Semillas en el ciberespacio desde la mística de la A.C.

13 de septiembre de 2015

EL DULCÍSIMO NOMBRE DE MARÍA VIRGEN

12 DE SEPTIEMBRE
EL SANTO NOMBRE DE MARÍA
Memoria Litúrgica

(En España se conoce esta Memoria con el nombre de:
 el DULCÍSIMO NOMBRE DE MARÍA)

Historia de esta fecha, que tiene más de 400 años, y que recuerda un hecho histórico transcendental para la vida de Europa: LA BATALLA DE VIENA.



Fresco del ábside de la Basílica de la Natividad de la Virgen María, en Esperanza, Santa Fe, Argentina, que muestra el momento del nacimiento de la Madre de Dios, que está en brazos de su padre, San Joaquín, en tanto su madre, Santa Ana, reposa luego del parto y dos ángeles custodian la cuna con azucenas en sus manos, que expresan la Inmaculada Concepción



San Juan Pablo II con la tercera edición típica del Misal Romano (2002) decidió reincorporar en el Santoral católico la Memoria del Santo Nombre de la Virgen María.

Nunca lo sabremos, pero no parece descabellado que pesase en el alma del Papa santo la ausencia de una advocación muy ligada a la historia de su pueblo, Polonia.

Y es que la fiesta del Santo Nombre de María se extendió a toda la Iglesia por decisión de Inocencio XI, en 1683, en reconocimiento a la protección de la Virgen sobre las tropas cristianas que habían liberado Viena del sitio turco, en una de las batallas más trascendentales de la historia de la humanidad.

Los otomanos avanzaban sobre Europa, la coalición católica estaba desunida. El rey francés quería sacar tajada del asunto y apoyaba al turco. Juan (Jan III) Sobieski, rey de Polonia, decidió liderar la coalición, abandonando su patria marchó al mando del ejército. Al llegar a Viena los turcos doblaban a los cristianos. El enviado papal, Marco D’Aviano, consiguió unir a todo el ejército bajo el mando del rey polaco.

El 12 de septiembre de 1683, a primerísima hora, D’Aviano celebró misa a la que asistió Jan Sobieski, en las ruinas del convento camaldunense. Al terminar comenzó el ataque contra los turcos, la brutal carga de la caballería polaca con su rey al frente hizo concluir la batalla. En 30 minutos, Sobieski había desecho al ejército turco que batía en retirada. Mandó enviar al Papa las noticias de la victoria que comenzaban cambiando las palabras de Julio César por «veni, vidi, Deus vici».

Polonia había salvado al mundo. Y fue San Juan Pablo II quien beatificó a Marco D’Aviano en 2003.

Con la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II se había eliminado esta memoria del SANTO NOMBRE DE MARÍA, que el Papa Juan Pablo II restituyó en el año 2002.


Oración colecta de la Misa del Santo Nombre de María:

 Concédenos, Dios todopoderoso,
que la bienaventurada Virgen María,
nos obtenga tu misericordia
a quienes celebramos su glorioso Nombre
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios, por los siglos de los siglos.




Icono de San Joaquín, Santa Ana y la Virgen Niña.



11 de septiembre de 2015

LA NATURALEZA TEOLÓGICA DE LA LITURGIA

     

LA GRANDEZA DE LA SAGRADA LITURGIA

No es un ceremonial decorativo, ni sólo un rito externo y sensible, ni un conjunto de rúbricas o una reunión social.

Conocer los principios de la Sacrosanctum Concilium es esencial para apreciar la verdadera naturaleza de la Liturgia.




     Para conocer y apreciar la grandeza de la Liturgia, y entenderla con las distintas dimensiones que se dan en ella, hay que establecer bien los principios teológicos que dan las claves de su comprensión. Muy probablemente, el desconocimiento de estos principios es lo que ha provocado el “desastre” y la anarquía en la Liturgia, de la que tantos fieles y sacerdotes se quejan y sufren. Entre otros ejemplos de la actualidad mencionamos los siguientes deformaciones:

1.- Entender que es expresión de fe del grupo o asamblea celebrante y, por tanto, el grupo es dueño de la Liturgia y la cambia para expresarse mejor;

2.-  Entenderla como mero encuentro festivo o sentimental, por lo que se favorece la emotividad, lo sensible, y el mejor calificativo para este tipo de Liturgia es que “fue muy emotiva”, “unas palabras muy emocionantes”;

3.- O también vivirla con un exceso de antropocentrismo, poniendo al hombre en el centro, haciéndolo protagonista: el sacerdote parece más bien un showman, micrófono en mano, que debe divertir y entretener; multiplicación de personas que suben y bajan del presbiterio (para muchas moniciones, un lector para cada petición, una larguísima procesión de ofrendas, un aplauso para no sé quién, etc.);

4.-    O quienes, como los reformadores luteranos, entienden que lo importante de la Liturgia es la predicación, la catequesis y la enseñanza, lo didáctico, la ilustración moral, no la santificación, el culto a Dios y el sacrificio espiritual. De ahí se deriva el verbalismo-verborrea: mientras que las oraciones y textos litúrgicos se rezan como un mero trámite, rápidamente, sin entonación ni sentido, el tiempo se detiene para la larguísima homilía de tipo moralista, y para las otras mini-homilías pesadas del sacerdote a lo largo de la Misa (antes del Padrenuestro, antes de la bendición final), así como moniciones amplias al inicio de la Misa, a cada lectura, etc… Se piensa que la Liturgia es, simplemente, catequesis, formación, para adoctrinar a los fieles y lo demás es mera envoltura sin importancia;

5.-  Y no falta quienes ven en la Liturgia un espectáculo estético, vacío, formal, bellísimo; no incide en sus vidas, ni saben rezar con la Liturgia y en la liturgia, pero la preocupación única en ciertos ambientes es el número de candelabros de plata, en perfecta simetría, o los exornos florales aunque estorben el paso o la visión del altar, o se suprima la sede, o el ambón sea un simple atril discreto para que luzcan otros elementos (como una imagen presidiendo)…

       Todas estas deformaciones tienen un punto en común, por muy diferentes que luego sean en sí, y es considerar la Liturgia como algo externo, un culto manipulable de una manera u otra [1].

       Todos estos comportamientos, tan erróneos, obedecen a la buena voluntad pero carecen de un conocimiento real de la Liturgia, les falta descubrir la naturaleza teológica de la misma Liturgia.



     Es necesario acudir a la Constitución  Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II, que dedica un apartado, en el capítulo I, a la “naturaleza de la sagrada Liturgia y su importancia en la vida de la Iglesia”, para clarificar estas deformaciones. ¿Se estudia esta Constitución y se leen sus principios? ¿O todo el mundo habla del “espíritu del Concilio”, de lo que “el Concilio dijo que la liturgia fuera así o así”, sin haberla leído e inventándolo todo? Parece, nos tememos, que lo que ha pasado es la segunda opción.

            Para una buena formación en materia litúrgica, sea como asignatura, sea como estudio en Catequesis, hay que asumir las directrices que esta Constitución marca y se verá con nuevos ojos, y con más respeto y unción, la realidad de la Liturgia.

    Cuando se expone e ilustra la doctrina de la Constitución Sacrosanctum Concilium [2] muchos lo oyen y lo ven por vez primera, ¡aunque nunca se les cae el Vaticano II de la boca!, porque que no lo han leído…

a)      Hay que explicar la verdadera naturaleza de la Liturgia que nos abre un nuevo panorama: “justamente es tenida como ejercicio del sacerdocio de Jesucristo; en ella, por medio de signos sensibles, se significa y, de un modo peculiar a cada uno de ellos, se realiza la santificación del hombre, y por el Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, por la Cabeza y sus miembros, se ejerce el culto público íntegro” (SC 7). ¡Cuánto se dice en tan pocas palabras!

b)      El centro de la Liturgia, y lo que le confiere capacidad de santificación, no somos nosotros, los hombres, o el grupo que celebra, sino el misterio pascual del Señor. De nuevo, Cristo es el centro. El misterio pascual es la pasión, resurrección y ascensión del Señor, que se celebra en la liturgia (cf. SC 6), más aún, que se hace realmente presente y actual en la Liturgia, y “del cual toman su virtud todos los sacramentos y sacramentales” (SC 61). La fuerza de la Liturgia no está en lo que nosotros inventemos o hagamos, sino en el mismo Misterio pascual de Jesucristo. ¡Ay si lo tuviéramos claro!

c)      La Liturgia ocupa un lugar en la historia de la salvación: es el acto salvador de Dios aquí y ahora. La historia de la salvación llega a nosotros y nos toca por medio de la liturgia. “Los prodigios divinos obrados en el pueblo de la Antigua Alianza prefiguraban” la obra de la salvación en Cristo (SC 5). Cristo Jesús, encarnado, realizó la salvación plenamente por su misterio pascual. La Iglesia reconoce esta obra de salvación contenida y comunicada hoy por la Liturgia, ya que en la Liturgia se halla presente su Redentor de un modo particular (cf. SC 6-7).

d)     Pero la Liturgia incluye una perspectiva escatológica. No se encierra en este mundo, pensando sólo en transformar materialmente el mundo o en un mero progreso social. La Liturgia terrena anticipa la Liturgia del cielo, es como una copia imperfecta y terrena de la liturgia celestial, donde Dios es perfectamente glorificado, como narra el Apocalipsis. La Liturgia de la Iglesia hoy es un trocito de cielo, “el cielo en la tierra” [3], y así debe mostrarse en su dignidad, en la forma de celebrar, cantar y adorar con los ángeles y los santos. ¡Una antesala del cielo! ¿Pero seguro que esto es doctrina del Vaticano II? ¡Si no se oye nunca! Pues sí lo es:

“En la Liturgia terrena pregustamos y tomamos parte en aquella Liturgia celestial, que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos, y donde Cristo está sentado a la diestra de Dios como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero, cantamos al Señor el himno de gloria con todo el ejército celestial; venerando la memoria de los santos esperamos tener parte con ellos y gozar de su compañía; aguardamos al Salvador, Nuestro Señor Jesucristo, hasta que se manifieste Él, nuestra vida, y nosotros nos manifestemos también gloriosos con Él” (SC 8).

¡Cómo han cultivado este aspecto las Liturgias orientales!: el arte de las iglesias, el santuario, luces y velas, el incienso, inclinaciones, cantos y troparios fijos por fiesta y domingo, ornamentos litúrgicos bellísimos… ¡el cielo en la tierra! Y, por el contrario, ¡cuántas celebraciones nuestras son más parecidas a una fiesta de cumpleaños infantil que al cielo en la tierra!


e)      Hay que explicar cómo la Liturgia se sirve de signos sensibles para indicar realidades divinas invisibles y que por medio de ellos, Dios realiza la santificación de los hombres (cf. SC 7. 33). Estos signos sensibles (agua bautismal, santo crisma, pan y vino eucarísticos, imposición de manos…) deben ser explicados según la Revelación y la Tradición, realizados amplia y expresivamente, sin necesidad alguna de añadir símbolos inventados.

f)       En la Liturgia se entrecruzan siempre dos dimensiones: ascendente y descendente; desde Dios a los hombres para realizar nuestra santificación, y desde los hombres a Dios para prestarle adoración en espíritu y verdad (cf. SC 5-7). Sí, sí, la liturgia es adoración a Dios… y sí, el culto en espíritu y verdad se da en la liturgia y se prolonga luego en la vida cotidiana. Pero su raíz es la liturgia misma.

g)      Por último, es verdad que no todo en la Iglesia es la Liturgia y que la vida eclesial es mucho más que ella. La Liturgia no agota toda la acción de la Iglesia; pero posee una gran importancia y centralidad que ni debe ocultarse ni desaparecer, a tenor de lo que afirma el Concilio Vaticano II: “es el culmen hacia el cual tiende dicha acción y, a la vez, la fuente de donde brota toda su virtud” (cf. SC 9-13). Es decir, la Liturgia es “fons et culmen”, fuente y culmen, de la vida de la Iglesia.


          Los principios que sustentan la Liturgia expuestos en la Sacrosanctum Concilium son fijos e invariables. Explicarlos constituye una buena base para entender la Liturgia.

Javier Sánchez Martínez, pbro.



[1] Ya el Siervo de Dios Pío XII escribió: “No tienen, pues, noción exacta de la sagrada Liturgia los que la consideran como una parte sólo externa y sensible del culto divino o un ceremonial decorativo; ni se equivocan menos los que la consideran como un mero conjunto de leyes y de preceptos con que la jerarquía eclesiástica ordena el cumplimiento de los ritos” (Mediator Dei, 38).

[2] FLS, Apéndice, n. 9.

[3] Juan Pablo II; Carta Orientale Lumen, n. 11.

7 de septiembre de 2015

EN EL AÑO DE LA VIDA CONSAGRADA: 140 AÑOS DE LA FUNDACIÓN DE LA SVD

8 de septiembre de 1875
FUNDACIÓN DE LA SVD  - 140 años



Los Misioneros del Verbo Divino, también conocidos como SVD (latín: Societas Verbi Divini) son una congregación religiosa católica con más de 9000 integrantes trabajando en 67 países del mundo.
La Congregación del Verbo Divino fue fundada por San Arnoldo Janssen el 8 de septiembre de 1875 en Steyl, un pequeño pueblo de Holanda, en las cercanías de la frontera con Alemania.


San  Arnoldo Janssen



Casa madre de la SVD en Steyl, Holanda, a orillas del río Mosa
Con la imponente Iglesia de San Miguel

El objetivo de Janssen con su fundación era el de hacer participar a los católicos de habla alemana en la obra misionera de la Iglesia católica. El conflicto político-religioso impedía la fundación en suelo alemán. Fue así como surgió la primera casa misional en el vecino territorio holandés.
El 2 de marzo de 1879, Arnoldo Janssen entregaba la cruz misional a los dos primeros misioneros: José Freinademetz y Juan Bautista Anzer. Ambos fueron destinados a China.


San José Freinademetz svd, misionero en la China

La vida le alcanzó a Janssen para ver cómo los misioneros del Verbo Divino dilataban su radio de acción: Argentina, Togo, Brasil, Nueva Guinea, Chile, Estados Unidos, Japón.

Santos Patronos de la SVD
San Andrés Apóstol, San Agustín, San Joaquín, San Juan Evangelista
San Vicente de Paúl, San Gregorio magno, San Pedro y San Pablo y Santa Ana
Medallones en la Basílica porteña del Espíritu Santo

El celo apostólico del Padre Janssen lo impulsó a fundar el 8 de diciembre de 1889 una Congregación de Hermanas Misioneras, con el nombre de Congregación de las Siervas del Espíritu Santo (SSpS).

El trabajo sin el apoyo de la Oración, era para él un activismo superficial y por ende infecundo. Por ello, el 8 de diciembre de 1896, fundó también la Congregación de las Siervas del Espíritu Santo de la Adoración Perpetua (SSpSAP).

En la ciudad de Buenos Aires la Congregación del Verbo Divino ha levantado y sostiene el Colegio Guadalupe y la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe (Basílica del Espíritu Santo) en Palermo.





6 de septiembre de 2015

FIDES EX ÁUDITUS

EFFATÁ, SHEMMÁ
¿Y cómo oír hablar de Él, si nadie lo predica?
Rom. X, 14
Reflexión del Monasterio argentino del Cristo Orante en relación al texto evangélico de la curación del sordomudo (Mc. VII, 31-37)
Comienza con la travesía de Cristo y los Doce desde Tiro hacia Sidón, cercano el monte Hermón, hasta llegar al Mar de Galilea, relatando las maravillas de la naturaleza en esta región de la Palestina y las lecciones del discipulado, hasta llegar al milagro del Effatá.

Monte Hermón en Tierra Santa, de 2814 metros de altura, situado en la frontera de tres actuales países: Israel, Líbano y Siria, entre Sidón y Tiro

— Temprano, bien temprano habrá que arrancar mañana, si queremos llegar a remontar el río Leontes y dormir en las altas cumbres —avisó el Señor a los Doce.

— “Al que madruga, Dios lo ayuda” —aportó Bartolomé, con ingenuo candor, sin sospechar que el piadoso dicho popular no caía bien al Maestro.

— ¡Dios ayuda al que madruga y antes, y más, ayuda a madrugar! —fulminó Cristo con ojos encendidos.
Largo y sinuoso sería el viaje. Pero prometía belleza como pocos. 
Harían más de cien kilómetros, y el plan del itinerario preveía consumir para ello dos jornadas, y tal vez algo más.

Aún estaba oscuro cuando salieron los trece, muy de madrugada, a paso firme, de la todavía dormida Sidón.

El camino bordeaba el Mar Mediterráneo, aunque —según los recovecos topográficos— se alejaba o acercaba a la costa. Inmensos cedros del Líbano escoltaban el minúsculo sendero, ofreciendo a los silenciosos caminantes una suerte de Guardia de Honor de mudos gigantes que secretamente se arqueaban ante el paso hidalgo del Verbo Eterno en Quien todo fuera hecho y en cuyo Decir todo conservaba consistencia en el ser. 

El grueso alfombrado de pinocha hacía el andar más misterioso aún, casi mudo. 

Sólo parecía atreverse a desafiar el Silencio del Cristo de camino, el impertinente rugir del Mar Grande, rompiendo con violencia contra los peñascos fenicios. Parecía el chirrear del averno iracundo y desesperado por el “hasta aquí llegaste” de la Voz de Dios, que con Carne palestina, camina el Mundo, muy de madrugada, bajando de Sidón hacia Tiro, a punto de decirle al sol: ¡amanece!
Y amanece en Palestina.

Desde atrás del Monte Hermón asoma con tímida sumisión la primera claridad.

Y el Maestro se detiene. Y con Él, todos... y todo.

La primavera, explosiva, despliega —modestamente primero; luego, desinhibida— uno por uno sus encantos: aromas, colores, trinar de pájaros, brisas meciendo cedros y sicómoros... y el Verbo, el Cristo, muy de pie, cual director de orquesta ante el ensayar desordenado de todos los músicos, sube a su tarima —un descuajado cedro— y entona Su prístino Shemmá Israel.

Como armónicos reverberantes, la orquesta entera responde: Tú eres nuestro Rey; Tú afirmaste el orbe, lo hiciste inconmovible. El Cielo se alegra, la tierra se regocija; retumba el mar y cuanto contiene; exulta el campo con todos sus frutos y gritan de júbilos los árboles del bosque...

Hacia el mediodía pasaron por Sarepta, aunque no entraron. El sol se había puesto fuerte. El Señor, que iba puntero, relojeó a Juan, el más chico, y al verlo empapado de calor, se detuvo. Comamos algo acá —avisó al grupo, apoyando la palma abierta de su mano sobre la cabeza del discípulo amado.

Entre la bruma del acaldado mezzogiorno, tras el candente polvaderal, se recortaba la antigua Sarepta de los cananeos.

— ¿Saben por qué Elías pudo hacer el milagro aquí y no en favor de las muchas viudas que habían en Israel?

— Porque nadie es profeta en su tierra —apuró Tomás.

— ¿Pero por qué? —insistió el Señor.

— Porque la familiaridad produce acostumbramiento —arremetió Andrés, esmerándose en mostrar que lo había atendido en la Sinagoga de Nazaret— y la costumbre impide el milagro, atonta la mente y la fe.

— Y atonta el amor —aportó Juan, tímidamente.

— Sí, sí. Han hablado bien —sentenció el Maestro—. La costumbre impide el milagro. Pero... ¿por qué?

Sólo se sentía el desganado chirrear de cigarras y chicharras y el afanoso mordisquear de los comensales. Y el sutil tremolar de polvo, nimbando la facalda siesta fenicia.

— Saben, —avanzó el Maestro— La costumbre impide el milagro porque obstruye la escucha. Ustedes, por ejemplo, no han sabido escuchar todo lo que se ha dicho desde que salimos de Sidón.

— ¡Pero si has andado la mañana entera taciturno y callado! —emprendió el flemático Pedro, experto en azuzar el avispero...

— La tierra entera ha cantado la Gloria de Dios y ustedes no supieron escuchar su voz. Y no escuchan, porque el acostumbramiento les ha pervertido el oído.

Ustedes oyen sin escuchar. Como miran sin ver. 

Porque oyen y miran demasiado. Hasta el embotamiento. 

Tienen atascado el oído de mil palabras y conceptos, que taponan el acceso de mi Voz a vuestro interior.

Un silencio señorial cubrió al puñado de harapientos amuchados bajo la sombra de unas añejas retamas en flor. Un par de tórtolas arrullaba lo suyo, mientras incansables abejorros disfrutaban del dorado dulzor de la retama.

Todos tenían los ojos fijos en Él. Y aunque poco Lo entendían (y cada vez menos), una curiosa habilidad o instinto habían logrado desarrollar en estos años: ante un timbre muy determinado del Maestro (que podía surgir en la coyuntura menos pensada) sólo cabía callar, mirarlo, y atenderlo.

—Sí; no hay mayor tragedia que esta: mi Voz no pudiendo llegar al interior del Hombre. 

Esa Voz que Es desde antes de que el Mundo fuera. 

Esa Voz que pensó este Cosmos y al decirlo le dio consistencia y lo dejó impregnado de su timbre, de su fraseo, de su modo de decir las cosas...

Esa Voz que habló por los Patriarcas y Profetas...

Esa Voz que dijo Amén al Proyecto salvífico del Padre y dijo “Aquí estoy” ya en el seno de este Mundo y Madre.

Esa Voz que revestida de carne, timbre y dicción vino para decirles: amen, perdonen, oren, confíen en el Padre, desenfoquen la paja ajena, disfruten del Don, acojan toda Noticia Buena, déjense salvar...

Esa Voz, que por divina es Omnipotente y Creadora; y por humana: pobre y humilde, débil y esclava. 

Esa Voz mendiga al umbral de todo oído humano el “hágase en mí Tu Palabra” sin el cual queda a la puerta sin pasar. Y con el cual, sin más, hace lo que dice. 

Esa Voz, cubierta del rocío de la espera, ha venido a salvarlos, pero ustedes no quieren recibirla.

Sarepta seguía allí, minúscula, a las espaldas del Maestro, fulgurando al ardor de la siesta palestina. Jesús, levantando los ojos hacia las tórtolas que –cual flautas barrocas- en su arrullar habían acompasado el intenso discurso, remató:

— Sólo se trata de eso: de escuchar esta Voz, hoy. Sin resistencias. 

—Hay que escuchar la Voz de Dios y poner en práctica lo escuchado —acotó Santiago, sacando agua del reservorio universal de la arrogancia humana. 

— Ay, Jacob, Jacob —embistió la encarnada Voz de Dios— sigues luchando contra el Ángel. Por eso, también de ti amanecerá un “Fuerte-contra-Dios”, que luchará hasta mi Retorno en favor de las “acciones” humanas de esta empresa divina.—Y con enérgico ademán se incorporó para retomar la marcha.

No bajarían hasta Tiro. Pues por allí habían subido desde Galilea. El Señor quería volver por la Decápolis, para lo cual había que ir internándose por caminos escarpados hasta atravesar la Región montañosa, donde seguramente los sorprendería la noche.

Y así hicieron.

Puntero de nuevo, ágil como un cervatillo, avanzaba el Señor a paso franco y firme. Hasta que el sol se puso, sugiriendo plegaria, comida y descanso.

Majestuoso atardecer, en bronces y cobres, entre los agrestes y abruptos peñascos. Tras las oraciones, Tadeo se encargó del fuego y Leví de disponer la cena. Inmensa luna completa, emergió solemne y silenciosa. Sólo se escuchaba, cada tanto, ese grito entrañable y seco con que los zorros confiesan secretas añoranzas. Clima ideal para que el Rabbí retomara la charla:

—Qué creen ustedes: ¿gasta muchas, medianas, pocas o ninguna energía la luna para alumbrarnos? —Nadie atrevió la respuesta. Pues era cantado que el asunto venía con trampa. El Señor prosiguió:

—Ninguna. Ella tan sólo recibe y refracta la luz ajena. Así ustedes han de ser alumbrados y alumbrar. Tampoco un sarmiento se esfuerza por producir uvas: recibe la savia de la cepa.

Yo Soy la Vid, Yo Soy el Sol.
Yo Soy Palabra y vosotros, silencio.
Yo soy la Voz; vosotros, el oído atento.

A vosotros no les “sale” vivir la Palabra, porque no les “entra” el Evangelio.

Quien se abra a mi Palabra, se salvará. Quien se cierre, ya está condenado.

A esto he venido al Mundo: a pronunciar una Palabra Viva y eficaz; cortante como espada de doble filo.

—Dinos cuál es esa palabra y eso nos bastará —apuró Felipe.
Y el Señor los miró. Uno por uno los miró. Cada rostro, alumbrado por el centellear del fuego, expresaba con intensidad el cansancio y la pobreza, la dolencia y la impotencia humana. Todos percibieron que al Maestro le había gustado el “pie” de Felipe y redoblaba tambores con mirada y sonrisa, antes de derramar el logos salvífico en el corazón de sus íntimos.

—Effatá —dijo con inmenso gusto, demorando cada sílaba—. ¡Ábrete! Ábrete, Hombre, al Poder de un Dios que quiere salvarte por Sí mismo. 
Ábrete y escucha, que lo demás vendrá por añadidura. 

Pronto el frío de montaña apretó. Y bien acuevados, durmieron todos... menos el Señor, ocupado en asuntos Paternos.
El día siguiente ofrecía un itinerario más bello aún: la bajada hacia el Mar de Galilea, acompañando el descenso lúdico y risueño de arroyos cantores, por verdosas y mullidas riveras... De lejos divisaron Cesarea de Filipo, donde tiempo atrás Simón mutara en Pedro... El inolvidable “¿Y ustedes quién dicen que soy?” reverberó una vez más sobre el corazón de cada uno. Larga y silenciosa travesía les consumió el día, gravitándolos hacia el precioso Kinéret (el lago más bajo del mundo) que divisado desde los cerros delataba mudo la razón de su nombre, con su perfecta forma de lira.

—El fondo del orbe es un líquido salmo de alabanza al Padre —pensó el Logos, pero sólo para sus abisales adentros.

Ya casi de noche, lograron llegar a Betsaida, sobre la orilla del sereno Mar de Galilea.

Fue entonces, tras el rezo del Shemmá, que Jesús retomó su enseñanza:
—Quiero explicarles el auténtico sentido del “Shemmá Israel” que todos repetimos desde niños dos veces al día. “Escucha Israel”, manda Dios.
¿Para qué?; ¿para que prestando atención a la larga nómina de normas, preceptos y mandatos que el Señor tu Dios te impone, procures ponerlos en práctica? 

No. Escúchalos: pues ellos hacen lo que dicen. 

Si tú los escuchas, si tú amas esa Voz y la alojas, se cumplirá en ti todo lo que el Señor tu Dios manda que se realice en ti. Como la oveja: si reconoce la voz de su pastor, la sigue; pues esta voz la imanta, la encanta, la puede.

—Ahora entiendo —intentó reivindicarse Santiago—: Tu Palabra hace lo que dice, es eficaz. Nuestra es la tarea por abrirnos a ella.
—¿Que ahora entiendes? —increpó el Señor— Ay, Iacobus. Sólo Yo puedo abrirte a Mi Palabra. Sin Mí nada puedes. Sin Mí sólo puedes la Nada.

Yo Soy el Paso y la Pascua; Soy el Camino y la Vida, Soy el Decálogo y el Ábrete.

Y tras un silencio remató: 

—El que reciba mi Effatá, escuchará Mi Voz y cumplirá mis mandatos.

En esto consiste el amor que me deben: en que alojen mi Palabra.

Y agregó luego: —Vayan hasta los confines del Mundo, y en mi Nombre, conjuren los oídos de todas las gentes, pronunciando con fuerza y poder el “Effatá” recibido. En esto consiste “enseñar a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28,20).

Y fue allí, a la mañana siguiente, a orillas del calmo Mar de Galilea, que el Señor completó con gesto elocuente, sus palabras de travesía. Ligándolas intrínsecamente.

Le llevaron para eso el Sordomudo que nos relata el evangelista. No son dos dolencias, como todos saben. Se es mudo porque se es sordo. Y eso no es más que parábola viviente de algo que no todos saben y muchos, aun sabiendo, olvidamos: se está impedido de vivir la Palabra como una rasa consecuencia de ser sordo, imposibilitado de una auténtica escucha. 
}
Porque no nos entra, no nos sale.
La oímos, pero no la escuchamos.
Si la escucháramos, no haría falta más para ser canonizados y entrar limpios al Cielo. Fides ex áuditu. La fe procede de la escucha; de escuchar la Palabra de Cristo (Rom X,17). Y por la fe somos salvos (Ef II,8).

Y fue así que el Logos Eterno, en Carne, tomó con firmeza al enfermo, y lo apartó. 

A solas con el sordo.

El Dedo divino —Llama de Fuego ardiente— avanza por el interior obstruido del miserable. Cerrazón —habrá pensado—: no hay técnicamente nombre más preciso para rotular el conflicto humano. Pétrea cerrazón. Punzada, estoqueada, horadada por el Fuego divino: Lanza, Flecha, Bastón que parte piedra para que emerja del prístino hondón el agua pura atascada.

Y las Aguas Eternas —¡Plasma divino, Vida trinitaria!— hechas saliva del Pantocrátor, tocan el interior del miserable, que recibe el exorcismo primordial: ¡Effatá! dijo el Señor en un estruendo que conmovió hasta los cimientos del orbe.

Bene omnia fecit, dijeron. Todo lo ha hecho bien. Y no tras hacer un racconto de todo cuanto había realizado, sino tras esta acción. Todo lo ha hecho bien pues este es el “Todo” en cuestión de la misión salvífica de Cristo: destrabar la sordera humana, para que el Hombre pueda irresistirse a la Palabra que salva. Y quedar salvo. 

De ahí que el asombro hiciera cumbre.
Desde entonces, inclinar el oído sobre la Sagrada Escritura, y llevarse a la boca las Bienaventuranzas no es afrontar a un Dios que me desafía, sino a un Dios que me convida la Salvación. El Evangelio no es un manual promotor de propósitos. Él es Propósito. Divino e infalible. Performativo. Es Jesús mismo, en el ejercicio indefectible y continuo de su propio Nombre: Dios-está-salvando.

No hay Noticia más Buena que este gerundio horadando a las puertas de mi sordera. 

Buena y promisoria, pues este gerundio es más poderoso que mi sordera.

Effatá mata cerrazón.


5 de septiembre de 2015

5 de SEPTIEMBRE: BEATA MADRE TERESA DE CALCUTA


    BEATA MADRE TERESA DE CALCUTA 

    Pedimos su intercesión por la paz en Medio Oriente y en Europa, a ella, que nació en Macedonia (antes Albania) hoy tierra de tránsito de miles de exilados sirios.

                                               




                                            
    Agnes Gonxha Bojaxhiu nació en 1910 en Skopje, entonces Albania y actual Macedonia. Murió el 5 de septiembre de 1997 (su "dies natali") en su amada Calcuta, India. 

    Cuando se hizo religiosa tomó el nombre de Teresa. Es la fundadora de las Misioneras de la Caridad.





    Decía de sí misma: “De sangre soy albanesa. De ciudadanía, india. En lo referente a la fe, soy una monja católica. Por mi vocación, pertenezco al mundo. En lo que se refiere a mi corazón, pertenezco totalmente al Corazón de Jesús”.
       
    Premio Nobel de la Paz en 1979.

    En estos tiempos tan turbulentos para los cristianos del Medio Oriente y para Europa, invocamos a la Madre Teresa: y le pedimos por sus coterráneos, para que puedan vivir con paz y dignidad en sus ancestrales tierras de origen, no teniendo que padecer el drama de la migración.



1 de septiembre de 2015

TRIVIALIZACIÓN DE LA MÚSICA SAGRADA: Un fenómeno muy extendido

LA MÚSICA EN LA SAGRADA LITURGIA

Incompatibilidad tanto del esteticismo elitista como del rock y el pop. Reflexión del cardenal Joseph Ratzinger.

¿Es un éxito pastoral dejarnos llevar por el vendaval de la cultura de masas?

La trivialización de la fe no es una nueva inculturación,
sino la negación de su cultura


Sigue estando bastante extendida la idea de que la liturgia debe adoptar el estilo musical que esté de moda o que guste más a los asistentes.

Un texto muy claro e interesante sobre ello es un extracto de un trabajo publicado en 1990 por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, con el título Premisas bíblicas para la música de Iglesia. La versión española que aquí se reproduce puede encontrarse dentro del libro Un canto nuevo para el Señor (ed. Sígueme, Salamanca, 1999).

Ratzinger detecta en nuestra época una suerte de esquizofrenia artística entre el pop, con su pretensión de ser la música “popular”, y un esteticismo elitista que sólo es aceptado por un público minoritario. Ambos son incapaces de cumplir con lo que se espera de la música en el culto a Dios.

Dado que el capítulo referente al elitismo de la música “culta” contemporánea es de interés sólo para un número reducido de lectores, me limito a reproducir aquí las reflexiones de Ratzinger sobre la música pop. 

Si el elitismo estético es incompatible con la misión de la música de la Iglesia, también lo es el pragmatismo pastoral que busca sólo el éxito.

Cuando en una conferencia anterior sobre “liturgia y música de Iglesia” señalaba yo la incompatibilidad del rock y el pop con la liturgia eclesial, alzaron la voz todos aquellos que se sentían obligados a demostrar una vez más su actitud progresista. Apenas he oído verdaderos argumentos al respecto.

Pero mis referencias valían fundamentalmente para la música rock, cuya oposición antropológica radical a la imagen del hombre y a la vocación cultural de la fe han aclarado ya otros detalladamente y con gran competencia. Sólo me referí al pop de pasada, y por eso mis palabras pudieron adolecer de cierta fundamentación.

El pop -lo dijimos ya-  pretende ser música popular frente a la música elitista. Y es comprensible la pregunta: ¿no es eso lo que necesitamos? ¿no ha sido siempre la Iglesia el hogar de la música popular? ¿no se ha renovado siempre su expresión musical a partir del suelo nutricio de la música popular?
Debemos ser rigurosos en el análisis. El pueblo al que se refiere el pop es la sociedad masificada.

La música popular en sentido originario, en cambio, es expresión musical de una comunidad sin fronteras, aglutinada por la lengua, la historia y el modo de vida, que elabora y configura sus experiencias por medio del canto: las experiencias hechas con Dios, las experiencias del amor y del sufrimiento, de nacimiento y muerte como participación en la naturaleza. Su modo de plasmación musical puede calificarse de ingenuo, pero viene de un contacto originario con las experiencias básicas de la existencia humana, y es por eso una expresión de la verdad. Su ingenuidad pertenece a ese modo de simplicidad que puede dar lugar a la grandeza.

La sociedad masificada es algo muy diferente de la comunidad de vida que sustentó la música popular en sentido antiguo y original. La masa como tal no conoce experiencias de primera mano, sino experiencias reproducidas y estandarizadas. Por eso la cultura de masas se orienta a la cantidad, a la producción y al éxito. Es una cultura de lo mensurable y lo vendible. En esa cultura se inscribe el pop. Es -como ha formulado Calvin M. Johansson (Music and Ministry. A Biblical Counterpoint, Peabody Massachusetts, 1984, pag. 50) - el espejo de lo que es esta sociedad: la materialización musical del kitsch.

Nos llevaría demasiado lejos glosar aquí los excelentes análisis de Johansson, a los que me remito expresamente. Se hace popular, en el sentido del pop, algo que tiene demanda.

Se fabrica pop en una producción industrial como se fabrica mercancía técnica en un sistema totalmente inhumano y dictatorial, según expresó Paul Hindemith (A Composer’s World, citado por Johansson).

Para la melodía, la armonía, la orquestación, etc., el pop cuenta con especialistas propios que montan el conjunto conforme a las leyes del mercado. “La característica fundamental de la música pop es la estandarización”, observa Adorno (citado por Johansson).

Y Arthur Korb, cuyo libro How to Write Songs That Sell ( “Cómo escribir canciones que vendan” ) ya es bastante revelador en el título, constata con franqueza que la música popular “se escribe y se produce primariamente para ganar dinero”.

Por eso hay que ofrecer lo que a nadie disgusta y a nadie exige en el fondo, conforme al lema “dame lo que ahora deseo sin costes, sin trabajo, sin esfuerzo”.

Por eso Paul Hindemith habló de “lavado de cerebro” a propósito de la presencia constante de este género de ruido que apenas cabe llamar música; Johansson añade que nos incapacita gradualmente para escuchar, para oír; nos vuelve musicalmente inconscientes.

¿Hace falta mostrar aún en detalle que este enfoque es incompatible con la cultura del evangelio, el cual intenta rescatarnos de la dictadura del dinero, de la producción, de la mediocridad, y llevarnos a la disciplina de la verdad, que precisamente el pop rechaza?

¿Es un éxito pastoral dejarnos llevar por el vendaval de la cultura de masas y hacernos así co-responsables de la reducción del hombre a la minoría de edad?

El medio de comunicación y su contenido deben guardar entre sí una relación congruente y que tenga sentido. Pero este medio -dice Johansson- mata el mensaje: “kills the message”.

La trivialización de la fe no es una nueva inculturación, sino la negación de su cultura y la prostitución con la incultura.