Semillas en el ciberespacio desde la mística de la A.C.

28 de junio de 2021

CONCORDIA APOSTOLORUM

SOLEMNIDAD 

DE SAN PEDRO Y SAN PABLO


La representación iconográfica llamada CONCORDIA APOSTOLORUM
expresa plásticamente dos de las notas
de la verdadera y única Iglesia de Cristo: 
su unicidad y su apostolicidad.


Una pequeña pintura con los rostros de los dos príncipes de los apóstoles 
y sus símbolos (llaves y espada), 
que se halla en la pared norte de la Basílica del Espíritu Santo. 

 

La Iglesia celebra el 29 de junio el martirio de los dos apóstoles que murieron en Roma, confesando la fe.

En esta doble solemnidad recordamos a Simón Pedro -el pescador- y a Pablo de Tarso -el perseguidor-. Uno es llamado desde la orilla del mar y el otro desde lo alto del cielo.

Y después de haberlo dejado todo en seguimiento del Divino Maestro, y tras predicar con fidelidad y coherencia la Buena Nueva de la salvación, ambos mueren mártires en la Ciudad eterna, uno en la cruz y el otro por la espada.

Según las primeras tradiciones cristianas, Pedro y Pablo se encontraron por última vez en Roma bajo la persecución de Nerón. Fueron encarcelados juntos en el Tullianum, la prisión más antigua y ominosa de Roma reservada para los mayores enemigos del imperio.   

Durante nueve meses, Pedro y Pablo “oran, predican y se preparan” para su nacimiento a la vida eterna. Los artistas han representado a lo largo de los siglos el abrazo final entre estos dos apóstoles cuando cada uno se marcha para dar el último testimonio de su vida terrena. Pedro fue crucificado boca abajo en el lado occidental del río Tíber y Pablo fue decapitado en el lado oriental. 

Donde fueron sepultados se encuentran las dos grandes basílicas de la urbe, meta bimilenaria de multitud de peregrinaciones (llamadas "romerías") 

- en la colina vaticana, en la Basílica de San Pedro 

- y en las afueras de Roma, en la Basílica de San Pablo extramuros.





La orientación de las dos basílicas, enfrentadas y extendiéndose una a la otra a orillas del Tíber, nos presentan las figuras de San Pedro y San Pablo, antes rivales,  representados en un abrazo arquitectónico simbolizado en sus dos amplios atrios, así como sus brazos entrelazados en la imagen conocida como Concordia Apostolorum.

Los primeros Padres vieron en la armonía de estos dos apóstoles como una alusión histórica a Roma, como cabeza de la Iglesia toda y cuyo Obispo está llamado a ser el principio visible y fundamento perpetuo de la unidad de fe de la Iglesia.

Las llaves y la espada son los símbolos por antonomasia de estos dos apóstoles. Pedro es la roca firme sobre la que se asentará la unidad, a quien Cristo promete las llaves de su Reino, "el poder de atar y desatar" (Mt 16,18-19) para cumplir su ministerio petrino. Pablo es el predicador incansable que batalla con intrepidez en el mundo conocido de entonces, "he peleado hasta el fin el buen combate, he concluido mi carrera, he conservado la fe" (2Tim. 4, 7) y muere por la espada (ya que, como ciudadano romano, no podía ser ejecutado en la cruz)

La iconografía clásica los pinta juntos. Uno con las llaves, el otro con la espada.

“El camino del apóstol Pedro hacia Roma, como representante de los pueblos del mundo, se rige sobre todo por la palabra "una": su tarea consiste en crear la "unidad de la catholica" 

(Benedicto XVI, 29.6.2008)


Un antiguo himno del breviario romano del siglo IX canta a los que llama "los dos padres de Roma": 

PEDRO, portero del cielo;  PABLO, maestro de los gentiles,


“OH ROMA FELIX!”

