Centro de Profesionales de la Acción Católica "SANTO TOMÁS DE AQUINO" de Buenos Aires, Argentina.

22 de abril de 2018

EL ABOMINABLE CRIMEN DEL ABORTO (G.S.51, 3)

EL VALOR DE LA VIDA HUMANA

El Catecismo de la Iglesia Católica, en sus números 2270 a 2275 expresa claramente la gravedad del aborto provocado, una doctrina que es constante en la Tradición y el Magisterio auténtico de la Iglesia.

La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción. Desde el primer momento de su existencia, el ser humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los cuales está el derecho inviolable de todo ser inocente a la vida (cf Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, 1, 1).

«Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses te tenía consagrado» (Jr 1, 5).
«Y mis huesos no se te ocultaban, cuando era yo hecho en lo secreto, tejido en las honduras de la tierra» (Sal 139, 15).

LA IGLESIA LO AFIRMA DESDE EL SIGLO PRIMERO

Desde el siglo primero, la Iglesia ha afirmado la malicia moral de todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado; permanece invariable. El aborto directo, es decir, querido como un fin o como un medio, es gravemente contrario a la ley moral.

«No matarás el embrión mediante el aborto, no darás muerte al recién nacido» (Didajé, 2, 2; cf. Epistula Pseudo Barnabae, 19, 5; Epistula ad Diognetum 5, 5; Tertuliano, Apologeticum, 9, 8).

«Dios [...], Señor de la vida, ha confiado a los hombres la excelsa misión de conservar la vida, misión que deben cumplir de modo digno del hombre. Por consiguiente, se ha de proteger la vida con el máximo cuidado desde la concepción; tanto el aborto como el infanticidio son crímenes abominables» (G.S. 51, 3).

PENA CANÓNICA DE EXCOMUNIÓN

La cooperación formal a un aborto constituye una falta grave. La Iglesia sanciona con pena canónica de excomunión este delito contra la vida humana. “Quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae” (CIC can. 1398), es decir, “de modo que incurre ipso facto en ella quien comete el delito” (CIC can. 1314), en las condiciones previstas por el Derecho (cf CIC can. 1323-1324). Con esto la Iglesia no pretende restringir el ámbito de la misericordia; lo que hace es manifestar la gravedad del crimen cometido, el daño irreparable causado al inocente a quien se da muerte, a sus padres y a toda la sociedad.


El derecho inalienable de todo individuo humano inocente a la vida constituye un elemento constitutivo de la sociedad civil y de su legislación:

“Los derechos inalienables de la persona deben ser reconocidos y respetados por parte de la sociedad civil y de la autoridad política. Estos derechos del hombre no están subordinados ni a los individuos ni a los padres, y tampoco son una concesión de la sociedad o del Estado: pertenecen a la naturaleza humana y son inherentes a la persona en virtud del acto creador que la ha originado. Entre esos derechos fundamentales es preciso recordar a este propósito el derecho de todo ser humano a la vida y a la integridad física desde la concepción hasta la muerte” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae 3).

“Cuando una ley positiva priva a una categoría de seres humanos de la protección que el ordenamiento civil les debe, el Estado niega la igualdad de todos ante la ley. Cuando el Estado no pone su poder al servicio de los derechos de todo ciudadano, y particularmente de quien es más débil, se quebrantan los fundamentos mismos del Estado de derecho [...] El respeto y la protección que se han de garantizar, desde su misma concepción, a quien debe nacer, exige que la ley prevea sanciones penales apropiadas para toda deliberada violación de sus derechos” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae 3).


LA BIOÉTICA Y LA MEDICINA

Puesto que debe ser tratado como una persona desde la concepción, el embrión deberá ser defendido en su integridad, cuidado y atendido médicamente en la medida de lo posible, como todo otro ser humano.

El diagnóstico prenatal es moralmente lícito, “si respeta la vida e integridad del embrión y del feto humano, y si se orienta hacia su protección o hacia su curación [...] Pero se opondrá gravemente a la ley moral cuando contempla la posibilidad, en dependencia de sus resultados, de provocar un aborto: un diagnóstico que atestigua la existencia de una malformación o de una enfermedad hereditaria no debe equivaler a una sentencia de muerte” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae 1, 2).


Se deben considerar “lícitas las intervenciones sobre el embrión humano, siempre que respeten la vida y la integridad del embrión, que no lo expongan a riesgos desproporcionados, que tengan como fin su curación, la mejora de sus condiciones de salud o su supervivencia individual” (Instr. Donum vitae 1, 3).

