Centro de Profesionales de la Acción Católica "SANTO TOMÁS DE AQUINO" de Buenos Aires, Argentina.

17 de febrero de 2018

UN TESTIMONIO ARTÍSTICO DE LA IMPRONTA DE LA FE

“Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,
porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.”



A raíz de la nota publicada en España sobre la restauración del magnífico Cristo de la Agonía, del talentoso ebanista sevillano Juan de Mesa (c.1621),  viene a la memoria otra talla del Crucificado, muy antigua, que se encuentra en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires y que expresa la fe de nuestros antepasados.




Se trata del Santo Cristo de Buenos Aires, talla en algarrobo, encomendada al artista portugués Manuel de Couto en el año 1671. Esta escultura, de tamaño natural, representa al Crucificado antes de su muerte con los ojos abiertos y es la más antigua de la ciudad.



Se encuentra en el altar lateral del transepto izquierdo de la Catedral y ha sido venerado por generaciones. Ante él los integrantes de la Primera Junta del Cabildo de Buenos Aires de 1810 juraron lealtad.

La actual calle 25 de mayo se llamaba en los tiempos coloniales “del Santo Cristo” por la veneración popular que tenía esta imagen en la gran aldea porteña.

Estas expresiones artísticas son testimonios elocuentes de una fe apostólica que caló hondo en nuestra sociedad.




Foto de la actual Catedral y un dibujo de la antigua Catedral en 1721 (ya hacía 100 años que se hallaba allí esta talla)

BANALIDAD CONTEMPORÁNEA

La idolatría filantrópica
JM de Prada



         El periodista español escribe una breve nota en el diario ABC de Madrid, en alusión a la noticia de varios abusos sexuales cometidos por integrantes de la organización Médicos sin Fronteras en Haití.

Con su pluma magistral, atisba a esbozar 
una de las idolatrías más presentes en la actualidad:
el espíritu sin trascendencia y la virtud huérfana de principios,
que acaba contaminando los sentidos y espiritualizando la carne; 
el espíritu se vuelve «sensible» y con frecuencia también «sensual».

17 de febrero de 2018

LOS reiterados casos de abusos sexuales perpetrados por miembros de una conocida organización filantrópica merecen ser expuestos como un caso flagrante de lo que San Agustín llamaba el «tedio de la virtud», que es tal vez la enfermedad más monstruosa de la vida moral (y también, por cierto, la base constitutiva de las sociedades modernas). Toda forma de vida virtuosa convertida en mera disciplina (esto es, huérfana de un principio que le dé sustento y sentido), engendra tedio y acaba siendo la más sutil y venenosa forma de depravación. Toda forma de amor al prójimo, si no tiene abierta una ventana al amor ascendente, acaba pervirtiéndose. En cambio, cuando no falta esa ventana, el amor es inmarchitable, según se nos cuenta en el segundo canto del Paraíso: mientras Dante contempla a Beatriz, Beatriz contempla las esferas celestes; y así Dante puede «elevar su agradecida mente hacia Dios».

Lo explicaba maravillosamente Gustave Thibon: «Todo lo que el hombre diviniza, por el hecho mismo de que lo separa de Dios, lo impregna de nada. (…) Sólo podemos creer en la profundidad de las cosas finitas en la medida en que las sabemos salidas de Dios y no las confundimos con Dios». Cuando falta esta premisa, el amor a las cosas finitas (empezando por el amor al prójimo) degenera en abstracción o en idolatría. Cuando degenera en abstracción se convierte en proclama retórica de amor a la Humanidad, olvidándose del hombre concreto; cuando degenera en idolatría convierte al ser humano concreto en un ídolo. La primera de estas perversiones filantrópicas, tan frecuente entre los demagogos, nos la explica a la perfección Dostoievski cuando pone en boca de un personaje de Los hermanos Karamazov: «Amo a la Humanidad; pero, para gran sorpresa mía, cuanto más amo a la Humanidad en general, menos amo a la gente en particular». La segunda perversión es todavía más sinuosa y retorcida, más hipócrita y malvada.

Se trata de amar ensimismadamente al ser humano concreto, al que se deja de ver como alguien salido de Dios, para convertirlo en un dios. Este amor idolátrico es una ilusión típicamente neurótica: el hombre contemporáneo, después de matar a Dios, siente que su vida interior es paupérrima y terriblemente cutre; y entonces necesita adornarla divinizando a sus semejantes.

Del mismo modo que en el alumbrado del siglo XVI había un exceso vital mal regulado por el espíritu, en el filántropo hay una carencia vital compensada por una ilusión espiritual. Pero, ¡ay!, estas ilusiones espirituales que divinizan al ser humano acaban desarrollando lo que Dostoievski denominaba «sentimientos mixtos»: el espíritu, alimentado de supercherías, acaba contaminando los sentidos y espiritualizando la carne; el espíritu se vuelve «sensible» y con frecuencia también «sensual». No estamos ya ante la sensibilidad afinada por el ideal, como ocurre en los místicos; sino ante la sensibilidad entremezclada y confundida con el ideal. Este tipo de «sentimientos mixtos» no los padecen tan sólo los filántropos; también son muy típicos de cierta tartufería religiosa. Clarín los retrató magistralmente en el personaje del canónigo Fermín de Pas.

Y, en algunos casos extremos, estos «sentimientos mixtos» pueden convertir el ídolo venerado en juguete sexual. Así les ocurrió a muchos alumbrados, que terminaron organizando orgías disfrazadas de retiros de oración. Así les ha ocurrido a estos filántropos. La banalidad contemporánea trata de presentar estos casos como «abusos machistas»; pero son algo infinitamente más sutil y venenoso.


