Centro de Profesionales de la Acción Católica "SANTO TOMÁS DE AQUINO" de Buenos Aires, Argentina.

15 de diciembre de 2017

¿LOS HIJOS SON DEL ESTADO?


¿Hay en marcha una expropiación de los hijos?

Las democracias occidentales no se diferencian de los regímenes totalitarios. El niño es introducido en el «sistema»: es educado por profesores-funcionarios del estado, uniformemente instruidos por la universidad pública y los cursos de formación ministeriales; es precozmente psicologizado por funcionarios del estado, presentes ya en todas las escuelas; es precozmente sexualizado por funcionarios del estado a través de proyectos curriculares inderogables
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¿De quién son los hijos? Los hijos no son de nadie porque son de Dios. Hubo un tiempo en el que la idea que el hijo era un don estaba arraigada en el corazón y en la mente de las personas, no sólo de las madres. Un don que viene de Dios y que es necesario educar para que vuelva a Él. Se sentía la procreación como una pertenencia a un ciclo de significado que quitaba al niño de las manos de cualquier poder terrenal, porque era «del Señor».
Este sentir común está aún vivo en muchos progenitores, pero cada vez menos debido a la racionalización técnica y política, que ha asumido también esta forma de dominio, el dominio sobre los hijos. Las utopías políticas fueron las que produjeron, en los siglos pasados, serias excepciones a la idea que los hijos pertenecían al Señor, empezando por la antigua utopía de Platón, según la cual los niños recién nacidos tenían que pasar inmediatamente a estar bajo la protección del estado, que los criaría en estructuras públicas para que así cada ciudadano, viendo a los jóvenes por las calles y plazas, pudiera decir: «Podría ser mi hijo». La negación de la familia era funcional a la creación de una comunidad política de iguales con sólidos vínculos recíprocos. Se creía que si los hijos seguían con sus progenitores, la unidad interna de la comunidad se debilitaría y fragmentaría. Esta idea se ha prolongado en la historia y pasa por la comunión de las mujeres en los falansterios del nuevo mundo de Fourier, las indicaciones del Manifiesto de Marx, hasta llegar a los estados totalitarios de finales del siglo pasado.
El ideal utópico de ciudadanos huérfanos para que puedan sentirse más células del organismo estatal se consolida progresivamente con la formación del estado moderno, que concentra en sí la instrucción y la educación, centraliza la sanidad y la atención a la infancia, debilita las formas familiares de solidaridad y se sustituye, cada vez más, a los progenitores y la familia. Todo esto con el fin de dañar a la Iglesia y a la religión de referencia de las familias, que confiaba a las madres la educación, también religiosa, de los niños y enseñaba una procreación que encontraba su lugar humano específico sólo en el matrimonio.
La Iglesia, con su Doctrina social, siempre ha enseñado que los hijos son de los padres porque era el único modo para que fueran de Dios. Siempre ha enseñado que del mismo modo que el lugar humano de la procreación es la pareja de esposos, el lugar humano de la educación es la familia. La educación es, de hecho, una continuación y un llevar a cumplimiento la procreación y corresponde originariamente a los progenitores. Diciendo esto la Iglesia sabía que enunciaba un principio evidente de ley moral natural, pero sabía también que sólo así los niños podían ser educados en la piedad cristiana, los rudimentos del catequismo, las oraciones al ángel custodio. A través de los progenitores, y no del estado, la Iglesia podía hacer que los niños conocieran a Jesucristo. Es el revés positivo de la medalla: el estado sustituye a los progenitores para deseducar a los futuros ciudadanos en lo que atañe al Evangelio; la Iglesia se alía con los progenitores, contra el estado, para educar a los futuros ciudadanos en el Evangelio.
Era una verdadera lucha que la Iglesia no parece querer ya combatirHoy, no menos que en la República de Platón, los hijos parecen ser del estado, que los asume en las propias estructuras desde el jardín de infancia, los forma según sus propios programas y, como la Iglesia justamente temía, los aleja sistemáticamente de Jesucristo, hablando mal de Él, o no hablando en absoluto. La Iglesia ya no protesta por esto y no apuesta por formas de educación alternativa -como las escuelas parentales-, que serían el único modo para que ella, la Iglesia, volviera a educar a los niños a través de la reapropiación de la función educativa de los progenitores. La escuela parental no es sólo la escuela de los padres, sino que es también la escuela de la Iglesia a través de los padres. Sería un modo para volver al principio según el cual los hijos son de Dios, y no del ministro de educación.