«Es inmoral [...] producir embriones humanos destinados a ser explotados como “material biológico” disponible» (Instr. Donum vitae 1, 5).

“Algunos intentos de intervenir en el patrimonio cromosómico y genético no son terapéuticos, sino que miran a la producción de seres humanos seleccionados en cuanto al sexo u otras cualidades prefijadas. Estas manipulaciones son contrarias a la dignidad personal del ser humano, a su integridad y a su identidad” (Instr. Donum vitae 1, 6).

PER CRUCEM AD LUCEM


CARTA A LOS AMIGOS DE LA CRUZ


Magnífica reflexión acerca de la mística de la cruz, 
agua salutífera que lleva al puerto de la salvación



(Lc. 9, 23)

         Si sufrís como conviene, la cruz se os hará un yugo muy suave (Mt 11,30), que Jesucristo llevará con vosotros. Vendrá a ser las dos alas del alma que se eleva al cielo; el mástil de la nave que os llevará al puerto de la salvación feliz y fácilmente.

         Llevad, pues, vuestra cruz con paciencia, y por esta cruz bien llevada, os veréis iluminados en vuestras tinieblas espirituales, pues quien no ha sido probado por la tentación, nada sabe (Sir 34,9).
        
         Llevad vuestra cruz con alegría, y os veréis abrasados en el amor divino, pues «sin cruces ni dolor, no se vive en el amor» [Imitación de Cristo III,5,7].

         Solamente se recogen rosas entre las espinas. Y sólo la cruz enciende el amor de Dios, como la leña el fuego. Recordad aquella hermosa sentencia de la Imitación: «cuanta violencia os hiciereis sufriendo con paciencia, tanto creceréis» en el amor divino [I,25,3].

         No esperéis nada grande de esas personas delicadas y perezosas, que rehúyen la cruz cuando ésta se les acerca, y que jamás por su cuenta se buscan alguna con discreción: son tierra inculta que no dará sino abrojos, porque no ha sido arada, desmenuzada y removida por el labrador experto; son agua estancada, que no sirve ni para lavar ni para beber.

         Llevad vuestra cruz alegremente: encontraréis en ella una fuerza victoriosa a la que ningún enemigo vuestro podrá resistir (+Lc 21,15), y gozaréis de una dulzura encantadora, con la que nada puede compararse.

         Sí, Hermanos míos, sabed que el verdadero paraíso terrestre está en sufrir algo por Jesucristo (+Hch 5,41).

         Preguntad, si no, a todos los santos: os dirán que nunca gozaron en su espíritu de tan grandes delicias como en medio de los mayores tormentos. «¡Vengan sobre mí todos los tormentos del demonio!», decía San Ignacio mártir [Romanos 5]. «O morir o padecer», decía Santa Teresa [Vida 40,20]. «No morir, sino sufrir», decía Santa Magdalena de Pazzi. Y San Juan de la Cruz: «padecer por Vos y que yo sea menospreciado» [decl. de su hno. Francisco]. Y tantos otros hablaron este mismo lenguaje, como leemos en sus vidas.

         Creed a Dios, queridos Hermanos míos: cuando se sufre por Dios alegremente, dice el Espíritu Santo, la cruz es causa de toda clase de alegrías para toda clase de personas (+Sant 1,2).

         La alegría de la cruz es mayor que la de un pobre a quien colman de todo género de riquezas; mayor que la de un aldeano que se ve elevado al trono; mayor que la de un comerciante que gana millones; mayor que la de un general que consigue grandes victorias; mayor que la de unos cautivos que se ven libres de sus cadenas. Imaginad, en fin, todas las mayores alegrías que puedan darse en esta tierra: pues bien, todas están contenidas y sobrepasadas por la alegría de una persona crucificada, que sabe sufrir bien. (…)

         En efecto, ¿no es la cruz la que dio a Jesucristo «un nombre sobre todo nombre, a fin de que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los infiernos» (Flp 2,9)

         La gloria de la persona que sufre bien es tan grande, que el cielo, los ángeles y los hombres, y el mismo Dios del cielo lo contemplan con gozo, como el espectáculo más glorioso. Y si los santos tuvieran algún deseo, sería el de volver a la tierra para llevar alguna cruz.


San Luis María Grignion de Montfort, 
"Carta a los Amigos de la Cruz, 34".


