Centro de Profesionales de la Acción Católica "SANTO TOMÁS DE AQUINO" de Buenos Aires, Argentina.

15 de octubre de 2017

AÑO SANTO JUBILAR TERESIANO EN ÁVILA


 ¡CAMINA CON DETERMINACIÓN!
Lema del Año Jubilar teresiano 
2017 - 15 DE OCTUBRE -2018




El Papa Francisco ha concedido a la ciudad española de Ávila un AÑO SANTO JUBILAR, que se celebrará en cada año que el día de Santa Teresa (15 de octubre) caiga en domingo, como en este año 2017.
                                                                                     
Ayer el Obispo de Ávila abrió la puerta santa del primer Jubileo, que es la puerta izquierda del Convento de La Santa (lugar abulense donde nació Teresa de Ahumada y Cepeda).

El lema es “¡CAMINA CON DETERMINACIÓN!, que alude a la obra escrita teresiana y a la fuerte personalidad de la Doctora mística de la Iglesia.

Una interesante página web preparada para este Año Jubilar propone cuatro rutas de peregrinación (http://www.jubileoteresiano.com/)


  1.     De la cuna al sepulcro de la santa
  2.     La ruta de la salud
  3.     La ruta del confesor
  4.     La ruta de los caminos y posadas

Todo un maravilloso camino por la fecunda Castilla, con explicaciones y motivaciones para cada lugar, que incluye los siete templos jubilares (la Catedral de Ávila y seis monasterios carmelitas)



De la espléndida poesía de Santa Teresa, sublime por su mística y su gloriosa gramática castellana, unos versos para saborear espiritualmente:

VUESTRA SOY, PARA VOS NACÍ


Vuestra soy, para Vos nací:
¿Qué mandáis hacer de mí?

Soberana Majestad, eterna Sabiduría,
Bondad buena al alma mía;
Dios, Alteza, un Ser, Bondad:
La gran vileza mirad,
que hoy os canta amor así:


¿Qué mandáis hacer de mí?
Vuestra soy, pues me criaste,
vuestra, pues me redimiste,
vuestra, pues que me sufriste,
vuestra, pues que me llamaste.
Vuestra, porque me esperaste,
vuestra, pues no me perdí:


¿Qué mandáis hacer de mí?
¿Qué mandáis, pues, buen Señor,
que haga tan vil criado?
¿Cuál oficio le habéis dado
a este esclavo pecador?
Veisme aquí, mi dulce amor,
amor dulce, veisme aquí:


¿Qué mandáis hacer de mí?
Veis aquí mi corazón,
yo le pongo en vuestra palma:
mi cuerpo, mi vida y alma,
mis entrañas y afición.
Dulce Esposo y Redención
pues por vuestra me ofrecí:


¿Qué mandáis hacer de mí?
Dadme muerte, dadme vida;
dad salud o enfermedad,
honra o deshonra me dad;
dadme guerra o paz crecida,
flaqueza o fuerza cumplida,
que a todo digo que sí.


¿Qué queréis hacer de mí?
Dadme riqueza o pobreza,
dad consuelo o desconsuelo,
dadme alegría o tristeza,
dadme infierno o dadme cielo,
vida dulce, sol sin velo:
pues del todo me rendí,


¿Qué mandáis hacer de mí?
Si queréis, dadme oración;
si no, dadme sequedad,
si abundancia y devoción,
y si no esterilidad.
Soberana Majestad,
sólo hallo paz aquí:


¿Qué mandáis hacer de mí?
Dadme, pues, sabiduría,
o, por amor, ignorancia;
dadme años de abundancia,
o de hambre y carestía.
Dad tiniebla o claro día,
revolvedme aquí y allí:


¿Qué mandáis hacer de mí?
Si queréis que esté holgando
quiero por amor holgar;
si me mandáis trabajar,
morir quiero trabajando:
decid dónde, cómo y cuándo,
decid dulce Amor, decid:


¿Qué mandáis hacer de mí?
Dadme Calvario o Tabor,
desierto o tierra abundosa;
sea Job en el dolor,
o Juan que al pecho reposa;
sea viña fructuosa,
o estéril, si cumple así:


¿Qué mandáis hacer de mí?
Sea José puesto en cadena,
o de Egipto adelantado,
o David sufriendo pena,
o ya David encumbrado.
Sea Jonás anegado,
o libertado de allí:


¿Qué mandáis hacer de mí?
Haga fruto o no lo haga,
esté callando o hablando,
muéstrame la ley mi llaga,
goce de Evangelio blando;
esté penando o gozando,
sólo Vos en mí vivid.


¿Qué mandáis hacer de mi?
Vuestra soy, para Vos nací:
¿Qué mandáis hacer de mí?






13 de octubre de 2017

TACITURNITAS

 CULTIVAR EL SILENCIO
COMO TACITURNITAS

Breve reflexión acerca de la norma de la Regla de San Benito referida a la “taciturnitas”, esto es, renunciar al propio turno de palabra para escuchar al Otro, cultivando el silencio



San Benito pide cultivar el silencio, aprender el silencio, “studere silentium”, según la bella expresión que utiliza en el capítulo 42 de la Regla, y lo pide, fundamentalmente, por dos fines:

1.    La escucha meditativa de la Palabra de Dios
2.    y la caridad hacia los otros. 

El capítulo 6 de la Regla pide cultivar el silencio como taciturnitas para no pecar, porque “La muerte y la vida en poder de la lengua están - in manibus linguae“ - dice Benito citando el libro de los Proverbios (RB 6,5; Prov 18,21).

Así pues, el silencio como taciturnidad es la renuncia a este poder, un desarmarse ante los demás de manera que las palabras entre nosotros no sean siempre duelos en los que el más débil debe morir.

San Benito nos invita también a desarmarnos de las palabras que creemos buenas:

“Por lo tanto, dada la importancia que tiene la taciturnidad, raras veces recibirán los discípulos perfectos licencia para hablar, incluso cuando se trate de conversaciones honestas, santas y de edificación, para que guarden un silencio lleno de gravedad” (RB 6,3).

El problema es que raramente somos dueños de la calidad de nuestra palabra y de su efecto en los demás. Tenemos necesidad de una conversión del corazón que corte el poder de nuestra palabra, su capacidad posesiva y ofensiva, y se convierta cada vez más en transmisión de la Palabra de Dios que crea cada cosa como “cosa buena” (cfr. Gn 1), es decir, bendiciéndola.

