos ahora, están más directamente relacionadas con él.

El temor de Dios y la esperanza enseñan al hombre a fiarse solamente de Dios y a no poner la confianza en las criaturas -en sí mismo, en otros, en las ayudas que pueda recibir-. Por eso aquel que verdaderamente teme a Dios es el único que no teme a nada en este mundo, ya que mantiene siempre enhiesta la esperanza. El justo «no temerá las malas noticias, pues su corazón está firme en el Señor; su corazón está seguro, sin temor» (Sal 111,7-8). En realidad, no hay para él ninguna mala noticia, pues habiendo recibido el Evangelio, la Buena Noticia, ya está seguro de que todas las noticias son buenas, ya sabe ciertamente que todo colabora para el bien de los que aman a Dios (Rm 8,28).


Por eso, cuando el cristiano está asediado entre tantas adversidades del mundo, se dice: «levanto mis ojos a los montes, ¿de dónde me vendrá el auxilio?»; y concluye: «el auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra» (Sal 120,1-2).

El temor de Dios y la templanza libran al cristiano de la fascinación de las tentaciones, pues el temor sobrehumano de ofender al Señor aleja de toda atracción pecaminosa, por grande que sea la atracción y por mínimo que sea el pecado. Para pecar hace falta mantener ante Dios un atrevimiento que el temor de Dios elimina totalmente.

El temor de Dios fomenta la virtud de la religión, lleva a venerar a Dios y a todo lo sagrado, es decir, a tratar con respeto y devoción todas aquellas criaturas especialmente dedicadas a la manifestación y a la comunicación del Santo.

Quien habla de Dios o se comporta en el templo, por ejemplo, sin el debido respeto, no está bajo el influjo del don de temor de Dios. En efecto, hemos de «ofrecer a Dios un culto que le sea grato, con religiosa piedad y reverencia» (Heb 12,28). El mismo Verbo divino encarnado, Jesucristo, nos da ejemplo de esto, pues «habiendo ofrecido en los días de su vida mortal oraciones y súplicas con poderosos clamores y lágrimas, fue escuchado por su reverencial temor» (5,7).

El temor de Dios, en fin, nos guarda en la humildad, que sólo es perfecta, como fácilmente se entiende, en aquellos que saben «humillarse bajo la poderosa mano de Dios» (1Pe 5,6). El que teme a Dios no se engríe, no se atribuye los bienes que hace, ni tampoco se rebela contra Él en los padecimientos; por el contrario, se mantiene humilde y paciente.

El don de temor, como hemos dicho, es el menor de los dones del Espíritu Santo: «el principio de la sabiduría es el temor del Señor» (Prov 1,7). Es cierto; pero aun siendo el menor, posee en el Espíritu Santo una fuerza maravillosa para purificar e impulsar todas las virtudes cristianas, las ya señaladas, y también muchas otras, como fácilmente se comprende: la castidad y el pudor, la perseverancia, la mansedumbre y la benignidad con los hombres. El espíritu de temor ha de ser, pues, inculcado en la predicación y en la catequesis con todo aprecio.


Ejemplo de los Santos

El ejemplo de los santos, que consideraremos en cada uno de los dones del Espíritu Santo, nos hará conocer con claridad y certeza cuáles son los efectos que produce cada uno de los dones.

Ante «el Padre de inmensa majestad», como reza el Te Deum, el hombre, por santo que sea, en ocasiones se estremece. «¡Ay de mí, estoy perdido!, pues siendo un hombre de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey, Yavé Sebaot», exclama Isaías (6,5). Sí, eso sucede en el Antiguo Testamento, ante Yavé, el Altísimo. Pero el mismo San Juan apóstol, el amigo más íntimo de Jesús, cuando le es dado en Patmos contemplar al Resucitado en toda su gloria, confiesa: «así que le vi, caí a sus pies como muerto» (Ap 1,18).

Este peculiar fulgor del don de temor de Dios se manifiesta innumerables veces en la vida de los santos cristianos.

Según Dios da su luz, se da en el alma de los santos una captación muy diversa de sí mismos. Santa Angela de Foligno aunque unas veces declara: «me veo sola con Dios, toda pura, santificada, recta, segura en él y celeste» (Libro de la vida, memorial, cp.IX), otras veces siente un horrible espanto de sí misma: «entonces me veo toda pecado, sujeta a él, torcida e inmunda, toda falsa y errónea» (ib.). Y hay momentos extremos en que ella, así lo confiesa, siente la necesidad de andar por ciudades y plazas, gritando a todos: «aquí está la mujer más despreciable, llena de maldad y de hipocresía, sentina de todos los vicios y males» (ib. instruc. I).

San Pablo de la Cruz, el fundador de los pasionistas, estando retirado unos días a solas en una iglesia solitaria, se siente a veces de tal modo embargado por el temor de Dios, es decir, por la captación simultánea de su propia miseria y de la Santidad divina, que se veía completamente indigno de estar en la iglesia, ante el sagrario, en lugar tan sagrado:
« y decía a los ángeles que asisten al adorabilísimo Misterio que me arrojasen fuera de la iglesia, pues soy peor que un demonio. Sin embargo, no se me quita la confianza con mi Esposo Sacramentado. Y le decía que recordase lo que me ha dejado en el santo evangelio, esto es, que no ha venido él a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Diario espiritual 5-XII-1720).

En ciertas ocasiones, el Espíritu Santo hace que el santo, después de algún pecado, se estremezca de pena y espanto por el don de temor de Dios. Santa Margarita María de Alacoque, la que tantas y tan sublimes revelaciones había tenido del amor y de la ternura del Corazón de Jesús, refiere que en una ocasión tuvo «algún movimiento de vanidad hablando de sí misma»...

« ¡Oh Dios mío! ¡Cuántas lágrimas y gemidos me costó esta falta! Porque, en cuanto nos hallamos a solas Él y yo, con un semblante severo me reprendió, diciéndome: "¿qué tienes tú, polvo y ceniza, para poder gloriarte, pues de ti no tienes sino la nada y la miseria, la cual nunca debes perder de vista, ni salir del abismo de tu nada?"». Y en seguida «me descubrió súbitamente un horrible cuadro, me presentó un esbozo de todo lo que yo soy... Me causó tal horror de mí misma, que a no haberme Él mismo sostenido, hubiera quedado pasmada del dolor. No podía comprender el exceso de su grande bondad y misericordia en no haberme arrojado ya en los abismos del infierno, y en soportarme aún, viendo que no podía yo sufrirme a mí misma. Tal era el suplicio que me imponía por los menores impulsos de vana complacencia; así que a veces me obligaba a decirle: "¡ay de mí, Dios mío!, o haced que muera o quitadme ese cuadro, pues no puedo vivir mirándole"» (Autobiografía 62).

Sin embargo, confiesa al final de su escrito, «por grandes que sean mis faltas, jamás me priva de su presencia [el Señor] este único amor de mi alma, como me lo ha prometido. Pero me la hace tan terrible cuando le disgusto en alguna cosa, que no hay tormento que no me fuera más dulce y al cual no me sacrificara yo mil veces antes que soportar esta divina Presencia y aparecer delante de la Santidad divina teniendo el alma manchada con algún pecado.