16 de febrero de 2018

VIVIR UN DÍA BIEN VIVIDO

«Es imposible, dijo un sabio,
vivir un día bien vivido
si no se piensa que es el postrero.

Y lo que es verdaderamente admirable:
hasta los gentiles sintieron que la summa de toda la filosofía
era la meditación sobre la muerte»


(San Juan Clímaco, La Santa Escala).


Cristo de la Agonía de Bergara, Juan de Mesa, siglo XVII, recientemente restaurado

13 de febrero de 2018

UN VENDAVAL DE SENTIMENTALISMO SENSIBLERO



UN SENTIMENTALISMO EMOCIONAL AUSENTE DE CONVICCIONES Y SENTIDO SOBRENATURAL

El hombre tiene inteligencia, sentimientos y voluntad.
Este trípode de la personalidad humana debe estar equilibrado.
Los excesos en este campo siempre son devastadores, 
especialmente en lo religioso
En algunas ocasiones, ocurre que la razón domina todo el ser, 
o por el contrario, lo emocional es un tema excluyente. 
En ambos casos con consecuencias demoledoras para la vida de la fe.


El artículo de abajo, publicado por un filósofo chileno en el diario EL MERCURIO describe una mirada de las exequias actuales católicas, donde muchas veces está ausente lo principal: la vida eterna y la oración por la persona difunta, y lo principal es un escenario donde escasea la celebración del misterio, de lo sagrado y del sentido sobrenatural.




Sensiblería lacrimosa

Por Jorge Peña Vial



   N
o es mi intención herir sensibilidades distintas a la mía, sobre todo si son muy emotivas y sensibles. Pero la verdad es que salí irritado y molesto de las últimas misas fúnebres a las que he asistido. 

           El espectáculo es lamentable y lejos de la belleza y el rigor de la liturgia de una Misa de difuntos. Tras la homilía del sacerdote –muchas veces una canonización profana y una elegía del fallecido- viene una puesta en escena alitúrgica y penosa. Se hace subir a los hijos, a veces incluso a la viuda, para que pronuncien unas sentidas palabras. Quienes antes los han visto llorar desconsoladamente no se explican qué extraña fortaleza los lleva a subir al púlpito. El silencio se palpa y el termómetro afectivo de los presentes está en su máximo. Tras hacer un ímprobo esfuerzo que les permitan pronunciar algunas palabras del tipo “gracias por acompañarnos en este día” u otras banalidades por el estilo, muy pronto se quiebran, rompen en sollozos y entre pucheros y lloros no logran decir algo inteligible, hasta que un familiar benevolente los ayuda a volver a su sitio. 

        La Misa continúa con mucho guitarreo y dudosas canciones profanas de pretendidos mensajes trascendentes. Al final, se renueva el espectáculo. Sube al escenario, perdón al presbiterio, el capitán del equipo de fútbol del finado quien rememora al que fuera el defensa central e invita al resto del equipo a acompañarle en su sentido homenaje. 

    Tampoco quiere estar ausente el dirigente gremial o el representante de la empresa en esta ocasión en el que todos lo recuerdan. Y tras este desfile de deudos que quieren decir algo, irrumpe la nieta de doce años: “Tata, te queremos mucho y nos harás mucha falta…”

  Me parece que esta práctica se está extendiendo en demasía y ni los eclesiásticos tienen autoridad ni los familiares el buen gusto y mínimo sentido estético para erradicarla. Impunemente se pisotea la liturgia y escasea el sentido sobrenatural que lleva a rezar por el difunto más que a emotivos recuerdos. Para eso están los discursos en el cementerio, pero fuera de la Iglesia. Hay brillantes piezas oratorias de esos discursos, incluso de sacerdotes que sabían distinguir los géneros, como la recordada alocución del obispo Manuel Larraín en el funeral de San Alberto Hurtado. 

Pero una cosa son los discursos en el cementerio y otra cosa estos extraños y patéticos testimonios. No debemos atentar contra una de las modalidades del pudor, el de las emociones, que consiste en no exponer a la luz pública sentimientos íntimos, evitando este exhibicionismo emotivo entre sollozos y trivialidades profanas.

 Añoro la sobriedad, el recato y el rigor de la liturgia: más «Réquiem æternam» y menos canturreo, «Recibid su alma y presentadla ante el Altísimo» y menos superficiales y prematuros panegíricos del buen muchacho que nos dejó. 

Más rezar por el alma del difunto e invitar a los presentes a la conversión y menos «sobajeo» emocional recordando a quien fuera buen padre/madre/abuelo/joven.

No podemos prescindir de nuestros sentimientos porque forman la textura de nuestro ser, pero aspiramos a vivir por encima de nuestros sentimientos, de acuerdo a valores pensados. 

Algunos creen que ser religioso es sentir esas agitaciones interiores, y se entregan a esos cálidos sentimientos por ellos mismos. 

Es fácil engañarse por esta vía. Los sentimientos son fecundos cuando dan paso a profundas convicciones. Se debe actuar sobre ellos, saber utilizarlos como estímulo para actos concretos de amor, verdad, mansedumbre. 

Si no tienen raíces en principios y no dan lugar a hábitos, pronto se disipan.