Para que esto suceda; san Benito propone esencialmente dos cosas: callar y escuchar:

“Además, hablar y enseñar incumbe al maestro; pero al discípulo le corresponde callar y escuchar” (6,6). 

Por lo tanto, el silencio que escucha es para san Benito el principio de la caridad.

Callando y escuchando aprendemos a concebir la palabra no ya como un arma de poder en manos de nuestra lengua, sino como un don no nuestro que solo podemos transmitir, y el bien que hace esta palabra radica en la Palabra que recibimos; radica, finalmente, en la palabra misma, en cuanto Palabra de Dios que escuchamos en silencio.

Para san Benito, sin escucha no hay silencio.

El silencio benedictino y monástico en general no es nunca “autista”, no es nunca un cerrarse en sí mismo, sino un acto de relación, exactamente, una “taciturnitas”; es decir, un renunciar al propio turno de palabra para escuchar al otro.

El silencio nace precisamente de la humildad de reconocer que la palabra del otro es más importante que la mía. Pero a esto solo llegamos si se cultiva la escucha de Dios, la escucha del Verbo de Dios, también a través de las mediaciones humanas.

Nuestro silencio está en la Palabra de Dios, consiste en concentrarse en la única Palabra que vale la pena escuchar y que contiene todas las palabras, toda la verdad, toda la realidad: la palabra del Verbo de Dios, Cristo mismo.

9 de octubre de 2017

EL AGUA SE ESCONDE TRAS LA ROCA

DESOLACIÓN



Señor, en esas horas en que mi alma
se siente intimidada por las sombras,
cuando el miedo a la cruz que se avecina
hace temblar la llama de mi antorcha,

cuando todo se vuelve cuesta arriba
y aun las espinas hieren a las rosas,
cuando el alba se fuga de mis manos
como una asustadiza mariposa,

cuando la gracia cierra su postigo
y me duele hasta el hueso Tu demora,
cuando menos cristiano te parezco
pues mi fe se estremece como una hoja,

es cuando más te ruego que me ayudes
a entender que la zarza no arde sola,
que el desierto precede al paraíso…
¡y que Tu agua se esconde tras la roca!


Jorge Doré





8 de octubre de 2017

ELOGIO DE LA REPETICIÓN

HACERSE COMO NIÑOS

Una reflexión interesante acerca de la importancia de la repetición en la vida del hombre, desde su infancia, que ayuda a su formación moral, social y religiosa. Citando a tres grandes autores: CHESTERTON, GUARDINI y KIERKEGAARD. Porque la búsqueda de la novedad hasta el paroxismo sólo genera angustia y ansiedad. Y la vida de oración pide, muchas veces, la repetición sosegada y confiada.






E C L E S I A S T E S

«Hay un pecado; decir que es gris una hoja verde
y se estremece el sol ante el ultraje;
una blasfemia existe: el implorar la muerte;
pues sólo Dios conoce lo que la muerte vale;
y un credo: no se olvidan de crecer las manzanas
en los manzanos, nunca, pase lo que nos pase;
hay una cosa necesaria; todo;
el resto es vanidad de vanidades»

G. K. Chesterton


Hay gente que asocia de forma automática la repetición al aburrimiento, a la pobreza, a la vaciedad, a la nada. Los tiempos que vivimos abonan estas tesis con sus cambios bruscos y veloces, con su fugacidad, con esa impregnación caduca que se asocia a todas las cosas, con esa necesidad de novedad que genera angustia, ansiedad y neurosis.

Hay que volver de nuevo la mirada a los niños. No es solo un consejo; es un mandato de Nuestros Señor. Y lo olvidamos siempre…

Y los niños adoran la repetición, la necesitan.

CHESTERTON nos dice que los niños no se cansan de la repetición «cuando descubren un juego o una broma que les proporciona especial alegría. Un niño se golpea rítmicamente los talones, a causa de un desborde y no de una carencia de vida. Porque los niños rebosan vitalidad por ser en espíritu libres y altivos; de ahí que quieran las cosas repetidas y sin cambios. Siempre dicen “hazlo otra vez”; y el grande vuelve a hacerlo aproximadamente hasta que se siente morir. Porque la gente grande no es suficientemente fuerte para regocijarse en la monotonía».

Los niños están mucho más cerca de Dios que nosotros, y la repetición también.

Confirmando esta idea, vuelve CHESTERTON a decirnos al respecto de la repetición y la monotonía que «tal vez Dios sea bastante fuerte para regocijarse en ella. Es posible que Dios diga al sol cada mañana: “hazlo otra vez”, y cada noche diga a la luna: “hazlo otra vez”. Puede que todas las margaritas sean iguales, no por una necesidad automática; puede que Dios haga separadamente cada margarita y que nunca se haya cansado de hacerlas iguales. Puede que Él, tenga el eterno instinto de la infancia; porque pecamos y envejecimos, y nuestro Padre es más joven que nosotros.»

GUARDINI, por su parte, siguiendo esta línea de pensamiento, relaciona la repetición con la oración, con la comunicación con Dios.

«Las frases de las oraciones pierden, con la repetición, el carácter significativo que les es propio. Su primer significado queda como en suspenso y deja expresar a su través un nuevo contenido. Cada palabra se convierte en una palabra de segundo grado –por así decir-, cuyo contenido viene dado por cada uno de los “misterios” contemplados», dice. Y refiriéndose al Rosario, paradigma de la oración repetitiva, dice que la repetición de sus palabras con «paciencia amorosa» «abren el ámbito sacro de la Revelación, en el cual el Dios vivo se convirtió en nuestra verdad»  y que «Lo que llena de sentido el Rosario es un proceso incesante de simpatía santa».

Recuerdo también el impresionante comienzo de esa magnífica película rusa que es «La Isla» y el reiterativo breve rezo del monje atormentado.

KIERKEGAARD, que estudió y mucho esto de la repetición y que igualmente vio su carácter trascendente, dijo al respecto que «El mundo, desde luego, jamás habría empezado a existir si el Dios del cielo no hubiera deseado la repetición… por eso hay mundo y subsiste gracias a que es cabalmente una repetición. La repetición es la realidad y la seriedad de la existencia. El que quiere la repetición ha madurado en la seriedad». Él decía que la repetición no es un movimiento de la naturaleza o de las ideas abstractas, sino de la interioridad para recuperar la inocencia pérdida; que no es en sí́ la redención pero sí la posibilidad de ella, porque, a partir de ese momento se está́ en situación de volver a creer de nuevo; es decir, de recuperar la propia inocencia.

