Centro de Profesionales de la Acción Católica "SANTO TOMÁS DE AQUINO" de Buenos Aires, Argentina.

27 de abril de 2015

DOS TIPOS DE MISERICORDIA

LA DIVINA MISERICORDIA Y LA FALSA MISERICORDIA


Homilía en el Domingo de la Divina Misericordia,
Mons. Clarence Richard Silva, Obispo de Honolulú, Hawaii,
12 de Abril de ­­2015, 
Iglesia de Nuestra Señora del Buen Consejo, Pearl City, Hawaii




Monseñor Clarence Richard Silva, obispo de Honolulu, Hawai.


         Estamos aquí para celebrar la Divina Misericordia, ese increíble, abrumador, magnánimo, paciente y amoroso atributo con el que Dios nos persigue como un sabueso celestial para mantenernos cerca de Él cuando nos hemos desviado y pecado.

         Es una misericordia que vemos tan claramente en el Evangelio de hoy. Jesús primero encuentra a sus amigos más cercanos que lo abandonaron en su hora más grande de necesitad, incluyendo los tres que se quedaron dormidos cuando Él les pidió orar, y uno que negó incluso que lo conocía, no una vez, no dos veces, sino tres veces. Sus primeras palabras para ellos son: “¡La paz esté con Vosotros!”. En vez de exhalar reprimendas merecidas, sopló sobre ellos el don del Espíritu Santo. En lugar de amonestarlos por ser poco dignos de confianza, les confía una tarea: su propia misión de perdonar pecados. Cuando uno de ellos que no estaba cuando Él apareció por primera vez expresó la mayor duda y escepticismo, Él se le aparece y  lo desafía a satisfacer sus dudas.

         Esta es la Misericordia Divina que llevó a Jesús a perdonar a los que, injusta y cruelmente, lo condenaron a una horrible muerte por crucifixión. Y esto sorprendió a un discípulo que creyó entender sus profundidades cuando preguntó qué significaba perdonar siete veces diciéndole que perdonando setenta veces siete estaría más cerca de la realidad.

         Esta es la Divina Misericordia que no escatimó incluso al Hijo de Dios para que diera su vida y así esa rebelde humanidad pudiera alcanzar la salvación.

         Esta es la Divina Misericordia expresada en un padre que había casi como caído muerto por su hijo rebelde, pero que le da,  nuevamente, la bienvenida con gran fiesta cuando su hijo muestra su remordimiento. Tal misericordia, que es tan difícil de comprender, sin embargo es tan real.

         A la par de este atributo divino, está la misericordia diabólica. Recientemente leí lo siguiente como reacción a los fieles que insisten en creer que el verdadero matrimonio sólo puede ser entre un hombre y una mujer:

A mis amigos cristianos les digo que el Jesús de la Biblia era un hombre que, cada vez que se confrontaba con personas acusadas de algún pecado imperdonable, usualmente se sentaba y partía el pan con ellos. Ofrecía gracia, perdón y amor. [Joel Mathis, Honolulu Star­Advertiser, 04/05/15, p. E6.]

         Es la naturaleza del diablo tomar la verdad y torcerla para sus perversos propósitos. Aquí el autor —y muchos otros en nuestra cultura de hoy— señalan la verdad de la magnánima misericordia de Jesús, pero presumen que la misericordia de Jesús no exige la conversión del pecado. Presumen que, porque Jesús es tan misericordioso y tan amoroso, realmente no le importa si pecamos o no. Y dicen que Cristo es ciego al pecado porque Él está ciegamente enamorado de cada persona. Tal pensamiento retorcido toma la verdad y la distorsiona de modo que ya no es la verdad, sino lo opuesto.

         Si seguimos este camino de pensar hasta su lógica conclusión, entonces, tenemos que preguntar qué significado tiene Jesús. Si no hay pecado del cual necesitemos ser salvados, entonces ¿por qué molestarse en acercarse al trono de la misericordia? Si la gracia es tan barata que podemos chasquearle los dedos a Dios para ordenarla, ¿Entonces por qué Jesús se molestó en sufrir tanto por nosotros? ¿Por qué quiso que, de sus heridas,  brotara  agua y sangre, para lavarnos y nutrirnos, si en primer lugar tal baño nunca fue realmente necesario?

         ¿Por qué Jesús no ordenó a Sor Faustina dirigir la pintura de su retrato con un guiño en su ojo, guiñándole a todo pecado y perversión que pudiéramos cometer porque realmente no importa?

         En cambio Jesús ordenó a Sor Faustina su retrato pintado con una enorme herida en su corazón, una herida que sangra porque está tan roto por lo que el pecado nos ha hecho; una herida que nos invita a acercarnos a ella para que nuestra suciedad pueda ser lavada en el agua como en un océano de misericordia

         Tal vez aquí está la explicación de porqué  el número de católicos que confiesan regularmente sus pecados hoy es tan bajo. Hemos sido engañados por un concepto diabólico de misericordia que nos convence que el amor de Dios es tan inmenso que no hay posibilidad de castigo.     Tal vez es eso que tan pocas personas se acercan al Señor Jesús para adorarlo, para gritarle: “¡Señor mío y Dios mío!”, ya que si no hay necesidad de un Salvador, entonces ¿para qué dar algún tiempo a Jesús?

         Satanás, nuestro antiguo enemigo, es tan astuto. Él no retrata a Jesús como un juez severo que está listo para condenarnos por la mínima transgresión de la ley. El diablo toma la verdad de la inmensidad de la misericordia de Dios y lo distorsiona para convencernos de que no hay nada que pudiéramos hacer que necesitare en absoluto el baño de la misericordia, simplemente porque a Jesús no le importa si pecamos o no. Esta es la misericordia diabólica. Es esta diabólica misericordia que la Divina Misericordia desea destruir. Jesús dijo: “¡Arrepentíos y creed en el  Evangelio!”. Pero si a Él no le importa si pecamos, ¿por qué debería importarle si nos arrepentimos?

         La Divina Misericordia sabe muy bien que somos pecadores, que nos hemos dejado engañar tan fácilmente como nuestros primeros padres se dejaron engañar. La Divina Misericordia ve claramente nuestra inmundicia y nuestra anemia, y nos lava con agua y sangre del costado herido de Jesús, no para afirmarnos en nuestro pecado, sino para amarnos en la conversión. La Divina Misericordia se sienta y comparte el pan con los más grandes pecadores, pero nunca para pasar por alto nuestros pecados, sino más bien para permitir que el amor de Jesús  toque nuestros corazones y queramos arrepentirnos. Él abre su corazón a nosotros, los pecadores,  para que ya no consideremos como gravosos los mandamientos de Dios, sino como nuestro camino hacia la libertad y el gozo.

         Hay una gran lucha estos días entre la sutil pero destructiva misericordia diabólica, que hace guiños al pecado, y la Divina Misericordia, que mira penetrante al pecado e invita al pecador a alejarse y ser lavado en el eterno manantial del agua y la sangre que viene del costado abierto de Jesús. Podemos tan fácilmente ser engañados. Es por esto que es tan importante siempre reconocer la necesidad de un Salvador y clamarle, “Señor mío y Dios mío” Es por esto que es esencial no tener miedo sino siempre gritar: “¡Jesús, Yo confío en Ti!

(abajo, dos fotos de la Catedral católica de Nuestra Señora de la Paz, en Honolulu, Hawai, USA)





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