7 de febrero de 2018

CUATRO PAPAS EN EL SANTUARIO DE LUJÁN

UNA CURIOSIDAD DE LA HISTORIA ARGENTINA

Dado que hoy se celebra la memoria litúrgica del Beato Papa Pío IX, he aquí una historia interesante que lo tiene como uno de sus protagonistas.



Cuando este Pontífice era un joven sacerdote (Juan María Mastai-Ferretti), fue enviado por la Santa Sede en 1823 a Santiago de Chile. Para llegar allí, atravesó nuestro país desde la gran aldea de Buenos Aires, pasando por Morón, Luján, San Pedro, Ramallo, San Nicolás, Rosario, Río Cuarto, San Luis y Mendoza, y el cruce de la cordillera.

Cuando cruzaba los Andes, el padre Mastai escribió:"En cuatro lugares de estas altas cumbres me dispuse para bien morir; los cuales atravesé con los ojos cerrados, dejándome guiar por una mula que montaba y recitando jaculatorias".

LA AVENIDA DE LOS CUATRO PAPAS

El padre Luis Lahitou, siendo presidente de la Junta de Historia Eclesiástica, hace unos años, propuso cambiarle el nombre a la Avenida Rivadavia (ruta 7) que supieron transitar cuatro Sumos Pontífices de la Iglesia, por el nombre AVENIDA DE LOS CUATRO PAPAS.

Y así fue porque;

1) el padre Mastai-Ferretti (luego Pio IX) la recorrió en 1823, celebrando Misa en Luján.



2)   el cardenal Eugenio Pacelli (luego Pío XII) la transitó desde su origen, en la antigua Curia Metropolitana, hasta Luján en 1934.






3)   el Papa San Juan Pablo II en su apoteósica visita al Santuario de la Patrona de la Argentina el 11 de junio de 1982, le obsequió la Rosa de Oro y celebró la Eucaristía ante una multitud. El principal motivo de su visita fue pedir por la paz y por el pueblo argentino ante la Guerra de Malvinas. En la homilía, expresó: “Ante esta Bendita Imagen de María, a la que mostraron su devoción mis predecesores Urbano VIII, Clemente XI, León XIII, Pío XI, Pío XII, vine también a postrarme…





4)   y el cardenal Jorge Bergoglio SJ (Papa Francisco) que durante muchos años desde su juventud y hasta ser elegido Obispo de Roma celebró la Misa en Luján, corazón religioso de su Patria.



Y como nota de honor, recordar que el Beato Pío IX fue quien promulgó el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Justamente él, quien en su juventud escribió un descriptivo diario de su viaje a Sudamérica y resaltó la devoción a Nuestra Señora de Luján, cuya corona tiene grabado el escudo del Papa Pío IX.






31 de enero de 2018

EDUCATOR PRINCEPS

DON BOSCO

Llamado por el papa Pio XI "Educator Princeps" y por San Juan Pablo II " Padre y Maestro de la Juventud"



DE UNA DE SUS CARTAS 

"FIRMITAS ET LEVORE"



De las Cartas de san Juan Bosco, presbítero

(Epistolario, Turín 1959, 4, 201-203)
 


    Si de verdad buscamos la auténtica felicidad de nuestros alumnos y queremos inducirlos al cumplimiento de sus obligaciones, conviene ante todo que nunca olvidéis que hacéis las veces de padres de nuestros amados jóvenes, por quienes trabajé siempre con amor, por quienes estudié y ejercí el ministerio sacerdotal, y no sólo yo, sino toda la Congregación salesiana.


    ¡Cuántas veces, hijos míos, durante mi vida, ya bastante prolongada, he tenido ocasión de convencerme de esta gran verdad! Es más fácil enojarse que aguantar, amenazar al niño que persuadirlo; añadiré incluso que, para nuestra impaciencia y soberbia, resulta más cómodo castigar a los rebeldes que corregirlos, soportándolos con firmeza y suavidad a la vez.


    Os recomiendo que imitéis la caridad que usaba Pablo con los neófitos, caridad que con frecuencia lo llevaba a derramar lágrimas y a suplicar, cuando los encontraba poco dóciles y rebeldes a su amor.


    Guardaos de que nadie pueda pensar que os dejáis llevar por los arranques de vuestro espíritu. Es difícil, al castigar, conservar la debida moderación, la cual es necesaria para que en nadie pueda surgir la duda de que obramos sólo para hacer prevalecer nuestra autoridad o para desahogar nuestro mal humor.


    Miremos como a hijos a aquellos sobre los cuales debemos ejercer alguna autoridad. Pongámonos a su servicio, a imitación de Jesús, el cual vino para obedecer y no para mandar, y avergoncémonos de todo lo que pueda tener incluso apariencia de dominio; si algún dominio ejercemos sobre ellos, ha de ser para servirlos mejor. Éste era el modo de obrar de Jesús con los apóstoles, ya que era paciente con ellos, a pesar de que eran ignorantes y rudos, e incluso poco fieles; también con los pecadores se comportaba con benignidad y con una amigable familiaridad, de tal modo que era motivo de admiración para unos, de escándalo para otros, pero también ocasión de que muchos concibieran la esperanza de alcanzar el perdón de Dios. Por esto nos mandó que fuésemos mansos y humildes de corazón.


    Son hijos nuestros, y por esto, cuando corrijamos sus errores, hemos de deponer toda ira o, por lo menos, dominarla de tal manera como si la hubiéramos extinguido totalmente.


    Mantengamos sereno nuestro espíritu, evitemos el desprecio en la mirada, las palabras hirientes; tengamos comprensión en el presente y esperanza en el futuro, como conviene a unos padres de verdad, que se preocupan sinceramente de la corrección y enmienda de sus hijos.