Volvemos a los niños. Siempre volvemos a ellos...

(del blog “De libros, padres e hijos”)




1 de octubre de 2017

LA DICTADURA DEL RELATIVISMO Y LA PÉRDIDA DE LA MEMORIA CRISTIANA


LA CRISIS DE LA CULTURA CATÓLICA, HOY

Ponencia del Dr. Hugo Verdera en la XLII Semana Tomista en la UCA de Buenos Aires, 11-15 de septiembre de 2017



1. Introducción: “cultura” y “cultura católica”

            Es imposible negar que existió una “cultura católica” y, al mismo tiempo, negar que aparece contemporáneamente como “destruida”.

            Para comprender esta afirmación, debemos preguntarnos qué se entiende por “cultura” y qué por “cultura católica”. La palabra cultura (perteneciente al verbo latino colo, colere, cultivar) significa etimológicamente “cultivo”.

            La cultura es, ante todo, una labranza o laboreo. Es también el mejor resultado de ese esfuerzo conseguido a través del tiempo por los diferentes pueblos. Cultura, en su definición verbal-etimológica, es, pues, educación, formación, desarrollo o perfeccionamiento de las facultades intelectuales y morales del hombre; y en su reflejo objetivo, cultura es el mundo propio del hombre; el conjunto de maneras de pensar y de vivir, cultivadas, que suelen designarse con el nombre de civilización.

            La cultura deja de ser cultura cuando se aparta de la premisa fundamental que es la de propender a la elevación del espíritu del hombre, a su obligación de mejorar su condición y a su cometido principal que es honrar la vida humana, en todas sus dimensiones constitutivas.

            Así, nos enseña ya el Concilio Vaticano II en la Constitución pastoral Gaudium et Spes (1). Y el Evangelio es la más eminente forma de cultura porque integra todos los esfuerzos y posibilidades humanas para que el hombre vaya llegando a ser lo que está llamado a ser: icono, imagen de Dios. Y Jesucristo, que representa los más altos valores humanos, es el innegable patrimonio cultural de la humanidad. Esto implica una consecuencia vital: todos los católicos que, como tales, deben evangelizar, es decir, todos aquellos cristianos hoy denominados “agentes de evangelización”, debemos, en fidelidad al Evangelio y en perfecta comunión con el auténtico Magisterio de la Iglesia, cumplir nuestra misión decididamente y trasmitir luz, certezas, seguridad.

            Evitar, pues, todas las fórmulas equívocas o deletéreas; liberar el lenguaje de esas inexactitudes, tergiversaciones y maliciosos abusos que suelen hacerle los intereses disimulados, y aun descarados, de muchos sectores de la sociedad. La manipulación de las palabras se convierte en mentira porque oculta la verdad y es grave hipocresía. Por la historia de la cultura sabemos que los límites u horizontes del lenguaje, son los límites u horizontes del mundo. (1 N° 53).

            Es evidente que la cultura bien conceptuada, debe estar completamente nutrida por la savia doctrinal de la Religión verdadera. La auténtica cultura involucra la total realidad del hombre, su total “verdad”. Y la verdad integral del hombre es Jesucristo y su Iglesia Católica, a quien le compete enseñarnos en qué consiste la perfección del hombre, la vía para alcanzarla, y los obstáculos que se le oponen.

            Así, Nuestro Señor Jesucristo, personificación inefable de toda la perfección, es la personificación, el modelo sublime, el foco, la savia, la vida, la gloria, la norma y, en definitiva, el “arquetipo” la verdadera cultura. Lo que equivale a decir que la cultura verdadera sólo puede estar basada en la verdadera religión. Es decir, la auténtica cultura es la cultura católica (2) .

            Y por eso es de importancia primordial, para realizar el mandato del fundador de la Iglesia, Jesucristo, de evangelizar, desarrollar los presupuestos fundamentales de la “cultura católica” y su relación con la modernidad. Y es palmariamente verdadero que la historia de la Iglesia católica ha sido, es y será fuente abundante de experiencias concretas y de compromisos a favor del Amor y de la Verdad.

            Juan Pablo II, en su encíclica Fides et ratio, nos decía que “el proceso de encuentro y confrontación con las culturas es una experiencia que la Iglesia ha vivido desde los comienzos de la predicación del Evangelio” (3).

            Ahora bien, la auténtica evangelización encuadra en un proceso, que ha sido denominado “inculturación”, la que para ser realmente auténtica debe enmarcarse en dos principios ineludibles.

            En primer lugar, debe tener una fidelidad absoluta al Evangelio y, en segundo lugar, comunión con la iglesia universal.

            El Magisterio de la Iglesia, basado en una filosofía realista, siempre sostuvo que el hombre ha de estar conducido por su intelecto especulativo, que es lo más alto y perfecto que en él existe, se halla esencialmente ordenado por propia naturaleza a la verdad.

            Afirma Tomás de Aquino, que el primer y principal deseo del hombre es la verdad. Es la afirmación de Aristóteles que “todos los hombres desean por naturaleza saber”. Y a ese saber especulativo se involucra también, en el hombre, el saber operativo, es decir, el saber para actuar.

            El magisterio de la Iglesia ha hecho suya esta verdad, y la ha enseñado como doctrina desde siempre. Y a Santo Tomás De Aquino formular la más acabada fundamentación teológica-metafísica de la cultura católica. La elaboración de Santo Tomás forma parte del tesoro de la Iglesia y así lo ha entendido siempre el Magisterio y la tradición católica.

            El escritor protestante R. Seeberg ha expresado que Santo Tomás “fue el gran adalid del progreso de los teólogos; el que sometió más que ningún otro la tradición a severa crítica, transformándola. Pero en él fue tan vivo el amor de la ciencia como la devoción y adhesión a la doctrina de la Iglesia. Por eso creó un sistema en el que se dan la mano de una manera admirable, el más fuerte apego a la tradición conservadora de la Iglesia con las aspiraciones más audaces de las nuevas conquistas científicas. Este gran teólogo iba en realidad la frente del progreso filosófico, siendo al mismo tiempo el más recio defensor de la tradición de la Iglesia” (4).