«En esas ocasiones, bien hubiera querido esconderme y alejarme de ella, si hubiese podido; mas todos mis esfuerzos eran inútiles, hallando en todas partes esa Santidad, de que huía, con tan espantosos tormentos que me figuraba estar en el Purgatorio, porque todo sufría en mí sin ningún consuelo, ni deseo de buscarle» (ib. 111).

El temor de Dios, en efecto, produce a veces en los santos verdaderos estremecimientos de espanto por los más pequeños pecados cometidos contra la Santidad divina. Sufren así entonces, como bien dice Santa Margarita María, sufrimientos muy semejantes a los propios del Purgatorio. Y muy al contrario, los cristianos todavía carnales son sumamente atrevidos a la hora de ofender a Dios en algo. No está en ellos despierto todavía el don del temor de Dios; y ofendiéndole, aunque sea en cosas pequeñas o no tan chicas, todavía se creen muy buenos.

El espanto que una ofensa mínima contra Dios causa en los santos puede verse en esta anécdota de la vida de Santa Catalina de Siena. Estando en oración, se distrae un momento, volviendo la cabeza para ver a un hermano suyo que pasaba. Al punto, la Virgen María y San Pablo le reprenden por ello con gran dureza, y ella llora y solloza interminablemente con inmensa pena, sin poder hablar palabra con los que le preguntan. Y su director espiritual cuenta:

«Cuando la virgen pudo por fin abrir la boca, dijo entre sollozos: "¡infeliz de mí, miserable de mí! ¿Quién hará justicia a mis iniquidades? ¿Quién castigará un pecado tan grande?"» (Leyenda 203).

La santa virgen Catalina tenía temor de Dios de un modo divino, sobrehumano. Y el beato Raimundo de Capua, su director, refiere que ella encarecía con frecuencia «el odio santo y el desprecio por sí misma» que debe sentir el alma:

«tened siempre en vosotros, hijos míos -decía-, ese odio santo, porque os hará siempre humildes. Tendréis paciencia en las adversidades, seréis moderados en la abundancia, os adornaréis con vestidos honestos, gratos y amables a Dios y a los hombres». Y añadía: «cuidado, mucho cuidado con quien no tenga ese odio santo porque, donde ese odio falta, reina necesariamente el amor propio, que es el pozo negro de todos los pecados, la raíz y la causa de todo pésimo afán» (101).

Cuando el don espiritual del temor divino actúa en el alma con la potencia sobrehumana del Espíritu Santo, el menor de los pecados es sentido como una atrocidad indecible. Santa Teresa de Jesús decía: «no podía haber muerte más recia para mí que pensar si tenía ofendido a Dios» (Vida 34,10). Eso es el temor de Dios.


Disposición receptiva


Para recibir el don de temor lo más eficaz es pedirlo al Espíritu Santo, por supuesto; pero además, con Su gracia, el cristiano puede prepararse a recibirlo ejercitándose especialmente en ciertas virtudes y prácticas:


1. Meditar con frecuencia sobre Dios, sobre su majestad y santidad. Hay que enterarse bien de que Dios es el Señor del universo, el Autor del cielo y de la tierra, el que con su Providencia lo gobierna todo, el Juez final inapelable.


2. Meditar en la malicia indecible del pecado, en la gravedad de sus consecuencias temporales, y en el horror de sus posibles consecuencias después de la muerte: el purgatorio, el infierno.


3. Cultivar la virtud de la religión, y con ella la reverencia hacia Dios y hacia todo aquello que tiene en la Iglesia una especial condición sagrada -el culto litúrgico, la Palabra divina, la Eucaristía, el Magisterio apostólico, los sacerdotes, las iglesias-.


4. Guardarse en la humildad y la benignidad paciente ante los hermanos, así como observar el respeto y la obediencia a los superiores, que son representantes del Señor.


5. Recibir la ley y la enseñanza de la Iglesia, observar las normas litúrgicas y pastorales, así como guardar fidelidad humilde en temas doctrinales y morales. Quien falla seriamente en algo de esto, y más si lo hace en forma habitual, es porque no tiene temor de Dios.


EN PENTECOSTÉS; (VI) LA PIEDAD

EL DON DE PIEDAD

El don de piedad lleva a perfección el abandono confiado en la providencia amorosa del Padre y consolida el espíritu de fraternidad.
El vicio contrario a este don es la dureza de corazón que procede de un desordenado amor a sí mismo.



El don de piedad es un hábito sobrenatural que, por obra del Espíritu Santo, de un modo divino, enciende en nuestra voluntad el amor al Padre y el afecto a los hombres, especialmente a los cristianos, y a todas las criaturas (+STh II-II,121).

La piedad, como don del Espíritu Santo, perfecciona de modo sobrehumano el ejercicio de la virtud de la justicia y de todas las virtudes derivadas de ella, muy especialmente las virtudes de la religión y de la piedad. La religión da culto a Dios como a Señor y Creador, pero el don de piedad se lo ofrece como a Padre, y en éste sentido es aún más precioso que la virtud de la religión (II-II,121, 1 ad2m).

El vicio contrario al don de piedad es la dureza de corazón, que procede de un desordenado amor a sí mismo. El don de piedad, por el contrario, perfecciona el ejercicio de la caridad, y sacando al hombre de la cárcel de su propio egoísmo, lo orienta continuamente hacia Dios y hacia los hermanos con un amor y una solicitud que tienen modo divino y perfección sobrehumana.

Por otra parte, como observa el Padre Lallemant, «la piedad tiene una gran extensión en el ejercicio de la justicia cristiana:

« se prolonga no solamente hacia Dios, sino a todo lo que se relacione con Él, como la Sagrada Escritura, que contiene su palabra, los bienaventurados, que lo poseen en la gloria, las almas que sufren en el purgatorio y los hombres que viven en la tierra... Da espíritu de hijo para con los superiores, espíritu de padre para con los inferiores, espíritu de hermano para con los iguales, entrañas de compasión para con los que tienen necesidades y penas, y una tierna inclinación para socorrerlos... Es también lo que hace afligirse con los afligidos, llorar con los que lloran, alegrarse con los que están contentos, soportar sin aspereza las debilidades de los enfermos y las faltas de los imperfectos; y lleva, en fin, a hacerse todo para todos» (Doctrina espiritual IV,4,5).

El don de piedad, por obra del Espíritu Santo, perfecciona, pues, en modo sobrehumano el ejercicio de muchas virtudes, especialmente de la justicia y de la caridad: nos lleva a sentirnos verdaderamente hijos de Dios, nos hace celosos para promover su gloria, nos inclina a la benignidad con los hermanos, a la fraternidad, a la paciencia, a la castidad, al perdón de las ofensas, y a una servicialidad gratuita y sin límites.

Ejemplo de los Santos

Los santos, por el don de piedad, viven con intensidad sobrehumana la Comunión de los Santos. Gozan, pues, de su comunión profunda con la santísima Trinidad y con los bienaventurados, bien conscientes de que son «conciudadanos de los santos y familiares de Dios» (Ef 2,19). Y también, por el mismo don del Espíritu Santo, viven su fraternidad con todos los miembros de la Iglesia de la tierra y del purgatorio, así como su solidaridad con todos los hombres. Más aún, todo el mundo visible es para ellos Casa de Dios, y estando, como están, tan unidos al Creador, se sienten profundamente unidos a todas las criaturas, que en Dios tienen su ser y su fuerza, su belleza y su obrar.