    En los casos más graves, es mejor rogar a Dios con humildad que arrojar un torrente de palabras, ya que éstas ofenden a los que las escuchan, sin que sirvan de provecho alguno a los culpables.
 
Responsorio     Mc 10, 13-14; Mt 18, 5

R.
 Le presentaban a Jesús unos niños para que les impusiera las manos; pero los discípulos trataban de apartarlos. Jesús, al verlo, les dijo: * "Dejad que los niños vengan a Mí y no se lo estorbéis, porque el reino de Dios es, de los que son como ellos.»


V. El que reciba a un niño como éstos en mi Nombre, a Mí me recibe. 


R. Dejad que los niños vengan a Mí y no se lo estorbéis, porque el reino de Dios es de los que son como ellos.
 
 
Oración
 
Señor Dios nuestro, 

que has dado a la Iglesia, en el presbítero san Juan Bosco, 
un padre y un maestro de la juventud, 
concédenos que, movidos por un amor semejante al suyo, 
nos entreguemos a tu servicio, 
trabajando por la salvación de nuestros hermanos. 
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

28 de enero de 2018

LA DIVINA PROVIDENCIA

DIOS LO DA Y DIOS LO QUITA
¡BENDITO SEA EL NOMBRE DE DIOS!

Abandonémonos a la voluntad de Dios; veremos entonces la providencia divina, y el Señor nos dará incluso lo que no esperamos. Pero el que no se abandona a la voluntad de Dios, no podrá ver jamás la providencia divina en nosotros.

BREVÍSIMA REFLEXIÓN 
DEL ARCHIMANDRITA SOFRONIO

No nos aflijamos por la pérdida de nuestros bienes, no merece la pena. Fue mi propio padre quien me enseñó esto. Cuando sucedía una desgracia en casa, él permanecía en calma. Un día nuestra casa ardió y la gente decía: «Ivan Ivanovitch, este incendio te ha arruinado». Pero él contestaba: «Con la ayuda de Dios, me reharé». 
Otro día, mientras medíamos nuestro campo, le dije: «Fíjate, padre, nos han robado espigas de trigo», y él me respondió: «¡Y qué, hijo mío! El Señor ha hecho brotar el trigo para nosotros; tenemos bastante. Y si alguien roba, es que tiene necesidad de comer». 
A veces yo le decía: «Das demasiadas limosnas; allí abajo viven mejor que nosotros y dan menos». Pero él me respondía: «Pues bien, el Señor nos dará lo que necesitemos». 
Y el Señor no defraudó su esperanza.
Archimandrita Sophrony, Escritos de san Silouan el Athónita, Cap. 7

27 de enero de 2018

EL SANTO DE LA VERDAD

Para construir el "edificio" lógico y exigente de la doctrina cristiana es necesario volver siempre a Santo Tomás de Aquino 

Muchos naufragios en la fe y en la vida consagrada, pasados y recientes, 
y muchas situaciones actuales de angustia y perplejidad, 
tienen en su origen una crisis de naturaleza filosófica.
Es necesario cuidar con extrema seriedad la propia formación cultural. 
El Concilio Vaticano II ha insistido en la necesidad 
de tener siempre a Santo Tomás de Aquino como maestro y doctor,
 porque sòlo a la luz y sobre la base de la «filosofía perenne», 
se puede construir el edificio tan lógico y exigente de la doctrina cristiana”.

San Juan Pablo II, a los sacerdotes y religiosas de la parroquia San Pio V (28 de octubre de 1979).


 Tomás de Aquino,
el Santo de la Verdad

Mons. Adolfo S. Tortolo V.O.T.

Artículo publicado en la revista Mikael
(Paraná, Entre Rios)  (1974)


I. LA SANTIDAD

Quizá ninguna palabra sea tan privativa de Dios como la palabra Santidad. "Yo soy Santo; solo Dios es Santo", no son expresiones de un simple atributo. La Santidad de Dios es mucho mas. Es ei medio vital en que vive Dios necesariamente, penetra toda su realidad ad intra y toda su acción ad extra. Es el halo del misterio que lo separa de todo. Pero es también lo absolutamente suyo.

Todas las culturas han reconocido y reconocen la preeminencia del valor Santidad, y consienten en que el santo es superior al héroe, al sabio y al genio. El mismo sentido popular cuando quiere exaltar la bondad de alguien lo expresa todo diciendo: es un santo.

 Pero ¿en qué consiste la Santidad? Santo To­más de Aquino -cuya Santidad quisiéramos en­trever- nos señala dos elementos esenciales en la Santidad de Dios; negativo uno y positivo el otro. La Santidad exige inmunidad de pecado y absolu­ta adhesión a Dios o unión con Él. Es decir: adhe­sión total a Sí mismo.

Dios y el pecado metafísicamente se rechazan y se oponen. En Dios no hay pecado ni tiniebla alguna. Vive en un océano de pureza inmaculada y en un abismo de luz incorruptible. Se extasía contemplan­do su límpida pureza. Ésta contemplación eterna, siempre en acto, lo embebe en la unión fruitiva del amor a Sí mismo. En esto consiste la Santidad de Dios.

Su vida ad intra y su acción ad extra son santas, porque surgen de la Fuente misma de toda Santidad. Una breve frase expresa bella­mente esta incuestionable realidad cuando afirma: “Dios santifica todo lo que toca”.