            Pero resulta que estas conclusiones a las que hemos llegado, basándonos en el Evangelio y en el auténtico Magisterio de la Iglesia, hoy es cuestionado e incluso rechazado aún desde el mismo interior de la Iglesia. ¿Por qué?

2. El proceso de descatolización de la sociedad.

            Pero hoy día, prevalece una profunda desconfianza en las capacidades de la razón humana para conocer la verdad, resultado lógico de negarle a esa razón humana su posibilidad de alcanzar el ser de las cosas, lo que conlleva a un constante cuestionamiento de la verdad.

            No se acepta, en teoría y en la práctica común, que la verdad sea conocer lo que las cosas son, conocer el ser de las cosas. Dicho escolásticamente, que la verdad sea la adecuación entre el entendimiento y la cosa.

            Se ha dado, pues en esta postmodernidad, un “oscurecimiento o eclipse de la verdad”. Esto explica el auge del “relativismo ético”, consecuencia propia del “relativismo cognitivo”, que avanza en la estructura socio-política, adquiriendo características de “único pensamiento correcto”, y que va a derivar, en su lógica férrea interna, en una auténtica “dictadura del relativismo”, como Benedicto XVI caracterizaba la actual situación que vivimos (5) , afirmando que “hoy se trata de crear la impresión de que todo es relativo (…) Pero la Iglesia no puede callar el espíritu de la verdad. No caigamos en la tentación del relativismo…”.

            Así, la modernidad, procurando una total independencia de la Revelación y proclamando una absoluta autonomía, terminó por desconocer a Tomás de Aquino y separando la cultura de la catolicidad. Así, afirmaba Juan Pablo II, que lo católico será paulatinamente reducido a un culto y obligado a habitar exclusivamente en la individualidad de la conciencia.

            Y comienza a consolidarse la secularidad, que alcanzará su más elevada expresión en la reforma protestante y el nominalismo, vaciando la metafísica del fundamento de lo real (6) .

            La radicalidad de esa denuncia del Magisterio de la Iglesia frente a esta situación, se ejemplifica claramente, en las palabras, quien expresa que “el relativismo, es decir, dejarse «llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos”.

            Tras señalar la gravedad de la inserción relativista en la sociedad contemporánea, afirmaba, además, la “pretensión de hegemonía cultural” que el relativismo ostenta, es decir, su pretensión de presentarse como la negación de la intolerancia y del fundamentalismo, ya que sostener la realidad de la existencia de verdades absolutas es, para esta “dictadura del relativismo”, lo propio de la mentalidad fundamentalista, intransigente, intolerante.

            Así, “a quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo” (7).

            Y tres años antes, en una entrevista, denunciaba que “hoy realmente se da una dominación del relativismo. Quien no es relativista parecería que es alguien intolerante. Pensar que se puede comprender la verdad esencial es visto ya como algo intolerante. Pero en realidad esta exclusión de la verdad es un tipo de intolerancia muy grave y reduce las cosas esenciales de la vida a un subjetivismo”.

            Así, la pretensión hegemónica de imposición del relativismo, se consolida en una cultura que se ufana de lo progresista, lo cambiante, lo efímero; pues bien, en una cultura que por esencia rechaza lo dogmático, se pretende sostener como dogma máximo la “dictadura del relativismo”. Todo es relativo, esa es la única verdad inconmovible que se acepta.

            Y la Iglesia Católica, en su misión de anunciar y enseñar auténticamente la Verdad, que es Cristo, no puede permanecer indiferente frente a la realidad de esta crisis. Ello explicaba la actitud enérgica y persistente del Magisterio de la Iglesia en la defensa de la verdad, como asimismo su radical condena del perverso error de las ideologías fundamentadas en el agnosticismo, el escepticismo o el relativismo, que al negar la capacidad de la razón humana para conocer la verdad; al afirmar que no existe una Verdad objetiva válida para todos los hombres, sino que la verdad es un producto construido en cada momento histórico, imponiendo la mera opinión (doxa) de cada uno como eje rector de la vida individual y social, concluye en la imposición de un totalitarismo de alcances extraordinarios.

            Pero estamos viviendo hoy un “relativismo agresivo”, ya que los actuales relativistas quieren que el relativismo se convierta en la ley oficial del Estado, y que éste reprima penalmente a los no relativistas; y que conduce fatalmente a un “relativismo como forma de absolutismo”, ya que se pretende imponer a la sociedad leyes «indiscutibles», siendo el absolutismo de la mayoría parlamentaria el único criterio de validez.

            En tal sentido, el denominado “absolutismo democrático” rechaza siquiera la posibilidad de un límite. La voluntad de la mayoría, los pactos posteriores, conllevan la posibilidad de dar a los gobernantes un poder desmesurado y difícilmente controlable por los ciudadanos. Lo esencial para los partidos políticos que agotan lo que consideran la única y auténtica expresión de la democracia, es alcanzar como sea y conservar como sea el poder. Para ello, sería necesario obturar la realización de una auténtica educación, para lograr una población meramente instruida, alienada, fácilmente manipulable, dócil a seguir lo “políticamente correcto”, manejable por constantes dádivas, susceptible de muchos derechos y ninguna o pocas obligaciones, sin exigencias de esfuerzos, sin premios al mérito.

            Una población que sea masa y no pueblo, homogeneizada por abajo. Con este cuadro de situación, se entiende que Benedicto XVI haya enfatizado que “precisamente a causa de la influencia de factores de orden cultural e ideológico, la sociedad civil y secular se encuentra hoy en una situación de desvarío y confusión: se ha perdido la evidencia originaria de los fundamentos del ser humano y de su obrar ético, y la doctrina de la ley moral natural se enfrenta con otras concepciones que constituyen su negación directa”. Y agrega que, como producto de ello, predomina “una concepción positivista del derecho”, al sostenerse que “la mayoría de los ciudadanos, se convierte en la fuente última de la ley civil”, abandonándose “la búsqueda del bien”, sustituyéndola por la búsqueda “del poder, o más bien, del equilibrio de poderes”.

