Centro de Profesionales de la Acción Católica "SANTO TOMÁS DE AQUINO" de Buenos Aires, Argentina.

27 de enero de 2016

LOS MALES DE UN EQUIVOCADO ECUMENISMO

DIEZ ERRORES QUE PUEDEN PROVOCAR UN MAL ENTENDIDO DIÁLOGO ECUMÉNICO
Una concepción equivocada del ecumenismo concluye en declarar inútil la evangelización

Un inteligente análisis de un laico español
en el blog ESPADA DE DOBLE FILO



El ecumenismo es una de esas buenas ideas cristianas que, como diría Chesterton, en ocasiones se vuelven locas y arrollan todo lo que encuentran a su paso. Conviene comenzar diciendo que, en sí, se trata de algo bueno, santo y necesario. A fin de cuentas, no es algo nuevo, ni una simple moda actual. La Iglesia siempre ha querido la unidad de todos los cristianos, siguiendo el ejemplo de Cristo, que oró por esa unidad durante la Última Cena: Padre, que todos sean uno, como Tú y Yo somos uno (Jn 17,21).
Desde el origen de la Iglesia, los cismas y herejías siempre se han considerado como una herida para la unidad, que debe cerrarse por medio de la oración, que hace que los esfuerzos humanos fructifiquen. Una muestra de esos intentos por lograr la unidad con los no católicos es la celebración del Concilio de Ferrara-Florencia del siglo XV, en el que se consiguió (siquiera brevemente) la unidad con ortodoxos y monofisitas (tras otro intento aún más breve en el II Concilio de Lion en el siglo XIII). Asimismo, es evidente que los católicos están obligados a amar a todos los hombres, también a los que no pertenecen a la Iglesia. Como recuerda el Concilio Vaticano II,  la caridad nos llama “a tratar con amor, prudencia y paciencia a los hombres que viven en el error o en la ignorancia de la fe” (Dignitatis Humanae, 14).
El Concilio Vaticano II dio un fuerte impulso al ecumenismo, en un contexto mundial en el que los avances de los medios de comunicación y los cambios demográficos y migratorios incrementaban el contacto cotidiano con personas de otras confesiones cristianas y también de otras religiones. No obstante, como hemos visto, eso no implica que el ecumenismo fuera una creación o una novedad del último Concilio. En cualquier caso, durante el último medio siglo, el ecumenismo ha dado algunos frutos notables, como una declaración sobre la justificación con luteranos (aunque rechazada por muchos de ellos), una declaración cristológica común con los monofisitas armenios o la creación de los ordinariatos anglicanos.
Por desgracia, sin embargo, el ecumenismo en muchas ocasiones se contamina de relativismo, indiferentismo, pelagianismo, voluntarismo, sincretismo, otra larga serie de ismos y, a veces, la simple falta de fe.
Cuando esto sucede, las consecuencias son terribles: confusión de los fieles, desconfianza ante la Verdad, adulteración de la fe, pérdida del verdadero sentido de lo que es la Iglesia (especialmente la fe en que la Iglesia es una y única) y abandono de la evangelización. De forma muy resumida, vamos a ver diez peligros que pueden pervertir el sentido del ecumenismo y, que, por desgracia, parecen ser bastante frecuentes hoy en día.


Diez peligros en los que puede caer (y a menudo cae) un mal entendido ecumenismo en la actualidad

1) Buscar una unidad que no esté basada en la Verdad
Tristemente, muchos aficionados al ecumenismo (y también supuestos “expertos”) tienden a reducir el Ecumenismo a llevarse bien, a una supuesta “unidad en el amor” que no incluye la “unidad en la verdad”. Según este enfoque, el amor une y la verdad separa, por lo que el ecumenismo debe centrarse en el primero y no en lo segundo.
Como es lógico, este enfoque no sólo es erróneo, sino directamente blasfemo. La Verdad es Jesucristo, de modo que decir que la verdad nos separa es decir que Cristo nos separa, algo que en realidad es propio del Diablo (en griego, dia-bolos significa precisamente el que crea división).

2) Plantear una especie de “religión de consenso”
La obsesión por la unidad a cualquier precio hace que a menudo se eviten los “temas difíciles” y se considere que lo único “importante” es lo que compartimos con otras confesiones, mientras que lo que nos separa es puramente accidental o simples costumbres particulares que son solamente cuestión de gustos.
Este enfoque disparatado olvida que la fe católica es un cuerpo y no pueden separarse unas partes de otras sin destruir por completo esa fe. Cuando se rechaza (o se oculta en la práctica) parte de la fe católica en aras de una supuesta unidad con otros cristianos, lo que se está haciendo es rechazar por completo la fe y sustituirla por una religión puramente humana, que no puede salvar.