Esta substancial Santidad de Dios se nos hizo visible y comunica­ble en Cristo. “El Santo que de ti nacerá”… en el anuncio del Ángel marca el carácter específico y sagrado de quien nacería de la “llena de gracia”. Desde ese instante, Cristo Jesús, prototipo de toda Santidad, viene al mundo “lleno de gracia y de verdad”, y “de su plenitud todos recibimos”.

Gracia y Santidad se confunden entre sí. Por eso Cristo al comuni­carnos su gracia nos santifica, al santificarnos nos transforma en Él, al transformarnos en Él nos diviniza. Nos introduce en la plenitud de vida que es Dios.

Ser santo entraña aversión -odio es mejor-, pero aversión irre­conciliable con el mal y una adhesión total al bien. Ser santo equivale a vivir en el orden en que vive Dios y al modo de Dios. Ser santo es elegir a Dios y mantener inmutable esta elección, aun a costa de la vi­da. Ser santo significa estar en Dios; –inesse in Deo– en grado sumo hasta lograr la fusión más plena en Él. Ser santo, dentro de la mística paulina, es ser Cristo de algún modo.

Pero al mismo tiempo ser santo es responder a una incuestionable exigencia de Dios ab aeterno: “Sed santos porque Yo soy Santo”.

Todo santo lo es en la medida en que participa de la Santidad de Dios y encarna en sí aquellos elementos esenciales: inmunidad de pe­cado e inquebrantable o absoluta unión con Dios. En este maravilloso proceso, en que Dios y el hombre se adunan, hay constantes: la verdad, el amor, la gracia. La primacía la tiene el amor.

Hay también variantes: cada hombre, su libertad personal, su co­yuntura histórica.

Interviene Dios con su plan concreto sobre cada ser humano, así como sobre toda la humanidad. La irrepetibilidad de los hombres nos advierte la irrepetibilidad de los santos. Cada hombre es un mundo nue­vo; pero el santo lo es muchísimo más. La naturaleza configura distinto a cada rostro. Los rostros de la gracia son más distintos todavía.

Cada santo es una imagen viva de Cristo, gestada desde la pro­fundidad de la gracia y proyectada hacia afuera con el misterio de una misión personal volcada en su corazón y puesta sobre sus hombros.

Esta singularidad de cada santo puede ser llamada forma personal de Santidad. A la pregunta en qué consistió la Santidad de San Fran­cisco de Asís o de Santo Tomás de Aquino, contestamos con la mirada puesta en ese rostro singular que forjó la gracia en Francisco de Asís o en Tomás de Aquino.

II. LA SANTIDAD DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

¿En qué consistió la Santidad de Tomás de Aquino? A esta pregun­ta sólo se puede responder de un modo aproximativo. Podríamos decir genéricamente que Santo Tomás de Aquino vivió en el amor a la ver­dad, la verdad del amor.

Vivió innegablemente el amor a la Verdad como misterio propio y como vocación personal, sin otro interés ni otro compromiso que ella misma. Por eso. la hizo conocer y la hizo amar. La intensa y fuerte luz de la Verdad proyectó la totalidad de Tomás de Aquino hacia el Bien, al que se unió identificándose con él como objeto de su amor.
El fue con Dios el co-actor de su proceso personal, sin división, sin fisura, sin interrupción, proceso de múltiples exigencias: a mayor ver­dad mayor amor. A mayor amor mayor verdad.

Pero en último análisis Verdad y Amor son Dios mismo, conocido y amado. Por eso su sed de Verdad y de Amor fue infinita. Con esa Verdad y ese Amor comenzó a vivir, animando la realización de su per­sonalidad con el vigor de ambos. Marcó su vida con el estilo espiritual de los perfectos y selló en ese mismo estilo sus obras todas.

Volvamos, pues, a la pregunta inicial: ¿en qué consistió la Santidad de Tomás de Aquino?. El testimonio unánime de sus coetáneos afirma que desconoció la culpa. Poco o nada el pecado tuvo que ver con él, no por falta de pasiones o de estímulos, sino por un precoz ordena­miento de valores.

La gracia necesita de la naturaleza. Y cuanto mejor es la naturale­za mejor será la alianza de las dos y mejores serán sus frutos.

La culpa, y sobre todo la culpa repetida, tara al hombre; lo corrom­pe. En estos casos, asaz frecuentes, la gracia debe agotar su propia vir­tud curando heridas, purificando zonas de la conciencia, borrando há­bitos, disponiendo el corazón del hombre a convivir con Dios. En el drama de los convertidos hay mucho de esto.

En cambio cuando el orden sobrenatural ancla en el niño, cuando sus potencias vírgenes se dejan instrumentar por la gracia, cuando la gracia y la naturaleza tempranamente se alían de un modo total y es­table, en cierto modo se suprimen los contrarios y se le restituye al al­ma la justicia e integridad originales.

La historia de la Santidad nos presenta con relieves muy fuertes y personales a dos santos que han vivido así desde la mañana de su vida: Santo Tomás de Aquino y San Francisco de Sales.

Ambos se entregaron a Dios entendiendo que esta entrega sólo podía ser absoluta e incondicional. Ambos padecieron al iniciar la ju­ventud una prueba crucial. La magnitud de esta victoria les ahorró to­da lucha futura. Radicados en una pureza angelical, vivieron la “familiaritas divina” con la ingenua espontaneidad del niño pequeño que se mueve y vive en el palacio de su padre. 