 

EN CASTELLANO

 

Una radiante luz de eternidad,

irrigó con felices brillos el día dorado,

que corona a los príncipes de los Apóstoles,

y que abre a los esclavos un camino libre hacia la paz .

 

Uno Maestro de los gentiles, el otro portero del cielo,

ambos padres de Roma y jueces del mundo,

llegan a la mansión eterna, después de morir

el uno por la espada y el otro en la cruz.

 

¡Oh Roma feliz!

Tú que fuiste consagrada

con la sangre gloriosa de dos príncipes:

vestida de púrpura con ese santo linaje,

sobrepasas todas las magnificencias del mundo.

 

EN LATÍN

(la lengua de la urbe y el orbe católico)

 

Decora lux aeternitatis auream diem

beatis irrigavit ignibus,

Apostolorum quae coronat principes,

reisque in astra liberam pandit viam.

 

Mundi magíster, atque caeli Janitor,

Romae parentes, arbitrique gentium,

perennis ille, hic per crucis victor necem,

Vitae senatum laureati possident.

 

O Roma felix,

quae duorum principum es consecrata glorioso sanguine:

Horum cruore purpurata

ceteras excellis orbis una pulchritudines.

 

 Por eso, en este día, es bueno pedir la intercesión de los dos apóstoles sobre la urbe y el orbe católico:


SANCTI APOSTOLI PETRUS ET PAULUS
INTERCEDANT PRO NOBIS ET PRO ECCLESIA AD DOMINUM.

 

 


12 de junio de 2021

25 de mayo de 2021

¿PROGRESISTAS?

 

PERMANECER FIELES

“IMPORTUNE ET OPPORTUNE”

 

Homilía de Mons. Georg Gänswein,

Prefecto de la Casa Pontificia y Secretario de Benedicto XVI,

en la ordenación de 27 sacerdotes del Opus Dei 

Basílica de San Eugenio, Roma, 22 de mayo de 2021








Eminencia,

Reverendísimo y queridísimo Prelado don Fernando,

Excelencias,

Reverendos hermanos en el ministerio sacerdotal y diaconal,

Queridos padres y familiares, queridas hermanas y hermanos y, sobre todo, queridos ordenandos.

        Cada época, también la nuestra, tiene su lenguaje. Cada época tiene su sensibilidad lingüística. Y cada época tiene también sus palabras preferidas. Hoy, en los primeros puestos de la clasificación de las palabras preferidas, figura una palabra: progresivo o, aún más de moda, progresista. Aparece en todas partes el contemporáneo progresista, el político progresista, la mujer progresista, el cristiano progresista, el párroco, el obispo progresista. Ser progresistas está de moda, se considera “in” (lo contrario de “out”)

         ¿Qué esperan los fieles de un joven que dentro de poco deberá y podrá acompañarles como sacerdote? ¿Un vice-párroco progresista? ¿Un trabajador progresista en la viña del Señor? ¿Quién se puede permitir no ser progresista? ¡Se le trataría inmediatamente como arrinconado, y punto!

         Pero de los textos de la liturgia de hoy, que acabamos de escuchar —y, esperemos que también, comprender—, los Hechos de los Apóstoles (Hch 10,35-43), la Carta del Apóstol Pablo a los Corintios (2Co 5,14-20) y el Evangelio de Juan (Jn.10,11-16), salen a nuestro encuentro palabras absolutamente distintas, que van en otra dirección. Solo tres palabras: testigos, embajadores de Cristo, Buen Pastor.

         Son tres expresiones que es posible sintetizar con otro término, con otra palabra: “permanecer”.

         Hoy, permanecer, es una palabra poco valorada, no amada en absoluto. Suena a insistir en las propias posiciones, a inmovilismo. Suscita la sospecha de la debilidad, del miedo, de la terquedad y de la obstinación. No pocos dicen: “me mantengo en mis trece”, o “seguiré anticuado”, y pierden el tren, se quedan atrás, no al paso de los tiempos.

