Centro de Profesionales de la Acción Católica "SANTO TOMÁS DE AQUINO" de Buenos Aires, Argentina.

16 de febrero de 2015

LOS SIGNOS SAGRADOS: IX) EL INCIENSO


" ... Y vino otro ángel, y se puso de pie junto al altar,
teniendo un incensario de oro;
y le fueron dados muchos perfumes. ..
y el humo de los perfumes de las oraciones de los santos 
subió de manos del ángel ante la presencia de Dios ... "
(Apocalipsis, 8, 3-5)

“Suba hasta Ti, Señor, mi oración como el incienso”
(Salmo 141, 2)



Tienen verdaderamente una noble belleza esos granos, depositados sobre los carbones ardientes, que se escapan -trocados en volutas odoríferas- del instrumento balanceado por el celebrante: diríase que es una melodía de ritmos acompasados y de perfume.

Las volutas de incienso se elevan, sin finalidad práctica alguna, puras como un canto, derroche soberbio de dones preciosos; amor que todo lo quiere dar.

Como entonces, cuando el Señor fue a descansar en Betania. María se acerca a Jesús llevando un vaso precioso y derrama sobre los pies santísimos del Maestro el nardo, lo seca en seguida con sus propios cabellos, mientras el perfume llenaba toda la casa. Un corazón estrecho murmuró: "¿Para qué este desperdicio?"

El Hijo de Dios responde: "Déjala hacer, pues ella ha guardado este perfume para el día de mi sepultura."

En verdad nos hallamos aquí ante un nuevo misterio: el misterio de la muerte, del amor y del sacrificio... oculto esta vez en un precioso perfume.

Todo esto revive con el incienso. El incienso es el misterio de la belleza, que nada sabe de fines prácticos, pero que se eleva con gracia y libertad. El misterio del amor que arde, se consume y se exhala al morir.

No faltan hoy los espíritus estrechos que murmuran aún: "¿Para qué sirve todo eso?"

El incienso es un sacrificio de perfume, y la Sagrada Escritura misma: nos dice: "Son las oraciones de los santos".  El incienso es el símbolo de la plegaria, y en especial de aquella oración que no piensa en fines prácticos. De la oración que nada, para sí, que se alza como el "Gloria" después de cada salmo, para adorar y dar gracias a Dios "porque es grande."

Sin duda, lo profano podrá deslizarse bajo semejante símbolo. Las nubes perfumadas podrán adormecer secretamente el espíritu y alucinarlo en su religiosidad. En ese caso, la conciencia cristiana protesta con todo derecho cuando recuerda que se debe orar" en espíritu y en verdad," porque la plegaria debe ser casta y sincera.

Pero en la religión abundan también los comerciantes, maestros en la avaricia espiritual. Esa avaricia procede de alma mezquina, de un corazón árido, como la murmuración de Judas Iscariote. La oración se repliega en un utilitarismo espiritual: no debe pasar jamás la medida de la corrección convencional; debe ser mundanamente razonable.

Esta manera de obrar nada sabe de la magnífica plenitud de la oración verdadera, que sólo anhela regalar. Nada sabe de la profundidad de la adoración. Desconoce totalmente el alma de la oración, que no plantea jamás el problema del ¿"por qué?, ni del "¿para qué?", sino que se eleva libremente hacia Dios, porque es amor, perfume y belleza. Y cuanto más ama, más intenso es su sacrificio y el perfume surge del fuego que consume.








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