Ambos mantuvieron un ma­ravilloso equilibrio psicosomático. Ambos poseyeron de un modo emi­nente el don de la paz interior y pudieron comunicarlo en abundancia. Ambos personificaron una vida mística, tempranamente unitiva, más allá de los fenómenos místicos. Ambos lo vivieron a Cristo internamen­te con tal intensidad que ellos mismos se convirtieron en imágenes vi­vas del Señor; en Cristos redivivos.

III. SANTO TOMÁS Y LA VERDAD

El hombre está hecho para la verdad y para el bien. En escala as­cendente, está hecho para la Verdad absoluta y para el Bien supremo. Verdad y Bien que es Dios.

Pero Dios no suprime el ascenso y el esfuerzo en la búsqueda de la verdad natural. Al contrario, los afirma. Todo el universo nació de Él, y en grados distintos lo hace visible la creación entera.

Tomás de Aquino busca la verdad por sí misma, sin compromiso intelectual alguno. Su mente y su libertad interior son de un rarísimo metal humano. Aprendió a preguntarse por el ser de las cosas: ¿qué es esto? para pasar de inmediato a la pregunta: ¿para qué es esto? La verdad del ser y la verdad del fin. Y el fin determina necesariamente en orden. Orden de ideas, orden de principios, orden de vida, orden de conducta.

Desde este simple punto de vista él puede remontarse -y se re­monta- hasta el mismo corazón de Dios. El itinerario de su mente pa­ra subir a lo alto o para descender a lo más profundo está definitiva­mente trazado y sus trazos son seguros.

La cosmovisión, como la antropovisión, le son claras y perfectas. La luz y el orden de la Redención les dan un nuevo sentido, un sen­tido superior: el sentido teocéntrico. Dios, Principio y Fin de todo el universo.

Cuando San Ignacio de Loyola escriba su Principio y Fundamento no hará otra cosa que repetir un principio metafísico entrañado en toda la teología del Angélico. Los modernos llaman a Santo Tomás “el ge­nio del orden”. Pero más que genio debiera llamarse el santo del or­den esencial; orden que parte de la verdad y se estructura en la fina­lidad de todo y de todos.

La verdad, aprehendida por el hombre, concebida en su mente, no acaba con ser imagen de la cosa conocida y su adecuación intelectual. La verdad exige una respuesta. Pero cuando la verdad aprehendida es Dios, Dios irrumpe en la mente humana como luz y la respuesta que pide es la aceptación total de Sí mismo. Es indudable que las conse­cuencias de esta aceptación tienen un carácter absoluto para el hombre.

El miedo a la verdad es el miedo a la claridad de sus exigencias. El amor a la verdad, la fidelidad a la verdad, revelan de un modo cla­ro y terminante el valor del hombre. El miedo, el desvalor.

Qué raras son en la historia personalidades tan firmemente adhe­ridas a la verdad como lo es Santo Tomás de Aquino. Vive la verdad, la realiza, la transmite. Este servicio fue para él un jugarse entero, ca­si siempre solo.

Aunque de paso, cabe señalar aquí el rico y fuerte contenido de algunas frases bíblicas, dirigidas no sólo al orden de la fe, sino tam­bién al orden simplemente humano: amar la verdad, hacer la verdad, transmitir la verdad, santificarse en la verdad. Estas expresiones y su contenido fueron el pan cotidiano del Angélico.

Santo Tomás de Aquino se desposó íntegramente con la Verdad. Se fusionó con ella. Fue más feliz y afortunado que San Francisco de Asís, quien desposado con la pobreza -su amada temporal- debió cambiarla en el umbral del cielo por la opulencia divina. Santo Tomás, en cambio, se desposó con la Verdad y “la verdad del Señor perma­nece eternamente”. En este desposorio se cumplió para el Angélico el apotegma agustiniano: el hombre es lo que el hombre ama. “Amas cie­lo, eres cielo. Amas Verdad, eres Verdad”.

La verdad tiene sus propiedades, sus calidades propias. La verdad transforma en ella porque transfunde sus propias calidades. La verdad es eterna, es inconmovible, es imperturbable, es pacífica, es fecunda. Es incorruptible y fiel, es inalterable. En qué forma extraordinaria se percibe la proyección de la Verdad —vivida y convertida en alma pro­pia— cuando se recuerda que el Verbo de Dios, hecho carne, se defi­nió a Sí mismo al decir: “Yo soy la Verdad”. En última instancia sobre este módulo divino dejó correr el Angélico su pasión por la verdad.

Santo Tomás operó preferentemente en el ámbito de la Verdad re­velada, de la que fue heraldo y maestro. La verdad revelada le devol­vió la llama serena de su fuego con la luz y el sabor sobrenatural de la contemplación. La Verdad revelada hizo de él uno de los más emi­nentes contemplativos. La nostalgia del cielo, la nostalgia de la Trinidad, como herida en el alma, lo acompañó siempre.

IV. SANTO TOMÁS Y LA VIDA CONTEMPLATIVA

La madurez espiritual suele manifestarse por la unidad interior, traducida en la unificación de las potencias. Por un mismo acto se en­tiende y se ama.

La vida moral de Santo Tomás, su virtud, la heroicidad de sus vir­tudes, es un libro escrito para el cielo. Los testimonios recogidos en el proceso de canonización aseguran la verdadera santidad de este “teó­logo de Dios”. La ven desde la cumbre, desde su santidad lograda. Desde allí desaparecen los detalles.

