Centro de Profesionales de la Acción Católica "SANTO TOMÁS DE AQUINO" de Buenos Aires, Argentina.

19 de agosto de 2017

BARCELONA Y SU FE CATÓLICA DE 18 SIGLOS

BARCELONA TIENE DOS TEMPLOS CATÓLICOS EXPIATORIOS
LA BASÍLICA DE LA SAGRADA FAMILIA
Y EL SANTUARIO DEL SAGRADO CORAZÓN EN EL MONTE TIBIDABO

La impresionante ciudad condal española -deslumbrante por su pujanza y su puerto- tiene muchos templos católicos de destacada arquitectura, que son testigos patentes de la ancestral fe catalana, que se remonta hasta los albores del cristianismo (hay datos arqueológicos ciertos de la presencia de la comunidad cristiana desde el año 259)

En la actualidad, se destacan entre otros edificios consagrados, en su casco urbano:

1)   Su Catedral, dedicada a la Santa Cruz y Santa Eulalia, del siglo XI, en el barrio gótico. En su cripta están los restos de Santa Eulalia, mártir (290-303), una niña educada en la fe cristiana en Barcino (el actual barrio gótico barcelonés) que le recriminó al gobernador romano de ese entonces por la persecución a los cristianos.



2)   el Santuario de su segunda patrona, la Mare de Deu de la Mercé, (que en 1637 la tradición cuenta que liberó a Barcelona de una plaga de langostas) muy cerca de Las Ramblas



Imagen en Bronce de Nuestra Señora de la Merced, en la torre de la Basílica catalana y su interior.

3)   el monasterio medieval de Pedralbes, en los suburbios de Barcelona, que posee el claustro gótico más grande del mundo, con veintiséis columnas de lado.




4)   y la Basílica de Santa María del Mar (cuyos orígenes se remontan al año 998) de un gótico maravilloso.




Cerca de la urbe, acuden miles de peregrinos al venerable Santuario de la Virgen moreneta (La Mare de Deu de Monserrat)




y al Real Santuario de San José de la Montaña, edificado por un discípulo de Gaudí en un estilo neogótico catalán.




Y tiene nada menos que dos templos expiatorios: el imponente SAGRADO CORAZÓN en el monte Tibidabo y la conocidísima Basílica de la SAGRADA FAMILIA, diseñada por el genial Gaudí.




Interior de la Basílica Expiatoria de la Sagrada Familia y Templo Expiatorio del Sagrado Corazón en el monte Tibidabo, ambos en Barcelona


LA SIMBOLOGÍA DEL TEMPLO DEL TIBIDABO: 
¡A ÉL ACUDIMOS EN ESTAS HORAS!

El Templo Expiatorio del Sagrado Corazón en el cerro del Tibidabo, que domina la ciudad de Barcelona (así como el Cristo del Cerro Corcovado en Río de Janeiro) es una obra magnífica que se yergue como una bendición especial, y es casi desconocido.

Su construcción empezó el 28 de diciembre de 1902 y acabó en 1961. Por este trabajo el papa Pío XI le dio el título de marqués a su diseñador, el arquitecto Enric Sagnier en 1923.

Antes se construyó una pequeña capilla, que aún existe junto al templo, levantada en 1886 para conmemorar la visita de San Juan Bosco a Barcelona, a quien regalaron el terreno de la cumbre.

Hay que distinguir tres partes claramente:

1) La cripta edificada con piedra de color marrón, basta, pesada.
2) La iglesia encima de la cripta con piedra pulida de color gris de Gerona.
3) La colosal imagen de cobre en la parte superior de un Cristo con sus brazos abiertos.

Tres partes, para una explicación simbólica de purificación:

0) El pecado en el valle a los pies del edificio;
1) una cripta pesada y fortificada con arcos bizantinos, símbolos terrenales;
2) un templo gótico ágil, purificado, ordenado, pulido, sencillo
3) y, por encima, más puro aún, el cobre de la imagen del Sagrado Corazón con los brazos abiertos como puente entre el cielo y la tierra, bendiciendo a la Ciudad Condal a sus pies.

En este excepcional santuario catalán hay una Capilla de Adoración Perpetua. A ella acudimos espiritualmente en estos días aciagos, invocando la intercesión de Nuestra Señora de Montserrat, de la Virgen de la Mercé y de Santa Eulalia.





                   


6 de agosto de 2017

LA MÍSTICA Y LA ASCÉTICA

La mística y la ascética

Reflexión acerca de un trabajo interior: 
el necesario camino de  purificación
P. Leandro Bonnin, Chaco




Rasqueteaba hoy el murito frente a la Capilla de Samuhu, bajo los rayos del precioso sol de la siesta, y para acelerar el paso del tiempo, me puse a filosofar.

Rasquetear o lijar a nadie le gusta. Es mucho más gratificante pintar, y visualizar al instante el cambio de color, aspecto o textura de la superficie trabajada.

Rasquetear y lijar, en cambio, es una tarea ingrata, porque es sucia, provoca molestias, te obliga a asumir algunas veces posiciones incómodas, te cansa, y sobre todo, porque parece al principio que más que embellecer,,, la superficie va quedando peor.