            Y “la raíz de esta tendencia se encuentra el relativismo ético, en el que algunos ven incluso una de las condiciones principales de la democracia…” (…) Pero, si fuera así, la mayoría que existe en un momento determinado se convertiría en la última fuente del derecho. La historia demuestra con gran claridad que las mayorías pueden equivocarse. La verdadera racionalidad no queda garantizada por el consenso de un gran número de personas, sino sólo por la transparencia de la razón humana a la Razón creadora y por la escucha común de esta Fuente de nuestra racionalidad” (8) .

            Los cambios culturales que estamos experimentando son de gran importancia, dado que estamos atravesando un período llamado por los historiadores “cambio de época”. Es decir, un período de la historia donde los viejos valores y concepciones, donde los viejos mecanismos y la tecnología dan paso a cimientos completamente nuevos para la sociedad y la cultura. Lo que salga de este período va a determinar nuestras vidas por varias generaciones. Las ideas y concepciones en aspectos esenciales de los seres humanos como la familia, matrimonio, vida, respeto a los mayores, responsabilidad, realización personal, etc., han cambiado dramáticamente durante los últimos cuarenta años.

            Bien definió el mismo Juan Pablo II este período como un periodo de “guerra de cultura”.

            Ahora bien, en este desafío se involucra ineludiblemente lo que Benedicto XVI ha calificado como urgente necesidad de reafirmar “la obediencia a la verdad”, que “debe 'castificar' nuestra alma y así guiar a la palabra recta y a la recta acción. En otros términos, hablar para buscar el aplauso, hablar orientándose a todo lo que los hombres quieren oír, hablar obedeciendo a la dictadura de la opinión común debe considerarse una especie de prostitución de la palabra y del alma”.

            Y esta «castidad» “consiste en no someterse a este estándar, a no buscar el aplauso sino la obediencia de la verdad” (9) .

            Y en esta urgente necesidad de “obediencia a la verdad”, sin duda alguna que el humanismo tomista se evidencia como una auténtica respuesta para esa exigida «lucha por el alma del mundo»”.

            En síntesis, para plasmar una respuesta válida (especulativo-práctica), al desafío que implica, para la Filosofía y la Teología, la denominada “postmodernidad”, es necesario comprender que la misma, más que “post-cristiana” se presenta con un contenido radicalmente “cristofóbico”, bajo la pretendidamente neutra presentación de “post-cristiana”. Se dio, así, un proceso de secularización, de constitución de un humanismo secular, radicalmente anti católico.

3. El proceso de desconstrucción de la cultura católica y sus consecuencias actuales.

            El Padre Aníbal Fosbery ha sintetizado ese proceso secularista, señalando que “a la antinomia de fe y razón, de mundo y Dios, propia de la Reforma, el Renacimiento, con Descartes va a sumar la antinomia de mente y espíritu (…), espíritu y materia. Estos dos dualismos, el de la Reforma y el de Descartes, no se concilian, aunque mutuamente se convocan. Lutero mató la certeza objetiva de lo religioso. Descartes mata la certeza objetiva de lo filosófico. El hombre queda a la intemperie, sin referente moral: o en manos del consenso social o en manos del estado. La síntesis hay que buscarla en la idea de una religión racional, común a todos los hombres (…) nace la fe laica (…) La religión de la naturaleza termina por sustituir al cristianismo. Se instaura la fe en el progreso, que se convierte en una ideología”. Esta ideología del progreso “terminará instaurando un nuevo proceso de secularización complementario de la Reforma. Ésta separó lo religioso de lo humano, para preservarlo de toda contaminación. Aquél facilitó la conversión de la sociedad religiosa a la vida activa de la sociedad laica”.

            Así, “la Reforma y el Renacimiento se van acompañando y encontrando mutuamente para, de esta manera, instaurar una nueva ideología. La ideología del progreso, que por este motivo se transforma en un ideal de acción capaz de movilizar los mismos sentimientos, adhesiones y entusiasmos de una religión”.

            Y “esta es la génesis del secularismo actual que aparece, al decir de Pablo VI, como un enemigo mortal del cristianismo, que una conciencia cristiana no podría aceptar sin renegar de sí misma; tan es verdad que el ateísmo verdadero, por definición del hombre y del mundo, se sitúa en el plano de una inmanencia cerrada en sí misma” (10).

            Y la modernidad se presenta como “una civilización fundada en la ideología del progreso, como una nueva utopía escatológica del inmanentismo. La cultura es desplazada a lo literario, lo artístico, y la virtud, vaciada de contenido moral, se transforma en habilidad científica o técnica, como instrumento del quehacer hedonista y utilitario” (11).

            Por lo tanto, nos encontramos “frente a la civilización del secularismo, que hace del progreso su religión y que se alimenta con la ideología del economicismo instrumentada por el dominio, la eficiencia y el poder. No hay lugar para la cultura, y, consecuentemente, no lo hay para Dios. Lo religioso puede ser tolerado, a lo sumo, como culto encerrado en los pliegues de la conciencia individual” (12).

            En palabras de Pablo, es “prácticamente una secularización radical que elimina de la ciudad humana la referencia a Dios y los signos de su presencia, que vacía los proyectos humanos de toda búsqueda de dios, que suprima las instituciones propiamente religiosas, crea un clima de ausencia de Dios. (…) Así, nuestra responsabilidad de pastor nos crea el deber de poner en guardia contra ese grave peligro” (13).

            Pero el cambio de tono que se irradia hoy desde el magisterio no se manifiesta como radicalmente opuesto a lo preseñalado, lo que lleva a desorientación a grandes sectores de la feligresía. Debemos tener en cuenta que, como decía el entonces Cardenal Ratzinger, el Papa es el “abogado de la memoria cristiana”; “no impone desde fuera, sino despliega la memoria cristiana y la defiende” (14).

            El magisterio debe ser afilado y preciso como una espada; no debe disminuir su función específica con la inclusión de teologías privadas; debe ajustarse a afirmar y negar, a confirmar la doctrina revelada, en la unanimidad de Padres y Doctores, conforme a la tradición, a la memoria cristiana.

            Y es precisamente esa memoria cristiana que está amenazada por una subjetividad que se olvida de su propio fundamento, y por una violencia que emana del conformismo cultural y social.