Por el don de piedad, por ejemplo, vive San Francisco de Asís profundamente la fraternidad con todas las criaturas: con el hermano Sol, con la hermana luna, con el hermano fuego, con nuestra hermana madre tierra (sora nostra matre terra) (Cántico de las criaturas). También en Santa Catalina de Siena, por el don de piedad, hallamos preciosas expresiones de su vivencia fraternal con toda criatura de Dios. El Señor le dice al corazón:

«Todo está hecho por mi bondad y puesto al servicio del hombre, de manera que a cualquier parte que se vuelva, en cuanto a lo temporal o a lo espiritual, no halla más que el fuego y el abismo de mi caridad con máxima, dulce, verdadera y perfecta providencia» (Diálogo IV,7,151).

Ese mismo don espiritual de piedad enciende el corazón de Santa Teresa de Jesús, pues, como ella confiesa, viendo «campo o agua, flores; en estas cosas hallaba yo memoria del Creador, digo que me despertaban y recogían y servían de libro» (Vida 9,5). Y lo mismo le sucedía a San Juan de la Cruz (2 Subida 5,3).

Esa piadosa fraternidad con las criaturas se hace en los santos aún más profunda, por supuesto, respecto de los seres humanos. San Francisco de Asís, por ejemplo, siente y expresa esa fraternidad cristiana con acentos particularmente conmovedores. Es de notar con qué dulzura la expresa, unos años antes de morir, en su Carta a toda la Orden: «mis benditos hermanos..., señores hijos y hermanos míos..., todos mis hermanos sacerdotes», etc. Y si todos los hombres son para él un don de Dios, sus frailes, sus prójimos, lo son de un modo especial: «después que el Señor me dio hermanos»... (Testamento 14).

De Santa Teresita refiere una de sus hermanas del Carmelo, Sor María de la Trinidad: «llamaba a los pecadores "sus hijos", y se tomaba muy en serio el título de "madre", respecto de ellos» (Proceso ordinario). Ella estaba, como San Pablo, queriendo engendrarlos a la vida en Cristo por el Evangelio, y sufría por ellos, con oración y penitencias, dolores como de parto (+1Cor 4,15).

Por otra parte, esa amorosa fraternidad cristiana, como lo recuerda San Francisco, procede evidentemente del Padre celestial: «todos vosotros sois hermanos, y entre vosotros no llaméis a nadie padre sobre la tierra, pues uno solo es vuestro Padre, que está en los cielos» (Mt 23,9: +I Regla 22,35). Es el mismo sentimiento de San Pablo, cuando escribe: «yo doblo mis rodillas ante el Padre, de quien procede toda familia en los cielos y en la tierra» (Ef 3,14-15).

El don de piedad lleva a perfección el abandono confiado en la providencia amorosa del Padre. Si nuestra más profunda identidad es la de hijos de Dios, porque él ha querido hacerse Padre nuestro, y si nuestro Padre es bueno y omnipotente, y conoce nuestras necesidades, ¿qué lugar puede quedar para la inquietud en el corazón cristiano? A Él se eleva la oración filial de Santa Teresa:

«Padre nuestro que estás en los cielos... ¡Oh Hijo de Dios y Señor mío!, ¿cómo dais tanto junto a la primera palabra [del paternóster]?... Le obligáis a que la cumpla, que no es pequeña carga; pues en siendo Padre, nos ha de sufrir, por graves que sean las ofensas. Si nos tornamos a Él, como el hijo pródigo, nos ha de perdonar, nos ha de consolar en nuestros trabajos, nos ha de sustentar como lo ha de hacer un tal Padre, que forzado ha de ser mejor que todos los padres del mundo» (Camino Vall. 27,1-2).

La oración cristiana, en efecto, está llena de piedad filial y se dirige principalmente al Padre celeste. Así nos lo enseñó nuestro Maestro: «cuando oréis, decid: Padre» (Lc 11,2). Cristo «nos enseñó a dirigir la oración a la persona del Padre» (Sto. Tomás, In IV Sent. dist.15,q.4, a.5,q.3, ad1m). Ésa es la norma de la tradición, constantemente observada por la liturgia católica, que eleva siempre sus oraciones a Dios Padre, por Jesucristo, su Hijo, que con él vive y reina en la unidad del Espíritu Santo.
Un buen ejemplo del don de piedad filial lo hallamos en las oraciones contemplativas de Santa Catalina de Siena, que normalmente eleva sus oraciones al Padre, uniendo siempre a Él maravillosamente al Hijo y al Espíritu. Éste suele ser el modo de sus oraciones:

«Porque sabes, quieres y puedes, apelo a tu poder, Padre eterno; a la sabiduría de tu Hijo unigénito, por su preciosa sangre, y a la clemencia del Espíritu Santo, fuego y abismo de caridad, que tuvo a tu Hijo cosido y clavado en la cruz, para que hagas misericordia al mundo y le des el calor de la caridad con paz y unión en la santa Iglesia. No quiero que tardes más. Te ruego que tu infinita bondad te obligue a no cerrar los ojos de tu misericordia.... Jesús dulce, Jesús amor» (Orac. 24; Rocca de Tentennano 28-X-1378).

Disposición receptiva

Pidamos siempre al Padre el espíritu filial y fraternal, y pidámosle que nos lo infunda por el don de piedad, propio del Espíritu de Jesús. Pero al mismo tiempo dispongámonos a recibir ese don con estas virtudes y prácticas:

1. Venerar al Creador, contemplar su grandeza en el mundo visible, considerando a éste como Casa de Dios. Tratar con respeto todas las criaturas que el Padre ha puesto en el mundo a nuestro servicio. Ya nos dijo el Apóstol: «todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios» (1Cor 3,23).

2. Dirigir muchas veces nuestra oración al Padre celestial, por Jesucristo, bajo el influjo del Espíritu Santo, que orando en nosotros, dice: Abba, Padre.

3. Meditar en nuestra condición de hijos de Dios y hermanos en Cristo.

4. Confiar en la providencia de nuestro Padre en todas las vicisitudes de nuestra vida, combatiendo toda preocupación por un abandono confiado en su amor misericordioso (+Mt 6,25-34)


5. Tratar al prójimo como hermano, ejercitando siempre con él la benignidad, la paciencia, la compasión, el perdón, la servicialidad, la comunicación de b
ienes.

22 de mayo de 2015

EN PENTECOSTÉS: (V) CIENCIA

EL DON DE CIENCIA

Nos da a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador. Nos muestra la grandeza y la belleza de las cosas creadas y, al mismo tiempo, la profunda vanidad del mundo presente y de todo aquello que no está ordenado a Dios.



El don de ciencia es un hábito sobrenatural, infundido por Dios con la gracia santificante en el entendimiento del hombre, para que por obra del Espíritu Santo, juzgue rectamente, con lucidez sobrehumana, acerca de todas las cosas creadas, refiriéndolas siempre a su fin sobrenatural. Por tanto, en la consideración del mundo visible, el don de ciencia perfecciona la virtud de la fe, dando a ésta una luminosidad de conocimiento al modo divino (STh II-II,9).

Según esto, el hábito intelectual del don de ciencia es muy distinto de la ciencia natural, que a la luz de la razón conoce las cosas por sus causas naturales, próximas o remotas. Es también diverso de la ciencia teológica, en la que la razón discurre, iluminada por la fe, acerca de Dios y del mundo.

El don de ciencia conoce profundamente las cosas creadas sin trabajo discursivo de la razón y de la fe, sino más bien por una cierta connaturalidad con Dios, es decir, por obra del Espíritu Santo, con rapidez y seguridad, al modo divino. Ve y entiende con facilidad la vida presente en referencia continua a su fin definitivo, la vida eterna.

El don de ciencia, pues, trae consigo a un tiempo dos efectos que no son opuestos, sino complementarios. De un lado, produce una dignificación suprema de la vida presente, pues las criaturas se hacen ventanas abiertas a la contemplación de Dios, y todos los acontecimientos y acciones de este mundo, con frecuencia tan contingentes, tan precarios y triviales, se revelan, por así decirlo, como causas productoras de efectos eternos. Y de otro lado, al mismo tiempo, el don de ciencia muestra la vanidad del ser de todas las criaturas y de todas sus vicisitudes temporales, comparadas con la plenitud del ser de Dios y de la vida eterna.

No es fácil encarecer suficientemente hasta qué punto es necesario para la perfección el don de ciencia. Y hoy más que nunca. Todos los cristianos, los niños y los jóvenes, los novios y los matrimonios, los profesores, los políticos, los hombres de negocios, los párrocos y los religiosos, los obispos y los teólogos, necesitan absolutamente del don de ciencia para que sus mentes, dóciles a Dios, queden absolutamente libres de los condicionamientos envolventes del mundo en que viven.

Si pensamos que un cirujano que padece ofuscaciones frecuentes en la vista o que un conductor de autobús que sufre de vez en cuando mareos y desvanecimientos, no están en condiciones de ejercer su oficio, de modo semejante habremos de estimar que aquéllos que reciben importantes responsabilidades de gobierno, si no poseen suficientemente el don de ciencia, causarán sin duda grandes males en la sociedad y en la Iglesia.

El ejemplo de los santos

Al don de ciencia se le suele decir la ciencia de los santos. Así la llamó Juan de Santo Tomás, en alusión a aquel texto de la Escritura: el Señor «les dio la ciencia de los santos» (Sab 10,10; In I-II, d.18, 43,10).

En todos los santos, es cierto, tanto en los cultos como en los incultos, ha brillado siempre el don de ciencia, por el cual el mundo visible viene a ser revelación de Dios. Ya no es el mundo para ellos un lastre, una distracción o una tentación, sino que se torna para ellos en escala maravillosa hacia la perfecta unión con Dios.

San Francisco de Asís, por ejemplo, «abrazaba todas las cosas con indecible devoción afectuosa, les hablaba del Señor y les exhortaba a alabarlo. Dejaba sin apagar las luces, lámparas, velas, no queriendo extinguir con su mano la claridad que le era símbolo de la luz eterna. Caminaba con reverencia sobre las piedras, en atención a Aquel que a sí mismo se llamó Roca... Pero ¿cómo decirlo todo? Aquel que es la Fuente de toda bondad, el que será todo en todas las cosas, se comunicaba a nuestro Santo también en todas las cosas» (Tomás de Celano, II Vida cp.124).

Por el precioso don de ciencia todos los santos, como el Poverello, han encontrado a Dios en las criaturas, y se han conmovido profundamente ante la belleza del mundo visible.

San Juan de la Cruz, por ejemplo, a un tiempo místico y poeta, halla palabras para expresar estas maravillas que da a conocer el don de ciencia:

El alma «comienza a caminar [espiritualmente] por la consideración y conocimiento de las criaturas al conocimiento de su Amado, Creador de ellas; porque, después del ejercicio del conocimiento propio, esta consideración de las criaturas es la primera en este camino espiritual» (Cántico 5,1).

Y es que, «aunque muchas cosas hace Dios por mano ajena, como de los ángeles o de los hombres, ésta que es crear nunca la hizo ni hace por otra que por la suya propia. Y así el alma mucho se mueve al amor de su Amado Dios por la consideración de las criaturas, viendo que son cosas que por su propia mano fueron hechas» (Cántico 5,3). Ve el alma que es Él quien las mantiene en su perenne belleza: «siempre están con verdura inmarcesible, que ni fenece ni se marchitan con el tiempo» (5,4).

Por eso, en la contemplación del mundo, el alma creyente, iluminada por el don de ciencia, «halla verdadero sosiego y luz divina y gusta altamente de la sabiduría de Dios, que en la armonía de las criaturas y hechos de Dios reluce; y siéntese llena de bienes y ajena y vacía de males, y, sobre todo, entiende y goza de inestimable refección de amor, que la confirma en amor» (14,4).

El don de ciencia da a conocer muy especialmente la belleza fascinante del alma humana que está en la gracia divina:

Sobre esto, santa Catalina de Siena le decía al Beato Raimundo, su director: «Padre mío, si viera usted el encanto de un alma racional, no dudo en absoluto que daría cien veces la vida por la salud de esa alma, pues en este mundo no hay nada que pueda igualar tanta belleza» (Leyenda 151). Y lo mismo decía Santa Teresa: «el alma del justo es un paraíso donde dice Él que tiene sus deleites... No hallo yo cosa con qué comparar la gran hermosura de un alma» (I Moradas 1,1). Y San Juan de la Cruz: «¡oh alma, hermosísima entre todas las criaturas!» (Cántico 1,7).

Pero, al mismo tiempo que esta grandeza y belleza de las criaturas, el don de ciencia muestra la vanidad profunda del mundo presente. Los santos, por eso, siempre han entendido con evidencia que «todas las cosas de la tierra y del cielo, comparadas con Dios, nada son, como dice Jeremías [4,3]» (1 Subida 4,3).
En efecto, «todo el ser de las criaturas, comparado con el infinito ser de Dios, nada es; y, por tanto, el alma que en ellas pone su afición [desordenada], delante de Dios también es nada y menos que nada» (ib.4,4).

El don de ciencia, de este modo, perfeccionando la fe, desengaña al hombre espiritual de todas las fascinaciones y mentiras con que el mundo engaña a los hombres mundanos. Son indecibles las fascinaciones que el mundo ejerce sobre los hombres, también sobre tantos cristianos: «toda la tierra seguía maravillada a la Bestia» (Ap 13,3). El resultado es un espanto: «mi pueblo está loco, me ha desconocido; son necios, no ven: sabios para el mal, ignorantes para el bien» (Jer 4,22).

Santa Teresa de Jesús, por el don de ciencia, captó con especial lucidez este engaño general en que viven los hombres.

Ella lo ve todo «al revés» de como lo ven los mundanos o de cómo lo veía ella antes. Y por eso se duele al pensar en su vida antigua, «ve que es grandísima mentira, y que todos andamos en ella» (Vida 20,26); «riese de sí, del tiempo en que tenía en algo los dineros y la codicia de ellos» (20,27), y «no hay ya quien viva, viendo por vista de ojos el gran engaño en que andamos y la ceguedad que traemos» (21,4). «¡Oh, qué es un alma que se ve aquí haber de tornar a tratar con todos, a mirar y ver esta farsa de esta vida tan mal concertada!» (21,6).