Desde este punto de vista, las democracias occidentales no se diferencian de los regímenes totalitarios. El niño es introducido en el «sistema»: es educado por profesores-funcionarios del estado, uniformemente instruidos por la universidad pública y los cursos de formación ministeriales; es precozmente psicologizado por funcionarios del estado, presentes ya en todas las escuelas; es precozmente sexualizado por funcionarios del estado a través de proyectos curriculares inderogables; en lo que respecta a su salud, es examinado desde que está en el vientre materno y, posiblemente, abortado por parte de funcionarios del estado; es enviado a hacer un Erasmus en cualquier otro país donde aprenderá estilos de vida y valores estandarizados por funcionarios de ese estado-no estado que es la Unión Europea; en su recorrido escolar, se le enseñará a usar los anticonceptivos, incluidos los de «emergencia», y la fecundación artificial para que, a su vez, procree otros niños huérfanos de estado.
La cuestión es que las democracias hacen todo esto sin que se vea. La educación de estado habla de inclusión cuando quiere decir uniformidad; de tolerancia cuando quiere decir inmoralidad; de igualdad de oportunidades cuando quiere decir indiferentismo sexual; de libertad de elección cuando quiere decir sexualización forzada desde el jardín de infancia, según las directrices emanadas por un despacho cualquiera de funcionarios del estado uniformados en el pensamiento único y dominante. De este modo se deja fuera a los progenitores, que incluso se alegran de ello. La Iglesia también se queda fuera y el niño es deformado incluso antes de que oiga por primera vez la palabra «Dios», si alguna vez la oye.
Los hijos son de Dios, se pensaba antes. Era el reconocimiento de lo absoluto de su valor que se fundaba en la gratuidad del don. Sólo lo que no se paga tiene verdaderamente valor. La procreación debe ser un acto gratuito para que, así, se pueda pensar en la nueva vida como un don gratuito. Lo sabía bien la Humanae vitae de Pablo VI, que precisamente sobre una procreación verdaderamente humana fundaba no sólo la moralidad del acto conyugal, sino la moralidad de toda la sociedad. Si no hay gratuidad allí, en el acto inicial de la vida, ¿cómo podrá haber gratuidad en las otras y sucesivas relaciones sociales?
Efectivamente, desde la anticoncepción en adelante, ha habido una degradación progresiva en la percepción pública de la dignidad del niño. Los niños sonconcebidos en laboratorios, fabricados a partir de embriones descongelados; son dados en acogimiento o adoptados por parejas homosexuales; son divididos y objeto de pelea de progenitores divorciados; son comprados, vendidos y son objeto de contratos en la abominable práctica del vientre de alquiler; son objeto de la intervención de la sanidad pública ante síntomas de «disforia de género»; son convertidos en objetos clínicos o terapéuticos ante el primer síntoma de ligera dislexia o hiperquinesia; son entregados al sistema del espectáculo y de la publicidad desde pequeños y los padres los ven por la mañana y los vuelven a ver sólo por la tarde-noche.
La Iglesia siempre ha enseñado y defendido el derecho del niño a crecer bajo el corazón de su madre y, antes, su derecho a ser concebido de manera humana bajo el corazón de sus progenitores. Cuando la Iglesia decía que la familia es una sociedad pequeña, pero verdadera, o cuando invocaba el respeto a la subsidiariedad, lo hacía mirando a los niños, en el intento de sustraerlos al Leviatán que quiere apropiarse de ellos.
Platón deseaba una fuerte cohesión interna entre ciudadanos y por este motivo el estado que él había pensado le quitaba los hijos a los padres desde su nacimiento. Sin embargo, lo suyo era, claramente, una utopía. Pero después, los sistemas políticos de la comunidad de mujeres, de la planificación centralista de la procreación, de la eugenesia de estado, del género enseñado en todas las escuelas, no han producido, y no producen, ninguna cohesión social; más bien, hacen de nuestros niños, cuando son adultos, individuos débiles, aislados y llenos de temor. Expropiar a los hijos los reduce a cosas.
Giampaolo Crepaldi, arzobispo de Trieste