Hugo Alberto Verdera


NOTAS:

1.     N° 53
2.     “Por eso, el vínculo fundamental del Evangelio, esto es, el mensaje de Cristo y de la Iglesia, con el hombre en su humanidad misma, es creador de cultura en su fundamento más profundo” (Cardenal Paul Poupard, Iglesia y Culturas, México, 1988).
3.     N° 70.
4.     Citado por Santiago Ramírez, Introducción General a la Suma Teológica, edit. BAC, Madrid 1957, T. 1, p. 77.
5.     Discurso dado en Cracovia el 26 de mayo de 2006.
6.     Encíclica Fides et ratio, N° 45.
7.     Homilía de la Misa “Pro Eligendo Pontifice”, del entonces Cardenal Ratzinger, en su carácter de Decano del Colegio Cardenalicio, el 18 de abril de 2005
8.     Discurso del Papa Benedicto XVI sobre la ley natural ante los miembros de la Comisión Teológica Internacional el 5 de octubre de 2007.
9.     Homilía de Benedicto XVI a los Miembros de la comisión Internacional de Teólogos, 6 de octubre de 2006
10.Aníbal E. Fosbery, La Cultura Católica, Edit. Tierra Media, Buenos Aires, 1999, pp. 428-430. La cita de Pablo VI es del Discurso al Secretariado para los No Creyentes, del 18 de marzo de 1971, en Enseñanzas al Pueblo de Dios, Edit. Librería Editrice Vaticana, T. 3, p. 249.
11. Ib., p. 434.
12. Ib., p.435.
13. Pablo VI, Ibidem, p. 251.

14. Cardenal Joseph Ratzinger, Alocución en Dallas ante el Sínodo de los Obispos norteamericanos, en 1991, con el lema «Si quieres la paz, respeta la conciencia de todo hombre»

30 de septiembre de 2017

SENSUM FIDEI FIDELIUM

El sensus fidei de los fieles en el discernimiento de afirmaciones heterodoxas

 Extracto de la Conferencia del Pbro. Dr. Ignacio E. Andereggen
que pronunció en el marco de la “XLII Semana Tomista” de la Universidad Católica Argentina,
Buenos Aires (11-15 de sept de 2017).



  
En el año 2014 se publicó un documento de la Comisión Teológica Internacional (= CTI) referido al sentido de la fe y su importancia para la vida de la Iglesia y de los creyentes[2] titulado El «sensus fidei» en la vida de la Iglesia (= SF), (Madrid, B.A.C., 2014; en italiano), aprobado por el Card. Müller, Prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, durante el pontificado de Francisco.

Es esencial la referencia que el documento hace (SF 18) al pasaje en que San Pablo manifiesta la mente o sentido de Cristo (1Co 2, 16: pues nosotros tenemos la mente de Cristo), del cual, finalmente, el sentido de la fe es una participación. […] Es por proceder del conocimiento humano perfecto de Cristo: visión beatífica, ciencia infusa y ciencia adquirida, unificados en su Conciencia sin perder su distinción y objetividad, que el sensus fidei de la totalidad del Pueblo de Dios que tiene la unción del Santo, la Iglesia, no puede fallar en su conocimiento, y participa de la unidad de su Conciencia. Lo mismo sucede en cada fiel, que participa a su modo del conocimiento fontal de Cristo y de su comunidad. Es por eso que toda disonancia y división en el conocimiento del Cuerpo eclesial, y en su expresión, es contraria en sí al sensus fidei.

Solo el magisterio auténtico está exento absolutamente de error cuando define una verdad (y aún esto en ciertas condiciones); los fieles singulares, así como los pastores y el mismo Papa cuando no definen pueden incurrir en el error y realizar afirmaciones o negaciones contrarias a la unidad de la fe de la Iglesia, que deriva del conocimiento uno de la Cabeza[3]. Dice la Constitución dogmática «Dei Verbum», n. 2:

En materia de fe y de las costumbres pertinentes a la edificación de la doctrina cristiana, debe tenerse como verdadero el sentido de la Escritura que la Santa Madre Iglesia ha sostenido y sostiene, ya que es su derecho juzgar acerca del verdadero sentido e interpretación de las Sagradas Escrituras; y por eso, a nadie le es lícito interpretar la Sagrada Escritura en un sentido contrario a éste ni contra el consentimiento unánime de los Padres.

El Magisterio es un servicio carismático especial a este sentido de la Escritura, que supera a aquél, y que tiene por fuente al mismo conocimiento de Cristo. Es interesante notar la referencia al sentido del pasado y al sentido del presente, que no pueden ser opuestos: nunca una definición dogmática o moral correspondiente al sentido de la fe podría ir contra el sentido de la Escritura, de la tradición de los Padres y de las definiciones anteriores de la Iglesia. Si sucediera eventualmente, se trataría solo un acto material, verbal, sin verdadera autoridad derivada de Cristo, y respecto del cual no cabría obediencia debida.

La raíz de esta radical continuidad se encuentra en la unidad perfectísima del conocimiento personal del Verbo Encarnado, a la cual corresponde la perfectísima unidad de su Conciencia. […] En efecto, el alejamiento del Conocimiento de Cristo es solidario de los errores filosóficos y culturales, como los que introduce el relativismo contemporáneo en la Teología, en la vida cultural, y en la praxis católica, y produce, al contrario, una hebetudo mentis o torpeza mental semejante a la causada por la lujuria –con la cual el relativismo está frecuentemente conectado, según el testimonio de Pablo–, por la cual resulta imposible discernir los errores.

SF se constituye a partir de la concepción de la Escritura, de los Padres, de los teólogos medievales y los grandes del s. XIX, como Newman, sobre las referencias de los Sumos Pontífices a la fe del Pueblo en el caso de las grandes verdades marianas, y concluye con una elaboración teológica especialmente apoyada sobre el C. Vaticano II y Santo Tomás. […] Dice por ejemplo SF 62:

El sensus fidei fidelis confiere al creyente la capacidad de discernir si una enseñanza o una praxis son coherentes con la verdadera fe de la cual él ya vive… Permite también a cada creyente percibir una desarmonía, una incoherencia o una contradicción entre una enseñanza o una praxis y la fe cristiana auténtica de la cual vive. El reacciona a la manera de un melómano que percibe las notas equivocadas en la ejecución de una pieza musical. En este caso los creyentes resisten interiormente a las enseñanzas o a las prácticas en cuestión y no los aceptan o no participan de ellas. “El hábito de la fe posee esta capacidad gracias a la cual el creyente se retrae de dar su consentimiento a lo que es contrario a la fe, así como la castidad se retrae en relación a lo que es contrario a la castidad” (De verit., q. 14, a. 10 ad 10).


