Centro de Profesionales de la Acción Católica "SANTO TOMÁS DE AQUINO" de Buenos Aires, Argentina.

15 de enero de 2017

EL CORDERO DE DIOS

AGNUS DEI
Reflexión acerca del título con que presenta San Juan Bautista a Cristo: “El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” al inicio del Evangelio de San Juan

Valdrá seguro aquello de fray Luis de León: que de los Nombres divinos vale que cada cual tenga sus gustos, sus preferencias, su dilección. Que los hay quienes al título de “Rey”, se les conmueven las entrañas todas; o los que caen de bruces a la sola voz “Señor”; o quienes aman y viven del nombre “Jesús” como servidor. Como no faltan quienes hallan la más bella lumbre y música al título de Roca o Pastor; Esposo, Verdad o Ladrón de Medianoche.

Valdrá lo de Fray Luis, cómo no… pero permítaseme excluir del listado a un nombre, un solo Nombre de Cristo que se resiste a sumarse sin más a la larga nómina de Nombres. Y no porque sea el más lustroso ni el más sublime. Pantocrátor dice más. Hijo Eterno, ni hablar. Se trata de un Nombre casi insignificante; es más: se trata del Nombre donde la distancia entre el Nombre y el Nombrado se estira de tal modo que no cabe ni pensar ni imaginar un estiramiento mayor. Es el Nombre mayor de lo cual Dios no podría ser analogado. Nombre que habita las fronteras más inhóspitas de la analogía, allí donde éstas lindan con el equívoco. El Nombre que está bajo todo nombre… hablamos del Cordero de Dios.

Y no, no es un Nombre más. Es distinto. De tan inadecuado, se torna más creíble y amable que todos los títulos ajustados a teológica razón. Tal vez sea sencillamente el nombre más bello que haya recibido Nuestro Señor, y la prueba o el fundamento de que sea tal radique justamente en lo infunda-mentable de su fundamento…

Sí. No hay nada más bello que verle el Rostro a Jesús (el Infante, el muy Llagado, el bien Resucitado, el Rostro hecho Pan o el que fuere) y soplar sobre Él la voz “Cordero”... y notar qué bien le sienta.

No necesita decodificaciones teológicas ni piadosas. Desnuda de toda retórica, la voz Cordero lo nombra al Señor de un modo misterioso y entrañable, cotidiano e inasible, tierno y tremendo. Como el Cordero de Zubarán: sin aureola, sin estandarte, sin siquiera sangre, lo dice al Señor prístino, sin más. De tan oblicua que es la referencia, de tantos rebotes de espejo en espejo, la luz del Nombrado termina fluyendo en este Nombre con tal frescura y vigor que pareciera manar del surgente y allí mismo ser recibido. Por aquello de que el colmo de lo oblicuo es derecho. Un Nombre cuya parábola o metáfora es tan lejana que la elipse devuelve el Nombre al foro de lo nombrado. Por eso “Cordero” refulge en tanta luz; por eso decirle al Hijo Eterno: “Cordero” es tan inmediato y directo como decirle al sol sol, o luna a la luna.

No en vano la Ciudad divina, el Cielo eterno, no será alumbrada ni por el sol ni por la luna sino por este Cordero de Luz…

Y de allí que el Evangelio de San Juan, luego del prólogo-himno, 
comience con este señalamiento de Juan Bautista: este es el Cordero de Dios. Este es Quien en su purísima inocencia cargará sobre sí todo el pecado del mundo: lo asumirá, lo hará propio y saliendo del campamento como chivo expiatorio, morirá en vez de los culpables, en paga de sus culpas.

Pero hay mucho más en la voz Cordero (y en el señalamiento de Juan) que la expiación que quita el pecado del mundo. Esa lana blanca como la nieve, antigua como la rueca, esa mirada inmensa y calma, esas manos talladas en roca prediluviana… y ese gusto por el silencio, incluso en el peligro, incluso a la hora de teñir de escarlata su lanar. Hay algo en el nombre Cordero que expresa muy bien una cualidad inefable de Cristo: el que sea tan a la vez tierno y firme, dulce y viril, hidalgo y feroz, manso y salvaje, lúdico y serio. Tal vez lo que se anuda en el Cordero sea, al decir de Blake, “inocencia y experiencia”. 

Pues es el Niño del Pesebre y el Hacedor del orbe… ese misterioso Cordero más antiguo que el Mundo, de la carta de Pedro.

El Cordero que tenemos por Dios y Señor está vivo y degollado a la vez. Fluye de su Pecho muy lastimado un intenso flujo de Sangre viva: no como se encharca en su propio derrame un animal muerto sin pulso, sino que mana este torrente a la presión fuerte de un Viviente. Como el Cordero místico del políptico de Van Eyck, nuestro Dios-Cordero es garboso y erguido con porte de León, manso y humilde con rasgos de borrego.

No es que Dios buscó un animal entre todos, en busca de alguno que expresara lo mejor posible la identidad de su Hijo. Decididamente fue al revés: Dios creó el cordero mirando a su Hijo, previendo su Encarnación y lo creó ante todo para decirlo, para que hubiera gramática, un modo de decir al Hijo, un modo de decir lo inefable, de vocear ese infinito inasible en una sola voz e imagen: Cordero, Agnus Dei.

Por eso, no sólo el Cordero pascual del Éxodo, o el “como cordero llevado a matadero” de Isaías, ni el Cordero de oro refulgente del templo de Salomón son prefiguraciones de Cristo: sino que todo cordero es sombra y figura Suya. Todo cordero habla de Él. 

Quien pierda una tarde mirando dormir a la cría de oveja o contemplando cómo da lúdicas cabriolas jugando con su propia sombra, o cómo mira lejos con apacible gozo, y acercándose a su oído le pregunte, con Blake, …Little Lamb who made thee (…Pequeño Cordero, ¿quién te hizo, sabés acaso quién te hizo?), quien esto susurre, entenderá que antes que hubiera Mundo, antes que los montes y los mares, antes que las praderas y corrales hubo un dorado Cordero en Brazos de su Padre, con cuya lana se urdieron y tejieron los Mundos.

Y en el Cielo lo veremos como un diamante en todas sus incontables facetas: Puerta y Camino, Piedra y Juez, Luz y Vida, Rey y León, Verbo y Salvador… pero todos estos atributos serán divinos hilos con que se bordará una sola y compacta imagen, la de Jesús, el Cordero eterno del Padre. 


No en vano el Libro del Cordero del Apocalipsis, en 28 ocasiones nos habla de Él, de su Cántico y su Boda, de su lumbre y potestad. Que Lutero siga quejándose de que es un libro críptico que no revela: nuestra es la gracia de poder leer “Cordero” y conmovernos enteros ante la manifestación tan diáfana del Rostro de Dios.

Que al llegar mi postrer día quiero pensar y decir: viví como un pobre pastorcico apacentado por un Cordero; lleva a tu servidor, por manos de tu Ángel, para sumarse a la multitud de eremitas que adoran al místico Cordero erguido sobre el altar del Cielo, en las verdes colinas eternas. Y pueda allí volver a decirte: yo soy niño y Tú Cordero y ambos respondemos al mismo nombre.

Monasterio del Cristo orante
Mendoza, Argentina




Frontal con hornacina del antiguo Altar Mayor de la Basílica del Espíritu Santo, con el Cordero del Apocalipsis y el Libro con los siete sellos.




Agnus Dei de Francisco de Zurbarán (c.1635)
(Museo del Prado)






San Juan Bautista niño con el Cordero, de Murillo (c.1670)
(Museo del Prado)





“La adoración del Cordero místico”
de los hermanos Van Eyck (c.1432)

Forma parte del enorme políptico que se halla en la Catedral de Gante, donde fuera bautizado Carlos V.


(Miran hacia el Altar del sacrificio rodeado de ángeles con turíbulos, cuatro grupos: los fieles, las mártires, los paganos y judíos y obispos, papas y religiosos)

31 de diciembre de 2016

NUEVO AÑO 2017


El pasado en Su Misericordia,

El futuro en Su Providencia,

El presente bajo Su Gracia.

FELIZ AÑO: ¿AUGURIO O CERTEZA? 


La confianza en la Divina Providencia: en este año vendrán la salud y la enfermedad, vendrán los éxitos y los fracasos, vendrán soles y lluvias, invierno y verano... y no será una discontinuidad de la Providencia sino su estable y continuo ejercicio

       Chesterton, ese agudo pensador inglés que hizo el largo camino del ateismo al cristianismo, gustaba señalar curiosidades o caprichos culturales. Y refiere a uno que -cien años después- sigue en boga: los no creyentes viven llenos de creencias y los hombres religiosos suspiran en deseos que deberían tener por certezas.

       El abanico de ejemplos es amplio, pero parece más oportuno centrarnos en uno solo, en torno al año nuevo.
      
       “Éste va a ser un buen año”, afirma el no-creyente, levantando su copa con lacónica seriedad, casi como una cábala para que así sea, o como arenga motivadora. En cualquier caso: emitiendo moneda sin respaldo en oro.
      
       Mientras, hombres creyentes -del credo que fuera- con timbre piadoso estampan: “te deseo un feliz año: ojalá lo sea... sin caer en la cuenta de que el oro de su fe los habilita a pasar del augurio a la certeza. Creen en un Dios bueno con señorío real sobre su obra, que hace lo que quiere y quiere lo mejor. Y por ello, no deberían esperar que todo termine bien: deberían saber que todo está saliendo inmejorablemente bien, conforme al Plan. Es lo que en las religiones de todos los tiempos y culturas se denomina sin más: la Divina Providencia.

       Valga como ejemplo tan sólo anotar un texto que ronda los 2400 años:

     “Oh endeble mortal, ínfimo como eres, sin darte cuenta te relacionas con el todo del orden general que dispone cada parte en función de la totalidad. Y murmuras, porque ignoras qué es lo mejor a cada tiempo para ti y para el todo: el todo tuyo y el todo del todo. Es tan simple y sin embargo no lo entiendes: si hay dioses -que los hay- no descuidan la cuestión humana. Ni su curso ni su destino”.
      
       Hasta aquí el gran Platón con sus dioses insobornablemente buenos. Incontables textos bíblicos podrían secundar y completar esta intuición , que hace cumbre en ese Dios Padre de Jesucristo a quien no se le escapa ni la caída de un solo cabello y lo dispone todo para bien nuestro. Jesús remite como prueba contundente mirar nomás los lirios del campo o las aves del cielo: no desesperan juntando alimento en graneros ni ahorrando para vestirse. Viven en la certeza de que su Hacedor seguirá a cargo de su causa y la llevará a buen fin.

       Pero para completar el inventario cultural actual, además de creyentes e incrédulos se da hoy una tercera posición con pocos antecedentes históricos: a los píos y ateos de siempre, se suman ahora los anti-teos, que formulan así su convicción: Dios existe y es un canalla. La frase emblemática pertenece al protagonista de un intrincado cuento de Sábato que encarna con todo detalle este modelo de religiosidad. Hay un Dios (seguir sosteniendo la apuesta en favor del azar es tan ingenuo e irracional como infantil) y este mundo es el despliegue creativo de su poder, su juego y entretenimiento.

       Y completo el perfil de este credo saltando de novela: en la escena final de El Abogado del Diablo, en su último intento por persuadir al Hombre arremete Al Pacino: ¿no te das cuenta de que Él los ha arrojado en el mundo cual ratas en laberinto, y a carcajadas se divierte viéndolos corretear en busca de la salida mientras levanta apuestas entre sus ángeles? Dios existe y es perverso. Y el mundo: su divertimento.

       Ante este complejo panorama cultural de creyentes inseguros, ateos supersticiosos y antiteos rabiosos parece oportuno recotizar la devaluada moneda de la divina providencia. Se suele creer que esta consiste en una suerte de favoritismo divino: un beneficio de los dioses que pueden darlo o no y a quien se les plazca. Y creemos que fuimos destinatarios de ella cuando las cosas nos salen conforme a nuestros planes y expectativas. Y esto es falso.

       La Providencia es la visión adelantada y de conjunto del proyecto completo y el consiguiente subsidio y soporte de lo que a cada parte le hiciere falta en función de ese Todo. Desde nuestra parcialidad a cada uno de estos soportes solemos evaluarlos con infinita miopía como favor o desgracia según nuestra estrechísima y fragmentada visión.

       Decía Peguy que el hombre no sólo hace un papelón cuando se ahoga en un vaso de agua: también, cuando allí intenta nadar. La insensatez en cuestión es un conflicto de proporciones. Como dice sin vueltas el Salmista: aunque al hombre insensato se le escape y el necio no entienda estas cosas, las obras del Señor son grandes y cada uno de sus designios, profundos (Sal 91). Y “grande” no refiere aquí -ni en el resto de la Biblia- a un adjetivo elogioso: se trata de un sustantivo dimensivo.
      
       Benedicto XVI invirtió una de sus primeras reflexiones papales en el asunto:

“La historia no está en manos de potencias oscuras, del azar o de opciones humanas. Ante el desencadenamiento de energías malvadas, ante tantos azotes y males, se eleva el Señor, árbitro supremo de las vicisitudes de la historia. Él la guía con sabiduría hacia la meta. Dios no es indiferente ante las vicisitudes humanas, sino que penetra en ellas realizando sus proyectos con eficacia. La aventura de la humanidad no es confusa y carente de significado: tiene un rumbo preestablecido” (11-V-05).

       Una clave para sospechar mejor el estilo en que Dios lleva adelante el Mundo es hacerse a la idea de que la Creación no es un acto estanco, pretérito, luego del cual el autor lo que hace es conservar su obra. Una suerte de fabricación con garantía. Lo cierto es apenas distinto: cada existente está siendo sacado de la nada en cada momento, en un despliegue de energía y compromiso insospechados.

       Jesús no duda en ajustar la concepción judía de un Dios que realizó su obra en seis días tras lo cual descansó mirándola desde afuera, cual un Miguel Ángel contemplando su Pietá. La modernidad ha sido ágil para replantear la Creación en seis días a la luz de la evolución... pero bastante torpe y piedeletrista con el séptimo día: el Shabbat divino. Mi Padre trabaja siempre, y yo también -insiste el Señor (Jn 5,17)-, revelando a un Dios sin “intermitencias” en su cuidado y gobierno.

       Lo cierto es que en este año vendrán la salud y la enfermedad, vendrán los éxitos y los fracasos, vendrán soles y lluvias, invierno y verano... y no será una discontinuidad de la Providencia sino su estable y continuo ejercicio. Todo será parte del Plan. La adversidad -cual sea- también es parte del plan. Y en esto hay que animarse a llevarlo a fondo: todo es todo. También el quehacer humano.

       Jesús cuida este detalle y antes de hablar de pájaros y flores y de un Padre que destila bondad encuadra su bello discurso sobre la Providencia en este dato contundente: ustedes y yo pasaremos por la prueba, y también esto está previsto (Mt 10,24). En el monte Dios proveerá... consuelo y alivio o prueba y traición. El Monte Moria y el Calvario son laderas hacia una misma cumbre. 

       Los comentadores del Génesis gustan marcar un detalle peculiar: hubo una tarde y una mañana y ese fue el primer día. Dios parece no crear la noche. Pero el Dios de Isaías se encarga de afinar el asunto: dichas y desgracias, luces y tinieblas, soy Yo, el Señor, quien hace todo esto (Is 45,7). E insistamos: no sólo las catástrofes naturales, sino los desaciertos humanos se inscriben en la Providencia. Así como los cardíacos o los asmáticos llevan encima su medicación por cualquier inconveniente, todos deberíamos tener muy a mano -en la memoria, el corazón y la mente- aquella feliz expresión de José, el hijo de Jacob, a sus hermanos que le hicieron de todo: no fueron ustedes sino Dios... y aunque ustedes lo pensaron para hacerme daño, Dios lo pensó para bien (Gen 45,8).

       Como que la mayor “Tragedia” de la Historia no tiene a Caifás, Anás, Pilato y Judas por artífices, sino al Padre de los lirios salvando al mundo por la Sangre de su Hijo.

       Volviendo al inicio: el optimismo pagano, sin fondos, suele afirmar: ya se va a dar vuelta el partido: todo va a mejorar. Y el creyente, teniendo con qué, calla su mejor retruco: todo está saliendo bien. No sólo el compás resolutivo, sino la sinfonía entera, aún en sus pasajes más disonantes es buena y bella. Hay algo de trampa en aquello de que Dios escribe derecho en renglones torcidos.

       Más saludable parece sospechar que lo único torcido es nuestra mirada ante un Dios Señor de los renglones y las palabras.

       La tan famosa frase de Juliana de Norwich “All shall be well” suele asfixiarse en este mismo sentido. Como si sólo a los postres las cosas se acomodaran un poco. Así como el “A la tarde te examinarán en el amor” de san Juan de la Cruz no es a la hora de la muerte sino al crepúsculo de cada obra, el “todo termina bien” no es para la Parusía sino para cada recodo de esta sinuosa historia que Dios va viendo y haciendo novedosamente buena.
      
       Si la ponderación de las dificultades, contramarchas, límites y fracasos no supera la de ser un “intervalo” en el favor divino, y la esperanza se limitara y devaluara a ser el aguante a la espera de un final feliz, cada año será tan penoso y rancio como el anterior. Una nauseosa recurrencia del sin-sentido a la espera del sentido prometido. 

       De las cosas más bellas y fuertes que nos ha dicho el Papa Benedicto en su encíclica sobre la Esperanza refiere a esto. La esperanza cristiana no es un vago suspiro por promesas que confiamos se cumplirán muy al final. La esperanza cristiana nos instala con vigorosa firmeza sobre la roca del ya iniciado cumplimiento. Por eso nuestra sobria alegría es tan recia como auténtica. No es la inquieta y vacua carcajada posmoderna ante la insoportable levedad del ser; es la serena sonrisa ante la insobornable densidad del Ser y Ser Eterno, en Quien vivimos, nos movemos y existimos.

       Y remata el Pontífice: “Por la fe, de manera incipiente, podríamos decir «en germen» ya están presentes en nosotros las realidades que se esperan: el Todo, la Vida verdadera.” (SS 7).

       Sólo nos es posible abrirnos a la buena novedad (Evangelio) de cada año desde el presupuesto de tratarse de un feliz e inequívoco Don de Dios. Ante la terna “feliz-año-nuevo” el mundo considera el último término como presupuesto o dato fáctico, y el primero, como posible y deseo. Nuestra fe debería animarse con un simple enroque: que este año feliz sea en verdad nuevo para ti. Y a la luz de la Navidad, gritar desde las terrazas de este mundo triste y desanimado: les anuncio una gran alegría, hoy les ha nacido un año feliz: vayan y vean y gusten su Novedad".
                                                     
                                                         P. Diego de Jesús

27 de diciembre de 2016

EL TRUENO DE DIOS

   EL OJO DE ÁGUILA

San Juan Evangelista, el "hijo del trueno" que mira con ojo de águila las certezas.

    El apóstol Juan debe ser de los apóstoles, tal vez incluso de los santos todos, el que más apodos, el que más sobrenombres tiene, empezando por ese ingenioso modo con que el Señor mismo, con humor y con sapiencia, le llamaba “el hijo del trueno”… Hasta un apodo mucho más misterioso, que más que un apodo es un símbolo de lo que Juan significa para la Iglesia, lo que la teología de Juan significa para la Iglesia, y es una imagen muy presente en diversos textos del Antiguo Testamento y que vuelve a hacerse presente, a florecer, con todo el eco del Antiguo Testamento en el Apocalipsis, y que es el águila.

                A Juan, la tradición desde los primeros siglos lo ha identificado con el águila. Y es muy bello y muy fecundo para nuestra fe y para esta empatía que buscamos con el discípulo amado, para aprender de él y con él a tratar los misterios de Dios, caer en la cuenta de esta figura, de este símbolo, de esta ave, cuyo simbolismo se podría desentrañar desde diversos modos, pero que de modo eminente la tradición ha visto en Juan, el águila, como la vista de águila. 

                El ojo de águila con que, desde la altura, la altura que es la cúspide de toda la revelación, con que Moisés, los Jueces, los Patriarcas, Profetas y Reyes, y todas las profecías, y todos los textos, en los paulinos y de los demás evangelistas, alcanzan su cumbre, su última expresión en el discípulo amado. Juan cierra la Escritura y en este sentido es cumbre, es la altura del águila, pero una altura de águila, y esa es la maravilla de Juan y esa es la maravilla de esta imagen, que no se queda en las alturas, sino que desde esas alturas sabe caer casi en un vuelo vertical sobre el suelo, sobre lo más bajo y simple del suelo. Esa verticalidad de vuelo propia del águila, no puede hacerlo una golondrina, un gorrión, un montón de otras aves… y es expresión de un movimiento espiritual, de un movimiento oracional, de un movimiento de la contemplación, capaz de elevarse, de subir por las térmicas de la meditación, por las térmicas de la Palabra rumiada, masticada, hasta alturas inefables y a su vez saber desde esas alturas inefables sumergirse en las entrañas mismas de Dios...

                ¿Quién ha hablado de la intimidad, de los adentros de Dios como Juan , quién ha hablado de la vida interna de Dios como Juan, y quién ha hablado de este Dios hecho carne como Juan…?

                Es la capacidad de vuelo alto y de bajada intensa sobre la realidad de la encarnación…Ese abrupto contraste entre la altura y la hondura, es la expresión de un corazón, de un estilo y de una oración que puede ser la nuestra. Ni una oración rastrera como las serpientes o como los teros, ni una oración que se va por las nubes. Una oración que sabe subirse y que tiene ojo de águila para descender a las profundidades de la realidad concreta, la realidad concreta y encarnada del misterio de Dios encarnado y a partir del misterio de Dios encarnado, de toda la realidad encarnada humana. Eso hace Juan con Cristo, eso hace la vista de Juan con el misterio de Cristo, lo ve con ojo de águila.

                Juan sobre el pecho del Maestro accede a la sapiencia de Dios, conoce a Dios. Y porque ese Dios se ha hecho carne, conoce a Dios viendo a Dios. La escuela joánica, en un viraje brutal respecto a la tradición hebraica, funda la fe en la visión. Con Juan, la religión acústica, la religión del ‘Schemá Israel’, ‘Escucha Israel’, la religión del asentimiento a lo que se escucha, tiene un viraje definitivo a una religión audiovisual, a una religión del ver, donde la fe es ver. No es solamente eso que a veces se nos ha quedado tan pegado de la escena de Tomás, el apóstol, ‘felices los que creen sin ver’, sino que es una visión genuina, auténtica, real, contundente, una visión interior, pero visión.

                Juan funda la religión del ver interior. ¿Por qué? Porque Juan ha hecho una experiencia personal, ‘Yo Juan’, de lo que es la conjugación de todos sus sentidos externos, de todos sus sentidos internos, de su imaginación, de su memoria, de su fantasía, de su inteligencia, de su afecto, de su vista, de su tacto, de su olfato, todo lo ha conjugado en una experiencia que él puede llamar conjuntamente ‘ver’, todo eso es ver… Esa es la fe. La fe es para Juan la conjunción de todas las potencias humanas divinizadas, traspasadas por el fuego de Dios, todas ellas conjuntamente. En la experiencia que en la humanidad por siglos y siglos estuvo dispersa, dónde la vista sólo veía, dónde el oído sólo escuchaba, dónde el tacto solo tocaba, dónde la memoria sólo membraba, donde la inteligencia ataba silogismos y el corazón sentía, todo eso conjuntado en una sinergia, en una simbiosis, en una potencialización de los sentidos entre sí, es la fe.

                Por eso para Juan y para el cristianismo profundo, la fe es certeza, no es una apuesta, no es un ‘ojalá que…’, no es un ‘me juego a que…’, no es ‘confío en lo que me dijeron…’, esa es la fe hebraica. Cuando San Pablo nos habla y nos insiste que la fe comienza por la audición, nos olvidamos del verbo comenzar, claro que allí comienza, pero si allí queda, queda enana, queda en el asentimiento de lo que me dijeron…La fe joánica es una fe de águila, es una fe que ve, una fe que ante la Eucaristía presente sobre el altar, percibe con esa conjunción de todos sus sentidos armonizados, recogidos, recogidos en una sola experiencia, ve a Cristo, y por eso Él, pero con Él, en esa empatía, en ese contagio posible con Él, nosotros también tenemos que poder decir, a los pies del Señor, ante la presencia del Señor, lo que estamos viendo, lo que estamos escuchando, lo que estamos palpando de su Palabra de Vida y eso… eso es experiencia nuestra y eso lo anunciamos al mundo…

                Y así nace el apostolado cristiano, el genuino apostolado cristiano, que no se pone a punto con cursitos vidriosos de tecnicaturas, para modular mejor o para generar carteles más luminosos, se pone a punto en la medida en que esta experiencia es auténtica, en que esta experiencia es realmente la manifestación y la expresión testimonial de un encuentro real.

                Yo lo he visto, yo lo he oído, yo lo he tocado con mis manos, yo he sido rescatado del fango por Él…’Yo, Juan’, como dice el apóstol…No es subjetivismo, no es autoreferencialismo, es hacer testimonio…es hacerse cargo de un testimonio, es hacerse cargo del cristianismo… ‘Ah no, a mí me lo contaron, me lo contó mi abuela y bueno, yo lo repito, capaz que sea…’ El peso de ese ‘Yo, Juan’ debe poder ser el peso testimonial de cada uno de nosotros, pero sería una impostación si no fuera realmente el resultado de una experiencia visual…

                Que Juan nos conceda a todos y a cada uno pasar de la fe apuesta a la fe experiencia, a la fe certeza. Ante la Eucaristía, ante el Evangelio abierto, ante la presencia interior del Señor, palparlo, no en una sensiblería barata, no en una experiencia meramente sensorial. No. En una experiencia sobrenatural, pero donde justamente el paso de la gracia por todas las potencias humanas, las transforma para más, no para menos, las transforma para que ellas mismas, nuestra contextura humana, sea capaz de verlo y de confesar al Dios visto y oído y palpado con nuestras manos… 

                Que Juan el águila, que Juan el trueno de Dios, que Juan el amado, el dilecto del Maestro, que Juan el joven, nos contagie todo esto. La certeza de Jesús para poder anunciar, gritar al mundo como truenos, que el Señor se hizo carne, que el Señor nos ha cambiado la vida, que el Señor vive. Y que si Él vive, eso nos basta”.

                               Desgrabación homilía del P. Diego de Jesús.


25 de diciembre de 2016

DE LA MARAVILLOSA LENGUA ESPAÑOLA

AL NACIMIENTO DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR
De unos sonetos clásicos españoles, que maravillan por su calidad literaria y su profundidad espiritual. Joyita de la gramática española



Pender de un leño, traspasado el pecho,
y de espinas clavadas ambas sienes,
dar tus mortales penas en rehenes
de nuestra gloria, bien fue heroico hecho;
pero más fue nacer en tanto estrecho,
donde, para mostrar en nuestros bienes
a dónde bajas y de dónde vienes,
no quiere un portalillo tener techo.
No fue ésta más hazaña, oh gran Dios mío,
del tiempo por haber la helada ofensa
vencido en flaca edad con pecho fuerte
(que más fue sudar sangre que haber frío),
sino porque hay distancia más inmensa
de Dios a hombre, que de hombre a muerte.
Luis de Góngora y Argote


24 de diciembre de 2016

GLORIA IN EXCELSIS DEO

DIOS SE ENCARNÓ DE MARÍA VIRGEN 

Y SE HIZO HOMBRE


Y apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:
«¡Gloria a Dios en las alturas,
y en la tierra, paz a los hombres amados por Él!»
(Lc. 2,13)




El contrapunto 
entre `el cielo y la tierra` 
del angélico canto 
del “Gloria in excelsis Deo” 
es el cántico que identifica la Navidad: DIOS SE HACE HOMBRE en la plenitud de los tiempos.

Y es la salutación propia del día de Navidad

NOCHE ANUNCIADA, NOCHE DE PAZ

LA NOCHE-BUENA
En la noche más larga, más intensa y más negra del hemisferio norte, brilla la Luz de la plenitud de los tiempos.

¿Acaso no es “lo nocturno” la figura universal -en todas las culturas de la historia del Hombre y en el inconsciente colectivo de todos los tiempos-  de lo tenebroso, de lo sombrío, de lo lúgubre, y hasta de lo malicioso y perverso?

Ciertamente, la noche es el ícono de lo vaciado de sentido, de lo carente de luz, de lo desamparado de rumbo. En la noche no se ve por dónde va el camino. En la noche todos los colores se llaman a silencio y viran su belleza diurna al lapidario negro. En la noche todo es inseguro. No sólo los otros, sino hasta la propia malicia parece hallar en la noche su mejor aliado. La traición -como la de Judas- es nocturna. La noche es soledad. La noche es tristeza. La noche es muerte, pues nada de lo que vive, vive sin luz.

Y el cristianismo, no en un rapto de pasión, sino con la serena constancia de dos mil años y varios más, insiste sin verborragia: “la noche es buena”. Y no conforme con acercar dos términos tan irreconciliables, arremete en su intrepidez, aguanta el fogonazo y acuña la palabra más paradojal que el habla humana podía osar pronunciar; la noche no sólo es buena: hay Nochebuena. Y esta es nuestra fiesta.

Acá no media ningún malentendido: lo que esta religión pregona es que la noche es buena en su sentido raso: hace bien. Ser débil: hace bien. Ser frágil: hace bien. Andar a tientas: hace bien. Palpar la inseguridad: hace bien. Mis límites: me hacen bien. Mis carencias me dignifican. Mis límites no son muñones sino la plenitud de mi pequeñez. Y mientras la muy brillante ‘cultura de las luces’, en su desorientado vaivén, pendula del pesimismo al exitismo, la noche, más profunda que el día, con sus ojos negros, me nombra con amor por mi nombre más propio y me arropa con la opaca luz de mi verdad: eres pura carencia, puro hondón; tu negrura es tu hermosura".

Nochebuena es la fiesta del no-ver, del no-saber. Fiesta de la intemperie. Celebración de la fragilidad. Es la fiesta de un credo que se empecina en anunciarle al mundo que la mansedumbre vale más que la violencia, el silencio más que la elocuencia, el límite más que la destreza, la pequeñez más que la grandeza. Es la fiesta de un credo empecinado en hacer apología de la vulnerabilidad.

Por eso 24 de diciembre. Difícil era saber la fecha exacta del censo mandado por el César. Pero la fecha es de una precisión irreemplazable: es el solsticio de invierno. El día más corto del hemisferio norte. La noche más larga, más intensa, más negra: esa es nuestra fiesta. 

Por eso el pesebre y un parto a intemperie. Por eso un niño envuelto en debilidad. Por eso una virgen asustada y un José desconcertado. Por eso harapientos peregrinos que llegan a tientas y a ciegas sin saber ni a dónde están llegando. Sin alharaca. Sin lustre ni palabra.

Y en el silencio de la noche, de la medianoche, con callada elocuencia, una estrella anuncia la buena noticia que como un eco recorre la noche de todos los tiempos y se arremolina a la puerta de todos los corazones de la historia: bienaventurados los vulnerables, porque de ellos es el arte de amar. Y con más o menos conciencia, más o menos fe, más o menos convicción, al dar las 12, es decir, cuando lo nocturno llega a su ‘cenit’, a su punto más oscuro, todos levantamos nuestra copa y en secreta complicidad celebramos la fiesta más ‘loca’ de la Historia de las Civilizaciones: ¡feliz navidad!, ¡feliz de ti, que eres frágil!, ¡feliz en tu carencia, pues sólo ella te abre a la Salvación! Creyente o incrédulo, practicante o indiferente: tu necesidad te abre a lo salvífico; tu gemido interior te ha hecho orante; tu noche te ha hecho bien. 

Un Niño envuelto en pañales, con llanto de frío y hambre, nos bendice en la penumbra. Y su diminuto rostro moreno revela y oculta los rasgos de la aurora... ¡Feliz Nochebuena!"
P. Diego de Jesús


22 de diciembre de 2016

EN NOCHEBUENA: NO SE PUEDE VIVIR SIN EL MISTERIO

NOSTALGIA DE DIOS


Quien aún está vivo en la eterna y dulce sed de la nostalgia, reconoce en cada Nochebuena y su Pesebre el regalo más impensable de Dios.


     En su prefacio a “Nostalgia de Dios” de P. van der Meer, decía el vehemente y sufrido León Bloy: 

        “Se puede vivir sin pan, sin vino, sin techo, sin amor, sin felicidad; mas no se puede vivir sin el Misterio. La naturaleza humana lo exige.

        ¡Ah! bien sé yo que hay muchos animales llamados racionales que parecen haber vivido sesenta u ochenta años, y a los que un día se les lleva al cementerio sin que jamás hayan logrado salir de la nada. Muchos de ellos hasta han sido famosos e
n su viaje “del útero al sepulcro”. Es considerable el contingente que ofrecen la Sorbona, la Academia, el Parlamento. Distinguida multitud que ignora el tormento del Misterio. Hombres que se contentan con las realidades aparentes y para quienes no existe todo lo demás”...

        Y hay otros, perseguidos por el tormento del Misterio, a los que nada los alienta en esta noche de los significados en el mundo, sino la poética del cofre sepultado en el fondo del insondable océano, el encanto de la penumbra en los bosques cuando se filtra la luz en la espesura, el ancho mundo prometido detrás de la rendija apenas entreabierta de una puerta de ropero, la posibilidad, una entre mil, de que se abra la cortina de niebla en este teatro de formas y figuras, y emerja el esplendente Rey del Sentido alumbrando todas las cosas…

        Para estos inquietos y poco sedentarios atormentados, nostalgia y alegría se funden como una campana y su silencio…y es la Nochebuena, la encendida paradoja de paradojas entre lo pequeño y lo inmenso, entre el inconmensurable Señor de las galaxias y un vulnerable llanto recién nacido, entre la noche más larga y fría del invierno y la milagrosa lumbre destellando amanecida, un ¡establo de misterios…! 

        Quien aún está vivo en la eterna y dulce sed de la nostalgia, reconoce en cada Nochebuena y su Pesebre el regalo más impensable de Dios: una grieta, una hendidura en la cerrada oscuridad de la Noche por la cual caer de bruces al inconcebible manantial de la Belleza: el Amor está naciendo…


17 de diciembre de 2016

EXCLAMACIÓN FINAL DEL ADVIENTO: RORATE COELI!

CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

RORATE COELI ¡(Que destile el cielo...!)



¡DESTILEN LOS CIELOS EL ROCÍO DESDE LO ALTO,
Y QUE LAS NUBES DERRAMEN LA JUSTICIA!
¡QUE SE ABRA LA TIERRA Y PRODUZCA LA SALVACIÓN
Y QUE GERMINE LA JUSTICIA!
(IS. 45,8)


La antífona antiquísima –tomada del Libro del Profeta Isaías, en este último domingo antes de Navidad- prorrumpe en una exclamación de la Creación ante la expectativa de la salvación.


El rocío al que alude es imagen de la venida del Salvador, que viene suavemente, sin grandes portentos, en la humildad de la carne.

Y, otra vez, en este tiempo se hace el contrapunto entre:

- cielo / tierra,

- entre la justicia de lo Alto / y la justicia que germina desde el suelo.


La misma antífona en latín dice:


RORATE COELI, DESUPER ET NUBES
PLUANT IUSTUM
APERIATUS TERRA

ET GERMINET SALVATOREM.

16 de diciembre de 2016

ADVIENTO: BUSCAR EL PRIMADO DE DIOS EN NUESTRAS VIDAS

LA VERDAD NO ADMITE COMPONENDAS

El testimonio martirial de San Juan Bautista 
de fidelidad íntegra a Cristo



AUDIENCIA GENERAL DE BENEDICTO XVI
Castelgandolfo 
Miércoles 29 de agosto de 2012

          Este último miércoles del mes de agosto se celebra la memoria litúrgica del martirio de san Juan Bautista, el precursor de Jesús. En el Calendario romano es el único santo de quien se celebra tanto el nacimiento, el 24 de junio, como la muerte que tuvo lugar a través del martirio. La memoria de hoy se remonta a la dedicación de una cripta de Sebaste, en Samaría, donde, ya a mediados del siglo IV, se veneraba su cabeza. Su culto se extendió después a Jerusalén, a las Iglesias de Oriente y a Roma, con el título de Decapitación de san Juan Bautista. En el Martirologio romano se hace referencia a un segundo hallazgo de la preciosa reliquia, transportada, para la ocasión, a la iglesia de San Silvestre en Campo Marzio, en Roma.

      Estas pequeñas referencias históricas nos ayudan a comprender cuán antigua y profunda es la veneración de san Juan Bautista. En los Evangelios se pone muy bien de relieve su papel respecto a Jesús. En particular, san Lucas relata su nacimiento, su vida en el desierto, su predicación; y san Marcos nos habla de su dramática muerte en el Evangelio de hoy. Juan Bautista comienza su predicación bajo el emperador Tiberio, en los años 27-28 d.C., y a la gente que se reúne para escucharlo la invita abiertamente a preparar el camino para acoger al Señor, a enderezar los caminos desviados de la propia vida a través de una conversión radical del corazón (cf. Lc 3, 4). Pero el Bautista no se limita a predicar la penitencia, la conversión, sino que, reconociendo a Jesús como «el Cordero de Dios» que vino a quitar el pecado del mundo (Jn 1, 29), tiene la profunda humildad de mostrar en Jesús al verdadero Enviado de Dios, poniéndose a un lado para que Cristo pueda crecer, ser escuchado y seguido.

        Como último acto, el Bautista testimonia con la sangre su fidelidad a los mandamientos de Dios, sin ceder o retroceder, cumpliendo su misión hasta las últimas consecuencias. San Beda, monje del siglo IX, en sus Homilías dice así: «San Juan dio su vida por Cristo, aunque no se le ordenó negar a Jesucristo; sólo se le ordenó callar la verdad» (cf. Hom. 23: CCL122, 354). Así, al no callar la verdad, murió por Cristo, que es la Verdad. Precisamente por el amor a la verdad no admitió componendas y no tuvo miedo de dirigir palabras fuertes a quien había perdido el camino de Dios.

       Vemos esta gran figura, esta fuerza en la pasión, en la resistencia contra los poderosos. Preguntamos: ¿de dónde nace esta vida, esta interioridad tan fuerte, tan recta, tan coherente, entregada de modo tan total por Dios y para preparar el camino a Jesús? 

       La respuesta es sencilla: de la relación con Dios, de la oración, que es el hilo conductor de toda su existencia. Juan es el don divino durante largo tiempo invocado por sus padres, Zacarías e Isabel (cf. Lc 1, 13); un don grande, humanamente inesperado, porque ambos eran de edad avanzada e Isabel era estéril (cf. Lc 1, 7); pero nada es imposible para Dios (cf. Lc 1, 36). El anuncio de este nacimiento se produce precisamente en el lugar de la oración, en el templo de Jerusalén; más aún, se produce cuando a Zacarías le toca el gran privilegio de entrar en el lugar más sagrado del templo para hacer la ofrenda del incienso al Señor (cf. Lc 1, 8-20). 

        También el nacimiento del Bautista está marcado por la oración: el canto de alegría, de alabanza y de acción de gracias que Zacarías eleva al Señor y que rezamos cada mañana en Laudes, el «Benedictus», exalta la acción de Dios en la historia e indica proféticamente la misión de su hijo Juan: preceder al Hijo de Dios hecho carne para prepararle los caminos (cf. Lc 1, 67-79). Toda la vida del Precursor de Jesús está alimentada por la relación con Dios, en especial el período transcurrido en regiones desiertas (cf. Lc 1, 80); las regiones desiertas que son lugar de tentación, pero también lugar donde el hombre siente su propia pobreza porque se ve privado de apoyos y seguridades materiales, y comprende que el único punto de referencia firme es Dios mismo. 

      Pero Juan Bautista no es sólo hombre de oración, de contacto permanente con Dios, sino también una guía en esta relación. El evangelista san Lucas, al referir la oración que Jesús enseña a los discípulos, el «Padrenuestro», señala que los discípulos formulan la petición con estas palabras: «Señor enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos» (cf. Lc 11, 1).

      Queridos hermanos y hermanas, celebrar el martirio de san Juan Bautista nos recuerda también a nosotros, cristianos de nuestro tiempo, que el amor a Cristo, a su Palabra, a la Verdad, no admite componendas. La Verdad es Verdad, no hay componendas. La vida cristiana exige, por decirlo así, el «martirio» de la fidelidad cotidiana al Evangelio, es decir, la valentía de dejar que Cristo crezca en nosotros, que sea Cristo quien oriente nuestro pensamiento y nuestras acciones.

      Pero esto sólo puede tener lugar en nuestra vida si es sólida la relación con Dios. La oración no es tiempo perdido, no es robar espacio a las actividades, incluso a las actividades apostólicas, sino que es exactamente lo contrario: sólo si somos capaces de tener una vida de oración fiel, constante, confiada, será Dios mismo quien nos dará la capacidad y la fuerza para vivir de un modo feliz y sereno, para superar las dificultades y dar testimonio de él con valentía.

       Que san Juan Bautista interceda por nosotros, a fin de que sepamos conservar siempre el primado de Dios en nuestra vida.