Rasquetear y pintar parece una pérdida, más que una ganancia.

Y sin embargo, sin esa previa agotadora labor, el mejor látex se desperdicia, no logra su cometido, corre el riesgo de formar sólo una capa exterior sin agarre. Capa que con facilidad puede desprenderse, y dejar al descubierto la fragilidad de una belleza... lograda sin demasiado esfuerzo.

Y créanme que entonces me acordé de las palabras que, hace más de dos décadas, escuché decir al padre Heraldo Reverdito, refiriéndose a algunas espiritualidades católicas: "hay algunos que quieren llegar a la mística sin pasar por la ascética"

Porque para alcanzar la transformación en Cristo es necesario pasar también por una etapa previa, más difícil, más costosa, de renuncias, donde aparentemente "perdemos" y nos "afeamos". Etapa indispensable en nuestro camino hacia la santidad, para que los dones de iluminación y deificación logren un arraigo generoso.

Alguno más letrado me dirá: "la mística precede a la ascética", y es verdad, porque el punto de partida "es el encuentro (místico) con una persona" (BXVI).

Pero también es cierto que nos cuesta y rehuimos al trabajo "sucio" de conocer nuestro defecto dominante, de mortificar los sentidos, de hacer ayuno, de renunciar a aquellos apegos que tarde o temprano nos alejarán del Señor.

Así, he visto en mí y en otros -siempre se ve mejor en otros- como algunos "cambios" en las personas, algunos "embellecimientos" de sus almas demasiado rápidos y demasiado "místicos", al no ser precedidos y acompañados por el camino voluntario de la purificación... se terminaban descascarando en poco tiempo, dejando al descubierto que la "pintura" o el "barniz" tan brillante que enceguecía... no estaba suficientemente penetrando la superficie.

Animate a rasquetear y lijar en tu corazón... pintá, y dejate pintar por Jesús... contemplá la belleza de las zonas ya terminadas, y entusiasmate, aunque se te llene el pelo de polvillo y te haga estornudar o te acalambres un poco... el resultado final es fabuloso!


4 de agosto de 2017

PREOCUPADO POR EL "AJUAR DE DIOS"

UNA APOSTILLA DE LA VIDA DEL SANTO CURA DE ARS

 


En un comentario sobrado de ironía,  pero no exento de verdad, decía un anciano historiador sobre la Reforma Litúrgica: mira - me decía- en muchos lugares quisieron hacer una Misa “pobre para los pobres” y los pobres dejaron de ir a Misa.

Este no fue el criterio que guió al santo Cura de Ars, movido por su incansable celo apostólico, cuando emprendió el inmenso trabajo pastoral de la nueva grey que se le encomendaba.  

En una de las mejores biografías sobre San Juan María Vianney, encontramos un claro testimonio de su preocupación generosa y sacrificada por el decoro del Culto y la Liturgia. Vivía lo que diariamente recitaba silenciosamente en el ofertorio de la Misa: Domine, “dilexi decorem domus tuæ, et locum habitationis gloriæ tuæ” (“ Señor, he amado el decoro de tu Casa y el lugar donde reside tu gloria”).

También por esto Dios colmó de fecundidad el ministerio de su humilde siervo.

     




De una biografía sobre San Juan María Vianney
  
«L
a santificación del domingo -sin la cual la vida cristiana queda reducida a la nada- fue el primer objetivo que se propuso. La Casa del Señor estaba abandonada; era, pues, menester conducir a ella a los fieles, y para esto darle la dignidad que correspondía. El Reverendo Vianney amó enseguida aquella antigua iglesia como si fuese su casa paterna. Para embellecerla, comenzó por lo principal, es decir, por el Altar, centro y razón de ser de todo el templo. La iglesia ganó mucho en esplendor y decoro .

Después procuró aumentar el ajuar de Dios, como decía en su lenguaje sabroso y lleno de imágenes. Visitó en la gran ciudad de Lyon los talleres de bordados y orfebrerías y compró cuanto le pareció de más precio. En la campiña, decían aquellos comerciantes admirados: “hay un cura pobre, delgado y mal arreglado, que parece no tener un céntimo, y se lleva para su iglesia lo mejor”. Un día de 1825, una señorita de Ars fue con él a la ciudad para comprar ornamentos para la Misa. A cada cosa que le mostraban, repetía: ¡No me parece bastante bien!... ¡Ha de ser mejor que esto!

Estas transformaciones materiales no fueron en modo alguno inútiles. Fueron una prueba del celo del pastor y alegraron a las almas fervorosas. Algunos, desconocidos en el templo (con más curiosidad, quizás, que devoción) comenzaron a ir a la iglesia los domingos»

(Francis Trochu, El Cura de Ars, Ed. Palabra, Madrid 1986, p. 172)
.




De la oración colecta de la Misa de hoy

Dios de poder y misericordia,
que hiciste admirable al presbítero san Juan María
por su entrega pastoral,
concédenos, a ejemplo suyo y con su intercesión,
que procuremos, con la caridad, llevar hacia Cristo a los hermanos
y alcanzar junto con ellos la gloria eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.