9 de abril de 2018

ET INCARNATUS EST DE SPIRITU SANCTO EX MARIA VIRGINE


SONETO 
A LA ENCARNACIÓN DEL SEÑOR

Francisco Luis Bernárdez 
(Buenos Aires, 1900-1978)

Para que el alma viva en armonía,
con la materia consuetudinaria
y, pagando la deuda originaria,
la noche humana se convierta en día;

para que a la pobreza tuya y mía
suceda una riqueza extraordinaria
y para que la muerte necesaria
se vuelva sempiterna lozanía

lo que no tiene iniciación empieza,
lo que no tiene espacio se limita,
el día se transforma en noche oscura,

se convierte en pobreza la riqueza,
el modelo de todo nos imita,
el Creador se vuelve criatura.


FOTO: 
Relieve de la Anunciación del Señor 
en el Portal de la Caridad 
de la Fachada del Nacimiento 
de la Basílica de la Sagrada Familia (Barcelona, Gaudí)

8 de abril de 2018

EL ALMA ES INMORTAL



LA INMORTALIDAD DEL ALMA
(Del Libro “Para salvarte” del R.P. Jorge Loring sj)


El alma es también inmortal porque es espiritual.
Lo espiritual no tiene partes como la materia.
Por lo tanto lo que es espiritual no puede morir, ni por descomposición y corrupción de sus partes (que no tiene por ser espiritual), ni por corrupción del cuerpo (del que no necesita para existir) 176
.



La Iglesia afirma la supervivencia y la subsistencia del alma después de la muerte
 (177), de un elemento espiritual (178) que está dotado de conciencia y de voluntad, de manera que subsiste el mismo yo humano (179).

Además, Dios nos ha dado a todos los hombres un ansia tal de felicidad que exige la inmortalidad
 (180).

Felicidad que se acaba, no es verdadera felicidad: si a un ciego le devolvieran la vista sólo por un día, y si a un prisionero le pusieran en libertad sólo una hora, ni el ciego ni el prisionero serán felices sólo con esto. 

Les atormentaría el pensamiento de que pronto se les acabaría esa felicidad. 

La felicidad, para que sea completa, debe serlo para siempre.

Como dice Aristóteles, todos los hombres queremos ser felices y en el grado máximo.

Sin embargo, en este mundo nadie es totalmente feliz.
Todos tenemos nuestras penas. 

En unos serán dificultades materiales. 

En otros, enfermedades.

En otros, disgustos morales.

Pero todos tenemos en la vida nubes que nos oscurecen ese sol de la felicidad que tanto ansiamos.

Es que nuestra alma está hecha para el cielo, y sólo allí encontrará esa felicidad infinita y eterna que la sacie por completo
 (181).

Dice Enrique Rojas en ABC: «El hombre es un ser descontento. Su existencia es una toma de conciencia permanente de sus limitaciones. Ortega decía que la esencia del hombre era la soledad. Para Zubiri, la inquietud. Para Unamuno, el sentimiento trágico. Para Heidegger y Kierkegaard, la angustia. Para Sartre, la náusea. Todo lo humano es deficitario, indigente»
 (182).

El investigador español Dr. Manuel Losada, Profesor de la Universidad de Sevilla, el 10 de Junio del 2001, a las 10:30 de la mañana, dijo en televisión (Canal Sur), en una entrevista que le hizo José Mª Javierre: «Para Ramón y Cajal, uno de los mayores talentos de nuestra generación, había que partir de dos postulados: la existencia de Dios y la inmortalidad del alma».

Si Dios ha puesto en el alma humana esta tendencia irresistible de felicidad, es porque está dispuesto a darnos los medios de poder satisfacerla
 (183). Lo contrario iría contra su Sabiduría y su Bondad. Es así que la felicidad que apetecemos exige la inmortalidad, y nuestro cuerpo es mortal, luego nuestra alma tiene que ser inmortal.

El Concilio Vaticano II dice: «El afirmar la espiritualidad e inmortalidad del alma no es un espejismo ilusorio, sino una profunda realidad»
 (184)

La Sagrada Congregación de la Fe, el 17 de mayo de 1979, publicó un documento sobre cuestiones de escatología en cuyo nº 3 se dice: «La Iglesia afirma la continuación tras la muerte de un elemento espiritual del Yo que carece, durante este tiempo, del complemento corporal»
 (185)

La inmortalidad del alma es dogma de fe
 (186)
.
Los Testigos de Jehová niegan la inmortalidad del alma porque la palabra del Génesis néphesh significa principio vital común a los animales y a los hombres
 1(87)

Pero en el salmo 49,16 se dice que Dios librará al néphesh del justo del sheol . «La palabra néphesh que había significado hálito vital, vida, toma así el significado de alma, núcleo personal del justo, que Dios toma consigo cuando el justo muere»
 (188).