La piedra de toque es el amor, es la caridad. Los testimonios sobre la heroicidad de sus virtudes son unánimes pero poco explícitos, si se exceptúa el testimonio de su ferviente piedad eucarística, señalada con­cretamente por todos. Pero están sus obras, de las que emerge su ex­traordinaria personalidad de santo, inmerso siempre en una constante vida teologal.

Afirmamos un primer presupuesto. Santo Tomás -el hombre de la Verdad- vivió lo que escribió. Y lo vivió desde el lado de Dios, experimentalmente.

Su vida teologal se caracteriza por la primacía de la contempla­ción y, como consecuencia de ella, su nostalgia por el cielo.

Quien afirma que su misión propia, su vocación, consiste en trans­mitir a los otros las riquezas de las cosas contempladas, “contemplata aliis tradere“, debe ser estudiado desde aquí: el hombre que ve a Dios y que padece a Dios. La “visio Dei viventis et videntis” crea en el alma un supersentido: el sentido de Dios. Sentido que sólo Dios puede co­municar al hombre como signo del soberano amor con que Dios ama. Quien recibe este sentido queda santificado, queda endiosado.

Contemplar es entrar en las profundidades de Dios, en el abismo de su luz, no ya por el impulso de la mente, sino por la atracción del amor.

A la fórmula de Santo Tomás: “simplex intuitus veritatis” añade uno de sus mayores discípulos: “sub influxu amoris” (Juan de Santo Tomás). La Fe sola no contempla. Contempla el Amor operante bajo la dulce presión del Espíritu Santo.

La contemplación es toda una trama viva de Fe y de Amor. Es obra de Dios que se ofrece a Sí mismo como Don divino para ser saboreado, para ser gustado.

Desde el lado de Dios todo es simple, todo está dado, todo está a disposición del alma para su fruición y su gozo. Desde el lado del hombre todo suele ser complejo y arduo. Las disposiciones interiores del alma -positivas o negativas- ejercen marcado influjo.

En Santo Tomás de Aquino se dieron disposiciones positivas en grado sumo. Hasta sus ancestrales estirpes contribuyeron a su calidad contemplativa. Su amor a la verdad, su sentido del orden, su vida in­telectual, su acendrado espíritu de oración, su amor al silencio, dieron ese toque esencial que dispone plenamente al “pati divina”.

Consciente de que lo natural y lo sobrenatural no se yuxtaponen, sino que deben insertarse vitalmente en la unidad, logró esa plenitud humano-divina semejante a la vida teándrica del Señor.

Comenzó a vivir aquello que él mismo llamaría en una síntesis poderosamente densa “la gracia de las virtudes y de los dones”, abrién­dose él mismo a las exigencias de la Fe, del Amor y del Espíritu Santo, y dándose luego todo él mediante esa entrega que en los místicos to­ma el nombre de pasividad.

El mismo Dios es quien exige esta pasividad para realizar su obra, para penetrar todo en toda el alma y ser Él conductor omnímodo de ella. La divinización del alma, meta de la vida sobrenatural y de la acción propia de Dios exige este ilapso de Dios en el hombre, este toque de “substancia a substancia” (S. Juan de la Cruz). De este modo, transformado en Dios, participa el hombre no sólo de la naturaleza divina, sino también hasta de las operaciones más arcanas de Dios. No en vano el hombre es por gracia lo que Dios es por naturaleza (S. Juan de la Cruz).

En Santo Tomás esta transformación divinizante ocurrió en la ma­ñana de su vida, pura el alma, totalmente disponible a la acción de Dios. De ese haz de misterios contenidos en “la gracia de las virtudes y de los dones” surgió su vida mística. Por obra de esta gracia fue par­ticipando en el vivir y en el obrar de Dios, y sobrepasado el cerco de la luz inaccesible, entró en consorcio con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, y comenzó con Ellos el “sacrum convivium“, incoado in via, consumado in patria.

Su vida mística fue la de los perfectos casi ab initio. No necesitó de las noches obscuras para purificar y afirmar sus virtudes teologales. Tampoco se dieron en él los fenómenos místicos provocados por un incipiente e imperfecto modo de convivir con Dios. Su adaptación a lo divino tuvo mucho de connatural. Su experiencia mística nos re­cuerda la de María Santísima: sin asombros, sin violencias, sin éxtasis.

Es indudable que esa rara conjunción de lo humano y de lo divi­no, de lo natural y de lo sobrenatural que se dio en él, hizo de Santo Tomás uno de los prototipos de vida mística más acabados y de ma­yor relieve.

La contemplación no es sólo la suprema actividad del alma, sino también la más propia del hombre y la más deleitable -“operatio homini maxime proxima et delectabilis“. Y subraya el Santo: “a la contemplación como a su propio fin se ordena toda operación humana”.

La contemplación es experiencia íntima de Dios por vía de amor. Tiende a la mutua inserción entre el Dios contemplado y el alma contemplante. La Fe se proyecta en luz y en verdad -una cuasi visión- y el Amor en unión que hace de Dios y del hombre un sólo espíritu.

De esta manera la contemplación deja de ser un acto y se con­vierte en una forma de vida. Por esto mismo Santo Tomás no se con­tenta con atisbos de contemplación: tiende a su plenitud como el niño a su condición de adulto.

Es un principio clave en su vida el principio que categóricamente establece para la actividad apostólica: sólo es válida aquella que deriva de la plenitud de la contemplación.

