Centro de Profesionales de la Acción Católica "SANTO TOMÁS DE AQUINO" de Buenos Aires, Argentina.

10 de febrero de 2015

LOS SIGNOS SAGRADOS: III) EL AGUA BENDITA

En varias entradas próximas de este blog transcribiremos algunos párrafos del libro de Romano Guardini titulado LOS SIGNOS SAGRADOS, que se refiere a algunos gestos y símbolos litúrgicos de siempre, que tienen una gran significación espiritual.


Porque la Liturgia tiene expresiones sensibles que reflejan el valor de lo invisible, gestos y símbolos materiales que nos llevan hacia lo profundo de lo sobrenatural, realidades humanas que nos impulsan a lo divino.


"Tú me hiciste renacer con el agua..."



Pura, simple, "casta", llamaba al agua San Francisco de Asís. Sin pretensiones, sin personalidad, -diríamos-, parece que sólo existiera para servir a los demás, para purificar, para saciar la sed, para aliviar.
¿Has sentido la atracción misteriosa que ejerce el agua dormida, quieta, en su lecho profundo? ¡Qué misterio en sus serenas profundidades!
¿No la has oído cantar deslizándose mansamente en el arroyo, corriendo entre las piedras, con un murmullo incesante?
¿No la has visto avanzar en amplios remolinos y borbotar en hirvientes y cristalinas ondas en los recodos de un río?
Es simple, clara, desinteresada; dispuesta siempre a lavar todas las manchas, a apagar nuestra sed. Y es por otra parte profunda, insondable, esencialmente movediza, jamás se resigna al reposo; está preñada de enigmas, rica en energías: el agua nos atrae hacia el abismo.

El agua simboliza así, maravillosamente, las causas primeras, de las que emanan los ríos misteriosos de la vida y desde cuyo seno nos llama la voz de la muerte; es una imagen soberbia de la vida misma que bajo su aparente simplicidad oculta tantos enigmas.

Comprendemos, ahora, sin dificultad alguna por qué la Iglesia ha elegido el agua para que sea símbolo, conductora y engendradora de la vida divina, de la gracia.

En sus olas -en el Bautismo- quedó sepultado y muerto el hombre viejo; de ellas hemos salido hechos hombres nuevos, "renacidos del agua y del espíritu."

Con el "agua bendita" mojamos, al signarnos con la señal de la cruz, nuestra frente y nuestro pecho, rociamos con ella nuestros hombros. De este modo el elemento del agua, tan diáfano, tan simple y tan fecundo, se ha trocado en las manos de Dios, en el símbolo y productor de este otro elemento de la vida sobrenatural: la Gracia.

La Iglesia ha purificado el agua al consagrarla -la ha purificado de las fuerzas turbias y sombrías que estaban como aletargadas en su seno-; la "consagra" y ruega a Dios que la transforme en un instrumento eficaz de fuerza sobrenatural, de Gracia.

El cristiano entra en la casa de Dios, se rocía la frente, el pecho y la espalda, es decir todo su ser, con esta agua pura y purificante, para que su alma se vuelva pura.

¿No es hermosísimo este signo del agua? ¿No es algo sublime pensar que al usarlo unido a la señal de la cruz se junta nuestra naturaleza, purificada del pecado, con la gracia, y está ahí, bajo la acción divina, el hombre con todas sus ansias profundas de pureza?

Al entrar la noche nuevamente nos rociamos con agua bendita. "La noche es enemiga del hombre", dice un viejo proverbio. Hay mucha verdad en esta frase. Es que hemos sido creados para la luz. Por esto, a la noche, antes de entregarse al sueño y entrar en la sombra, donde se apaga la luz del día y la luz de la conciencia, el cristiano se hace la señal de la cruz con el agua bendita que simboliza a la naturaleza liberada y purificada; y en su gesto parece exclamar:" Señor, guárdame de todo lo tenebroso". Renueva esa acción por la mañana cuando la luz del día lo saca del sueño y de las tinieblas y le devuelve la conciencia de su personalidad, y lo llama a una vida nueva. Es como un recuerdo delicado de aquella agua santa, en la que, por el Bautismo, pasó del pecado a la luz de Cristo.

¡Hermosa y significativa costumbre! Al rociarse con el agua bendita el alma rescatada y la naturaleza redimida se abrazan bajo el signo de la Cruz.



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