La cita de De veritate que SF reporta, nos refiere a la conexión de las virtudes, que finalmente se da no solamente entre las morales, sino también entre las morales y las intelectuales, y finalmente y sobre todo entre las sobrenaturales y todas las naturales, según su propia jerarquía, que impide, por ejemplo, poner por encima de la fe una obediencia ciega, material, y espiritualmente repugnante, y a su vez desconectada de virtudes morales […]. Esta conexión remite nuevamente, como dijimos, a la unidad de la Conciencia y de la perfección espiritual de Cristo, de la que el creyente participa por la gracia, así como lo hacen específicamente, de modo más restringido, los pastores por la autoridad magisterial carismática. Continúa el texto de SF 63:

Advertidos por el propio sensus fidei, los creyentes particulares pueden llegar a rehusar el consentimiento a una enseñanza de los propios legítimos pastores si no reconocen en tal enseñanza la voz de Cristo, el buen Pastor. “Las ovejas lo siguen [al buen Pastor] porque conocen su voz. A un extraño, en cambio, no lo seguirán, sino que huirán lejos de él, porque no conocen la voz de los extraños” (Jn 10, 4-5). Para Santo Tomás un creyente, aún privado de competencia teológica, puede y, más aún, debe, resistir en virtud del sensus fidei a su Obispo si este predica cosas heterodoxas. En tal caso el creyente no se eleva a sí mismo como criterio último de la verdad de fe: al contrario, frente a una predicación materialmente “autorizada” pero que lo turba, sin que pueda explicar exactamente la razón de esto, difiere el propio asentimiento, y apela interiormente a la autoridad superior de la Iglesia universal.


La autoridad de la Iglesia Universal no se identifica allí con el S. Pontífice o el colegio de los Obispos; corresponde al sensus fidei infalible de toda la Iglesia. Dice además el Angélico:

Cuando hubiese un peligro inminente para la fe, los prelados deberían ser reprendidos por los súbditos incluso públicamente. Por eso Pablo, que era súbdito de Pedro, a causa del peligro inminente de escándalo acerca de la fe, reprendió públicamente a Pedro[4].


El texto del Aquinate aludido por la CTI corresponde al Escrito sobre las Sentencias:

Al Prelado que predica contra la fe no hay que asentir, porque en esto es discordante respecto de la primera regla [la divina]. Y ni por la ignorancia el súbdito es excusado del todo, porque el hábito de la fe produce una inclinación a lo contrario, dado que enseña acerca de todas las cosas que pertenecen a la salvación, como se dice en I Jn. 1. Por lo cual si el hombre no es demasiado fácil en creer a cualquier espíritu, cuando se predica algo insólito (insolitum), no asentirá, sino que requerirá en otra parte, o se recomendará a Dios, no introduciéndose en sus secretos por encima de su capacidad[5].


Lo “insólito” aquí son las novedades (1 Tm 6, 20) contrarias a la Tradición.

Aparece enseguida la diferencia de sensibilidad respecto de la situación eclesial de los últimos cien años. El problema de conciencia moral en el fiel, con fe no segura, aparece hoy como una preocupación por no asentir al Prelado. En el texto de santo Tomás, el problema de conciencia aparece, al contrario, por asentir al Prelado cuando no corresponde. Es evidente que en la modernidad […] se pasó de una valoración principal del sentido de la fe del creyente en la Iglesia como Cuerpo, a una valoración principal del magisterio de la Iglesia, que corresponde a una función ministerial ejercida por quienes reciben un carisma especial. Esta, a su vez, es entendida crecientemente en el sentido de la autoridad potestativa y ejecutiva. Santo Tomás, en cambio, se está refiriendo teológicamente a la fe como virtud teologal, especialmente formada por la caridad, que es superior a la gracia carismática y al mismo carácter del sacramento del orden, el cual está al servicio de la perfección de la gracia, de la fe y de la caridad.

Pero se pone un problema de gnoseología teológica. ¿Cómo se conoce la totalidad del sentido de la fe de la Iglesia a la que el sentido de la fe del creyente singular debe asentir?

La inclinación connatural al sentido de la fe (que permanece incluso sin la gracia) es anterior, según el ser –aunque no siempre según el tiempo– a cualquier determinación[6], o definición, y además está sujeta a crecimiento conforme crece la vida espiritual y la caridad del creyente. La determinación anterior según el tiempo ayudará materialmente al sentido de la fe […], y la posterior lo confirmará, si es coherente con las anteriores. […] Como dice el Angélico, si se da contradicción, disonancia y perturbación ante la predicación, mientras tanto suspenderá el juicio, hasta que crezca y se determine su sentido de la fe y le haga encontrar claridad y superación de las dudas. Lo que nunca podrá hacer el creyente es violentar su conciencia adhiriendo imprudentemente a aquella novedad que aparezca en la praxis de la vida de la Iglesia, en las concepciones comunes, o en el mismo magisterio, como contraria a la fe de la Iglesia considerada en su totalidad, incluyendo el pasado […].

En efecto, se trata finalmente de una realidad espiritual mística, que supera cualquier formulación sensible, aunque tiene una vinculación necesaria con esta, como sucede en general en el conocimiento humano. Como enseña el Doctor Común, la Escritura es un Rayo de Luz10, así como el Evangelio es principalmente la Gracia11; el texto es secundario y complementario, aunque necesario esencialmente. Así, con más razón, sucede con los Documentos de la tradición y las determinaciones del magisterio, que están al servicio del Evangelio. Es por este motivo que el sensus fidei, que en primer lugar es comunitario, como teniendo la Iglesia por sujeto, y después personal, es fundamental respecto de las definiciones del magisterio, que nunca podrán ir contra él […]. Esto, es claro, no significa que el Papa o los obispos no puedan errar, sobre todo, en la predicación-magisterio, y más todavía, en los actos prudenciales de gobierno, por naturaleza particulares.