Su vida activa fue su magisterio. Vivió lo que enseñó. De este modo toda su teología fue oración, fue conversación con Dios, fue con­templación de Dios. La Trinidad, Jesucristo, la Eucaristía, la Gracia son temas que fluyen de él con esa sobria unción de lo auténticamente sa­grado. Temas gustados gracias a la sobrenatural Sabiduría que colmó su espíritu.

Los santos suelen tener un vocabulario propio, y un propio hori­zonte espiritual. Se cumple en ellos la afirmación del mismo Jesús: “de la abundancia del corazón hablan los labios”. Los santos hablan de lo que sienten, de lo que viven. La insistencia en ciertos vocablos descu­bre un profundo filón del clima espiritual que están viviendo. Así ocu­rrió en Santo Tomás. En todos sus textos abundan estos substantivos, o sus correspondientes verbos o adjetivos; citados al azar: fruitio, gaudium, desiderium, pax, patria, lumen, beatitudo, visio, felicitas.

Son substantivos que él vive, y de cuya substancia nutre su espí­ritu. Vocablos que le son familiares por la riqueza mística común a los perfectos.

No suya, pero sí de su tiempo y de su Escuela, y que él hizo su­ya, es esta afirmación que contiene todo el misterio de la vida espiri­tual: “adhaerere Deo et eo frui“. La vivió con intensidad insospechada. Este “frui” ubicado en el mismo nivel que el “adhaerere” tiene una fuerza y un valor universal.

Una de sus oraciones termina con un final descriptivo que nos ha­ce pregustar el cielo: “Et precor Te, ut ad illud ineffabile convivium me perducere digneris, ubi Tu cum Filio tuo et Spiritu Sancto, Sanctis tuis es lux vera, satietas plena, gaudium sempiternum, iucunditas consummata, et felicitas perfecta“.

V. LA NOSTALGIA DEL CIELO

Su nostalgia del cielo fue nostalgia de Dios, ya que el cielo es Dios. Esta nostalgia se dio en él —volvemos a compararlo con la Ma­dre de Dios— al modo como se dio en María Santísima.

Su nostalgia no es febril, inquieta, o angustiante. Su corazón no late ni ansioso, ni impaciente.

Ciertamente tiene sed de Dios: “…quod tam sitio“. Pero es la sed metafísica del Bien total y sumo. Se asemeja más a “la llama de amor viva que tiernamente hiere” de San Juan de la Cruz que al “mue­ro porque no muero” de Santa Teresa.

Sabe que la gloria ha comenzado en él. La inchoatio gloriae no es el punto geométrico que da comienzo a una línea. Es la posesión frui­tiva de Dios, ya y ahora, y que avanza como la luz del día al iniciarse el alba.

Su espíritu está colmado con la luz y la presencia de Aquél a quien ama desde lo más profundo de su ser. Su alma está en paz y goza en la posesión de su Bien que lo sacia plenamente, aun cuando pide más de Dios.

Espera en quietud imperturbable la próxima, la inminente reve­lación de Dios. Quiere verlo, desea verlo porque lo ama. Y “el amor no se contenta sino con la presencia”. Pero quiere verlo cuando Él lo quiera.

En su nostalgia de Dios no está ansioso, pero acelera su paso a medida que su amor crece. Siente en carne propia aquel principio que él mismo expusiera tantas veces: “El movimiento es más rápido cuanto más se acerca al fin”. “Motus in fine velocior“.
Su nostalgia del cielo no es tedio ni cansancio, no es evasión ni angustia, no es egoísmo ni refugio. Es la ley del retorno. Es volver al punto de partida, al modo como el Hijo y el Espíritu Santo incesante­mente retornan al seno del Padre.

Una de sus expresiones más sublimes, y que nos ofrece como apertura de su propia intimidad espiritual, es la contenida en este himno: “Trina Deitas… per tuas semitas duc nos, quo tendimus, ad lucem quam inhabitas”. Entre tanto espera con esperanza teologal.

Cada Santo tiene sus preferencias o sus afinidades con el mundo sobrenatural. No sabremos hasta la eternidad cuál fue la suya. Sin em­bargo su recurso tan frecuente a la visión beatífica -no como punto final de una lucha, de un drama y ni siquiera de un destierro- sino como término de la ley de gravedad espiritual, como invitación a la contemplación facial de Dios, su familiar amistad con los Ángeles y los Santos, nos sugieren una profunda afinidad con el mundo de la gloria. Una dulce y constante presión lo impulsa hacia la visión facial de Dios.

Es que su corazón ya era el cielo.

SÍNTESIS FINAL

Es cierto que la piedad popular no venera mucho a Santo Tomás de Aquino, y puede ser cierto que los teólogos no lo invoquen, pero la Divina Providencia añadiéndole el nombre de Angélico, a la par del propio, consagraba a un Arquetipo irrepetible. Y Arquetipo irrepetible por esa insólita fusión de sabio, genio y santo.

Existe una oración suya, llamada oración de oro, que diariamente recitaba ante el Santísimo Sacramento, en la que la psicología, la as­cética y la mística componen la trama de un verdadero tisú espiritual. De ella fray Luis de Granada hizo esta preciosa traducción:

“Oh mi fino y amante buen Jesús, verdadero Dios escondido en este Sacramento, dígnate despachar favorablemente mis ardientes sú­plicas.
Tu beneplácito sea mi placer, mi pasión, mi amor. Concédeme que lo busque sin descanso, lo halle sin tardanza, lo cumpla con amor. Muéstrame tus caminos, enséñame tus sendas y dame a conocer hasta la definitiva salvación de mi alma los designios que sobre mí tiene tu amantísimo Corazón”.