Es que la revelación del mensaje bíblico es progresiva. Dios se acomodaba a la mentalidad del pueblo al que se dirigía.

«En su revelación a los hombres, Dios sigue una lenta pedagogía. (...) Era importante la exclusión de un culto a los muertos (...) paralelo al que tenían los pueblos paganos vecinos, en el que se incluía una cierta “divinización” de los muertos. 

»Se explica, por ello, que Dios haya levantado a Israel muy poco a poco el velo que cubre los misterios del más allá»
 (189).

La distinción entre alma y cuerpo no aparece hasta Daniel, en el siglo II antes de Cristo
(190)

Después, en el Libro de la Sabiduría ya aparece clara la idea de inmortalidad: «Dios creó al hombre para la inmortalidad»
 (191).

El cuerpo se muere y desaparece. 

Lo que permanece es el alma
 (192)

Por eso Saúl habla con el espíritu de Samuel, que ya había muerto
 (193).

Dijo Jesucristo: «No temáis a los que solamente pueden matar el cuerpo; temed más bien al que puede perder el alma en el infierno»
 (194). «Quien cree en Mí, aunque muera vivirá; quien cree en Mí, no morirá jamás» 195.
Con estas palabras Jesús confirma el pensamiento que tenían los judíos de que el alma seguiría viva después de la muerte
 (196).

Últimamente ha circulado una teoría de que la separación alma-cuerpo era un dualismo de origen platónico, y que por lo tanto el hombre resucita en el momento de la muerte. 

«Pero no debe olvidarse que tan categorías humanas son las semíticas como las helenísticas, y en este sentido son igualmente aptas para ser instrumento de la revelación de Dios»
 (197).

Eso de que la resurrección es inmediatamente después de la muerte, es una doctrina rechazada por la mayor parte de los teólogos católicos, e incluso por los protestantes de la talla de Oscar Cullmann, Profesor de la Universidad de París, y una de las primeras figuras de la teología protestante
 (198).

A su vez el Cardenal Ratzinger, Prefecto de la Congregación Vaticana para la Doctrina de la Fe, afirma: «La hipótesis de una resurrección en el momento de la muerte no se puede probar ni lógica ni bíblicamente»
 (199).

Cristo habla de que el hombre sigue vivo más allá de la muerte: la parábola de Lázaro y el rico Epulón habla de la realidad del infierno después de la muerte
 (200); y al buen ladrón le promete el paraíso después de la muerte (201).

Antes había dicho: «Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos»
 (202). «Los impíos irán al suplicio eterno, y los justos a la vida eterna» (203). «Alegraos y regocijaos, porque es grande vuestra recompensa en el cielo» (204).

El Evangelio dice que el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, no es Dios de muertos sino de vivos
 (205). Luego si Abrahán, Isaac y Jacob están vivos es porque su alma es inmortal.

También San Pablo dice que en esta vida conocemos a Dios imperfectamente, pero que en la gloria lo veremos cara a cara
 (206); y añade: «deseo morir y estar con Cristo lo cual es muchísimo mejor» (207). «Es indescriptible la felicidad del cielo» (208).

Es decir, está claro que seguiremos vivos más allá de la muerte.

El Papa Juan Pablo II les dijo a los jóvenes en Vancouver (Canadá) el 18 de Septiembre de 1984:«No dejéis que nadie os engañe acerca del verdadero sentido de la vida. La vida viene de Dios. Dios es la fuente y la meta de vuestras vidas.

»En el Evangelio Jesús nos avisa de que en el mundo hay ladrones que vienen a robar
(209).

» Encontraréis estos ladrones que intentan engañaros.
»Os dirán que el sentido de la vida está en el mayor número de placeres posibles. Intentarán convenceros de que este mundo es el único que existe, y que debéis atrapar todo lo que podáis ahora.
»Habrá quien os diga que vuestra felicidad está en acumular dinero y disfrutar de la vida. Nada de esto es verdadero.

»Nada de esto proporciona la auténtica felicidad de la vida. La auténtica felicidad de la vida no se encuentra en las cosas materiales. 

»La auténtica vida se encuentra en Dios. Y vosotros descubriréis a Dios en la persona de Jesucristo.
»Amadle y servidle ahora para que pueda ser vuestra la plenitud de la vida eterna»
 (210).