         Y hay otros que lamentan no haber permanecido; una vez se pusieron en camino o se dejaron arrastrar de mala gana, y ahora ven que las cosas se les escapan de las manos. Empiezan a tener miedo se su propia valentía: ¡Ay, si tan sólo hubiésemos permanecido! ¡Si hubiéramos permanecido en el país de Egipto cuando estábamos sentados junto a la olla de carne! (cfr. Ex 16,3), decían también los israelitas después de haber experimentado el desierto: ¡ojalá fuera como entonces! Es una actitud peligrosa. No se puede rebobinar la cinta del tiempo, no se puede detener. El que permanece quieto no necesariamente está seguro, puede incluso estar débil.

         Pero hay otro modo de permanecer: ir adelante y, sin embargo, permanecer. Pero no sentados o bloqueados, sino fieles a una decisión tomada. Permanezco fiel a la palabra dada. Esto es todo lo contrario de terquedad: es firmeza, es fidelidad. Estoy en aquello que un día prometí, hasta en condiciones difíciles, incluso contracorriente.

         Y hay situaciones en las que —lo sabemos todos— es fácilmente verse tentado de decir: “basta, me voy, lo tiro todo por la borda”. Situaciones en las que es tan importante decir: yo permanezco.

         Pero sólo permanecer no basta. La cuestión es: ¿dónde se pretende permanecer? ¿Junto a quién permanecer? “Permaneced en Mí”, sin peros, dice Cristo (cfr. Jn 15,9). Apartarse de Él no significa progreso —progresista—sino declive, caída, caída libre. Puede haber progreso en la fe, en la esperanza y en el amor sólo si permanecemos en Cristo y en su Palabra. Quien recibe la consagración sacerdotal, queridos diáconos, ha decidido permanecer junto  a Él, junto al Señor. Su vida se mantiene y cae con el Señor. Vuestra vida se mantiene y cae con el Señor, sí. El sacerdocio, el sacerdote se mantiene y cae con el permanecer en Cristo. En la comunión con Cristo el sacerdote está seguro, el sacramento del Orden le da esa certeza.

         Y lo que constituye vuestro futuro, queridos diáconos, y vuestro servicio sacerdotal no es el producto de vuestros conocimientos, de vuestras capacidades. A través del sacramento sois consagrados a Cristo, a través del vínculo con Él recibís lo que no podríais procuraros solos.

         En vuestro ministerio podréis trasmitir lo que no proviene de vosotros mismos, y por eso nadie puede hacerse sacerdote a sí mismo. El sacerdote está vinculado al mandato de llevar a los hombres a Jesucristo y animarles a permanecer en Él y en su Palabra.

         Ser —y repito— sacerdote se mantiene y cae con el permanecer en el Señor, con la fe en el Señor. Otras profesiones no están vinculadas a la fe, pueden subsistir prescindiendo de ella. El sacerdocio no. Por eso, ser sacerdote se mantiene y cae incluso con la explícita promesa de Dios, por el que esa fe se sostiene, por el Espíritu Santo, al que dentro de poco invocaremos, junto a los candidatos a la ordenación, con el Veni Creator Spíritus.

         La ordenación sacerdotal es sello sacramental con ese Espíritu, es signo de la iniciativa de Dios que precede toda decisión humana y a pesar de toda humana debilidad. El sello lleva la imagen de Cristo impresa con el fuego del Espíritu y que, por tanto, ninguna mano de hombre puede borrar, en imborrable. El sacramento del orden imprime en el alma un caracter indelebilis, un marco espiritual indeleble, de una vez para siempre (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1582) 

         Queridos diáconos, una de las preguntas que, dentro de poco, se os hará es: “¿Estás dispuesto a estar cada vez más estrechamente unido a Cristo, consagrándote a Dios, para la salvación de los hombres?” (cfr. Ritual de ordenación, n. 124). Este es el punto, esta es la cuestión: se pide fidelidad, se pide valentía, se pide firmeza, se pide fe.

         Espero que cada uno de vosotros pueda decir, quiera decir: mantengo mi palabra, permanezco fiel.

         Queridas hermanas y hermanos, desde siempre la Iglesia da la bendición con la señal de la Cruz, porque, desde Cristo, la Cruz se ha convertido en el signo distintivo del amor, la característica exclusiva del ser cristiano. Por medio de la señal de la Cruz, la Iglesia nos dice dónde está la fuente de toda bendición, de toda transformación y de toda fecundidad. Y así podemos decir que la expresión más hermosa para describir la tarea del sacerdote es que debe ser “un hombre que bendice”. Y es capaz, puede serlo y debe serlo a partir del Señor.

         Pero esa tarea comporta poner la propia vida bajo el misterio de la cruz. Y para eso son necesarias valentía y humildad juntas. Valentía y humildad porque no derivan de la confianza en las propias capacidades ni en los propios talentos, sino de la fidelidad a la palabra dada y de la fe, ya que el sacerdote tiene que dar algo que trasciende todo lo que es humano, que encierra en sí lo divino.

         El sacerdote, de hecho, no es simplemente un funcionario de una institución, como requiere la sociedad para que se realicen determinadas funciones. No, él hace algo que ningún hombre puede realizar a partir de sí mismo. En el nombre de Jesucristo, pronuncia las palabras de remisión de nuestros pecados, y así modifica, a partir de Dios, nuestras condiciones de vida. Y sobre las ofrendas del pan y del vino, pronuncia las palabras de la transubstanciación, haciéndolo presente a Él mismo, al Resucitado, su Carne, su Sangre, abriendo así los hombres a Dios y llevándolo a Él. El sacerdocio no es simplemente una función sino un sacramento. Dios se sirve de un hombre para trabajar, a través de él, entre los hombres. Esa audacia de Dios que, a pesar de conocer nuestras debilidades, se encomienda a hombres y se fía de hombres para actuar y para estar, y esa audacia divina es la verdadera riqueza encerrada en el sacerdocio católico.

         Para todos nosotros, queridos hermanos y hermanas, todo esto significa que en el sacerdote no debemos ver en primer lugar una personalidad excepcional, que quizá ni siquiera lo sea. Ciertamente debemos honrar las buenas cualidades que un sacerdote tiene, pero debemos cuidarnos de no apreciar en el sacerdote sólo al hombre. Es eso, pero es mucho más. Mejor aún, debemos reconocer que el sacerdote nos da algo que no es deducible de las posibilidades de este mundo.

         Queridos ordenandos, si sois conscientes de estas cosas, a ellas enfocaréis vuestro futuro servicio en la viña del Señor. Si estáis persuadidos de poder dirigir la ruta de la vida de los hombres porque anunciáis el Verbo de Dios que se hizo carne, Jesucristo, entonces cuando tengáis éxito no os lo adjudicaréis a vosotros mismos. Entonces padeceréis una sana relativización, un sano redimensionamiento, vuestra persona retrocederá ante vuestro servicio, ante vuestra tarea.

         Cuando los sacerdotes y los mismos obispos ya no tienen el valor de anunciar el Evangelio con fuerza e íntegramente, sino que dispensan opiniones e ideas propias, es una desgracia. ¿No tenemos ya bastante con lo ocurrido recientemente? (*N.A.: se refiere a los sucesos de la Iglesia en Alemania)

         Y quien quiere incluso inventar una nueva iglesia, abusa —abusa, repito— de su autoridad espiritual. Dicho en términos un poco más humorísticos y ligeramente provocativos, queridos diáconos, podréis contar muchas peores de las que hagáis si hablaseis sólo en vuestro nombre. Podéis, debéis anunciar a los hombres la Buena Nueva con la que vosotros mismos os confrontaréis mientras viváis, porque es un ideal que no habéis inventado vosotros, y os deseo el valor necesario para asumir de todo corazón este desafío.