Asistido por el don de ciencia, el cristiano perfecto -santa Teresa, concretamente- ve la mentira de las cosas más estimadas por el mundo, y también muchas veces por los mismos cristianos piadosos.

En cierta ocasión, doña Luisa de la Cerca enseña en su casa una colección de joyas a su amiga Teresa de Jesús: «Ella pensó que me alegraran. Yo estaba riéndome entre mí y habiendo lástima de ver lo que estiman los hombres, acordándome de lo que nos tiene guardado el Señor, y pensaba cuán imposible me sería, aunque yo conmigo misma lo quisiese procurar, tener en algo aquellas cosas, si el Señor no me quitaba la memoria de otras.

«Esto es un gran señorío para el alma, tan grande que no sé si lo entenderá sino quien lo posee; porque es el propio y natural desasimiento, porque es sin trabajo nuestro: todo lo hace Dios [es, pues, don de ciencia], que muestra Su Majestad estas verdades de manera que quedan tan imprimidas, que se ve claro que no lo pudiéramos por nosotros de aquella manera en tan breve tiempo adquirir» (Vida 38,4).

El don de ciencia muestra también el pecado, por muy escondido que esté en la práctica común y general. El santo distingue con toda seguridad y facilidad lo que ofende a Dios y le desagrada, lo que es contrario al Evangelio, por muy aceptado que esté en el mundo y entre los mismos cristianos: costumbres, modas, criterios, espectáculos, etc. Y alcanza a ver, ve con una ciencia espiritual luminosa, la absoluta vanidad de todo aquello que en el mundo no está ordenado a Dios. Ve cómo las criaturas no finalizadas en su Creador, por mucho que se hinchen y aparenten -en la televisión y en la prensa, sea en la sociedad, sea en el mismo mundo de la Iglesia-, son nada, menos que nada, por grande que sea su brillo y esplendor. Lo ve, lo ve con toda claridad, porque el Señor mismo se lo muestra, como se lo hizo ver a Teresa:

« ¿Sabes qué es amarme con verdad? Entender que todos es mentira lo que no es agradable a mí. Con claridad verás esto que ahora no entiendes en lo que aprovecha a tu alma.

«Y así lo he visto, sea el Señor alabado, que después acá tanta vanidad y mentira me parece lo que yo no veo va guiado al servicio de Dios, que no lo sabría yo decir como lo entiendo, y lástima me hacen los que veo con la oscuridad que están en esta verdad» (Vida 40,1-2).

El santo, por el don de ciencia viene a ser desengañado del engaño colectivo; es decir, despierta del sueño que le mantenía espiritualmente dormido, como a tantos otros.

El Señor, sigue Teresa de Jesús, «me ha dado una manera de sueño en la vida, que casi siempre me parece estoy soñando lo que veo: ni contento ni pena que sea mucha no la veo en mí... Y esto es entera verdad, que aunque después yo quiera holgarme de aquel contento o pesarme de aquella pena, no es en mi mano, sino como lo sería a una persona discreta tener pena o gloria de un sueño que soñó. Porque ya mi alma la despertó el Señor de aquello que, por no estar yo mortificada ni muerta a las cosas del mundo, me había hecho sentimiento, y no quiere Su Majestad que se torne a cegar» (Vida 40,22).

Experiencias espirituales semejantes del don de ciencia, igualmente impresionantes, las hallamos en Santa Catalina de Siena. Cuenta el Beato Raimundo de Capua, dominico, director suyo:

Una vez el Señor Jesucristo se aparece a Santa Catalina y le dice: «¿Sabes, hija, quién eres tú y quién soy yo? Si llegas a saber estas dos cosas, serás bienaventurada. Tú eres la que no es; yo, en cambio, soy el que soy» (Leyenda 92). De esta premisa parte toda la doctrina espiritual de esta Doctora. «Si el alma -decía- conoce que por sí misma no es nada y que todo se lo debe al Señor, resulta que no confía ya en sus operaciones, sino sólo en las de Dios. Por esto el alma dirige toda su solicitud a Él. Sin embargo, el alma no deja para más tarde hacer lo que puede, pues al derivarse tal confianza del amor y al causar necesariamente el amor al amante el deseo de la cosa amada -deseo que no puede existir si el alma no hace las obras que le son posibles- resulta que ella actúa por razón del amor. Pero no por ello confía en su operación como cosa suya, sino como operación del Creador. Todo esto se lo enseña perfectamente [por el don de ciencia] el conocimiento de la nada que es y la perfección del mismo Creador» (99).

Hasta tal punto llega la lucidez espiritual sobrehumana de Catalina, y la referencia continua que ella hacía de la criatura a su Creador, que veía ella en los hombres con más claridad sus almas que sus cuerpos. Así se lo había pedido ella al Señor, y el Señor se lo concedió. «Y la gracia de este don, atestigua el Beato Raimundo, fue tan eficaz y perseverante que, a partir de entonces, Catalina conoció mejor que los cuerpos, las operaciones y la índole de todas las almas a las que se acercaba».

Una vez, «cuando le dije a solas que algunos murmuraban porque habían visto a hombres y a mujeres arrodillados ante ella, sin que ella lo impidiera, me respondió: "Sabe el Señor que yo poco o nada veo de los movimientos de quien tengo cerca. Estoy tan ocupada leyendo sus almas, que no me fijo para nada en sus cuerpos". Entonces le pregunté: "¿Ves, acaso, sus almas?". Y ella me respondió: "Padre, le revelo ahora en confesión que desde que mi Salvador me concedió la gracia de liberar a una cierta alma... no aparece casi nunca ante mí nadie de quien no intuya el estado de su alma"» (151).

«Daré una confirmación de esto que he dicho. Recuerdo que hice de intérprete entre el Sumo Pontífice Gregorio XI, de feliz memoria, y nuestra santa virgen, porque ella no conocía el latín y el Pontífice no sabía italiano. Mientras hablábamos, la santa virgen se lamentó de que en la Curia Romana, donde debería haber un paraíso de celestiales virtudes, se olía el hedor de los vicios del infierno. El Pontífice, al oírlo, me preguntó cuánto tiempo hacía que había llegado ella a la Curia. Cuando supo que lo había hecho pocos días antes, respondió: "¿Cómo en tan poco tiempo has podido conocer las costumbres de la Curia Romana?". Entonces ella, cambiando súbitamente su disposición sumisa por una actitud mayestática, tal como lo vi con mis propios ojos, erguida, prorrumpió en estas palabras: "Por el honor de Dios Omnipotente, me atrevo a decir que he sentido yo más el gran mal olor de los pecados que se cometen en la Curia Romana sin moverme de Siena, mi ciudad natal, del que sienten quienes los cometieron y los cometen todos los días". El Papa permaneció callado, y yo, consternado, razonaba en mi interior y me preguntaba con qué autoridad habían sido dichas unas palabras como aquéllas a la cara de un Pontífice» (152).

Ésta es la lucidez espiritual propia del don de ciencia. Esta santa sin estudios, más aún, analfabeta, viviendo siempre en Siena, sirviendo en la casa de su padre, el tintorero Benincasa, penúltima de veinticinco hermanos, siendo joven -muere a los treinta y tres años-, por el don espiritual de ciencia, por obra del Espíritu Santo, conoce mil veces mejor el mundo -el mundo de su época, el corazón de los hombres, el mundillo romano eclesiástico-, que tantos otros que, a pesar de sus muchos estudios y experiencias, no entienden nada, y ni sospechan siquiera cuáles son los problemas reales del siglo y de la Iglesia en que viven.

El don de ciencia da al pensamiento y a la acción del santo una suprema libertad respecto del mundo de su tiempo. Esa independencia total del mundo, se dice fácilmente, pero si no es por obra del Espíritu Santo, concretamente por el don de ciencia y por otros dones suyos, es imposible de vivir, al menos en forma plena. Conviene saberlo.

«Esta tan perfecta osadía y determinación en las obras -advierte San Juan de la Cruz- pocos espirituales la alcanzan, porque, aunque algunos tratan y usan este trato, nunca se acaban de perder en algunos puntos o de mundo o de naturaleza, para hacer las obras perfectas y desnudas por Cristo, no mirando a lo que dirán o qué parecerá... No están perdidos [del todo] a sí mismos en el obrar; todavía tienen vergüenza de confesar a Cristo por la obra delante de los hombres, teniendo respeto a cosas. No viven en Cristo de veras» (Cántico 30,8).

Alude aquí a su verso «diréis que me he perdido», y aún más a la enseñanza de Jesús: «el que quiera salvar su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará» (Mt 16,25).

Aún hay, sin embargo, quien estima que los santos, especialmente los de vida mística más alta, apenas entienden nada de la vida presente, alienados como están de ella por su misma vida contemplativa. Pero no, ellos son los únicos que de verdad entienden lo que sucede en el mundo y en la Iglesia de su tiempo. Eso está claro.


Disposición receptiva


Con la gracia de Dios, dispongámonos a recibir el precioso don de ciencia con estas prácticas y virtudes:

1. La oración, la meditación, la súplica. Siempre la oración es premisa primera para la recepción de todos los dones del Espíritu Santo, pero en éstos, como el don de ciencia, que son intelectuales, parece que es aún más imprescindible.

2. Procurar siempre ver a Dios en la criatura. Ignorar u olvidar que el Creador «no sólo le da el ser y el existir, sino que la mantiene a cada instante en el ser, le da el obrar y la lleva a su término» (Catecismo 300), es dejar el alma engañada, necesariamente envuelta en tinieblas y mentiras, en medio de la realidad presente.

3. Pensar, hablar y obrar con perfecta libertad respecto del mundo. Es decir, no tener ningún miedo a estimar que la mayoría -también la mayoría del pueblo cristiano-, en sus criterios y costumbres, está en la oscuridad y en la tristeza del error, al menos en buena parte. Aquí se nos muestra otra vez la mutua conexión necesaria de los dones del Espíritu Santo: el don de ciencia, concretamente, no puede darse sin el don de fortaleza.

4. Ver en todo la mano de Dios providente. Aprender a leer en el libro de la vida -en los periódicos, en lo que sucede, en lo que le ocurre a uno mismo-, pero aprender a leer ese libro con los ojos de Cristo. Él es nuestro único Maestro, el único que conoce el mundo celestial, y el único que entiende el mundo temporal, el único que comprende lo que sucede, lo que pasa, es decir, lo que es pasando.

5. Guardarse en fidelidad y humildad. El don de ciencia, efectivamente, es don de Dios, pero es un don que Dios concede a los humildes, a los que, recibiendo la gracia de la humildad, le buscan, le aman y guardan fielmente sus mandatos:

«Tu mandato me hace más sabio que mis enemigos, siempre me acompaña. Soy más docto que todos mis maestros, porque medito tus preceptos. Soy más sagaz que los ancianos, porque cumplo tus leyes» (Sal 118,98-100).





21 de mayo de 2015

EN PENTECOSTÉS: (IV) LA FORTALEZA

EL DON DE FORTALEZA

La fortaleza es el don del Espíritu
que sostiene la virtud moral que llamamos de la misma manera.
Para obrar valerosamente lo que Dios quiere de nosotros
y sobrellevar las contrariedades de la vida, requerimos de este don.
Él nos ayuda a resistir las instigaciones de las pasiones internas
y las presiones del ambiente,
así como a superar la timidez y la agresividad.
El hombre, diariamente experimenta la propia debilidad,
especialmente en el campo espiritual y moral.
Cede, quizá sin darse cuenta, a los impulsos de las pasiones internas
y a las presiones que, sobre él, ejerce el ambiente circundante.
Este don asiste al cristiano para que pueda practicar, aún en grado heroico, las virtudes de la paciencia, la humildad, la pobreza, la castidad, la obediencia…



El don de fortaleza es un hábito sobrenatural que fortalece al cristiano para que, por obra del Espíritu Santo, pueda ejercitar sus virtudes heroicamente y logre así superar con invencible confianza todas las adversidades de este tiempo de prueba y de lucha, que es su vida en la tierra.

Cuando el Espíritu Santo activa en los fieles el don de la fortaleza, se ven éstos asistidos por la fuerza misma del Omnipotente, y superan con facilidad y seguridad toda clase de pruebas, sean internas o externas. Es entonces cuando los cristianos prestan con toda naturalidad servicios que exigen una abnegación heroica, y cuando soportan sin queja alguna la soledad, el desprecio, la marginación y toda clase de adversidades, ordinarias o extraordinarias. Todo lo aguantan con serenidad y paciencia, sin vacilaciones, con buen ánimo, sin alardes, con toda confianza y sencillez, es decir, con una facilidad sobrehumana. Y digo sobrehumana porque ya no es sólo la virtud de la fortaleza quien actúa en ellos, sino el don del Espíritu Santo.

Distinción entre la virtud cardinal y el don de fortaleza

La virtud moral de la fortaleza apoya al cristiano con el auxilio de la gracia divina, que de suyo, ciertamente, es omnipotente. Pero siendo una virtud, se ejercita al modo humano, es decir, según el discurso de la razón -a veces lento, complejo, laborioso-, de tal modo que esta virtud no llega a quitar del alma en forma absoluta toda vacilación, y todo temor o angustia.

Por el contrario, el don espiritual de fortaleza, por obra inmediata del Espíritu Santo, al modo divino, de manera sobrehumana, aleja del alma todo miedo, le infunde un valor divino y una serenidad inviolable, de tal modo que puede pensar, decir o hacer cualquier cosa -todo lo que Dios quiera obrar en él- sin temblor alguno, y sin caer, por supuesto, en actitudes imprudentes, pues unido necesariamente al don de fortaleza está el don de consejo.

El don de fortaleza lleva, pues, a perfección el ejercicio de la virtud de la fortaleza, pero asiste también, evidentemente, a todas las demás virtudes -la paciencia, la humildad, la pobreza, la castidad, la obediencia, etc.-, de modo que, gracias a él, todas ellas puedan practicarse con prontitud, seguridad y perfección, sean las que fueren las circunstancias.