14 de diciembre de 2017

LA PRAXIS SIN LA DOCTRINA ES CIEGA EN EL CAMINO

Cinco trampas para la Iglesia de hoy

Este texto del cardenal Carlo Caffarra (1/6/1938 - 6/9/2017) está tomado del Prólogo que el purpurado hizo al libro «Lettere a una carmelitana scalza», del cardenal Giacomo Biffi (13/6/1928 - 11/7/2015)




1.   Una Iglesia sin doctrina no es una Iglesia pastoral, sino una Iglesia arbitraria y esclava del espíritu del tiempo:

"Praxis sine theoria coecus in via" [la praxis sin la teoría es ciega en el camino], decían los medievales. Esta trampa es grave, y si no se la vence, causa graves daños a la Iglesia. Al menos por dos motivos. El primero es que, al ser la "Sagrada Doctrina" la Revelación divina del proyecto divino sobre el hombre, si la misión de la Iglesia no se arraiga en ella, ¿qué le dice la Iglesia al hombre? El segundo motivo es que cuando la Iglesia no se cuida de esta trampa, corre el riesgo de inficionarse del dogma central del relativismo: tanto en orden al culto que debemos a Dios como al cuidado que debemos al hombre. Es indiferente lo que pienso de Dios y del hombre. La "quaestio de veritate" se convierte en una cuestión secundaria.

2.   Olvidar que la clave interpretativa de la realidad en su conjunto y en particular de la historia humana no está dentro de la historia misma.

Es la fe. San Máximo el Confesor considera que el verdadero discípulo de Jesús piensa cada cosa por medio de Jesucristo y a Jesucristo por medio de cada cosa. Pongo un ejemplo muy actual. El ennoblecimiento de la homosexualidad al que asistimos en Occidente no se interpreta y juzga tomando como criterio la corriente principal de nuestras sociedades; o bien el valor moral del respeto que se debe a cada persona. El criterio debe ser la "Sagrada Doctrina" respecto a la sexualidad, el matrimonio, el dimorfismo sexual. La lectura de los signos de los tiempos es un acto teologal y teológico.

3.   El primado de la praxis.

Me refiero al primado fundante. El fundamento de la salvación del hombre es la fe del hombre, no su obrar. Lo que debe preocupar a la Iglesia no es, "in primis", la cooperación con el mundo en grandes procesos operativos, para alcanzar objetivos comunes. La preocupación que desvela a la Iglesia es que el mundo crea en Aquel que el Padre ha enviado para salvar al mundo.

4.   La reducción de la propuesta cristiana a exhortación moral. 

Es la trampa pelagiana, que san Agustín llamaba el horrendo veneno del cristianismo. Esta reducción tiene el efecto de hacer a la propuesta cristiana muy aburrida y muy repetitiva. Dios es el único que en su obrar es siempre imprevisible. Y, en efecto, en el centro del cristianismo no está el obrar del hombre, sino la Acción de Dios.

5.   El silencio respecto al juicio de Dios,

Mediante una predicación de la misericordia divina hecha de tal modo que corre el riesgo de hacer desaparecer de la conciencia del hombre que escucha la verdad que Dios juzga al hombre.



Escudo episcopal del Cardenal Cafarra

EL PRIMER MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS


PECADOS CONTRA EL PRIMER MANDAMIENTO



Se peca contra el Primer Mandamiento cuando se comete pecado contra la fe, la esperanza, la caridad y contra la virtud de la religión.

1.-  Pecados contra la fe

·         Se llama infidelidad formal al pecado de quien rechaza la fe positivamente o la desprecia después de haber sido suficientemente instruido en ella. Es el pecado más peligroso de todos y es gravísimo: más que él sólo está el odio a Dios.

·         El ateísmo: que es negar que Dios existe (ateísmo teórico) o vivir como si no existiera (ateísmo práctico).

·         La herejía: es el error o duda voluntaria del cristiano sobre alguna verdad de fe divina, que la Iglesia propone para creer como dogma de fe.

·         La apostasía de la fe: es el abandono total de la fe cristiana recibida en el Bautismo (CIC, c.1325 & 2). Es el pecado cometido por un bautizado que rechaza las verdades de la fe, total o parcialmente, y por eso la abandona. Como nos dice A. Royo Marín: “Quien muere obstinado en esta rebeldía, se condena seguro”[1]

·         El cisma: es el pecado de quien rechaza la sumisión al Romano Pontífice o no quiere comunicarse con los miembros de la Iglesia sometidos a él. No se opone directamente a la profesión de fe, pero es difícil que hayan cismáticos que no sean herejes, sobre todo si niegan el Primado del Romano Pontífice.
·         Defender la llamada libertad de conciencia, es decir, el indiferentismo religioso.

·         Dar crédito a supersticiones o a doctrinas que se oponen a la fe: ambas son fruto de la ignorancia. Peca contra este mandamiento quien cree en serio en cosas supersticiosas(mala suerte del nº 13, cadena de oraciones, etc.). Ha de considerarse supersticioso creer que ciertas acciones o prácticas concedan gracias especiales de forma automática sin contar con las disposiciones del que las practica.

·         Quien tiene fe en adivinosechadores de cartas, horóscopos, espiritistas y curanderos. Los horóscopos de ningún modo pueden servir para predecir los actos futuros libres de los hombres. Los hechos futuros de los hombres no son efecto de los movimientos o posiciones astrales. Pretender determinar los hechos futuros a partir de los astros, plantea necesariamente la negación de la libertad humana.

La astrología puede constituir herejía (si presupone la negación de la libertad y la Providencia), superstición e idolatría (si conlleva la adoración de los astros).
En cuanto a los adivinos y astrólogos, hay que decir que la gran mayoría son vividores que se aprovechan de la credulidad de mucha gente. Algunos, practican la astrología como parte del culto a los demonios, y es por la intervención de éstos últimos que algunos “astrólogos” son capaces a veces de “predecir” algunos hechos futuros. Pero todas sus “predicciones” sobre los actos futuros libres de los hombres no son más que conjeturas.
La Iglesia ha hablado sobre este tema desde antiguo condenando la creencia en la astrología en el Concilio de Toledo (a. 400), y el Concilio de Braga (a. 561). El juicio del Magisterio de la Iglesia puede resumirse en lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica:
“Todas las formas de adivinación deben rechazarse: el recurso a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone “develan” el porvenirLa consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, el recurso a mediums encierran una voluntad de poder sobre el tiempo, la historia y, finalmente, los hombres, a la vez que un deseo de granjearse la protección de poderes ocultos. Están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios”(CEC, 2116).

Todo género de adivinación, en definitiva, nace de la falta de fe en el Dios verdadero; y es el castigo del abandono de la auténtica fe.
En conclusión, si uno recurre a las prácticas astrológicas o consulta los horóscopos, creyendo seriamente en ello, comete un pecado de superstición propiamente dicho (pudiendo, incluso, llegar a la idolatría); si lo hace sólo por curiosidad y diversión, no hace otra cosa que recurrir a un pasatiempo fútil, que va poco a poco desgastando peligrosamente su fe verdadera. Si lo hace para granjearse la “protección” de los demonios, comete un pecado de idolatría diabólica.
El hombre o es religioso o es supersticioso. Muchos que no creen en las verdades de la Religión, luego creen en las mentiras y engaños de adivinos, brujos y espiritistas. Como dijo Chesterton: “No creer en Dios no significa no creer en nada; significa creer en todo”.