         Y os deseo la humildad necesaria para reconocer que sois portadores de la Buena Nueva, y que vosotros no sois la Buena Nueva.

         Y os deseo el valor y, a la vez, la humildad de decir y de hacer lo que se debe decir y hacer en el nombre de Jesucristo, importune et opportune (2Tm 4,2).

         Y si vivís y actuáis según esta conciencia, entonces no seréis ni cobardes ni presuntuosos, sino agradecidos, agradecidos desde lo más hondo del corazón. En el fondo del alma podréis experimentar que en todo lo que hacéis estáis sostenidos y guiados por Aquel que os ha llamado a su servicio, Jesucristo, el Hijo Resucitado del Dios vivo.

         Queridos diáconos, en esta hora de vuestra ordenación sacerdotal os encomendamos todos a María, a la Madre de Señor. La Iglesia os encomienda a Ella así como Cristo le encomendó a todos los futuros discípulos en el discípulo que Él amaba. Estando junto a la Madre de Dios estáis en el puesto correcto. Pero no olvidéis que Él encomendó también la Madre a Juan. Él confía la Iglesia a nosotros sacerdotes, y sólo con gran humildad e incondicional confianza en su gracia podemos tener el valor de realizar este servicio por los hombres, y también de vivirlo por eso como servicio de la alegría.

         Permaneced toda vuestra vida junto a la Madre: bajo su manto se está seguro porque estáis a la sombra de Cristo, de la Luz, de la Resurrección. Amén.

21 de mayo de 2021

LA LEGIO MARIAE Y EL ESPÍRITU SANTO

 

EL ESPÍRITU SANTO EN EL “CUADRO DE LA LEGIÓN DE MARÍA”

 

La Legión de María es una conocida asociación privada de fieles de la Iglesia que celebra su centenario. Fue creada en 1921 por Frank Duff (1889-1980), un laico irlandés que fue oidor en el Concilio Vaticano II, cuyo proceso de canonización está en proceso.

A partir de su fundación, la LEGIO MARIAE (como quiso llamarla para que así se conociera en todo el mundo) se extendió por todo el planeta, y hoy cuenta con varios millones de miembros.

 

DOS FOTOS

1) Abajo se puede ver el cuadro institucional de la Legión de María, pintado por el vitralista irlandés Hubert McGoldrick (1897-1967) que expresa los objetivos de la asociación,

Entre muchos símbolos de este Cuadro, domina la escena la alusión a Pentecostés, con el Espíritu Santo en forma de paloma en su vértice, que infunde en María las gracias en forma de lenguas de fuego, para formar el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, que encendió de ardor apostólico a los apóstoles, destinado a renovar la faz de la tierra.

Con este símbolo se quiere expresar la intercesión de María en el Cenáculo de Jerusalén, que obtuvo para la Iglesia naciente la prodigiosa efusión del Espíritu Santo.




2) La segunda foto muestra el “Vexillum Legio Mariae” (a manera de estandarte que rememora las banderas de las antiguas legiones romanas) que tiene en su cúspide la paloma del Espíritu Santo y las mismas expresiones que el cuadro comentado.



VENI SANCTE SPIRITUS!

 

.

 

20 de mayo de 2021

LA EPÍCLESIS Y EL ESPÍRITU SANTO

LA INVOCACIÓN DEL ESPÍRITU SANTO EN LA SAGRADA LITURGIA

La sabiduría de siglos de la Liturgia de la Iglesia invoca al Espíritu Santo en sus acciones sagradas, como expresión de un culto divino en Espíritu y en Verdad.

 


Epíclesis es una palabra griega que significa: “invocación sobre”

En la Misa, es la intercesión mediante la cual el sacerdote suplica a Dios Padre que envíe el Espíritu santificador, y precede inmediatamente a las palabras de la Consagración.

En el rito latino, durante la Misa, antes de la consagración, el sacerdote extiende las manos sobre las ofrendas pidiendo a Dios Padre que envíe el Espíritu Santo sobre las ofrendas y las transforme en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Los fieles acompañan este gesto poniéndose de rodillas, pues con esta posición corporal significan que invocan al Paráclito.

En la Instrucción General del Misal Romano, leemos en su número 79, c.:


Epíclesis: 

es el momento en  el cual la Iglesia,
por medio de invocaciones especiales, 
implora la fuerza del Espíritu Santo 
para que los dones ofrecidos por los hombres
sean consagrados,
es decir,
se conviertan en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo,
y para que la Víctima inmaculada
que se va a recibir en la Comunión sirva para la salvación de quienes van a participar en ella.


OTRAS INVOCACIONES AL ESPÍRITU SANTO 
EN LOS SACRAMENTOS

 

En el Bautismo, el ministro ordenado pide a Dios Padre el Espíritu Santo, para que descienda sobre el agua (que debe tocar en ese momento) para que todos los que .en esa fuente- reciban el Bautismo, sepultados con Cristo en su muerte, resuciten también con Él a la Vida de la gracia.

 

En la Confirmación, el obispo extiende las manos sobre los confirmandos pidiendo a Dios Padre que envíe sobre ellos al Paráclito para llenarlos del espíritu de sabiduría y de entendimiento, del espíritu de consejo y de fortaleza, del espíritu de ciencia y de piedad, y del espíritu del santo temor.

 

En la Penitencia, el sacerdote extiende las dos manos, o por lo menos la derecha sobre la cabeza del penitente, pidiendo a Dios Padre -que derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados- le conceda el perdón y la paz.

 

En el Matrimonio, quien asiste en la celebración y está ordenado, extiende sus manos sobre los contrayentes, que se arrodillan, y pide en la bendición nupcial que Dios Padre envíe la gracia del Espíritu Santo para que el amor, derramado sobre sus corazones, los haga permanecer fieles a la alianza conyugal.

 

En el Orden Sagrado, el obispo extiende las manos sobre los ordenandos, pidiendo que Dios Padre infunda su Espíritu sobre los elegidos, renovando el Espíritu de gobierno, de santidad, o los siete dones, según sea el caso.

 

Y en la Unción de los enfermos, el sacerdote tras imponer las manos sobre el enfermo, invoca que la gracia del Espíritu Santo ayude al enfermo librándolo de los pecados, concediéndole la salvación y confortándolo en la enfermedad.




15 de mayo de 2021

ET ASCENDIT IN CÆLUM

 SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR
 

A los cuarenta días de la Pascua la fe católica celebra, con gran solemnidad litúrgica, esta verdad que pre-anuncia Pentecostés, y que está descrita en el Libro de los Hechos (1, 10-11) y en el Evangelio de San Marcos (16,19).



Una hoja del Códice iluminado de Bamberg, pintado en el scriptorum del monasterio benedictino de Reichenau  en la isla del mismo nombre en el lago Constanza, en Alemania, entre los años 1000 y 1020, que representa la Ascensión del Señor.


 

EL CATECISMO DE LAS PREGUNTAS

Durante siglos la Iglesia ha enseñado las verdades de la fe con el llamado Catecismo de las Preguntas. Generaciones enteras se formaron con ese Catecismo Romano, breve y preciso, antecedente inmediato del actual Catecismo de la Iglesia Católica.

En el día de la Ascensión del Señor, es bueno recordar lo que expone el Catecismo sobre el artículo sexto del Credo: Et ascendit in cælum: sedet ad dexteram Patris” (“Y ascendió al cielo y está sentado a la derecha del Padre”) en los números 121 a 125.

 

CAPITULO VII (del CATECISMO ROMANO)

121.- ¿Qué nos enseña el sexto artículo: "SUBIÓ A LOS CIELOS: ESTÁ SENTADO A LA DERECHA DE DIOS PADRE"?