3) Confundir ecumenismo y diálogo interreligioso
El ecumenismo se da entre cristianos, que ya somos hermanos por el bautismo y, por lo tanto, tenemos una unidad sacramental básica que puede (y debe) dar fruto en la unidad plena en la fe y en la caridad. Con los miembros de otras religiones no existe esta unidad sacramental y, por lo tanto, lo que conviene es dialogar, basándonos en lo que nos une, que es la razón y su búsqueda de la Verdad (aprovechando así que, como dice el Vaticano segundo, esas religiones, “no pocas veces reflejan […] un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres” (Nostra Aetate, 2).
Sin embargo, parece que hay una tendencia a ampliar el término ecumenismo a la relación con el judaísmo, el islamismo, incluso el budismo ateo, etc., que, evidentemente, quedan fuera del concepto, ya que, como decíamos, se limita a los cristianos separados. Las palabras tienen una cierta elasticidad, pero si se estiran demasiado, se rompen, y resultan in-significantes: ya no significan nada. Lo único que se logra con esto es devaluar la fe católica, porque se ponen en pie de igualdad el cristianismo (que es un don de Dios a los hombres) con las religiones no cristianas (que son meros intentos del hombre de encontrar a Dios), olvidando que la diferencia entre el primero y las segundas es infinita.

4) Buscar la unidad de las “iglesias” en lugar de la unidad de los cristianos
La búsqueda de la “unidad de las iglesias” es la forma protestante de entender el ecumenismo, ya que los protestantes (y, aparentemente, algunos supuestos católicos) creen en una “Iglesia invisible”, de la que más o menos forman parte todas las iglesias (protestantes), que para ellos son simplemente “denominaciones” y que idealmente deberían llevarse bien aunque en la práctica no lo hagan.
Los católicos, sin embargo, sabemos que no existe una unidad de las iglesias, porque sólo hay una Iglesia, que es la Iglesia Católica, como decimos en el Credo: Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Esa unidad es objeto de fe y, por lo tanto, es algo que ya existe, garantizado por Dios como un don y que nadie puede destruir, porque las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mt 16,18). Como dice el Catecismo, “pertenece a la esencia misma de la Iglesia ser una” (CEC 813) y esa unidad se simboliza en la túnica inconsútil (sin costuras) de Cristo.
Lo que sí hay que buscar es la unidad de los cristianos (cf. Unitatis Redintegratio 1), porque, como sabemos, muchos cristianos no están en plena comunión con la Iglesia (a pesar de que pertenecen a ella por el bautismo), sino que se adhieren a otras confesiones. Es decir, lo que está roto o al menos dañado es la unidad en la fe y la caridad de esos cristianos no católicos con la Iglesia una, católica y apostólica. Esa separación (que puede ser por herejía, apostasía o cisma) es una auténtica herida en el Cuerpo de Cristo y el amor de Cristo y de esos hermanos separados nos urge a buscar su curación, pero recordando siempre la verdad sobre la Iglesia una, santa, católica y apostólica: Cristo tiene una sola Esposa y un solo Cuerpo, la Iglesia.

5) Confundir el diálogo con hablar del tiempo
El diálogo, que es un elemento básico del ecumenismo (cf. Unitatis Redintegratio, 4; 9; 11) es una búsqueda de la verdad a través del uso de la razón (dia-logos).
Sin embargo, a veces parece que el diálogo ecuménico se convierte en un fin en sí mismo, en lugar de un medio para encontrar la verdad. Se celebran entonces reuniones inacabables, autorreferenciales y narcisistas, como diría el Papa, en las que no se dialoga propiamente, sino que lo que se hace es hablar de todo menos de la verdad. Es el equivalente eclesial de hablar del tiempo en un ascensor, es decir, limitarse a vaguedades y lugares comunes que no comprometen a nada ni a nadie.

6) Perder y hacer perder el tiempo
Un peligro grande, a mi juicio, consiste en dar una importancia desorbitada al ecumenismo, dedicándole tiempo y recursos que estarían mejor dedicados a otras cosas.
Hay multitud de diócesis españolas, por ejemplo, para las que el ecumenismo debería limitarse prácticamente a las jornadas de oración por la unidad de los cristianos, porque las (pequeñísimas) otras confesiones cristianas son algo completamente ajeno a la vida de la inmensa mayoría de sus fieles. En cambio, tienen delegados de ecumenismo, reuniones con otras confesiones (generalmente, dedicadas a convertir a católicos y sacarlos de la Iglesia), encuentros, celebraciones (a menudo, con “clérigos” no católicos de los grupos más extraños y extravagantes, ya que no tienen otros a mano) y tesis doctorales. Estas cosas podrían tener algún sentido en épocas en las que sobraran el tiempo y los recursos, pero en una época de falta de vocaciones y en la que la evangelización es una urgencia de vida o muerte, perder el tiempo en ellas es ridículo y, probablemente, pecaminoso.