Dice la Biblia: “Que nadie de los tuyos haga pasar por el fuego a su hijo o a su hija, ni practique adivinación, augurios, encantamientos, ni maleficios. Que no haya hechiceros, ni quienes consulten a los espíritus; ni adivinos, ni evocadores de muertos. Porque todo el que practica esas cosas hace abominación para el Señor, y por causa de esas abominaciones el Señor, tu Dios, los expulsa ante tu presencia.” (Deut 18: 10-12).

La superstición es atribuir a cosas creadas poderes que son exclusivos de Dios. La superstición es una degradación de la fe; una credulidad basada en contenidos mágicos que se atribuyen a unas palabras o a unas acciones.

Sólo Dios conoce el futuro libre, y sólo Él puede revelar el porvenir a sus profetas.
·         Exponerse o exponer a sus hijos a influencias dañinas para la fe o las costumbres. Aquí es preciso hacer resaltar la responsabilidad de los padres ante Dios respecto a la educación cristiana de sus hijos.

·         La lectura de libros erróneos o peligrosos que atentan contra la fe o la moral. La razón de la gravedad de este pecado radica en que la fe es el fundamento de toda la vida espiritual. Por eso se comprende que su defensa obligue de un modo especialmente grave. Al ser necesaria la fe para obtener la salvación, todos los hombres están obligados no sólo a evitar los pecados contra la fe, sino también, y con especial cuidado, los peligros próximos contra esta virtud. Estos peligros pueden  ser internos, por ejemplo, la soberbia, y también externos, como es la lectura de libros que atentan contra la fe y las buenas costumbres. Esta obligación de evitar la lectura de libros contra la fe y las buenas costumbres es un principio de derecho divino natural, que la Iglesia subrayó con una ley eclesiástica hasta 1966, que imponía determinadas penas canónicas. La supresión de las mencionadas penas no quiere decir que ya se pueden leer toda clase de libros, pues sigue en pie -es inderogable- el principio de derecho divino natural, anteriormente señalado. Una consecuencia práctica de lo que se acaba de indicar, es la conveniencia de pedir consejo en esta materia, a quien por su formación y prudencia, está en condiciones de orientar debidamente en la lectura de libros, revistas, etc.

Las dudas de fe de personas sencillas que tienen buena voluntad de creer todo lo que Dios ha revelado, suelen ser impresiones, vacilaciones que surgen sobre algunas verdades, porque no acaban de comprenderlas. Éstas no son de verdad dudas de fe, sino meras impresiones que pueden surgir en el espíritu, sin que realmente constituyan una duda. Porque, para que haya duda, tengo que tener razones que me den base para ese juicio dudoso; y en esos momentos no hay ninguna razón, sino una mera impresión que se asemeja a la duda, pero que en realidad no lo es.

·         Si se trata de ignorancia y de que no sabemos cómo se pueden explicar ciertos hechos revelados por Dios, debemos estudiar y profundizar nuestra fe, y no contentarnos con lo que pudimos estudiar de pequeños.

·         Si se trata de saber si alguna afirmación hecha por algún sacerdote es de fe, o más bien una exageración, debemos también profundizar y examinar sus afirmaciones.

·         Por último, si sentimos esas vacilaciones o dudas, que como ráfagas pasan por nuestra mente en ciertos momentos, debemos rechazar esas vacilaciones y afianzarnos en nuestra fe, mediante la oración y una conducta intachable, que responda a esa fe que profesamos.