Toda «la vida del hombre sobre la tierra es un combate» (Job 7,1): lucha contra sí mismo -la propia malicia y debilidad del hombre carnal-, lucha contra el mundo, lucha contra el demonio. Es un combate continuo, incesante, agotador, en el que ciertos desfallecimientos inoportunos, en determinados momentos cruciales, pueden causar enormes daños en la persona que los sufren y en los demás.

Pues bien, no podrá el cristiano salir victorioso de una batalla tan continua y terrible si Cristo Salvador -sin el cual nada podemos (+Jn 15,5)- no le comunica su fuerza, primero al modo humano, por la virtud de la fortaleza, y más tarde al modo divino, por el don de fortaleza.

Ejemplo de los santos



La fortaleza sobrehumana del Espíritu se manifiesta en toda la vida de Cristo, tanto en su dominio sobre los hombres -por ejemplo, cuando impide en Nazaret que le precipiten de lo alto del monte (Lc 4,28-30)-, como en su señorío sobre la naturaleza -calmando, por ejemplo, la tempestad del lago (8,24-25)-.

Sin embargo, el espíritu sobrehumano de fortaleza se manifiesta en Cristo sobre todo en el momento de la Pasión, cuando mantiene el incondicional de su obediencia al Padre aun sintiendo «pavor, angustia», «tristeza de muerte», y aun llegando a «sudar sangre» del horror sentido (Mt 26,38; Mc 14,33; Lc 22,44). A tanto llegó el abismo del espanto, que «un ángel del cielo se le apareció para fortalecerlo» (Lc 22,43). ¡El Verbo eterno encarnado, el Primogénito de toda criatura, fortalecido por el Espíritu divino mediante una criatura!...

No nos escandalicemos de Jesús, agonizante de terror, sino adorémoslo muy especialmente en estas angustias suyas de muerte, por las que quiso bajar al fondo mismo del sufrimiento humano, manifestándonos al mismo tiempo en su debilidad extrema la infinita fuerza del Espíritu divino.

De todos modos, no permite Dios normalmente que los discípulos de su Hijo, que son tan débiles, se vean hundidos en tales abismos de horror indecible. Y por eso los conforta eficacísimamente con su Espíritu, humanamente, por la virtud infusa de la fortaleza, o sobrehumanamente, por el don de fortaleza.

La fuerza sobrehumana del Espíritu, es decir, el don de fortaleza, se manifiesta también poderoso en los santos de Cristo. Él es el que sostiene durante años y años a los contemplativos en la soledad, el silencio y la vida penitente. Él es el que da fuerza a los confesores para testimoniar la verdad de Cristo, afrontando con toda paz exilios, desprestigios y marginaciones incontables. Él es el que asiste a tantos párrocos, padres de familia, misioneros, religiosos asistenciales, etc., para que en situaciones, a veces habituales, sumamente difíciles o en momentos de prueba extrema, mantengan un testimonio heroico de abnegación, fidelidad y caridad.

Pero, sin duda, los más impresionantes ejemplos del don de fortaleza los hallamos en los innumerables mártires de la historia cristiana. Las Actas de los mártires son un álbum precioso en el que los efectos del don de la fortaleza se nos muestran en miles de imágenes fascinantes. Todos ellos, sostenidos por la fortaleza del Espíritu Santo, como los apóstoles, pasan por la angustia de pruebas extremas «con la alegría de haber sido hallados dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús» (Hch 5,41).

El mártir San Vicente, diácono.



Contemplemos, por ejemplo, el martirio del diácono San Vicente descrito por San Agustín:

«Era tan grande la crueldad que se ejercitaba en el cuerpo del mártir y tan grande la tranquilidad con que él hablaba, era tan grande la dureza con que eran tratados sus miembros y tan grande la seguridad con que sonaban sus palabras, que parecía como si el Vicente que hablaba no fuera el mismo que sufría el tormento.

«Y es que, en realidad, así era: era otro el que hablaba. Así lo había prometido Cristo a sus testigos en el Evangelio, al prepararlos para semejante lucha. Había dicho, en efecto: "No os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis. No seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros" [Mt 10,19-20].

«Era, pues, el cuerpo de Vicente el que sufría, pero era el Espíritu quien hablaba, y por estas palabras del Espíritu no sólo era redargüida la impiedad, sino también confortada la debilidad» (Sermón 276, 2).

La fortaleza en Santa Teresita del niño Jesús: un martirio de amor



No es preciso, sin embargo, que se dé el martirio sangriento para que el don de fortaleza resplandezca con toda su grandeza. En Santa Teresa del Niño Jesús, por ejemplo, podemos contemplar ese don del Espíritu en una de sus versiones más conmovedoras. Ella, por su naturaleza, no tenía nada de fuerte; más bien era una persona de poca salud y con una constitución psicosomática más bien débil y vulnerable.

Siendo niña, refería su madre en una carta, «tiene unas rabietas terribles cuando las cosas no salen a su gusto, se revuelca por el suelo como una desesperada, creyéndolo todo perdido. Hay momentos en que la contrariedad la vence, y entonces hasta parece que va a ahogarse. Es una niña muy nerviosa» (Manuscritos autobiográficos A8r). Y ella misma dice de sí: «realmente en todo hallaba motivo de sufrimiento» (A4r). «Verdaderamente, mi extremada sensibilidad me hacía insoportable. Si me acontecía disgustar involuntariamente a alguna persona querida, lloraba como una Magdalena... Y cuando empezaba a consolarme de la falta en sí misma, lloraba por haber llorado. Eran inútiles todos los razonamientos; no conseguía corregir tan feo defecto» (A44v).

Tuvo, sin embargo, por gracia de Dios, una buena educación cristiana, concretamente en la virtud de la fortaleza. Su hermana Paulina, por ejemplo, le obligaba a veces, para que venciera el miedo, a quedarse sola de noche a oscuras (A18v).

De todos modos, así como hay casos en que las virtudes sobrenaturales se desarrollan en continuidad con la virtud natural de la persona -la sabiduría en Santo Tomás, por ejemplo-, hay casos en que las virtudes se acrecientan por contraste -por ejemplo, la mansedumbre en San Francisco de Sales-. En el caso de Santa Teresita es indudable que su formidable fortaleza nace solamente de la gracia: primero ejercitada, por contraste, en actos de virtud muy intensos y frecuentes -ocasionados por su propia debilidad natural-; más tarde, como don de fortaleza, como don sobrehumano del Espíritu Santo. Ella, a causa de su debilidad congénita, de ningún modo podía apoyarse en sí misma, y justamente por eso, apoyándose solamente en Dios, vino a hacerse sobrehumanamente fuerte. Estamos, como ya vimos, en plena lógica evangélica: «en la flaqueza llega al colmo la fuerza» (2Cor 12,9). El paso que, por obra del Espíritu Santo, da Santa Teresita de la mayor debilidad a la fortaleza espiritual más formidable es verdaderamente impresionante. Ella misma se admiraba.

Antes, « en todo hallaba motivo de sufrimiento. Exactamente todo lo contrario de lo que me pasa ahora, pues Dios me ha concedido la gracia de no apenarme por ninguna cosa pasajera. Cuando me acuerdo del tiempo pasado, mi gratitud se desborda en mi alma, viendo los favores que he recibido del cielo. Se ha operado en mí tal cambio, que ni yo misma me reconozco» (A43r).