7) Pretender llegar a la meta sin siquiera haber comenzado la carrera
A veces se “queman etapas”, intentando llegar a la unidad o incluso pretendiendo haber llegado ya a esa unidad sin haber puesto los cimientos necesarios. Muchos bienintencionados pero torpes ecumenistas proponen, por ejemplo, que católicos y protestantes celebren juntos la Eucaristía, sin entender que no puede haber comunión eucarística si no hay comunión en la fe. Así lo ha entendido siempre la Iglesia, en Oriente y en Occidente: la Eucaristía es a la vez signo y causa de la unidad de la Iglesia.
Otra modalidad de este error consiste en un supuesto “ecumenismo desde abajo” que propone una política de hechos consumados: pequeñas comunidades de católicos y no católicos que, por propia iniciativa, celebran juntos los sacramentos como si ya hubiera unidad de hecho entre ellos. Parece evidente que lo único que se puede conseguir con estas cosas es fomentar el indiferentismo religioso para el que todo da igual y, de paso, cometer sacrilegios (cf. Catecismo de la Iglesia Católica 2120).

8) Confundir a los fieles
Las posibilidades de confundir a los fieles con un ecumenismo mal entendido o imprudente son legión, ya que cualquier acción pública de la Iglesia o de clérigos católicos tiene siempre una dimensión de catequesis. En ese sentido, es una terrible imprudencia dar la impresión de que se aprueban errores en un esfuerzo por llevarse bien con los cristianos de otras confesiones. Esto es especialmente importante en todo lo que se refiere a celebraciones litúrgicas, porque, no lo olvidemos, lex orandi, lex credendi.
Por ejemplo, cuando los fieles ven a su párroco o a su obispo en una “celebración”, junto a una “obispa” gay protestante, ambos revestidos con ornamentos litúrgicos y presidiendo cada uno una parte de la celebración, casi inevitablemente llegan a la conclusión de que todo da igual y de que el protestantismo y el catolicismo, en el fondo, son lo mismo. Lo mismo sucede cuando se ceden iglesias católicas para ceremonias protestantes. A mi juicio, estas celebraciones deberían reducirse al mínimo y, en general, no hacerse con “ministros” que en realidad no han recibido el sacramento del orden (o, peor aún, no pueden recibirlo). Una cosa es tener una reunión no litúrgica en la que al principio o al final se rece un padrenuestro, por ejemplo, y otra muy diferente devaluar el culto a Dios con personas que no son realmente ministros ordenados pero pretenden serlo.

9) Lenguaje buenista
Otra posibilidad de error (que también está presente en otros campos, como el de la teología moral) es el uso de un lenguaje excesivamente buenista, que sólo se fija en lo bueno y “positivo”, como si todo fuera de color de rosa y la separación se limitase a un simple malentendido, sin reconocer la realidad del error y el pecado. Es obvio que la cortesía y el respeto son buenos, pero esa cortesía y ese respeto nunca pueden ejercerse a costa de la verdad, porque decir la verdad (que hace libres a los hombres) es la mayor muestra de respeto y cortesía. Yo he venido al mundo para dar testimonio de la Verdad, dijo Cristo (Jn 18,37).
Hemos visto múltiples ejemplos de este problema con ocasión del próximo aniversario de la Reforma protestante. Multitud de “expertos” ecumenistas cantan las bondades de esa Reforma y del propio Lutero, olvidando las terribles herejías introducidas por ella (que siguen siéndolo) y el enorme pecado que supuso (al margen de las posibles buenas intenciones subjetivas de los participantes, que son cuestiones que le competen sólo a Dios). Como dijo el cardenal Koch, “no podemos celebrar un pecado”.

10) Suplantar a la evangelización
Es quizá el mayor peligro de un ecumenismo mal entendido. En muchos casos (por no decir muchísimos), un ecumenismo desviado termina por arrebatar su lugar a la evangelización, sustituyendo la importancia de que los hombres conozcan la verdad y formen parte de la única Iglesia de Cristo por “procesos” de acercamiento entre las diversas confesiones cristianas. Se llega incluso a desaconsejar o dificultar las conversiones individuales al catolicismo, algo que es un terrible pecado contra la fe.
Como consecuencia del error número 4, olvidan estos “ecumenistas” que la misma declaración Dignitatis Humanae comienza diciendo “que Dios manifestó al género humano el camino por el que, sirviéndole, pueden los hombres salvarse y ser felices en Cristo. Creemos que esta única y verdadera religión subsiste en la Iglesia Católica y Apostólica, a la cual el Señor Jesús confió la misión de difundirla a todos los hombres” (DH 1). Difícilmente podría ser más claro: “única y verdadera religión” y “todos los hombres”. 
La evangelización es un mandato fundamental de Cristo a la Iglesia. Cualquier planteamiento que pretenda sustituirla por otra cosa es, ipso facto, un engaño y una tentación, que destruye a los hombres, privándoles de la vida eterna. Dios nos libre de esta tentación.
Conviene señalar, por último, que estos diez peligros están interrelacionados y, de hecho, todos ellos surgen del primero (la falta de cimiento en la Verdad) y van a desembocar en el décimo (el abandono de la evangelización), igual que de una raíz podrida sale un árbol enfermo que da frutos malos. Por ello, si se quieren solucionar hay que ir a esa raíz y sanarla.



No hay comentarios:

Publicar un comentario