Tenemos alma inmortal. Nos guste o no nos guste.
Esto es una verdad indudable. 

Y además, dogma de fe. Y el que no lo crea, se va a enterar, porque se va a morir. Negar que tengamos alma es como el que niega que tiene hígado porque no lo ve o no lo siente. 

Somos como somos, independientemente de cómo quisiéramos ser.

Dentro de mil millones de años estaremos todavía vivos: felices en el cielo, o sufriendo en el infierno; pero vivos. 

Y vivos para siempre. 

Y para siempre felices, o para siempre sufriendo.

Y esta felicidad o este tormento, depende de los años de vida en este mundo.

Por otra parte, ante la afirmación de Cristo-Dios, de que el hombre sigue vivo más allá de la muerte, es lógico y prudente tener esto en cuenta. 

Si voy por la carretera y me encuentro un letrero que dice «Carretera cortada después de la curva: puente hundido», lo lógico es frenar. Tomar esa curva a toda velocidad es suicida.

Quien vive en esta vida sin preocuparse de la otra es un loco. Lo lógico, lo racional, lo inteligente, es vivir aquí pensando en lo que ciertamente ha de venir después de la muerte.

Nos preocupamos de mantener la salud, la buena presencia física, el capital, etc. Por conservar o mejorar todo esto hacemos esfuerzos, sacrificios y gastamos dinero. ¿Y abandonamos la salvación del alma?
Si la perdemos, lo hemos perdido todo y para siempre.
Si la salvamos, nos hemos salvado para siempre.

La preocupación por nuestra salvación nos impedirá vivir en pecado mortal, pues una muerte repentina nos llevaría a una condenación eterna. 

Son frecuentísimas las muertes repentinas: accidentes, enfermedades inesperadas y fulminantes, etc.
¿Quién dormiría tranquilo con una víbora en su cama? 


Muchos habrá en el infierno que dejaron su conversión para después, y ese después no llegó nunca porque ellos murieron antes. 

Jesucristo nos lo avisa repetidas veces en el Evangelio: «No sabéis el día ni la hora»
 (211).

Y nos lo jugamos todo a una sola carta, pues sólo se muere una vez. 

No hay segunda oportunidad. Y todo a cara y cruz.
No hay término medio entre salvarse y condenarse. O cielo o infierno. Y esto para toda la eternidad. El equivocado en el momento de morir, jamás podrá rectificar su yerro.

Una persona consecuente aprovecha esta vida para hacer todo el bien posible. En la hora de la muerte nos arrepentiremos no sólo del mal que hayamos hecho, sino también del bien que pudimos hacer y tontamente no hicimos. 

No debemos hacer las cosas porque nos gustan, sino porque nos conviene para el bien del alma y del cuerpo; y para bien de los demás. 

Cada día deberíamos hacer una buena acción. Y cada día hacer también una cosa que no me apetece, sobre todo si es en bien del prójimo. 

Si alguien estuviera cierto que pronto sería trasladado a otro lugar para el resto de sus días, ¿no sería lógico que trasladase allí todos los bienes que pudiera? Por lo mismo el cristiano procura atesorar para el cielo
 (212).

El dogma de la inmortalidad del alma no tiene nada que ver con la hipótesis de la reencarnación, propia del hinduismo y del budismo, que es inaceptable para un católico (ver n. 104,3).


Tampoco hay que confundir el orar por los difuntos o la invocación a los santos como mediadores ante Dios con la evocación a los espíritus, propia del espiritismo, que repetidas veces ha sido condenada por la Iglesia
 (213). No es lícito «evocar las almas de los muertos, recibir respuestas, descubrir cosas lejanas y desconocidas,etc»  (214).

«Hay una diferencia fundamental entre invocación y evocación: ésta pretende siempre una comunicación perceptible; aquélla no es más que una forma de oración o súplica»
(215).

Las prácticas espiritistas pretenden contactar con los muertos. Pasquali aduce el testimonio de Bozzano, espiritista de fama europea, quien afirma que el 98% de los casos son fraudulentos. Pero puede haber casos reales con intervención diabólica
 (216).


El Sr. Obispo de Stockton, California, (EE.UU), Donald W. Montrose publicó una Carta Pastoral interesantísima sobre el ocultismo, el satanismo y las supersticiones. En ella empieza diciendo: «Por "ocultismo" entendemos una influencia suprahumana o sobrenatural que no es de Dios y comúnmente lo asociamos con lo que tiene influencia demoníaca»
 (217)