Volvamos al comentario a las Sentencias. […] Ahora la atención está puesta en el nexo entre el sensus fidei y las diversas interpretaciones del texto [de Amoris laetitia] que, con una continuidad sorprendente, sigue casi inmediatamente a la publicación de SF, produciéndose así una oportunidad de verificación de su doctrina. Afirma el Aquinate:

No es necesario que el hombre tenga conocimiento explícito de todos los artículos de la fe, sino de algunas cosas que son necesarias según el tiempo aquel; y así se evitan todos los errores y dudas (dubitationes). […] Por lo cual, en el tiempo en el cual emerge la necesidad de conocer explícitamente, sea por una doctrina contraria que aparece, sea por un movimiento de duda (motum dubium) que surge, entonces el hombre fiel, por la inclinación de la fe, no consiente a las cosas que están contra la fe, sino que difiere el asentimiento, hasta ser instruido más plenamente[7].


Está claro que el sentido de la fe se ejercita diferentemente según la condición de los miembros del Cuerpo Místico15. […] La explicación doctrinal, finalmente, no puede ser separada de la inclinación. Es por esto que, en el caso que nos ocupa de la comunión de los divorciados con segunda relación, la reacción de los fieles es diferente según se trate de obispos, presbíteros, laicos, doctores, etc. Existe, sin embargo, una comunión profunda en la misma fe, y en su sentido, que deriva finalmente del de Cristo.

El sentido de la fe de los obispos lleva naturalmente a percibir, más directamente, los inconvenientes de la posición que sostiene que –en algunos casos particulares–, quienes viven en estado consciente de adulterio prolongado podrían recibir la sagrada Eucaristía, como un peligro que atenta directamente contra la unidad de la Iglesia y de la fe, respecto de la cual tienen un ministerio especial.

Recientemente algunos obispos advertían sobre la división que se constata[8]. Es claro que la división entre obispos, presbíteros y fieles, no corresponde al verdadero sentido de la fe, que es una (Ef 4, 5). La Constitución «Lumen Gentium», n. 12 […] señala solemnemente:

La universalidad de los fieles que tiene la unción del Santo (cf. 1 Jn 2, 20-17) no puede fallar en el creer, y ejerce esta su peculiar propiedad mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando “desde el Obispo hasta los últimos fieles seglares” manifiestan el asentimiento universal en las cosas de fe y de costumbres.


El sentido de la fe de los presbíteros se ejercita más directamente en la función de ser cabeza espiritual de los fieles en el ordenamiento particular de la comunidad, participando a su modo de la plenitud del sacerdocio de Cristo. Es evidente que, en este caso, por su responsabilidad pastoral directa e inmediata, las palabras de Santo Tomás asumidas por SF sobre la necesidad moral de ser consecuentes con el sentido de la fe, adquieren una relevancia especial. […] La conciencia del sentido de la fe de los presbíteros está unida a una responsabilidad específica en la Iglesia[9], no solamente referida al bien de las almas singulares, o de una porción del Pueblo de Dios, sino a la misma Iglesia universal. […]

El sentido de la fe de los seglares que poseen verdadera vida espiritual está naturalmente preparado para percibir la consonancia o la disonancia de una verdadera o falsa concepción del matrimonio cristiano y de la Eucaristía con el sentido de la fe que ellos mismos poseen. SF 8 subraya cómo en algunas épocas de la vida de la Iglesia fueron los simples fieles y no los pastores los que principalmente mantuvieron el sentido de la fe ortodoxa. Es de notar cómo […] existen nuevas formas de expresión y comunicación favorecidas por el uso de Internet. […] Su existencia no puede ser desconocida o minimizada desde el punto de vista teológico, constituyendo muchas veces indicio de la reacción vital de los fieles con auténtico interés por las cosas de la fe y el bien común de la Iglesia, no raras veces con una sensación de abandono por parte de los pastores, que debe ser adecuadamente comprendida. […]

Si la praxis está por encima de la teoría, es claro que la concepción del matrimonio cristiano surgirá principalmente de la realidad de hecho, y no de la luz recibida por la fe en la revelación divina, y aplicada por su sensus, al ordenamiento de la vida humana incluso en el matrimonio. Así se llega a concebir una dialéctica entre los “casos particulares” y la ley divina revelada, absolutamente alejada de la realidad de ésta. Son los casos particulares los que deben ser iluminados, perfeccionados y determinados por ésta divinamente, y no la imperfección de los casos la que debe interpretar el sentido de la ley evangélica […].

Pbro. Dr. Ignacio E. Andereggen

NOTAS:

[1] Ignacio E. M. Andereggen es un sacerdote católico, filósofo y teólogo argentino nacido en la Ciudad de Buenos Aires en 1958. Doctor en Filosofía y en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, es profesor Ordinario titular de Metafísica y de Gnoseología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Pontificia Universidad Católica Argentina (Buenos Aires), y profesor Invitado en la Pontificia Universidad Gregoriana (Roma) y en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma). Andereggen fue investigador del CONICET, es miembro correspondiente de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino y de Religión Católica (Roma), Vocal de la Sociedad Tomista Argentina, y ha publicado numerosos artículos (https://unigre.academia.edu/ignacioandereggen) de sus disciplinas y libros algunos de ellos traducidos al italiano.
[2] COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, El «sensus fidei» en la vida de la Iglesia, Madrid, B.A.C., 2014; en italiano: http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/
rc_cti_20140610_sensus-fidei_it.html
[3] In IV Sent. d. 13, q. 2, a. 1: “Omnis gratia in Eo est, sicut omnes sensus in capite. Similiter etiam dicitur Caput ratione secundae proprietatis, quia per Ipsum, sensum fidei et motum caritatis accepimus”.
[4] S. Th. II-II, q. 33, a. 4 ad 2.
[5] In III Sent. d. 25, q. 2, a. 1 D, ad 3)
[6] In Boethii de Trinitate, II q. 3, a. l ad 4.
[7] In III Sent. d. 25, q. 2, a. 1 B, ad 3. 15  In III Sent. d. 25, q. 2 a. 1 C, co.
[8] CARD. CARLO CAFFARRA a Francisco, 25/4/17, con W. BRANDMÜLLER, R. BURKE, J. MEISNER, en: http://magister.blogautore.espresso.repubblica.it/2017/06/20/unaltra-lettera-dei-quattro-cardinali-alpapa-anche-questa-senza-risposta/
[9] LUIS FERNÁNDEZ DE TRONCONIZ Y SASIGAIN, Sensus Fidei: lógica connatural de la existencia cristiana, un estudio del recurso al “sensus fidei” en la teología católica de 1950 a 1970, Vitoria, Eset 1976, 98-99.