Sucede, a veces, que hay personas que llevan una conducta no adecuada a la fe, y que esta disociación entre su fe y su conducta les produce dudas de fe. Generalmente, lo que buscan con esas dudas es justificar su conducta. Naturalmente, el único remedio que tienen esas personas contra sus dudas es romper con esa conducta; porque mientras sigan llevándola, no podrán superar las dudas.
La fe no es una mera aceptación de ciertas verdades, sino que éstas llevan consigo unas exigencias de acción y de conducta, y cuando entre la aceptación y esas exigencias surgen dificultades, o hasta oposiciones, es fácil que surjan dudas acerca de esas verdades. En tales casos, el único remedio para evitar y vencer las dudas está solamente en la adaptación de la propia conducta a las verdades de fe que se creen.[2]

Esto no se opone a la falta de claridad que podamos tener sobre una verdad de fe, ni al deseo de esclarecerla, dentro de lo posible, sabiendo que hay misterios que superan la inteligencia humana.
El pecado será grave, si es una duda voluntaria, a sabiendas, de una verdad que la Iglesia dice que hay que creer. Si la duda no es voluntaria, sino una mera ocurrencia de las dificultades que a nuestro entendimiento se le presentan, no hay pecado; o a lo más pecado venial, si ha habido alguna negligencia en resistir a la tentación. Si la vacilación llega a tomar por incierto lo que es dogma de fe, el pecado sería grave contra la fe.
La fe debe extenderse a todas las verdades reveladas por Dios y propuestas como tales por la Iglesia. Nadie pierde la fe sin culpa propia. Dijo el Concilio de Trento: “Porque Dios, a los que una vez justificó por su gracia no los abandona, si antes no es por ellos abandonado” (DS 1536).

2.- Pecados contra la esperanza

·         Desesperar de la propia salvación y dejarse dominar por la desconfianza en la misericordia divina.

·         La confianza presuntuosa en que la misericordia divina perdone sin conversión, contrición ni absolución sacramental. Hoy día es relativamente frecuente oír a ciertos pastores caer en este grave error, pues reconociendo el pecado en el que algunos viven sólo les hablan de la misericordia de Dios y nunca mencionan la necesidad de conversión ni de arrepentimiento.


·         La presunción de considerarse capaz de salvarse a sí mismo sin necesidad de Dios; por ejemplo: auto-redención del hombre por el progreso indefinido económico­-social, etc.

3.- Pecados contra la caridad hacia Dios

3.1.- El odio a Dios: El primero y más grave de todos los pecados que se pueden cometer es el odio a Dios. Lo es porque la gravedad de una culpa se mide por el grado de aversión a Dios, la cual es máxima en este pecado, ya que se da en él directamente y per se, mientras que en los demás pecados se da sólo de una manera indirecta y per accidens.
Es también, por eso, el odio a Dios el mayor de los pecados contra el Espíritu Santo que se puede cometer, si bien no se le enumera entre estas especies de pecados, porque se encuentra en todos ellos[3] ; más que uno de estos pecados, es como el género que los abarca a todos.

Adviértase que hay dos clases de odio: el de enemistad y el de abominación.
·         El odio de enemistad, se llama también de malevolencia, por el que se considera a una persona como mala en sí misma, o por el que se le desea algún mal. Se opone al amor de benevolencia y de amistad directamente; y es un pecado gravísimo cuando recae sobre Dios. Se opone directamente a la infinita Bondad de Dios en sí misma, destruye totalmente la caridad.

·         El odio de abominación, que se le llama también de aversión, es el que rechaza a una persona porque resulta nociva para el que odia, no por sus malas cualidades. Así, los ladrones abominan de la policía. Cuando este odio recae sobre Dios (por ejemplo, por los castigos con que nos amenaza) constituye también gravísimo pecado, aunque no tanto como el anterior, que recaía directamente sobre la bondad infinita.

Del odio a Dios pueden proceder muchas blasfemias, execraciones, maldiciones, sacrilegios, persecuciones de la Iglesia, etc., que añaden a su malicia específica, la satánica del odio a Dios.[4]

3.2.- La tibieza espiritual

Se la puede describir, en su acepción moral, como aquel estado del alma que se caracteriza por un retraimiento voluntario y culpable (al menos in causa) de aquellos actos del obrar moral que nos llevan a Dios, por lo que se opone al dinamismo y fervor que exige la caridad.
Es interesante no confundir la tibieza con cierta desgana en el obrar, debida a un precario estado de salud; ni con la aridez espiritual que puede ser consecuencia de culpas precedentes o bien una prueba saludable que Dios permite. Hechas estas distinciones, quizá sea el mejor camino, para comprender la naturaleza de la tibieza, ponerla en relación con la caridad, ya que se opone a esta virtud de un modo muy principal.[5] Como decía San Agustín:

“Veis que somos viadores. Decís: ¿qué es caminar? Lo diré con brevedad: adelantar… Si dijeses : ya basta, has perecido . Añade siempre, camina siempre, adelanta siempre; no te pares en el camino, no te vuelvas atrás, no te desvíes. Se detiene el que no adelanta; vuelve atrás el que vuelve a pensar en el punto donde había partido; se desvía el que apostata. Mejor va el cojo en el camino, que el que corre fuera del camino”.[6]
El impulso de la caridad lleva también al cristiano a una lucha decidida contra el pecado venial y las imperfecciones llamadas voluntarias.
La tibieza, por el contrario, comporta un estado espiritual tan lánguido, que el alma consiente con plena deliberación en los pecados veniales y en las imperfecciones. Se puede decir que se acepta un estado de pecado venial, sin darle mayor importancia.
Por otra parte, no podemos olvidar que la caridad tiene un efecto principal, que es el de conformar la voluntad del hombre con la de Dios. Esta voluntad no hace distingos entre grave o leve a la hora de realizar su cumplimiento; simplemente tratará de cumplir lo mejor que pueda. Por el contrario, la actitud de un alma tibia incurre en un curioso legalismo que trata siempre de buscar la frontera entre el pecado grave y leve, para ir haciendo concesiones a este último sin cesar y sin caer en el primero.[7]

Se han de tener en cuenta los pecados de omisión contra el precepto afirmativo del amor y que cualquier pecado mortal hace perder la gracia santificante, y con ella la virtud teologal de la caridad.
4.- Pecados contra la virtud de la religión

Idolatría: que rinde a una criatura la adoración debida sólo a Dios (CEC, nº 2110).

Superstición: que ofrece a quien no debe culto divino, o de un modo falso a quien debe.

Irreligiosidad: que es una irreverencia especial contra Dios, o contra las personas o cosas sagradas. Modos de Irreligiosidad son:

·         La tentación a Dios: que es un dicho o hecho con el que se pretende poner a prueba algún atributo divino;

·         el Sacrilegio, que es la profanación o trato indigno de algo sagrado

·         la Simonía, que es todo contrato sobre cosas espirituales a cambio de cosas temporales.

5.- Doctrinas actuales en directa oposición con el Primer Mandamiento que están condenadas por la Iglesia:


5.1.- El liberalismo ideológico

El liberalismo ideológico coloca el bien en una incondicionada libertad de elección, como si el hombre fuera su propio fin, y se diera a sí mismo su propia y suprema ley.
5.2.- El laicismo

El laicismo indiferentista y su forma institucionalizada de la masonería, que desea construir un mundo en el que el hombre sea el centro. Se basa en filosofías deístas, panteístas o ateas, y sigue siendo enemigo declarado de la Iglesia, aunque lo disimule.
5.3.- El marxismo

El marxismo (socialismo y comunismo) y el anarquismo, que son radicalmente anticristianos y ateos, pretenden dar una solución exclusivamente materialista a la vida, precisamente como afirmación práctica de su ateísmo: intentando construir un mundo donde no quepa Dios.
Padre Lucas Prados

[1] Royo Marín, A., La fe de la Iglesia, 1ª, X, nº 72. Ed. BAC. Madrid. 1996.
[2] Arza, A., Preguntas y respuestas en cristiano, págs. 102 y ss. Ed. Mensajero, Bilbao.
[3] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, II-II, q. 34, a. 2, ad. 1.
[4] Cf. Royo Marín , A . o.e., 1, pp. 269-270 .
[5] Cf. Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, II-II, q. 35, a.1.
[6] San Agustín, Sermones 19, 15, 18.
[7] Cf. D. Ramos Lissón, GER, Madrid, 1975, T. XXII , pp . 425