1 de agosto de 2017

NO ABDICAR DE LA VERDAD


LA VERDAD DE LA NATURALEZA Y LA VERDAD DE LA FE SON DONES DE DIOS Y NO PUEDEN SER REEMPLAZADOS POR CONSTRUCCIONES HUMANAS.

Reflexión de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en el programa "Claves para un Mundo Mejor" 
(29 de julio de 2017) 




Querido amigos, hoy quiero hablarles sobre una de las cualidades más notorias de la cultura vigente. Llamo cultura vigente a lo que piensa la inmensa mayoría, a lo que hace la inmensa mayoría, a lo que se impone a la inmensa mayoría de la gente porque -no nos hagamos ilusiones- estas culturas son creadas, son fabricadas. La cualidad a la que me refiero se llama relativismo. 



¿Y qué es el relativismo? Podemos definirlo con una frase muy casera que es ver las cosas según el color del cristal con que se miran. El relativismo no acepta que existan verdades, verdades absolutas, verdades que no se pueden negar, que no se pueden cambiar; sostiene, en cambio, que todo es más o menos. Ahora, a veces, se refuerza eso que es una cualidad intelectual, una postura filosófica, se lo refuerza afectivamente, porque si decís la verdad estás confrontando con alguien, estás molestando a alguien y, en el fondo, estás peleándote. Hasta eso hemos llegado. El que dice la verdad, aunque lo haga comedidamente, es un agresor. 



Fíjense ustedes como se ha reemplazado la verdad por la libertad, pero la libertad entendida como una construcción. Yo soy libre para construir lo que me parece, aunque eso sea contrario a la naturaleza. No existe una verdad, sino que yo soy libre para decir: esto es así y aquello es asá. Voy a poner un ejemplo más notorio y si se quiere más fuerte: si vos sos varón, pero te parece o sentís que sos mujer entonces te podes vestir de mujer, operarte, tener un documento de mujer, casarte con otro varón, etc., etc., y aquí la verdad no cuenta, sino que lo que cuenta es el sentimiento, la libertad de que cada uno tiene que hacer lo que le parece bien, sin referencia alguna a la verdad, a la realidad de las cosas, a la naturaleza propia de cada una de ellas. 



Esto que es una característica de la cultura se introduce también en la Iglesia y no sólo ahora, sino desde hace mucho tiempo. Ha pasado y seguirá pasando. Es decir: no habría verdades absolutas. 

Por ejemplo: Juan Pablo II publicó el “Catecismo de la Iglesia Católica”, como también durante el Pontificado de Pablo VI el pontífice tuvo que insistir muchísimo en varios temas. Pablo VI, miércoles tras miércoles, hablaba de las verdades fundamentales de la fe, proclamó el Año de la Fe, porque muchos teólogos ya empezaron a dudar acerca de estas verdades fundamentales que la tradición de la Iglesia trae desde el tiempo de los Apóstoles y empezaron a lucubrar invenciones suyas en contra de la Fe. El mismo Papa Francisco se refiere constantemente a las realidades fundamentales del cristianismo. 



Me detengo ahora en una dimensión en la cual esto se nota mucho, y es la teología moral por ejemplo. Cuando yo era estudiante estaban de moda ciertos autores relativistas que no aceptaban, por ejemplo, que existen actos intrínsecamente malos, o sea que ciertos hechos o actos humanos son malos siempre independientemente de las circunstancias. Sostenían una moral de situación, una moral de circunstancia, donde la verdad de los principios, de los mandamientos de la ley de Dios, de las exigencias del Evangelio queda relegada porque lo que importa es la libertad de la persona en el ámbito o en la situación en que se encuentra. 



El Papa San Juan Pablo II publicó una encíclica preciosa titulada “Veritatis Splendor”; esas son las primeras palabras del texto que significa el esplendor de la verdad. Allí habla precisamente de este tema que recién les mencionaba, de los actos intrínsecamente malos. 

Hay ciertos comportamientos que son malos siempre, que no se pueden justificar porque yo esté en esta situación o en la otra. Los relativistas de ninguna manera aceptarían una formulación así. Como les dije, para ellos todo es del color del cristal con que se mira. 



De estos deslices anticatólicos tenemos que cuidarnos muy bien. No es agradable decir siempre la verdad. Todos ustedes habrán hecho, alguna vez, la experiencia de decir la verdad en un contexto en que la verdad no es aceptada; uno queda como descolocado y ahora, además, te dicen que eso es contrario al diálogo. Pero el diálogo interreligioso, el diálogo ecuménico, el dialogo social, es posible si uno no abdica de la verdad sino que uno intenta que la verdad, que es algo objetivo, sea reconocida por todos. Ahí está la cuestión. La verdad de la naturaleza, como la verdad de la fe, son dones de Dios, no pueden ser desplazados por construcciones nuestras. 

Les dejo este consejo, entonces: ¡cuidado, no patinar hacia el relativismo! 

+ Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata