LA CRISIS DE LA CULTURA
CATÓLICA, HOY
Ponencia del Dr. Hugo Verdera en la XLII Semana Tomista en la UCA de Buenos Aires, 11-15 de septiembre de 2017
1. Introducción: “cultura” y “cultura
católica”
Es
imposible negar que existió una “cultura católica” y, al mismo tiempo, negar
que aparece contemporáneamente como “destruida”.
Para
comprender esta afirmación, debemos preguntarnos qué se entiende por “cultura”
y qué por “cultura católica”. La palabra cultura (perteneciente al verbo latino
colo, colere, cultivar) significa etimológicamente “cultivo”.
La
cultura es, ante todo, una labranza o laboreo. Es también el mejor resultado de
ese esfuerzo conseguido a través del tiempo por los diferentes pueblos.
Cultura, en su definición verbal-etimológica, es, pues, educación, formación,
desarrollo o perfeccionamiento de las facultades intelectuales y morales del
hombre; y en su reflejo objetivo, cultura es el mundo propio del hombre; el
conjunto de maneras de pensar y de vivir, cultivadas, que suelen designarse con
el nombre de civilización.
La
cultura deja de ser cultura cuando se aparta de la premisa fundamental que es
la de propender a la elevación del espíritu del hombre, a su obligación de
mejorar su condición y a su cometido principal que es honrar la vida humana, en
todas sus dimensiones constitutivas.
Así,
nos enseña ya el Concilio Vaticano II en la Constitución pastoral Gaudium et
Spes (1). Y el Evangelio es la más eminente
forma de cultura porque integra todos los esfuerzos y posibilidades humanas
para que el hombre vaya llegando a ser lo que está llamado a ser: icono, imagen
de Dios. Y Jesucristo, que representa los más altos valores humanos, es el
innegable patrimonio cultural de la humanidad. Esto implica una consecuencia
vital: todos los católicos que, como tales, deben evangelizar, es decir, todos
aquellos cristianos hoy denominados “agentes de evangelización”, debemos, en
fidelidad al Evangelio y en perfecta comunión con el auténtico Magisterio de la
Iglesia, cumplir nuestra misión decididamente y trasmitir luz, certezas,
seguridad.
Evitar,
pues, todas las fórmulas equívocas o deletéreas; liberar el lenguaje de esas
inexactitudes, tergiversaciones y maliciosos abusos que suelen hacerle los
intereses disimulados, y aun descarados, de muchos sectores de la sociedad. La
manipulación de las palabras se convierte en mentira porque oculta la verdad y
es grave hipocresía. Por la historia de la cultura sabemos que los límites u
horizontes del lenguaje, son los límites u horizontes del mundo. (1 N° 53).
Es
evidente que la cultura bien conceptuada, debe estar completamente nutrida por
la savia doctrinal de la Religión verdadera. La auténtica cultura involucra la
total realidad del hombre, su total “verdad”. Y la verdad integral del hombre
es Jesucristo y su Iglesia Católica, a quien le compete enseñarnos en qué
consiste la perfección del hombre, la vía para alcanzarla, y los obstáculos que
se le oponen.
Así,
Nuestro Señor Jesucristo, personificación inefable de toda la perfección, es la
personificación, el modelo sublime, el foco, la savia, la vida, la gloria, la
norma y, en definitiva, el “arquetipo” la verdadera cultura. Lo que equivale a
decir que la cultura verdadera sólo puede estar basada en la verdadera
religión. Es decir, la auténtica cultura es la cultura católica (2) .
Y
por eso es de importancia primordial, para realizar el mandato del fundador de
la Iglesia, Jesucristo, de evangelizar, desarrollar los presupuestos
fundamentales de la “cultura católica” y su relación con la modernidad. Y es
palmariamente verdadero que la historia de la Iglesia católica ha sido, es y
será fuente abundante de experiencias concretas y de compromisos a favor del
Amor y de la Verdad.
Juan
Pablo II, en su encíclica Fides et ratio,
nos decía que “el proceso de encuentro y confrontación con las culturas es una
experiencia que la Iglesia ha vivido desde los comienzos de la predicación del
Evangelio” (3).
Ahora
bien, la auténtica evangelización encuadra en un proceso, que ha sido
denominado “inculturación”, la que para ser realmente auténtica debe enmarcarse
en dos principios ineludibles.
En primer lugar, debe tener una
fidelidad absoluta al Evangelio y, en
segundo lugar, comunión con la iglesia universal.
El
Magisterio de la Iglesia, basado en una filosofía realista, siempre sostuvo que
el hombre ha de estar conducido por su intelecto especulativo, que es lo más
alto y perfecto que en él existe, se halla esencialmente ordenado por propia
naturaleza a la verdad.
Afirma
Tomás de Aquino, que el primer y principal deseo del hombre es la verdad. Es la
afirmación de Aristóteles que “todos los hombres desean por naturaleza saber”.
Y a ese saber especulativo se involucra también, en el hombre, el saber
operativo, es decir, el saber para actuar.
El
magisterio de la Iglesia ha hecho suya esta verdad, y la ha enseñado como
doctrina desde siempre. Y a Santo Tomás De Aquino formular la más acabada fundamentación
teológica-metafísica de la cultura católica. La elaboración de Santo Tomás
forma parte del tesoro de la Iglesia y así lo ha entendido siempre el
Magisterio y la tradición católica.
El
escritor protestante R. Seeberg ha expresado que Santo Tomás “fue el gran adalid del progreso de los
teólogos; el que sometió más que ningún otro la tradición a severa crítica,
transformándola. Pero en él fue tan vivo el amor de la ciencia como la devoción
y adhesión a la doctrina de la Iglesia. Por eso creó un sistema en el que se
dan la mano de una manera admirable, el más fuerte apego a la tradición
conservadora de la Iglesia con las aspiraciones más audaces de las nuevas
conquistas científicas. Este gran teólogo iba en realidad la frente del
progreso filosófico, siendo al mismo tiempo el más recio defensor de la
tradición de la Iglesia” (4).
Pero
resulta que estas conclusiones a las que hemos llegado, basándonos en el
Evangelio y en el auténtico Magisterio de la Iglesia, hoy es cuestionado e
incluso rechazado aún desde el mismo interior de la Iglesia. ¿Por qué?
2.
El proceso de descatolización de la sociedad.
Pero
hoy día, prevalece una profunda desconfianza en las capacidades de la razón
humana para conocer la verdad, resultado lógico de negarle a esa razón humana
su posibilidad de alcanzar el ser de las cosas, lo que conlleva a un constante
cuestionamiento de la verdad.
No se acepta, en teoría y en la práctica
común, que la verdad sea conocer lo que las cosas son, conocer el ser de las
cosas. Dicho escolásticamente, que la verdad sea la adecuación entre el
entendimiento y la cosa.
Se
ha dado, pues en esta postmodernidad, un “oscurecimiento
o eclipse de la verdad”. Esto explica el auge del “relativismo ético”,
consecuencia propia del “relativismo cognitivo”, que avanza en la estructura
socio-política, adquiriendo características de “único pensamiento correcto”, y
que va a derivar, en su lógica férrea interna, en una auténtica “dictadura del relativismo”, como
Benedicto XVI caracterizaba la actual situación que vivimos (5) , afirmando que “hoy se trata de crear la impresión de que todo es relativo (…) Pero la
Iglesia no puede callar el espíritu de la verdad. No caigamos en la tentación
del relativismo…”.
Así,
la modernidad, procurando una total independencia de la Revelación y
proclamando una absoluta autonomía, terminó por desconocer a Tomás de Aquino y
separando la cultura de la catolicidad. Así, afirmaba Juan Pablo II, que lo católico será paulatinamente reducido a
un culto y obligado a habitar exclusivamente en la individualidad de la
conciencia.
Y
comienza a consolidarse la secularidad, que alcanzará su más elevada expresión
en la reforma protestante y el nominalismo, vaciando la metafísica del
fundamento de lo real (6) .
La
radicalidad de esa denuncia del Magisterio de la Iglesia frente a esta
situación, se ejemplifica claramente, en las palabras, quien expresa que “el relativismo, es decir, dejarse «llevar
a la deriva por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud
adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del
relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida
sólo el propio yo y sus antojos”.
Tras
señalar la gravedad de la inserción relativista en la sociedad contemporánea,
afirmaba, además, la “pretensión de hegemonía cultural” que el relativismo
ostenta, es decir, su pretensión de presentarse como la negación de la
intolerancia y del fundamentalismo, ya que sostener la realidad de la
existencia de verdades absolutas es, para esta “dictadura del relativismo”, lo
propio de la mentalidad fundamentalista, intransigente, intolerante.
Así,
“a quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le
aplica la etiqueta de fundamentalismo” (7).
Y
tres años antes, en una entrevista, denunciaba que “hoy realmente se da una dominación del relativismo. Quien no es
relativista parecería que es alguien intolerante. Pensar que se puede
comprender la verdad esencial es visto ya como algo intolerante. Pero en
realidad esta exclusión de la verdad es un tipo de intolerancia muy grave y
reduce las cosas esenciales de la vida a un subjetivismo”.
Así,
la pretensión hegemónica de imposición del relativismo, se consolida en una
cultura que se ufana de lo progresista, lo cambiante, lo efímero; pues bien, en
una cultura que por esencia rechaza lo dogmático, se pretende sostener como
dogma máximo la “dictadura del relativismo”. Todo es relativo, esa es la única
verdad inconmovible que se acepta.
Y
la Iglesia Católica, en su misión de anunciar y enseñar auténticamente la
Verdad, que es Cristo, no puede permanecer indiferente frente a la realidad de
esta crisis. Ello explicaba la actitud enérgica y persistente del Magisterio de
la Iglesia en la defensa de la verdad, como asimismo su radical condena del
perverso error de las ideologías fundamentadas en el agnosticismo, el
escepticismo o el relativismo, que al negar la capacidad de la razón humana
para conocer la verdad; al afirmar que no existe una Verdad objetiva válida
para todos los hombres, sino que la verdad es un producto construido en cada
momento histórico, imponiendo la mera opinión (doxa) de cada uno como eje
rector de la vida individual y social, concluye en la imposición de un
totalitarismo de alcances extraordinarios.
Pero
estamos viviendo hoy un “relativismo
agresivo”, ya que los actuales relativistas quieren que el relativismo se
convierta en la ley oficial del Estado, y que éste reprima penalmente a los no
relativistas; y que conduce fatalmente a un “relativismo como forma de
absolutismo”, ya que se pretende imponer a la sociedad leyes «indiscutibles»,
siendo el absolutismo de la mayoría parlamentaria el único criterio de validez.
En
tal sentido, el denominado “absolutismo democrático” rechaza siquiera la
posibilidad de un límite. La voluntad de la mayoría, los pactos posteriores,
conllevan la posibilidad de dar a los gobernantes un poder desmesurado y
difícilmente controlable por los ciudadanos. Lo esencial para los partidos
políticos que agotan lo que consideran la única y auténtica expresión de la
democracia, es alcanzar como sea y conservar como sea el poder. Para ello,
sería necesario obturar la realización de una auténtica educación, para lograr
una población meramente instruida, alienada, fácilmente manipulable, dócil a
seguir lo “políticamente correcto”, manejable por constantes dádivas,
susceptible de muchos derechos y ninguna o pocas obligaciones, sin exigencias
de esfuerzos, sin premios al mérito.
Una
población que sea masa y no pueblo, homogeneizada por abajo. Con este cuadro de
situación, se entiende que Benedicto XVI haya enfatizado que “precisamente a causa de la influencia de
factores de orden cultural e ideológico, la sociedad civil y secular se
encuentra hoy en una situación de desvarío y confusión: se ha perdido la
evidencia originaria de los fundamentos del ser humano y de su obrar ético, y
la doctrina de la ley moral natural se enfrenta con otras concepciones que
constituyen su negación directa”. Y agrega que, como producto de ello,
predomina “una concepción positivista del derecho”, al sostenerse que “la
mayoría de los ciudadanos, se convierte en la fuente última de la ley civil”,
abandonándose “la búsqueda del bien”, sustituyéndola por la búsqueda “del
poder, o más bien, del equilibrio de poderes”.
Y
“la raíz de esta tendencia se encuentra
el relativismo ético, en el que algunos ven incluso una de las condiciones
principales de la democracia…” (…) Pero, si fuera así, la mayoría que
existe en un momento determinado se convertiría en la última fuente del
derecho. La historia demuestra con gran claridad que las mayorías pueden
equivocarse. La verdadera racionalidad no queda garantizada por el consenso de
un gran número de personas, sino sólo por la transparencia de la razón humana a
la Razón creadora y por la escucha común de esta Fuente de nuestra
racionalidad” (8) .
Los
cambios culturales que estamos experimentando son de gran importancia, dado que
estamos atravesando un período llamado por los historiadores “cambio de época”. Es decir, un período
de la historia donde los viejos valores y concepciones, donde los viejos
mecanismos y la tecnología dan paso a cimientos completamente nuevos para la
sociedad y la cultura. Lo que salga de este período va a determinar nuestras
vidas por varias generaciones. Las ideas y concepciones en aspectos esenciales
de los seres humanos como la familia, matrimonio, vida, respeto a los mayores,
responsabilidad, realización personal, etc., han cambiado dramáticamente
durante los últimos cuarenta años.
Bien
definió el mismo Juan Pablo II este período como un periodo de “guerra de cultura”.
Ahora
bien, en este desafío se involucra ineludiblemente lo que Benedicto XVI ha
calificado como urgente necesidad de reafirmar “la obediencia a la verdad”, que
“debe 'castificar' nuestra alma y así guiar a la palabra recta y a la recta
acción. En otros términos, hablar
para buscar el aplauso, hablar orientándose a todo lo que los hombres quieren
oír, hablar obedeciendo a la dictadura de la opinión común debe considerarse
una especie de prostitución de la palabra y del alma”.
Y
esta «castidad» “consiste en no someterse
a este estándar, a no buscar el aplauso sino la obediencia de la verdad” (9) .
Y
en esta urgente necesidad de “obediencia a la verdad”, sin duda alguna que el
humanismo tomista se evidencia como una auténtica respuesta para esa exigida
«lucha por el alma del mundo»”.
En
síntesis, para plasmar una respuesta válida (especulativo-práctica), al desafío
que implica, para la Filosofía y la Teología, la denominada “postmodernidad”,
es necesario comprender que la misma, más que “post-cristiana” se presenta con
un contenido radicalmente “cristofóbico”, bajo la pretendidamente neutra
presentación de “post-cristiana”. Se dio, así, un proceso de secularización, de
constitución de un humanismo secular, radicalmente anti católico.
3. El proceso de desconstrucción de la
cultura católica y sus consecuencias actuales.
El
Padre Aníbal Fosbery ha sintetizado ese proceso secularista, señalando que “a la antinomia de fe y razón, de mundo y
Dios, propia de la Reforma, el Renacimiento, con Descartes va a sumar la
antinomia de mente y espíritu (…), espíritu y materia. Estos dos dualismos, el
de la Reforma y el de Descartes, no se concilian, aunque mutuamente se
convocan. Lutero mató la certeza objetiva de lo religioso. Descartes mata la
certeza objetiva de lo filosófico. El hombre queda a la intemperie, sin
referente moral: o en manos del consenso social o en manos del estado. La
síntesis hay que buscarla en la idea de una religión racional, común a todos
los hombres (…) nace la fe laica (…) La religión de la naturaleza termina por
sustituir al cristianismo. Se instaura la fe en el progreso, que se convierte
en una ideología”. Esta ideología del progreso “terminará instaurando un nuevo proceso de secularización
complementario de la Reforma. Ésta separó lo religioso de lo humano, para
preservarlo de toda contaminación. Aquél facilitó la conversión de la sociedad
religiosa a la vida activa de la sociedad laica”.
Así,
“la Reforma y el Renacimiento se van
acompañando y encontrando mutuamente para, de esta manera, instaurar una nueva
ideología. La ideología del progreso, que por este motivo se transforma en un
ideal de acción capaz de movilizar los mismos sentimientos, adhesiones y
entusiasmos de una religión”.
Y
“esta es la génesis del secularismo
actual que aparece, al decir de Pablo VI, como un enemigo mortal del
cristianismo, que una conciencia cristiana no podría aceptar sin renegar de sí
misma; tan es verdad que el ateísmo verdadero, por definición del hombre y del
mundo, se sitúa en el plano de una inmanencia cerrada en sí misma” (10).
Y
la modernidad se presenta como “una
civilización fundada en la ideología del progreso, como una nueva utopía escatológica
del inmanentismo. La cultura es desplazada a lo literario, lo artístico, y la
virtud, vaciada de contenido moral, se transforma en habilidad científica o
técnica, como instrumento del quehacer hedonista y utilitario” (11).
Por
lo tanto, nos encontramos “frente a la
civilización del secularismo, que hace del progreso su religión y que se
alimenta con la ideología del economicismo instrumentada por el dominio, la
eficiencia y el poder. No hay lugar para la cultura, y, consecuentemente, no lo
hay para Dios. Lo religioso puede ser tolerado, a lo sumo, como culto encerrado
en los pliegues de la conciencia individual” (12).
En
palabras de Pablo, es “prácticamente una
secularización radical que elimina de la ciudad humana la referencia a Dios y
los signos de su presencia, que vacía los proyectos humanos de toda búsqueda de
dios, que suprima las instituciones propiamente religiosas, crea un clima de
ausencia de Dios. (…) Así, nuestra responsabilidad de pastor nos crea el deber
de poner en guardia contra ese grave peligro” (13).
Pero
el cambio de tono que se irradia hoy desde el magisterio no se manifiesta como
radicalmente opuesto a lo preseñalado, lo que lleva a desorientación a grandes
sectores de la feligresía. Debemos tener en cuenta que, como decía el entonces
Cardenal Ratzinger, el Papa es el “abogado
de la memoria cristiana”; “no impone desde fuera, sino despliega la memoria
cristiana y la defiende” (14).
El
magisterio debe ser afilado y preciso como una espada; no debe disminuir su
función específica con la inclusión de teologías privadas; debe ajustarse a
afirmar y negar, a confirmar la doctrina revelada, en la unanimidad de Padres y
Doctores, conforme a la tradición, a la memoria cristiana.
Y
es precisamente esa memoria cristiana que está amenazada por una subjetividad
que se olvida de su propio fundamento, y por una violencia que emana del
conformismo cultural y social.
Hugo Alberto Verdera
NOTAS:
1. N° 53
2.
“Por
eso, el vínculo fundamental del Evangelio, esto es, el mensaje de Cristo y de
la Iglesia, con el hombre en su humanidad misma, es creador de cultura en su
fundamento más profundo” (Cardenal Paul Poupard, Iglesia y Culturas, México,
1988).
3.
N° 70.
4. Citado por Santiago Ramírez, Introducción
General a la Suma Teológica, edit. BAC, Madrid 1957, T. 1, p. 77.
5. Discurso dado en Cracovia el 26 de mayo de
2006.
6. Encíclica Fides et ratio, N° 45.
7. Homilía de la Misa “Pro Eligendo Pontifice”,
del entonces Cardenal Ratzinger, en su carácter de Decano del Colegio
Cardenalicio, el 18 de abril de 2005
8. Discurso del Papa Benedicto XVI sobre la ley
natural ante los miembros de la Comisión Teológica Internacional el 5 de
octubre de 2007.
9. Homilía de Benedicto XVI a los Miembros de
la comisión Internacional de Teólogos, 6 de octubre de 2006
10.Aníbal E. Fosbery, La Cultura Católica,
Edit. Tierra Media, Buenos Aires, 1999, pp. 428-430. La cita de Pablo VI es del
Discurso al Secretariado para los No Creyentes, del 18 de marzo de 1971, en
Enseñanzas al Pueblo de Dios, Edit. Librería Editrice Vaticana, T. 3, p. 249.
11. Ib., p. 434.
12. Ib., p.435.
13. Pablo VI, Ibidem, p. 251.
14. Cardenal Joseph Ratzinger, Alocución en
Dallas ante el Sínodo de los Obispos norteamericanos, en 1991, con el lema «Si
quieres la paz, respeta la conciencia de todo hombre»
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