- El sexto artículo del Credo nos enseña que Jesucristo, cuarenta días después de su resurrección, subió por sí mismo al cielo en presencia de sus discípulos, y que, siendo como Dios igual al Padre en la gloria, fue como hombre ensalzado sobre todos los ángeles y santos y constituido Señor de todas las cosas.



122.- ¿Por qué Jesucristo después de su resurrección se quedó cuarenta días en la tierra antes de subir al cielo?

- Jesucristo, después de su resurrección, se quedo cuarenta días en la tierra, antes de subir al cielo, para probar con varias apariciones que verdaderamente había resucitado, y para instruir más y más y conformar a los Apóstoles en las verdades de la fe.



123.- ¿Por qué subió Jesucristo al cielo?

- Jesucristo subió al cielo:

1º., para tomar posesión de su Reino, conquistado con su muerte;

2º., para prepararnos tronos de gloria y para ser nuestro Mediador y Abogado cerca del Padre;

3º., para enviar el Espíritu Santo a sus Apóstoles.



124.- ¿Por qué se dice de Jesucristo que subió a los cielos y de su Madre Santísima que fue asunta?

- Se dice que Jesucristo subió a los cielos y de su Madre Santísima que fue asunta, porque Jesucristo, por ser Hombre-Dios, subió al cielo por su propia virtud, pero su Madre, como era criatura, aunque la más digna de todas, subió al cielo por la virtud de Dios.



125.- Explíqueme las palabras: "ESTÁ SENTADO A LA DERECHA DE DIOS PADRE".
 

- La palabra “está sentado” significa la eterna y pacífica posesión que Jesucristo tiene de su gloria, y la expresión "a la derecha de Dios Padre" quiere decir que ocupa el puesto de honor sobre todas las criaturas.


ORACIÓN


Dios nuestro,
que nuestros corazones se enciendan
en deseos de la patria celestial,
para que siguiendo las huellas de nuestro Salvador,
aspiremos a la meta donde Él nos precedió.

(de la oración post-comunión de esta Solemnidad)

 

Edículo (Capilla octogonal) de la santa Ascensión en el huerto de los Olivos en Jerusalén, construida en el 1157. (en ese lugar desde el 337 existía una capilla, que fue devastada en la invasión musulmana)

 

13 de mayo de 2021

LA GLORIA DE MADRID

 

SAN ISIDRO LABRADOR
Santo Patrono de Madrid


De la maravillosa lengua española, unos versos que cantan a la estirpe de Madrid, 
uno de cuyos ejemplos más admirados es su santo Patrono, gloria de su noble suelo.

 




Una glosa


Madrid, aunque tu valor

Reyes le están aumentando,

nunca fue mayor que cuando

tuviste tu labrador.


Aunque de gloria se viste,

Madrid, tu dichoso suelo,

nunca más gloria tuviste

que cuando, imitando al cielo,

pisado de ángeles fuiste.

No igualará aquel favor

el que hoy ostenta tu honor,

aunque opongas tu trofeo,

aunque aumente tu deseo,

Madrid, aunque tu valor.


No tendrás glorias mayores,

que cuando en las manos bellas

de angélicos labradores,

eran tus flores estrellas,

los rayos del sol tus flores.

En vano están laureando,

en vano están coronando

tu frente, en vano el honor

que te ha dado un labrador,

Reyes le están aumentando.


Dirán que cuándo tuviste

más gloria que en ti se encierra.

Di que cuando ángeles viste

labrar humildes tu tierra;

di que cuando cielo fuiste;

que cuando al cielo imitando

el sol te estaba envidiando,

pues su luz tu luz prefiere;

y así sabrá quien dijere

Nunca fue mayor que cuando.


Mayores triunfos, mayores

lauros tu poder advierte,

pues con divinos favores

respetas, como la muerte,

mas que reyes, labradores.

Hagan inmortal tu honor

jaspes, mármoles y bronces;

pues para gloria mayor

hoy tienes tal rey, y entonces

Tuviste tu labrador.