Por obra del Espíritu Santo se ha producido este cambio, al modo humano de las virtudes, primero, y por el don de fortaleza finalmente, ya de modo perfecto. Ella misma lo entiende así, y refiere con detalle cuándo exactamente y cómo el Espíritu divino despertó en ella para siempre el don de la fortaleza:
«Era necesario que Dios obrase un pequeño milagro para hacerme crecer en un momento. Y el milagro lo realizó el día inolvidable de Navidad... La noche en que Él se hace débil y doliente por mi amor, me hizo a mí fuerte y valerosa; me revistió de sus armas. Desde aquella noche bendita nunca más fui vencida en ningún combate. Por el contrario, marché de victoria en victoria... Se secó entonces la fuente de mis lágrimas... Fue el 25 de diciembre de 1886 [a los trece años de edad] cuando se me concedió la gracia de salir de mi infancia; en otras palabras, la gracia de mi total conversión... Teresa ya no era la misma; Jesús había cambiado su corazón» (A44v-45r).

Por otra parte, es preciso señalar que la fortaleza sobrehumana de Santa Teresita nace fundamentalmente de su amor a Cristo crucificado. Ya en la primera comunión, el Espíritu Santo le inspira un gran amor al sufrimiento, y le lleva a hacer suya aquella petición de la Imitación de Cristo: « ¡oh Jesús, dulzura inefable, cámbiame en amargura todos los consuelos de la tierra!». Y esto lo realiza ella más en forma donal que virtuosa:

«Esta oración brotaba de mis labios sin el menor esfuerzo y sin dificultad alguna. Me parecía repetirla no por propia voluntad, sino como una niña que repite las palabras que le inspira un amigo» (A36rv).

Ya en el Carmelo, crece más y más su fortaleza en el Espíritu, aumentado así su deseo y su capacidad de participar en la cruz de Cristo. En el Proceso ordinario para la beatificación de Teresa, su hermana Sor Genoveva, al considerar la virtud de la fortaleza, habla largamente de la fortaleza espiritual de la Sierva de Dios:

«En ninguna ocasión se proporcionó a sí misma alivios o ayudas fuera de los que le ofrecían espontáneamente, sin adelantarse ella a pedirlos... Desde muy pequeña había adquirido la costumbre de no desperdiciar las pequeñas ocasiones de mortificarse... Y en el Carmelo, sus hábitos de mortificación se extendieron a todas las cosas. Noté que nunca preguntaba noticias... En el refectorio, aceptaba sin quejarse jamás que le sirviesen las sobras de la comida. Nunca apoyaba la espalda, no cruzaba los pies, siempre se mantenía derecha... No admitía nada que se pareciese a comodidad y desenvoltura mundanas. A menos que una gran necesidad lo exigiese, no se enjugaba el sudor, porque decía que hacerlo era señal de que se tenía demasiado calor y una manera de hacerlo saber...

«A propósito de los instrumentos de penitencia... me dijo: "juzgo que no vale la pena hacer las cosas a medias. Yo tomo la disciplina para hacerme daño, y deseo hacerme el mayor daño posible"... Durante el invierno, a pesar de los numerosos sabañones que le hinchaban considerablemente las manos, rara vez la vi mantenerlas ocultas» para protegerlas del frío.

El espíritu de fortaleza, sin embargo, se manifestó en ella sobre todo soportando inmensas penas interiores. En el mismo Proceso, el P. Godofredo Madelaine, abad premonstratense que tuvo con la santa relación de conciencia, subraya «el verdadero martirio» que, sobre todo en algunas épocas, pasó Teresa a causa de los escrúpulos, las dudas de fe y las Noches del sentido y del espíritu:

«Sufrió además un martirio de amor, que me siento incapaz de describir, pero en cuyo contexto la sola idea de ofender a Dios le causaba indecible tormento [don de temor]. Y a todas estas pruebas se añadía un estado habitual de aridez y desamparo interior. Pues bien, lo que siempre me pareció extremadamente notable fue su fortaleza de ánimo para soportar todas estas penas [don de fortaleza]. Su alegría, su buen humor, su amabilidad para con todos eran tan constantes que, en la comunidad, nadie sospechaba lo mucho que sufría».

La débil Teresita, por el amor al Crucificado, por su deseo de participar más en la obra de la Redención, ha venido a ser la mujer fuerte: «Jesús me hizo comprender que quería darme las almas por medio de la cruz. Y así mi anhelo de sufrir creció en la medida que aumentaba el sufrimiento» (A69v). Ahora, según lo había pedido en su primera comunión, «mi consuelo es no tenerlo en la tierra» (B1r). La invencible fortaleza de Teresita es la Cruz de Cristo.

Poco antes de morir, escribe en algunas cartas: «El sufrimiento unido al amor es lo único que me parece deseable en este valle de lágrimas» (Cta. 253: 13-II-1897). «Desde hace mucho tiempo, el sufrimiento se ha convertido en mi cielo aquí en la tierra» (254: 14-VII-1897). «He encontrado la felicidad y la alegría aquí en la tierra, pero únicamente en el sufrimiento, pues he sufrido mucho aquí abajo. Habrá que hacerlo saber a las almas... Desde mi primera comunión, cuando pedí a Jesús que me cambiara en amargura todas las alegrías de la tierra, he tenido un deseo continuo de sufrir. Pero no pensaba cifrar en ello mi alegría. Ésta es una gracia que no se me concedió hasta más tarde» (Últimas conversaciones 31-VII-1897,13).

Y el mismo día de su muerte: «Todo lo que he escrito sobre mis deseos de sufrir es una gran verdad... Y no me arrepiento de haberme entregado al Amor» (ib. 30-IX-1897).

Disposición receptiva

El don de fortaleza ha de ser pedido al Espíritu Santo, y ha de ser también procurado especialmente por virtudes y ejercicios espirituales como éstos:

1. Amar a Jesús crucificado, y querer tomar parte en su Cruz, para completar «lo que falta a la pasión de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24).

2. Aceptar con sumo cuidado todas y cada una de las penas de la vida, tengan origen bueno o malo, digno o indigno:
«Dadme muerte, dadme vida, dad salud o enfermedad, honra o deshonra me dad, dadme guerra o paz cumplida, flaqueza o fuerza a mi vida, que a todo diré que sí. ¿Qué queréis hacer de mí?» (Sta. Teresa, Poesías).

3. Procurarse penalidades para la mortificación del cuerpo y del espíritu.

4. Nunca quejarse de nada. El santo Cura de Ars lo tenía muy claro: «un buen cristiano no se queja jamás». Es decir, se prohíbe terminantemente la queja-protesta, aunque se permita moderadamente la queja-llanto, como también se la permitió el mismo Cristo, (+Jn 11,33-35).

5. Obedecer con toda fidelidad. Muchas cosas, aparentemente imposibles, que no se harían por iniciativa propia, pueden hacerse por obediencia cuando son mandadas. Así se lo dice el Señor a Santa Teresa de Jesús: «hija, la obediencia da fuerzas» (Fundaciones, prólg. 2).